La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

«Lo que no está apuntado, alguien lo ha escondido».

Adela no creía en los papeles perdidos. En una casa o en un juzgado se podía extraviar un paraguas, un recibo de la luz o un dedal, pero cuando faltaba una hoja dentro de una carpeta atada con cintas era porque alguien se había tomado la molestia de quitarla de en medio.

Por eso a las seis menos cinco, cuando se plantó con Rufina y Tina frente a la puerta chica de la iglesia, llevaba en el bolso una libreta sin estrenar, el cuentahílos de metal que usaba para mirar las taras de las sedas y un lápiz blando de marcar patrones.

Don Julián les abrió apenas una cuarta de madera y miró hacia las dos esquinas de la calleja antes de dejarlas pasar. El guardia del coche patrulla seguía aparcado en la plaza principal, delante de la puerta grande, leyendo algo en el teléfono con la ventanilla bajada.

—Un cuarto de hora, ni un minuto más —les soltó el cura en cuanto echó el cerrojo interior—. Y no sé para qué habéis venido las cuatro en procesión.

—Porque cuatro ojos ven más que dos, padre, y ocho ni le cuento —dijo Tina sacando del bolso un paquetito envuelto en papel de aluminio—. Mire, le he traído media docena de perrunillas que me dio ayer mi cuñada la del horno, que tienen una manteca que se deshacen solas en el café.

—No tengo el estómago para dulces, Tina, gracias —murmuró el cura.

—Pues las dejo aquí encima del cepillo de las ánimas para luego, que el azúcar sube la tensión.

Pasaron de fila india por delante de la puerta de la sacristía.

La cinta blanca y roja de la Guardia Civil seguía pegada con celo gordo sobre el barniz de roble.

Puri ni miró hacia allí al cruzar; Adela, en cambio, fue contando las puertas del corredor trasero en voz baja: sacristía, ropero de diario, archivo chico y, al final del todo, haciendo codo con la salida al patio del Pozo, la puerta parda desconchada del cuarto viejo.

Alrededor de la cerradura había marcas frescas en la madera, y un polvillo blanco en el borde del ojo de la llave, de los polvos que habían echado los guardias de Badajoz la tarde anterior buscando huellas.

—Aquí no habían puesto precinto —observó Rufina tocando con la uña el marco descascarillado. Al apartarse, rozó con el pulgar el cerrojo, que tenía una película de grasa gris.

—Porque el teniente se llevó ayer las dos cajas de actas que había en la mesa de fuera y dijo que esto era solo almacén de pasos —dijo don Julián metiendo la llave larga, que se enganchó dos veces antes de dar la vuelta completa.

—Pues para ser solo almacén, la cerradura gira suave de aceite —apuntó Rufina.

El cura no contestó. Empujó la hoja y encendió una bombilla desnuda de cuarenta vatios que colgaba del techo con un cable trenzado lleno de cagadas de mosca.

El cuarto olía a cera rancia, a esparto húmedo y a trapo encerrado desde el siglo pasado.

Había estanterías de pino combadas por el peso de cajas de velones rotos, dos faroles de procesión sin cristales, el armazón de madera de unas andas chicas, rollos de alfombra roja comidos por las puntas y, al fondo, un armario ropero de dos cuerpos con las puertas entreabiertas.

Don Julián se quedó junto al interruptor, con las manos cruzadas delante de la sotana, vigilando cada paso que daban.

Rufina fue directa al armario y abrió las dos hojas de par en par sin tocar las perchas.

Dentro colgaban en fila diez o doce túnicas viejas: unas cuantas blancas de comunión antigua, dos negras de luto y un grupo de sarga morada oscura al final de la barra.

Tenían todas un trocito de cinta blanca cosido en el interior del cuello con un número bordado en negro.

Adela se puso las gafas de cerca y fue leyendo los cuellos de izquierda a derecha sin meter los dedos.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… ocho, nueve y diez.

—Falta el siete —dijo Tina asomando la cabeza por debajo del brazo de Rufina—. Justo el que tenía puesto Tomás. Y mira el hueco en la barra, que hasta tiene menos polvo la madera donde colgaba la percha.

El hueco quedaba en mitad del grupo morado, justo frente a la abertura de las dos hojas del armario. Con las puertas apenas entornadas, aquella había sido la primera percha que se podía alcanzar desde el pasillo sin apartar las otras.

—Eso ya lo vio ayer la Guardia Civil, Tina —dijo don Julián desde la puerta con voz cansada—. Se llevaron hasta la percha de alambre en una bolsa de plástico.

Rufina se agachó frente al zócalo del armario mirándose las rodillas.

—Oiga, padre, ¿y el rastro limpio que había ayer en el suelo junto al armario de la sacristía? Si la túnica estaba colgada aquí en el cuarto viejo, ¿para qué abrieron o movieron el armario de la sacristía?

Las otras tres se volvieron hacia ella. Era una buena pregunta, y ninguna se la había hecho hasta ese momento.

