Capítulo 6
«En misa se reza mucho y se cuenta poco».
Don Julián llevaba treinta y seis años cerrando las puertas de la parroquia sin que sonaran los goznes.
Era una costumbre que había cogido de cura joven: si dabas un portazo en una iglesia vacía, las beatas que pasaban por la acera pensaban que estabas de mal humor; si dejabas la hoja entornada, se te metía cualquiera a pedir un certificado o a contarte los males de la vesícula a la hora de la siesta.
Así que cuando Puri oyó aquel clic suave en la puerta chica a las nueve y media de la mañana del lunes siguiente, supo que el cura estaba dentro y que no tenía ninguna gana de ver a nadie.
Entró de todas formas.
La tarde anterior, Nieves se había tomado media taza de café en la trastienda de Adela con las manos temblándole alrededor de la loza y les había contado que Aurora Benítez, que tenía ochenta y seis años y la cabeza a ratos perdida, llevaba desde el mediodía repitiendo que «la niña de las flores» se había dejado la bolsa en la casa y que aquel día había hombres con túnicas en el patio.
Luego, según Nieves, la pobre mujer había preguntado si había venido su madre a verla y se había quedado dormida en el sillón.
Adela había apuntado cada palabra sin interrumpir.
Rufina había dicho que había que ir a la residencia antes de que fuera la Guardia Civil, y Tina había querido salir disparada en aquel mismo momento como si a las ocho de la tarde dejaran entrar visitas en los geriátricos.
Puri no había dicho casi nada en toda la reunión.
Se había ido a su casa dándole vueltas a que Clara llevaba media vida siendo «la niña de las flores» para una vieja medio loca, mientras que ella, que era quien le ponía las tijeras en la mano en aquella misma iglesia, no había tenido valor de ir al cuartel cuando dijeron que se había marchado con un novio.
Por eso a la mañana siguiente cogió su cubo verde de fregar, las tijeras de podar en el fondo de la cesta y un manojo de margaritas blancas que había cortado de su propio patio para no tener que pasar por la floristería. Rufina se le pegó en la esquina de la panadería sin que nadie la llamara.
—Te llevo el cubo —le dijo quitándoselo de la mano.
—El cubo está vacío, Rufina, no pesa nada.
—Pues te acompaño igual, que está la plaza llena de tontos mirando la cinta de la Guardia Civil y no tengo ganas de tomar café sola.
—No vengas a meterle miedo al cura, hazme el favor, que nos conocemos.
—Yo no me meto con nadie si no me hablan primero.
La puerta de la sacristía seguía precintada con una tira de plástico blanco y rojo que cruzaba de marco a marco, y en la calle habían dejado a un guardia joven dentro del coche patrulla vigilando que nadie entrara por detrás.
Pero el resto del templo estaba abierto para que las mujeres limpiaran lo de la procesión.
La nave olía a cera fría, a flores recalentadas del día anterior y a ese aire pesado que se queda en las iglesias cuando ha habido mucha gente respirando junta y luego cierran de golpe.
Encontraron a don Julián delante de la capilla de Santa Rita, quitando con las dos manos los jarrones de gladiolos que ya tenían las puntas marrones.
Llevaba la sotana de diario llena de arrugas por detrás, como si se hubiera echado en la cama vestido, y tenía unas bolsas oscuras debajo de los ojos que le llegaban casi al pómulo.
—Buenos días nos dé Dios, padre —dijo Puri.
El cura dio un respingo pequeño y estuvo a punto de verter el agua sucia del florero sobre el mantel.
—Ah, eres tú, Puri. Pensé que hoy no vendrías con todo el revuelo.
—Las flores se pudren igual haya muerto o no haya muerto, don Julián. Y luego el agua deja cerco en el mármol y no sale ni con lejía.
Don Julián miró entonces por encima del hombro de Puri y vio a Rufina plantada junto a la pila bautismal, con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora y mirando hacia el techo de la bóveda como quien calcula goteras.
—¿Y Rufina viene también a limpiar el mármol? —preguntó el cura con cansancio.
—Yo le he traído el cubo, padre —dijo Rufina sin acercarse—. Que Puri anda regular de la cadera cuando cambia el tiempo y usted no está hoy para cargar peso.
Don Julián soltó un suspiro largo, de hombre que no tiene fuerzas ni para discutir en su propia casa, y dejó el jarrón en el suelo.
