La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

«La sangre tira, pero también ahoga».

En El Candil, el televisor colgado encima de la máquina de tabaco llevaba toda la mañana dando las noticias sin voz, pero los seis hombres que había en la barra no apartaban la vista de la pantalla para no tener que mirar hacia la mesa de la ventana.

Rufina empujó la puerta de aluminio que daba a los soportales y notó cómo se cortaba la conversación antes siquiera de pisar el serrín húmedo de la entrada.

Olía a recuelo de cafetera, a cazalla barata y al aceite de freír boquerones del día anterior.

Detrás de ella entró Puri con una bolsa de tela colgada del brazo; había metido dentro una tartera de plástico con lentejas estofadas diciendo que a un hombre que vive solo no se le va a preguntar por su hermana desaparecida con las manos vacías, y Rufina la había dejado hacer porque conocía el terreno.

Paco el Mudo estaba detrás del mostrador pasándole el trapo al grifo de la cerveza por tercera vez seguida. Tenía delante un vaso de tubo vacío y una botella de clarete abierta.

En el rincón de la cristalera, sentado de espaldas a la luz de la plaza, Andrés Valverde miraba el cerco mojado que había dejado su copa sobre el hule.

Llevaba puesta la chaqueta azul de mecánico con el bolsillo del pecho descosido y tenía las manos metidas entre las rodillas, grandes y negras de grasa vieja que ya no salía ni con piedra pómez.

No estaba borracho de caerse de la silla; estaba en ese punto espeso de media mañana en que el vino ya no alegra nada y solo sirve para que pesen más los codos.

Rufina se apoyó en la esquina de la barra y levantó dos dedos sin hablar. Paco miró primero hacia la ventana, luego hacia la puerta y dejó un vaso de agua lleno al lado de la botella antes de acercarse a ellas.

—¿Lleva mucho? —le preguntó Rufina por lo bajo.

Paco levantó tres dedos cortos y señaló el reloj de pared con la barbilla: desde las nueve y media.

—¿Y ha dado guerra?

—Anoche más —graznó Paco con aquella media voz rota que le había quedado desde que lo operaron del cuello—. Hoy solo mira para la iglesia.

Andrés giró la cabeza al oír el cuchicheo. Tenía cincuenta y seis años, pero aparentaba diez más alrededor de los ojos, con esa piel grisácea que se les pone a los hombres que comen de lata y duermen con la radio encendida. Al reconocer a Rufina, apoyó la espalda en la silla de hierro.

—Ya faltaban las del rosario —dijo lo bastante alto para que el viejo que jugaba al solitario en la mesa de al lado recogiera los naipes sin terminar la partida.

—El rosario lo trae Puri, Andrés. Yo vengo a ver si has desayunado algo que no tenga grados —dijo Rufina acercándose a su mesa sin pedir permiso.

—Desayuno lo que pago. Que en este bar, de momento, mis billetes valen igual que los del Ayuntamiento.

—Nadie ha dicho que no valgan, hijo —intervino Puri dejando la bolsa de tela sobre la silla libre de enfrente—. Pero Paco no tiene puchero por las mañanas y con tres claretes en ayunas luego te da el ardor que te daba de muchacho.

Andrés miró el bulto de la tartera a través de la tela y apretó la boca. Se notaba que le daba rabia que Puri se acordara de su estómago de cuando tenía dieciocho años y entraba en su cocina a pedir pan con aceite mientras Clara recogía los cubos.

—No te he pedido comida, Puri.

—Ya lo sé. Si espero a que tú pidas algo en este pueblo, nos morimos todos de viejos antes.

En la barra, uno de los socios de la cooperativa dejó las monedas del café sobre el cinc y salió casi de puntillas. Andrés lo siguió con la mirada hasta que se cerró la puerta.

—Míralos cómo corren —soltó pegando un golpe con el vaso vacío contra la madera—. Ayer por la mañana me cruzaba con ellos en la ferretería y no me veían ni los zapatos. Y hoy entran aquí mirando para el suelo como si el muerto lo hubiera puesto yo encima de la mesa.

—Si sigues diciendo a gritos lo que dijiste anoche aquí mismo, no les va a hacer falta mirar para el suelo —le advirtió Rufina quedándose de pie junto al respaldo—. Se ha enterado media calle Real de que brindaste cuando dijeron que habían sacado a Tomás con los pies por delante.

Andrés levantó la barbilla hacia ella con los ojos encendidos.

—¿Y qué querías que hiciera, Rufina? ¿Que fuera a comprarle una corona de claveles entre todos como están haciendo los del sindicato?

Treinta y seis años llevaba ese cabrón paseándose por delante de la puerta de mi madre con el traje limpio.

Lo único que me pesa es que se haya muerto tan deprisa y sin decir en voz alta dónde la dejó.

En el fondo del local dejó de sonar la cucharilla del único cliente que quedaba. Paco salió de detrás de la barra con el trapo en la mano y echó el pestillo de la puerta de la calle como si de repente fueran las tres de la tarde.

—Andrés, baja la voz o te vas a tu casa —le dijo el tabernero sin enfadarse, con el tono plano de quien avisa de que el escalón resbala.