—En el armario de la sacristía solo están las casullas mías de los domingos y el cáliz de las fiestas —dijo don Julián—. De allí no faltaba nada ayer cuando miré con el teniente.

—Pues alguien arrimó el cuerpo o movió una caja pegada a ese mueble —insistió Rufina—. Puri y yo vimos el barrido en el polvo antes de que entrara nadie.

—Lo harían los propios guardias al entrar, Rufina, por Dios, no busquéis fantasmas donde no los hay —se impacientó el cura sacando el llavero pequeño del bolsillo—. Vamos a acabar de una vez, que estoy temblando de pensar que entre Arsenio a por las velas de mañana.

Se agachó con dificultad frente a la parte baja del ropero, apartó dos bolsas de plástico llenas de cortinones granates del Monumento y buscó la cerradura del cajón largo que quedaba casi a ras de suelo.

—El teniente estuvo ayer aquí media hora mirando solo las perchas de arriba —explicó don Julián mientras buscaba la llave adecuada en el llavero que ya tenía en la mano—.

Como el cajón de abajo del ropero tiene la cerradura rota desde hace años y hay que tirar de la madera con la llavecita metida para hacer palanca, el guardia joven probó el tirador, vio que no abría y pensó que era un zócalo fijo.

Yo me callé porque allí solo guardaba don Anselmo los recibos viejos de tintorería…

Tras forcejear con la madera, abrió el cajón. De dentro sacó una carpeta de cartón gris, de las de gomas en las esquinas, tan reseca que soltó polvillo al ponerla encima de una caja de madera que hacía de mesa.

—Esto es lo único que quedaba aquí abajo de tiempos de don Anselmo —dijo sin quitarle la mano de encima—. Son las entregas de ropero y lavandería de las antiguas cuadrillas. Un cuarto de hora os he dicho, y el móvil de Tina quieto en el bolso.

—Que lo tengo en el bolso, padre, mire la cremallera echada, qué manía me habéis cogido todos con el teléfono —protestó Tina cruzándose de brazos.

Adela se acercó a la caja, sacó un pañuelo de papel para no mancharse los dedos y abrió la carpeta de cartón gris. Rufina señaló un doblez de la solapa con el pulgar y dejó una marca de grasa sin darse cuenta.

Resultó un chasco monumental.

Ellas esperaban encontrar una lista con los nombres de los hombres que usaban cada número de túnica, igual que se apuntaba en la hermandad de la Borriquita quién sacaba cada vara.

Pero dentro solo había hojas cuadriculadas de un cuaderno grapado, rellenadas con letras distintas según el año, donde únicamente ponía fechas de entrada y salida de tintorería, kilos de cera gastados y arreglos de costura: «Cuatro hábitos morados a lavar», «Dos cíngulos rotos», «Se devuelven nueve túnicas limpias».

Ni un solo nombre propio en veinte páginas.

—Aquí no pone quién llevaba cuál —dijo Tina desinflándose de golpe—. Para este viaje no hacían falta alforjas. Pone números sueltos y «entregado por el hermano mayor», pero no firma ni el Tato.

—Porque no firmaban nunca nada —explicó don Julián, casi aliviado de ver que el papel estaba mudo—. Se repartían las túnicas de palabra la víspera de salir y luego las traían las mujeres o las criadas envueltas en papel de estraza para guardarlas hasta el año siguiente.

Adela no cerró la carpeta. Pasó las hojas hacia el final del montón, fijándose en los años escritos arriba a la derecha con bolígrafo azul.

En aquel cuaderno, don Anselmo utilizaba una sola página apaisada por año para resumir todas las salidas de ropero de mayo y octubre.

De la hoja de 1989 saltaba directamente a la de 1991.

—Falta el año noventa —dijo Adela deteniendo el dedo índice sobre el pliegue central del cuadernillo.

Puri dio un paso hacia la caja.

—El año de Clara.

—A lo mejor ese año no salieron en procesión porque llovió —dijo don Julián enseguida—. Hubo dos otoños seguidos de mucha agua en los noventa y se suspendieron los pasos.

—Cuando se suspende un paso no se arranca la hoja del cuaderno, don Julián —repuso Adela con su voz tranquila de mostrador, sacando el cuentahílos del bolso y apoyándolo sobre la grapa oxidada del medio.

Quien arrancó la hoja de 1990 lo hizo tirando de abajo arriba con el cuaderno cerrado: una tira irregular de casi cuatro dedos de ancho se había quedado sujeta a las grapas del margen izquierdo, cruzada por el comienzo de dos renglones escritos con bolígrafo negro:

Mayo 90 — Túnica morada n.º 7 — limp. urg.

Devuelta con bajo roto y sin c…

—¡Sin cadena! —saltó Tina—. ¡La medalla sin cadena! ¡Apuntaron ahí que habían encontrado la medalla en la túnica!

—¿Cómo van a apuntar una medalla en el libro de la ropa, Tina, por Dios? —la cortó Rufina frunciendo el ceño—. Pondrá «sin cordón» o «sin cíngulo», que es con lo que se atan la cintura.

