Capítulo 7
«Flor cortada no vuelve al tallo, pero deja olor en la mano».
Lo que más vergüenza le daba a Puri después de tantos años era acordarse de que, al principio, ella también había pensado que Clara se había marchado por su cuenta.
Durante la primera semana, mientras en la cola de la pescadería las mujeres se hacían cruces con una mano y con la otra sacaban trapos sucios de la familia Valverde, Puri había aceptado la palabra «fuga» con la misma docilidad con que una acepta que le cambien las pastillas de la tensión o que el coche de línea ya no pare en el cruce.
Clara tenía diecinueve años, era guapa de esa manera que ponía nerviosas a las madres con hijos casaderos y servía por horas en una casa grande donde todo se hablaba a media voz.
Cuando en el pueblo empezaron a decir que se había subido a un autobús sin despedirse, Puri no discutió con nadie.
Repetían tanto las cosas en aquella plaza que al final una ya no sabía qué había pensado con su propia cabeza y qué le habían metido dentro entre unas y otras.
Que se había ido.
Dicho así hasta sonaba bien. Una se imaginaba una maleta de cartón piedra, un billete a Madrid o a Barcelona y una muchacha mirando los secanos por la ventanilla con toda la vida por delante.
Era una historia muy socorrida para no tener que pensar en una puerta cerrada por dentro ni en por qué su madre seguía yendo todos los martes al cuartel con las alpargatas llenas de polvo.
Puri también lo había dicho alguna vez, y ahí era donde le escocía.
No con mala idea, eso no. Pero sí que había soltado en más de una cocina aquello de que la chiquilla tenía mucho genio, que aquella casa le venía estrecha y que igual había hecho bien en buscarse la vida lejos antes de consumirse fregando escaleras ajenas.
Entonces le había parecido que hablaba con lástima.
Hoy, con la medalla oxidada todavía metida en los ojos desde la mañana anterior, se daba cuenta de que había hablado así para poder seguir yendo a misa tranquila.
A las cuatro y media de la tarde, cuando la plaza se quedaba desierta por el calor de la siesta y antes de la hora a la que don Julián les había prometido enseñarles el cuarto viejo, Puri volvió sola a la iglesia.
No le dijo nada a Rufina ni pasó por la mercería.
Llevaba su cubo verde, las tijeras viejas y un paquete de bicarbonato para frotar el latón de las palmatorias.
Si el guardia que seguía sentado en el coche patrulla a la sombra del olmo la veía entrar, ni se inmutaría; ver a Puri con un cubo en las escaleras de San Román Mártir era como ver los bancos de hierro o el buzón de Correos.
Dentro hacía fresco y olía a agua estancada.
Puri fue derecha a la capilla lateral de Santa Rita, dejó el cubo en el escalón y empezó a sacar de los jarrones los tallos viejos que habían quedado del domingo.
Algunos tenían ya esa baba blanda en la punta que mancha los dedos y deja olor a charca en el delantal.
A Puri le gustaba hacer aquel trabajo sin compañía porque las manos iban solas —cortar lo podrido, raspar el culo del cristal, medir el agua limpia— y así no tenía que ponerle buena cara a nadie.
Clara había aparecido por aquella capilla un mes de abril del ochenta y ocho, con diecisiete años recién cumplidos y los brazos flacos fuera de una rebeca que le quedaba corta de mangas.
La había mandado doña Carmen, la madre de Tomás Recio, a traer dos docenas de calas blancas del huerto de la casa grande para el triduo de primavera.
La chica se había quedado parada en mitad del pasillo con el brazado de flores contra el pecho, mirando para los lados como quien entra en un banco sin saber en qué ventanilla hay que dar los buenos días.
Puri, que andaba aquel día con el lumbago atravesado y tres altares por vestir, ni le preguntó cómo se llamaba; le señaló el cubo del suelo con la barbilla y le dijo que fuera quitándoles las hojas de abajo sin romper el tallo.
La muchacha se puso a ello enseguida, aunque lo hacía todo demasiado deprisa.
Pegaba unos cortes secos que hacían saltar los rabos verdes hasta el primer banco, mezclaba las varas altas con las chicas y a los diez minutos ya se había hecho un rasguño en el pulgar con el alambre de sujetar las esponjas.
—Chiquilla, que no te están esperando en el tren —le había dicho Puri quitándole el rollo de alambre de las manos—. Si las aprietas tanto las ahogas antes de la misa.
—Es que en la casa me han dicho que vuelva en media hora —contestó ella chupándose la gotita de sangre del dedo.
—Pues en la casa que miren el reloj más despacio, que las cosas del altar no se hacen a la carrera.
Clara había levantado entonces la cabeza para mirarla de frente y, en vez de achicarse como hacían otras criadas jóvenes cuando una mujer mayor les echaba el alto, había soltado una risita corta por la nariz.
—Eso dígaselo usted a la señora, a ver qué le contesta.
