Capítulo 5 #2
Al principio solo se veía el jaleo de la plaza: las cabezas de la gente, el paso parado frente al Ayuntamiento, la banda tocando a trompicones y Puri cruzando tranquila hacia el lateral del templo.
Justo después, la imagen daba un bandazo porque alguien le había dado un golpe en el codo a Tina y, durante dos o tres segundos, el encuadre se quedaba mirando calleja abajo, por el costado de la iglesia.
—Mirad ahí al fondo, pegado a la sombra del muro —dijo Tina.
Al fondo de la calleja, donde la tapia del patio parroquial hace esquina con el callejón del Pozo, se veía un bulto oscuro pegado al muro, tan lejos y tan a contraluz que no se distinguía ni cara, ni pelo, ni si llevaba falda o pantalón.
—No se ve quién es —dijo Puri acercándose las gafas a la nariz.
—Ya sé que no se ve quién es, Puri, el teléfono hace milagros pero no tanto —dijo Tina—.
Pero mira el contador de arriba: doce minutos y dieciséis segundos desde que empecé a grabar a las doce y cuatro.
Debía de ser alrededor de las doce y dieciséis.
Ahí el santo ya llevaba parado un buen rato porque no salía Tomás, y tú estabas a punto de entrar por la otra esquina.
—No viene hacia la plaza —observó Rufina, inclinada sobre la mesa—. O se mete en el patio de los curas o sale de él.
—O sale de dejarlo vestido y tira para el callejón del Pozo —dijo Adela apuntando la hora en la primera columna.
Puri seguía mirando la pantalla fija, aunque el vídeo ya se había parado.
—La cadena —dijo de pronto, como si no hubiera oído nada de la sombra.
Las otras tres la miraron.
—¿Qué pasa con la cadena, Puri? —preguntó Tina.
—Que si a Clara se le rompió la cadena aquella noche porque tiraron de ella, la medalla cayó al suelo sola. Y quien la guardó todos estos años la guardó ya sin cadena.
Rufina se quedó quieta con el vaso de café a medio camino.
—O quien tenía la medalla se ha guardado la cadena en su casa para demostrar que tiene el resto si hace falta —dijo.
Adela apuntó en la tercera columna: ¿Dónde está la cadena? Luego fue hacia la estantería de abajo, retiró dos cajas de cremalleras y sacó una carpeta de cartón marrón atada con gomas elásticas resecas por los años. En la solapa ponía a lápiz: Valverde .
Tina abrió la boca.
—¿Tú tenías eso guardado aquí?
—Son recortes del periódico de cuando desapareció y la esquela de su madre —dijo Adela abriendo la carpeta sin darle importancia—. Y una copia de la nota del Ayuntamiento que trajo mi marido a casa cuando cerraron el archivo viejo.
No había casi nada dentro: dos hojas de periódico amarillas donde apenas dedicaban un recuadro pequeño a la desaparición de una joven de diecinueve años en San Román, el recordatorio del entierro de la madre veintiún años después y una foto tamaño carnet de Clara con una blusa blanca, mirando a la cámara muy seria.
Puri tocó el borde de la cartulina con la yema del dedo.
—Qué cría era, Señor —murmuró—. Y qué sola la dejamos entre todos.
—Yo tenía veinticinco años recién cumplidos y la peluquería recién abierta —dijo Tina bajando la voz, sin rastro ya de broma—.
Me acuerdo de las clientas hablando debajo del secador.
Que si se había ido con un viajante de tejidos, que si en casa de los Recio la habían visto muy suelta…
Una oye esas cosas mientras pone rulos y ni pregunta siquiera si es verdad.
—Pues ahora vamos a preguntar —dijo Rufina.
Adela levantó la vista de los papeles.
—Vamos a preguntar, sí, pero cada una donde no llame la atención —dijo—. Puri, mañana tienes que volver a la iglesia a quitar las flores secas del paso. Habla con don Julián a solas. No le menciones a la Guardia Civil; pregúntale solo por las túnicas del cuarto viejo.
—No me va a querer decir nada —dijo Puri.