Andrés soltó una risa corta por la nariz, metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta de mecánico y sacó una cartera de plástico negro atada con una goma de pollo.

De dentro extrajo un recorte de cartulina sobado por las cuatro esquinas y lo plantó encima del hule mojado, tapando una mancha de vino.

Era la mitad de una foto antigua de feria: Clara a los dieciocho años, con una blusa blanca de manga corta y el pelo recogido detrás de las orejas, mirando de medio lado hacia alguien que habían recortado con tijeras del resto del papel.

—Diecinueve años tenía —dijo Andrés clavando el dedo índice sucio de grasa a un centímetro de la cara de su hermana, sin llegar a tocarla para no mancharla—.

Y cuando mi madre fue al cuartel a decir que la niña no había vuelto a dormir de casa de los Recio, tu marido y el sargento que había entonces le dijeron que las muchachas de ahora se largaban con el primero que tenía coche y que ya mandaría una postal cuando se le acabara el dinero.

Rufina encajó el golpe sin mover la cara, aunque sintió el nombre de su marido como una piedra en el zapato.

—Mi marido escribió lo que le mandó escribir el sargento Perales, Andrés. Y llevaba dos meses destinado aquí.

—Me da igual quién tuviera el bolígrafo. Ninguno fue a mirar aquella noche detrás de la tapia de los Recio.

Puri alargó la mano hacia la foto, pero se detuvo a medio camino viendo cómo Andrés encogía los hombros sobre la mesa.

—Guarda eso en la cartera, Andrés —le pidió en voz baja—. No tengas a la chiquilla encima de las mesas del bar para que la mire la gente.

La frase le quitó media fuerza al hombre.

Andrés miró hacia la barra, vio a Paco esperando junto a la cafetera apagada, recogió la cartulina con un cuidado rarísimo para unas manos tan bastas y se levantó empujando la silla hacia atrás con las corvas.

Dejó un billete de cinco euros arrugado junto al vaso.

—Quédate con la vuelta, Paco —masculló tirando hacia la puerta lateral del callejón.

Rufina dejó pasar cinco segundos antes de salir detrás. Puri cogió su bolsa con la tartera y la siguió apretando el paso.

—¿Para qué vienes con las lentejas si te acaba de mandar a paseo? —le dijo Rufina mientras doblaban hacia la cuesta del Calvario.

—Porque aquí delante de Paco tiene que hacerse el bravo, pero en su casa está más solo que la una —contestó Puri respirando fuerte por la subida—. Y porque tú haciendo preguntas pareces un tricornio con faldas, Rufina, déjame hablar a mí primero.

La casa de Andrés era la última de la calleja del Calvario, donde se acababa el adoquinado nuevo del Ayuntamiento y empezaba el barro seco de las traseras de los huertos.

Tenía la fachada a media cal, una persiana de madera con tres lamas rotas sujeta con un alambre y el contador del agua metido en un hueco sin tapadera junto al escalón.

Andrés iba diez metros por delante de ellas; sabía de sobra que lo venían siguiendo porque en aquella cuesta resonaban los tacones como en una cueva, pero cuando metió la llave en la puerta no echó el golpe por dentro.

La dejó entornada y siguió por el pasillo oscuro hacia el fondo.

Cuando Puri y Rufina entraron, la casa olía a tubo de escape de la motocicleta que tenía apoyada contra la pared del zaguán, a tabaco negro frío y a ropa tendida dentro cuando llueve.

Sin embargo, en el comedor pequeño las cosas no estaban tiradas de cualquier manera.

Encima del aparador antiguo brillaba el cristal limpio de dos portarretratos con fotos de su madre y de Clara de comunión, con un vasito de plástico al lado donde había una rama de romero seco.

En la mesa camilla, apartados junto a un soldador eléctrico y dos piezas desmontadas de un carburador, había tres cartas del juzgado y del banco con ventanilla transparente abiertas con un cuchillo: avisos de desahucio del local del taller por tres meses sin pagar y una orden de embargo sobre la furgoneta y el elevador hidráulico.

Andrés estaba en la cocina bebiendo agua directamente del grifo. Se limpió la boca con el antebrazo y salió secándose las manos en un trapo de cuadros.

—Si os envía el teniente nuevo a sacarme dónde estuve el domingo por la mañana, os podéis ahorrar el paseo —dijo apoyándose en el marco de la cocina—. Ya me paró anoche el guardia joven en la esquina del taller para preguntarme si tenía testigos de las doce.

—A nosotras no nos manda ningún teniente —dijo Rufina quedándose de pie junto a la mesa camilla y mirando de reojo las cartas del banco.

—¿Y qué le dijiste al guardia, hijo? —preguntó Puri entrando en la cocina sin pedir permiso para dejar la tartera encima del hule junto a los fuegos.

—Pues qué le voy a decir. Que estuve en la calle viendo cómo sacaban el santo y luego me bajé por las traseras a mi casa porque me daba asco ver a toda la panda junta delante del Ayuntamiento.

Rufina levantó la vista de los papeles del banco.

—¿Bajaste por el callejón del Pozo el domingo mientras estaba parada la procesión?

—Bajé por donde bajo todos los días, Rufina. ¿Ahora hace falta permiso?