Tenía el pelo castaño recogido con una goma cualquiera en la nuca, un lunar pequeño junto a la oreja izquierda y esa manera de plantar los pies en el suelo de las muchachas que llevan trabajando desde los catorce años pero todavía no han aprendido a bajar la cabeza a tiempo.
Al jueves siguiente volvió sin que la mandaran.
Traía los recados de la carnicería en un capazo de plástico, lo dejó apoyado junto a la pila del agua bendita y se metió veinte minutos a ayudar a Puri con las margaritas de santa Rita.
Durante los dos años siguientes volvió casi todos los jueves.
No venía por beata. A Puri le bastó verla santiguarse a media asta para comprender que a Clara los santos ni le iban ni le venían; entraba allí porque en la iglesia estaba fresco, nadie le mandaba fregar cazuelas y podía hablar sin que hubiera una puerta entreabierta escuchando detrás.
Una tarde se quedó mirando la imagen de san Pancracio que tenían en la hornacina de al lado, con su ramito de perejil mustio atado al dedo, y soltó como quien no quiere la cosa:
—Doña Puri, no se enfade usted, pero a este santo le pusieron cara de pedir fiado en la tienda.
Puri tuvo que morderse el carrillo por dentro para no reírse delante del sagrario.
—Tú sigue hablando así aquí dentro, alma mía, que el día que nos caiga una teja encima nos va a pillar sin confesar a las dos.
Ahora, pasando el estropajo con bicarbonato por el borde del jarrón vacío, Puri se acordaba del ruido exacto de las tijeras de Clara —clic, clic, clic— y de cómo entraba el sol amarillo de las cinco por el ventanuco alto lleno de polvo.
Fue en aquellas semanas cuando se fijó por primera vez en la medalla.
La llevaba colgada de una cadena tan fina que parecía hilo de coser plateado, y la chapa estaba ya negra por los bordes de rozarle el sudor del cuello.
Cuando estaban las dos solas entre los cubos, la medalla le bailaba por fuera del escote de la blusa al agacharse; pero en cuanto sonaba la puerta chica y entraba algún hombre de la junta o de la cooperativa a buscar al cura viejo, Clara se llevaba dos dedos al pecho sin mirar siquiera y se la metía para adentro de la ropa.
Puri tardó más de un mes en decirle nada. En los pueblos una aprende desde chica a no preguntar por las cosas pobres de los demás para no ponerlos en vergüenza, aunque muchas veces esa buena educación solo sirva para no meterse en líos.
—Hija, ni que santa Rita te fuera a cobrar entrada por llevar una medalla tan fea —le dijo una tarde mientras barrían las hojas del suelo.
Clara se sacó la chapita con el índice y el pulgar y la miró de arriba abajo haciendo un puchero cómico.
—Fea sí que es un rato, la pobre. Era de mi madre de cuando hizo la comunión en el pueblo de mi abuelo. Tiene el borde comido porque mi hermano Andrés, de chico, le hincó el diente a ver si era de plata buena.
—¿Y era?
—Qué va a ser. Latón del malo. Mi madre nos dio un zapatillazo a cada uno y se quedó tan ancha.
A Puri se le paró la mano dentro del cubo al acordarse de aquello. El borde comido abajo a la derecha. Ayer, en la sacristía, no había tenido valor de acercarse tanto a los labios de Tomás Recio como para fijarse en esa muesca, pero sabía que estaba allí.
Sacó los tallos de las margaritas nuevas que había puesto por la mañana y les cambió otra vez el agua, aunque no les hacía ninguna falta. Necesitaba tener los dedos ocupados en algo frío.
En la primavera del noventa, con diecinueve años ya hechos y un par de semanas antes de la fiesta chica de mayo en que desapareció, Clara había venido más callada.
Ya no hacía chistes sobre los santos ni se entretenía mirando las fotos de las bodas en el tablón de la entrada.
Una tarde, mientras sujetaba las cintas blancas de un centro, le preguntó a Puri sin levantar la vista de las flores si ella había estado alguna vez en Badajoz capital más de un día seguido.
—Cuando operaron a mi marido de la hernia, tres días en la residencia vieja —le contestó Puri—. Mucho tráfico y el café carísimo.
—La prima de la Loli se ha ido a servir a una casa cerca de la estación y por las tardes va a una academia donde enseñan a escribir a máquina —dijo Clara pelando un tallo con la uña—. Dice que cuando tienes el título te cogen en las oficinas y libras los sábados por la tarde.
—Eso cuesta cuartos, hija. Y en la capital hay que pagar cuarto y comida todos los meses.
—Yo tengo ahorrado un poco en el bote del Cola Cao —dijo ella muy bajito—. Para el primer mes me llega. Allí por lo menos cuando cierras la puerta de la calle ya no te conoce nadie ni te deben nada.
Puri dejó el estropajo encima del banco y se secó las manos en el delantal porque le estaban sudando las palmas a pesar del fresco de la piedra.
Se acordaba palabra por palabra de lo que le había contestado aquella tarde.