—Con que se ponga nervioso cuando le digas el número siete ya sabemos algo. Rufina, tú entérate de quién ha pedido llaves en el Ayuntamiento o en la parroquia estos días, y qué hacía Hilario hablando por teléfono toda la procesión mientras Tomás no salía.
—Eso está hecho.
—¿Y yo qué? —preguntó Tina—. Porque como me mandes otra vez al cuartel me da algo.
—Tú mira bien el vídeo en tu casa por si en el fondo de la plaza se ve quién no estaba en su sitio a las doce y cuarto, y estate atenta al WhatsApp de las vecinas y a la peluquería de Maribel. Antes de que alguien diga una verdad en este pueblo, siempre suelta tres mentiras en la peluquería.
Rufina soltó una risa corta por la nariz y se cruzó de brazos delante del papel de patronaje: las tres columnas, el lápiz de carpintero, la tortilla todavía tapada con el paño de cuadros.
—Pues mira tú —dijo—. Cuatro viudas, un mapa del término y una fiambrera. Ni que fuéramos una agencia de detectives de las de la tele.
—Agencia —repitió Tina, a la que la palabra le había gustado nada más oírla—. Eso suena muy serio. Agencia de algo. ¿Y cómo nos llamaríamos?
—No nos llamamos de ninguna manera, Tina, que esto no es un juego —dijo Adela sin levantar la vista.
Pero Puri había sacado por fin la cara de entre las manos.
—Santa Rita —dijo bajito.
Las otras tres la miraron.
—En su capilla me ayudaba Clara con los jarrones —explicó Puri, y se le quebró un poco la voz en el nombre—. Y santa Rita es la abogada de los imposibles. Si hay un imposible en este pueblo, es saber qué fue de esa chiquilla después de tantos años.
Nadie dijo nada durante un momento. Fuera, alguien arrastraba una silla de plástico por el adoquín de la plaza.
—Agencia Santa Rita —repitió Tina, probándolo en la boca como quien prueba un caramelo—. Pues a mí me gusta.
—A mí me parece una tontería —dijo Rufina, y alargó la mano para quitarle a Adela el lápiz—. Trae.
Escribió en lo alto del papel de patronaje, con las letras grandes y torcidas de quien no coge un lápiz más que para firmar recibos: AGENCIA SANTA RITA. Luego se lo devolvió.
—Para que conste en acta —dijo—. Ya que vamos a hacer el ridículo, que sea con nombre.
Adela miró el letrero un segundo largo. No lo tachó.
En ese momento sonó la campanilla de la tienda, un golpe corto y tímido, porque quien fuera había tenido que agacharse por debajo de la persiana medio echada para empujar la puerta.
Las cuatro se callaron de golpe. Adela echó por encima de la carpeta y del papel de patronaje un retal grande de cretona estampada que tenía al lado de la máquina de coser. Tina guardó el móvil en el bolsillo. Rufina cogió su barra de pan.
Adela apartó la cortina de flores y salió al mostrador.
Pegada a la puerta de cristal estaba Nieves, la chica que trabajaba de auxiliar en la residencia de ancianos, todavía con el pijama blanco debajo del chaquetón y una bolsa de plástico arrugada en la mano.
Tenía ojeras de turno doble y miraba hacia la calle por encima del hombro por si la habían visto entrar.
—¿Está cerrado, doña Adela? —preguntó muy bajito.
—Para la calle, sí. ¿Te hace falta algo urgente, Nieves?
La chica tragó saliva y apretó las asas de la bolsa.
—No vengo a comprar. Es que en la residencia…
cuando han dado por la tele de la sala que se había muerto don Tomás en la iglesia, doña Aurora, la que servía antes en las casas grandes, se ha puesto a llorar como una loca diciendo que a la niña de las flores no la dejaron salir por delante.
Y no sabía a quién decírselo sin que me echen la bronca allí arriba.
Adela no miró hacia la cortina del fondo, aunque sabía perfectamente que las otras tres tenían la oreja pegada a la tela. Echó el cerrojo de la puerta con suavidad y terminó de bajar la persiana hasta el suelo.
—Pasa adentro, Nieves —dijo—. Que Puri ha traído tortilla y nos lo cuentas sentada.