—El teniente estuvo aquí ayer hasta las nueve de la noche con dos guardias de Badajoz —dijo pasándose un paño por las manos mojadas—.
Se han llevado cajas del cuarto viejo, han hecho fotos de todos los armarios y me han pedido los libros de cuentas desde que yo era coadjutor.
Les he dicho lo mismo que os digo a vosotras: que yo en el noventa acababa de llegar a esta parroquia y hacía lo que me mandaba don Anselmo.
—Si nosotras no somos guardias, padre —dijo Puri sacando las margaritas de la cesta y empezando a quitarles las hojas bajas con los dedos—. A mí los libros de cuentas me dan igual. Yo lo único que no me quito de la cabeza desde ayer es esa túnica que tenía puesta don Tomás.
Don Julián dejó de frotarse las manos con el trapo.
—Ya le expliqué al teniente que en el cuarto de atrás había ropa vieja de cuando salían los penitentes por libre.
—Ya. ¿Pero por qué tenía un siete cosido en el cuello?
El cura bajó la vista hacia los tallos verdes que caían dentro del cubo.
—Porque las numeraban para que cada uno recogiera la suya en Cuaresma y no hubiera líos con los largos.
—¿Y de quién era el siete?
Desde la calle llegó el ruido del camión de la cerveza descargando barriles de aluminio contra la acera de El Candil, tres golpes secos que retumbaron en las vidrieras.
Ni el lunes del Pilar, festivo en toda España, detenía la faena de los bares; el alcalde estaba en el anatómico forense de Badajoz, pero los barriles tenían que descargarse antes de abrir a las doce.
—Eso no viene apuntado en ningún sitio, Puri —contestó don Julián en voz más baja—.
Aquello no era una hermandad con estatutos del obispado ni juntas generales.
Eran ocho o diez hombres del pueblo que se juntaban antes de las fiestas, daban una limosna grande para el paso y salían de morado el Viernes de Dolores o la víspera del patrón.
Cuando murió don Anselmo, dejaron de salir y la ropa se quedó ahí colgada.
Rufina dio dos pasos desde la pila y se apoyó en el respaldo del último banco.
—¿Y cómo se llamaban esos ocho o diez hombres cuando se juntaban, padre? Porque algún nombre tendrían.
Don Julián cogió los dos jarrones vacíos por el cuello, uno en cada mano.
—Ya no queda casi ninguno vivo, Rufina. Dejad a los muertos en paz.
—El problema es que uno de esos muertos, o uno de los vivos que quedan, se metió ayer en su sacristía, entró en el cuarto viejo, sacó la túnica número siete y se la puso a Tomás Recio encima del traje —dijo Rufina sin levantar la voz, como quien lee la lista de la compra—. Así que muy en paz no están.
El cura apretó los dedos contra el cristal de los floreros hasta que se le pusieron blancos los nudillos.
—La Guardia Civil tiene las llaves ahora. Ellos averiguarán quién entró.
—La Guardia Civil no sabe quién venía a esta iglesia en el año noventa, don Julián —dijo Puri sin dejar de cortar tallos con las tijeras: clac, clac, clac—.
Usted sí. Usted tenía entonces la edad de ese teniente y una voz preciosa para cantar la misa mayor, ¿se acuerda?
Que Clara siempre me lo decía cuando estábamos aquí mismo limpiando los candelabros: «Doña Puri, qué bien canta el cura nuevo, parece que le está cantando a Dios desde lo alto del cerro».
Don Julián cerró los ojos de golpe, como si le hubiera entrado humo de vela en las pestañas. El recuerdo de la chiquilla dicho así, sin reproche y con las manos llenas de margaritas, le hizo mucho más daño que todas las brusquedades de Rufina juntas.
Se dejó caer sentado en el borde del primer banco, con los dos jarrones vacíos apoyados entre las rodillas.
—Yo no sabía nada aquella noche, Puri —murmuró—.
Te lo juro por lo más sagrado que no vi nada.
Don Anselmo me mandó después de cenar a llevar unos papeles a la parroquia de Villafranca en el coche viejo y, cuando volví pasadas las doce, la iglesia ya estaba cerrada por dentro y él estaba solo en el despacho rezando el breviario.
Puri dejó las tijeras quietas dentro de la cesta. Rufina ni respiró desde su banco.
—¿Y al día siguiente? —preguntó Puri muy bajito.
