La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

«Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita».

La campanilla de la puerta sonó con ese tintineo metálico que Adela llevaba veinte años pensando en engrasar sin encontrar nunca el momento.

Estaba detrás del mostrador, midiendo metro y medio de cinta azul sobre la regla de madera.

Llevaba la misma rebeca de por la mañana, el pelo recogido sin un alfiler suelto y la cara tranquila de cualquier domingo.

Fuera, en la calle, el pueblo entero andaba revuelto con el furgón forense y los coches de la Comandancia, pero Adela había levantado el cierre aquel domingo a las cinco en punto, aunque no acostumbrara a abrir en festivo.

Si no abría, a las cinco y diez tendría a tres vecinas llamando al timbre de arriba para preguntar si se había puesto mala del susto; abriendo, las obligaba a entrar de una en una y a gastarse por lo menos un euro en hilo si querían mirar.

—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista de la cinta.

Tina dejó caer el bolso sobre la silla baja que había junto al mueble de las cremalleras y se abanicó con la mano.

—Mujer, que se ha muerto el alcalde, nos han citado a declarar hoy domingo a las cuatro de la tarde en el cuartel y a mí no me han dejado salir hasta las cinco y media. Pensé que hoy cerrabas.

—Tengo dos bajos de pantalón para entregar antes de las siete. El luto no le cose los dobladillos a la gente.

En la tienda olía a lo de siempre: a cajas de cartón cerradas, a apresto de algodón y al café que Adela acababa de recalentar en el cazo del cuarto de atrás.

Todo estaba en su sitio: los tarros de cristal con botones por tamaños, los muestrarios de puntillas, las medias de descanso en sus cajas verdes y la cortina de florecitas al fondo que tapaba la trastienda.

Tina se quitó la chaqueta de punto y se tocó el bolsillo del pantalón, donde llevaba el móvil.

El guardia joven le había sacado copia del vídeo en la furgoneta y el teniente le había repetido dos veces que no se le ocurriera enseñárselo a nadie.

Tina había dicho que sí a todo, claro, porque en un cuartel una dice que sí hasta a la guía de teléfonos, pero llevaba desde el mediodía con un reconcomio en el estómago por no haber podido mirarlo despacio con las gafas puestas.

La puerta volvió a sonar.

Entró Emérita con una bolsa de supermercado en la mano y los ojos brillantes de quien viene directa de la plaza.

Traía una falda negra para que le soltaran la cinturilla.

Adela tomó nota en el bloc de encargos, le puso dos alfileres en la tela y le contestó con monosílabos cada vez que la otra intentaba sacar el tema de la iglesia.

—Pues mi hermana me ha dicho que lo han sacado vestido de penitente, Adela —soltó Emérita—. Y que tú entraste detrás de Puri.

—Tu hermana ve muy mal de lejos desde que se operó las cataratas, Emérita. ¿Te lo dejo a dos centímetros o a tres?

—A tres, que luego después de comer me oprime. ¿Pero entonces tenía infarto o no tenía infarto?

—Yo vendo cremalleras, Emérita, no hago autopsias. El jueves por la tarde la tienes lista.

Emérita salió por la puerta refunfuñando entre dientes, pero no se fue del todo.

Al otro lado del escaparate se paró junto a Maruja la de los recados, que llevaba dos minutos fingiendo que miraba las tijeras de bordar expuestas junto al maniquí.

Tina las vio juntar las cabezas a través del cristal y señalar con la barbilla hacia la iglesia.

—Madre mía, cómo está el patio —murmuró Tina—. Antes de que anochezca ya han dicho que lo hemos matado nosotras con las tijeras de picar.

—Déjalas que hablen —dijo Adela—. Cuanto más inventen fuera, menos se fijan en lo de verdad.

—Ya, pero es que el teniente me ha mirado en el cuartel como si yo fuera de la mafia siciliana por tener un teléfono con cámara. Y te digo una cosa: me ha dicho que no se lo enseñe a los vecinos, pero no me ha dicho que no lo pueda mirar yo en mi casa, que para eso es mío y lo pago todos los meses.

Adela levantó los ojos del mostrador.

—¿Qué te ha preguntado exactamente en la declaración?

—Pues nada, la hora a la que empecé a grabar, que por qué me fui detrás de Puri, que si vi salir a alguien por la puerta chica…

Yo le he dicho la verdad, Adela, que yo iba grabando la banda porque el niño de Feli iba tocando el platillo y me hacía ilusión mandárselo a su madre, y que luego cuando vi que Puri tardaba me acerqué a la puerta porque soy muy sufrida.

No sé si ha colado mucho, la verdad, porque no hacía más que apuntar y mirarme las manos.

La campanilla sonó otra vez. Un socio de la cooperativa metió media cabeza sin pisar siquiera el felpudo.

—Adela, buenas tardes. Oye, ¿tú sabes si han suspendido también la junta del aceite de las ocho? Como estaba citado Tomás…

—No tengo ni idea, Sebas. Pregúntale a Hilario, que es el vicepresidente.

—Es que Hilario no coge el teléfono desde la una.

—Pues acércate por las naves.