—Ah, pues también es verdad —reconoció Tina—. Como llevo todo el día con la cadenita en la cabeza…

—Ponga cordón o ponga cíngulo, alguien mandó limpiar con urgencia la túnica número siete justo ese año y luego arrancó la hoja para que no quedara escrito —dijo Puri—. ¿Esa letra es de don Anselmo, padre?

Don Julián se acercó medio paso, miró la tira de papel un segundo y cerró la carpeta de cartón de un manotazo, tapando las manos de Adela. La grapa oxidada acabó de partirse con el golpe.

—No lo sé. Son tres letras sueltas, Puri, eso no es la letra de nadie. Y ya habéis visto que no hay lista de nombres. Se acabó el tiempo.

—Padre, espere un minuto, que debajo de las hojas de la ropa hay un sobre de facturas —intentó Adela sujetando el borde del cartón.

—¡He dicho que se acabó! —A don Julián le temblaba la barbilla y tenía la frente perlada de sudor frío a pesar de la humedad del cuarto—.

Si el teniente Castaño descubre que esa carpeta tiene una hoja arrancada y se entera de que habéis estado vosotras hurgando aquí antes que la Policía Judicial, mañana mismo dice que la habéis arrancado vosotras.

O que la he arrancado yo esta tarde. ¡Fuera de aquí ahora mismo las cuatro!

No hubo manera de sacarle un minuto más.

Metió la carpeta gris otra vez en el cajón bajo y lo empujó hasta encajarlo; al sacar la llave pequeña con unos dedos tan torpes se le cayó el llavero al suelo, lo recogió sin dejar que Puri se agachara a ayudarlo y las empujó casi con el brazo extendido hacia el corredor trasero.

Salieron al callejón del Pozo sin haber podido abrir el sobre de las facturas ni ver quién pagaba aquellos lavados.

Cuando la puerta verde del patio se cerró a sus espaldas y oyeron correr el cerrojo por dentro, Rufina le pegó una patada seca a un guijarro suelto que salió rebotando contra la tapia de enfrente.

—Mierda de cura —masculló—. Cinco minutos más y le sacamos hasta las partidas de bautismo.

—Pues a mí me ha dado pena, qué quieres que te diga —dijo Tina ajustándose la chaqueta porque empezaba a refrescar—. Se ha puesto blanco como la leche cuando has dicho lo de la hoja arrancada, Adela. Ese hombre sabe perfectamente quién llevaba el número siete.

—O sabe quién mandó arrancarla —corrigió Adela guardándose el cuentahílos en el bolsillo—. Que no tiene por qué ser la misma persona.

Caminaron despacio hacia la esquina de la mercería, separándose de dos en dos al llegar a los soportales para que no pareciera que venían de junta. En la puerta de El Candil había cuatro hombres tomando cerveza de pie y mirando hacia el Ayuntamiento.

Cuando entraron de nuevo en la trastienda de Adela y echaron la cortina, Puri se sentó junto a la máquina de coser sin quitarse el abrigo.

—Nos hemos quedado a medias —dijo Rufina—.

Sabemos que la túnica siete se manchó o se rompió en mayo del noventa, el mismo mes que faltó Clara.

Y sabemos que ayer alguien fue derecho a ese armario, cogió el número siete y se lo encasquetó a Tomás Recio.

Blanco y en botella: le devolvieron la túnica que llevaba puesta aquella noche.

—Eso no demuestra que la túnica fuera de Tomás en el noventa —objetó Adela con el lápiz quieto en el aire—. Demuestra que quien lo vistió ayer quería señalar ese número. Podía ser suya o podía ser de otro que estuvo con él.

—Por Dios, Adela, no le busques cinco pies al gato —saltó Tina—. Tomás mandaba en su casa, Clara servía en su casa y a Tomás le han metido la medalla en la boca. Si encima le ponen el siete, es porque era el suyo.

—Y a mí don Julián no me ha negado que Tomás entrara en ese cuarto —añadió Puri en voz baja—. Cuando le he mentado a los Recio esta tarde en la capilla, le temblaba hasta el cuellecito blanco.

—Y si el siete era de Tomás —siguió Tina embalándose—, el único en este pueblo que lleva media vida jurando en el bar que Tomás tenía la culpa de lo de su hermana es Andrés Valverde. Ayer mismo lo vieron dando voces en El Candil.

Adela miró las tres columnas de su papel de patronaje.

La lógica de sus amigas tenía un agujero en medio —confundir el traje de un muerto con su talla de vivo—, pero la alternativa era ponerse a buscar a ciegas entre diez hombres de hace tres décadas mientras el teniente Castaño les pisaba los talones. Cerró la libreta despacio.

—Está bien —cedió Adela, aunque se le quedó una arruga vertical entre las cejas—. Mañana a primera hora hablaremos con Andrés antes de que la Guardia Civil haga esa misma cuenta. Porque como haya abierto la boca en el bar, van a ir derechos a por él.