—Al día siguiente dijeron que la muchacha de los Recio se había marchado en el coche de línea de la madrugada —dijo el cura sin levantar la cabeza—.
Y cuando yo quise preguntar por qué habían sacado túnicas del cuarto viejo fuera de fecha, don Anselmo me dijo que en una parroquia pequeña un sacerdote joven tiene que aprender qué puertas son de Dios y qué puertas son de los vecinos que sostienen el techo.
Se hizo un silencio en la capilla.
—¿Habían sacado túnicas aquella noche? —preguntó Rufina.
Don Julián se dio cuenta tarde de lo que acababa de soltar por la boca. Se levantó del banco con torpeza, tropezando casi con el borde de su propia sotana.
—No he dicho eso. He dicho que el cuarto estaba revuelto, como está siempre después de las fiestas.
—Ha dicho que sacaron túnicas fuera de fecha, padre —insistió Rufina—. Y que usted preguntó por qué.
—Hace treinta y seis años de eso, Rufina. Yo ya no sé ni qué vi ni qué me he imaginado después dándole vueltas a la cabeza.
Sacó del bolsillo de la sotana su llavero particular —no el aro grande de hierro que se habían llevado los guardias, sino uno pequeño de cuero gastado con tres llaves sueltas— y lo apretó dentro del puño.
Puri vio asomar entre sus dedos la anilla de cobre de una llave chiquita, de cajón o de arqueta.
—Padre —dijo Puri poniéndose derecha frente a él—. El teniente va a volver esta tarde a registrar el archivo viejo, ¿verdad?
—Me ha dicho que vendrá mañana con orden del juzgado si hace falta. Yo no me he negado a enseñarles nada.
—Pues antes de que vengan mañana y lo revuelvan todo sin saber lo que tocan, déjenos ver a nosotras esta tarde el armario donde guardaba don Anselmo las carpetas de las antiguas cofradías.
—¡De ninguna manera! —saltó don Julián dando un paso atrás—. ¿Estamos locos, Puri? Si el teniente se entera de que os he abierto el archivo con la sacristía precintada, me procesan a mí por encubridor.
—Por encubridor lleva usted treinta y seis años sin dormir a gusto, don Julián, no le va a venir de veinte minutos —le soltó Puri con la misma voz tranquila con que le pedía el cepillo de barrer.
El cura abrió la boca para echarla de la iglesia, pero al mirarle la cara a Puri —que llevaba desde el noventa lavándole los corporales de hilo gratis y poniéndoles flores a los santos de su bolsillo— no encontró por dónde empezar a gritarle.
—No sé dónde están todas las carpetas —dijo al final, derrotado y mirando hacia la puerta por si entraba alguien—.
Hay una carpeta gris en el cajón de abajo del ropero del cuarto viejo que los guardias ayer no abrieron porque estaba tapado con los cortinones del Monumento.
Pero solo os dejo mirar si está el inventario de las túnicas.
Ni os lleváis un papel, ni hacéis fotos, ni estáis más de un cuarto de hora.
—A las seis de esta tarde estamos en la puerta chica —dijo Rufina antes de que se arrepintiera.
—A las seis —repitió el cura dándose media vuelta hacia el presbiterio con los jarrones vacíos—. Y entráis sin que os vea el guardia del coche, por amor de Dios.
Puri terminó de meter las margaritas blancas en el florero que quedaba con agua limpia, las abrió un poco con la mano para que no quedaran apelotonadas y recogió los tallos cortados en el delantal.
Cuando salieron de nuevo al sol de la plaza, Rufina se sacó un cigarro rubio del bolsillo de la cazadora y se lo puso en los labios sin encenderlo, dándole vueltas con la lengua.
—Pues ya tenemos una cosa segura —dijo mirando hacia el balcón del Ayuntamiento, donde acababan de colgar un crespón negro sobre la bandera.
—¿Cuál? —preguntó Puri.
—Que la noche que desapareció Clara Valverde hubo hombres con esas túnicas moradas despiertos hasta las tantas. Y que don Anselmo mandó al cura joven a otro pueblo para que no viera quién las devolvía al armario.
Puri miró hacia el otro lado de la plaza, donde Adela acababa de subir del todo la persiana de la mercería y sacaba el cartelito de los arreglos a la puerta.
—Vamos a decírselo a Adela —dijo Puri—. Que a las seis hay que llevar gafas de ver de cerca.