El hombre se marchó sin dar las gracias. Adela esperó a que doblara la esquina, fue hasta la puerta, echó el pestillo redondo y bajó la persiana metálica hasta dejarla a un palmo del suelo, como hacía en verano cuando daba el sol de poniente.

Cinco minutos después sonaron dos golpes en la puerta trasera que daba al callejón y entró Rufina con una barra de pan bajo el brazo y una bolsa de la farmacia. Detrás venía Puri, todavía con la cara lavada y sin pintar, trayendo una fiambrera tapada con un paño de cuadros.

—Por la plaza no se puede ni andar —dijo Rufina—. Está todo el mundo apostado en los bancos esperando a ver si sacan a alguien esposado del Ayuntamiento.

—Yo he traído un trozo de tortilla que hice anoche —dijo Puri pasando derecha hacia la cortina del fondo—. Porque a mí con el estómago vacío me entra dolor de sienes y no rijo igual.

Pasaron las cuatro al cuarto de costura.

Era una habitación larga y sin ventanas a la calle, con una mesa grande de pino llena de rayas de cúter, estanterías con cajas de patrones viejos, una plancha industrial, el maniquí desmontado de las pruebas y un mapa del término municipal de San Román que el marido de Adela había tenido en el despacho hacía veinte años.

En un rincón hervía la cafetera italiana soltando olor a torrefacto fuerte.

Puri dejó la fiambrera en una esquina de la mesa, pero no quitó el paño. Se sentó en la primera silla que pilló y se quedó mirando sus propias manos cruzadas sobre la falda.

—¿Qué te ha dicho el teniente, Puri? —preguntó Adela apagando el infiernillo del café.

—Pues qué me va a decir. Que por qué cerré la puerta. Y que por qué te llamé a ti antes que a los guardias.

—¿Y qué le has contestado?

—Lo que quedamos. Que me asusté mucho al verlo tan blanco y que como tú estabas en el primer soportal te llamé sin pensar.

Pero no se lo ha creído, Adela. Se me ha quedado mirando muy fijo y me ha preguntado que si a mi edad me asusto tan despacio siempre.

Y luego me ha vuelto a preguntar por Clara.

Que de qué conocía yo a la madre, que cuántos años tenía la niña cuando faltó, que quién más sabía en la iglesia que llevaba esa medalla.

—A mí me ha tenido media hora con las llaves del cuarto viejo —dijo Rufina apoyándose de espaldas contra la mesa de planchar—.

Cuando me ha hecho pasar allí detrás, ya había visto el rastro del polvo junto al armario de las túnicas.

Y se ha dado cuenta de una cosa que nosotras no vimos en la sacristía.

Adela se detuvo con las tazas en la mano.

—¿De qué?

—Tomás no llevaba el reloj de oro puesto. Ni el móvil encima. Tenía la marca blanca de la correa en la muñeca izquierda, de habérselo quitado o habérselo arrancado hace nada, pero en los bolsillos no había más que el pañuelo y las llaves del coche.

Se quedaron calladas un momento.

—¿Un robo? —preguntó Tina—. Pero quién le va a robar el reloj en la iglesia y luego entretenerse en vestirlo de morado y meterle la medalla de Clara en la boca, por Dios, eso no tiene ni pies ni cabeza.

—No es por robarle el reloj —dijo Adela—. El móvil sirve para saber quién lo llamó antes de entrar ahí. Y un reloj roto o parado a veces marca una hora que no conviene.

Rufina asintió despacio.

—Eso mismo ha pensado Castaño, aunque no me lo ha dicho. Me ha preguntado solo si las túnicas del cuarto viejo tenían bolsillos por dentro.

Puri levantó la cabeza.

—Don Julián no me ha querido ni mirar cuando he salido del cuartel. Iba por la acera de enfrente pegado a la pared y, cuando me ha visto, se ha metido en el estanco como si fumara.

—Don Julián tiene miedo —dijo Adela.

—¿Miedo de qué? ¿De que le cierren la iglesia? —preguntó Tina sentándose al lado de Puri.

—De que le pregunten de quién era esa túnica hace treinta y seis años —contestó Puri en voz baja.

Adela sacó su libreta negra del bolso, la puso en el centro de la mesa y arrancó una hoja limpia de papel de patronaje que tenía enrollada en el estante. Cogió un lápiz de carpintero y trazó tres rayas verticales de arriba abajo.

—A ver —dijo sin levantar el tono—. Antes de que cada una empiece a tirar para su lado, quiero dejar una cosa clara.

No somos guardias, ni vamos a ir por el pueblo haciendo preguntas a lo loco para que mañana nos llame el juez.

Lo único que tenemos es que conocemos este pueblo mejor que ese muchacho y sabemos quién miente cuando habla del noventa.

—Pues tú dirás qué hacemos con las columnas esas —dijo Rufina acercándose a mirar el papel.

—Separar las cosas para no volvernos locas —contestó Adela escribiendo encima de cada hueco—. Aquí lo que hemos visto con nuestros ojos. Aquí lo que dice la gente en la calle. Y aquí lo que nos falta por saber.

—Pon el vídeo lo primero —dijo Tina—. Que ahora que no está el guardia rubio mirándome el cogote os lo enseño bien.

Abrió la galería, buscó el archivo y apoyó el teléfono contra el azucarero para que vieran todas la pantalla.