Le había puesto una mano en el hombro y le había repetido como un loro el sermón que ella misma llevaba oyendo a su madre y a su suegra desde que se casó: que no tuviera pájaros en la cabeza, que con diecinueve años una muchacha sola en una ciudad grande no sabía dónde se metía, que en casa de los Recio pagaban puntual aunque tuvieran sus cosas y que más valía aguantar un poco en tierra conocida hasta juntar una buena dote.
Aguantar un poco en tierra conocida.
Clara no le había llevado la contraria. Se había tocado el bulto de la medalla por encima de la tela de la blusa y había dicho solo:
—El problema es cuando te conocen demasiado, doña Puri.
Dos días después de aquella conversación, el jueves de antes de la fiesta, Puri estaba limpiando el polvo del comulgatorio cuando entraron por la puerta del patio Tomás Recio —que entonces tenía veintipocos años y ya andaba por el pueblo con las manos en los bolsillos como si las aceras llevaran su apellido—, Hilario Santos y otro más de la cuadrilla que se había quedado a contraluz junto al cancel.
Venían de la calle riéndose fuerte, con ese tono de hombres que han tomado dos cervezas antes de comer y no tienen quién les tosa.
Clara estaba agachada recogiendo los recortes verdes en un periódico viejo. Al oír las voces se quedó quieta de rodillas, con un clavel colorado partido en la mano, y no se levantó hasta que Tomás se paró a dos pasos de la verja de la capilla.
—Clara, que dice mi madre que si te has quedado a vivir en la iglesia —le soltó Tomás apoyando el hombro en la madera. No lo dijo gritando, ni falta que le hacía; lo dijo con esa confianza pesada de quien llama a un perro que se ha salido de la linde.
Puri vio cómo la chica escondía la mano del clavel detrás de la falda.
—Ya iba para allá —contestó Clara sin mirarle a la cara.
—Pues aligera, que esta noche vienen invitados al patio y hay que sacar las copas altas.
Hilario dijo algo por lo bajo que hizo reír al que esperaba en la puerta, y los tres se volvieron por donde habían venido.
Cuando la hoja del patio se cerró de golpe, Puri vio que Clara tenía la cadenita de la medalla salida por el cuello de la camisa y enganchada en el botón de arriba, con un eslabón abierto y retorcido cerca del cierre que le hacía un pellizco rojo en la piel.
—Niña, que vas a perder la virgen —le dijo Puri acercándose a desenganchársela.
Pero Clara dio medio paso atrás, se la metió dentro del pecho de un manotazo y cogió el capazo del suelo casi corriendo.
—No se pierde, no —dijo ya desde el pasillo—. El jueves que viene le termino los jarrones grandes, doña Puri.
No hubo jueves siguiente.
Un chirrido corto en la bisagra de la puerta lateral sacó a Puri de golpe de aquel viejo mes de mayo.
Se pasó el dorso de la muñeca por debajo de los ojos antes de volverse y vio a don Julián parado junto a la columna del bautisterio, con el manojo de llaves en la mano y mirando los floreros recién puestos.
—¿Llevas mucho rato aquí, Puri? —preguntó el cura acercándose despacio—. Habíamos quedado a las seis con las demás.
—Son las seis menos diez, padre. He venido antes para adelantar esto, que luego con las prisas se queda todo por medio.
Don Julián miró las margaritas blancas recién cortadas al pie de la santa.
—Te han quedado muy limpias.
—A Clara eran las que más le gustaban —dijo Puri—. Decía que los gladiolos olían a entierro de rico y que las margaritas no engañaban a nadie.
El cura bajó la cabeza y dio media vuelta a la llave larga entre los dedos. Aquí, sin casulla y con la luz gris que caía del ventanuco, no parecía el párroco de San Román; parecía solo un hombre mayor al que le venían grandes los zapatos.
—Puri, sobre lo que hablamos esta mañana…
—empezó a decir sin mirarla—. He estado pensando que quizá sea mejor que le entregue esa carpeta gris directamente al teniente mañana cuando venga con el secretario.
Que os pongáis ahora a remover cosas de hace tantos años no va a traer de vuelta a esa muchacha.
Puri colocó las tijeras de podar encima del paño seco, las envolvió con dos vueltas y las metió en la cesta. Cuando levantó la cara, no tenía ni pizca de enfado en la voz, y por eso mismo don Julián dio medio paso atrás.
—Mire, don Julián —le dijo—. Yo llevo treinta y seis años rezando todos los domingos en ese tercer banco por el alma de esa niña o por que estuviera bien donde Dios la tuviera.
Y ayer, cuando abrí esa puerta de ahí atrás y vi su medalla metida en la boca de Tomás Recio, me di cuenta de que he estado todo este tiempo haciendo el tonto.
Así que usted verá lo que hace con su conciencia, pero a las seis en punto va a abrir ese cuarto viejo como que me llamo Purificación.
En la puerta de la calle sonaron tres golpecitos contra la madera.
—Ahí están —dijo Puri limpiándose las manos en el delantal—. Vaya abriendo la reja, padre, que Adela no perdona un minuto.