Capítulo 4
«El que llega nuevo pisa donde no sabe».
Rufina Gallego había visto estrenar demasiadas carpetas azules en su vida como para impresionarse por una más.
Siempre seguían el mismo ritual: primero llegaba un teniente recién salido del cascarón con las botas relucientes, luego sacaba un bolígrafo de cuatro colores y después trazaba una raya muy derecha en mitad de un folio creyendo que, por poner las cosas en fila india sobre el papel, la gente de un pueblo iba a dejar de mentir en zigzag.
Y en San Román de la Encina no había una sola línea recta ni en las paredes de cal ni en los libros de familia.
Castaño salió de la sacristía con su carpeta rígida debajo del sobaco y echó la llave por fuera. Daba igual; para entonces el muerto ya se había escurrido por debajo de la puerta como el humo de una sartén olvidada en el fuego.
En la nave central, la procesión se había desinflado del todo.
El trono de san Román Mártir, que los portadores habían devuelto a pulso desde los soportales, estaba varado en mitad del pasillo, rodeado de claveles que empezaban a mustiarse con el bochorno de tanta gente junta.
Los chiquillos de comunión tenían ya las chorreras torcidas y se daban patadas por lo bajo en las espinillas; las de la mantilla cuchicheaban tapándose media boca con el abanico, y en el primer banco junto al altar mayor don Julián intentaba recuperar el resuello y la dignidad parroquial, dos cosas que aquella mañana se le habían ido de excursión por separado.
—Romero, despeje la nave principal y asegure el perímetro exterior de la sacristía —ordenó Castaño a media voz—. Y tome filiación completa de todas las personas que se encontraban en el interior del templo cuando se detuvo el cortejo.
El guardia joven miró hacia los bancos abarrotados con cara de alguien a quien acababan de mandar contar las moscas de un establo con guantes de boxeo.
—¿De… de todos, mi teniente?
—De los que tuvieran ángulo visual sobre este pasillo.
Rufina soltó un chasquido con la lengua que rebotó en la pila del agua bendita.
Castaño giró sobre los talones.
—¿Algún problema con el procedimiento, señora Gallego?
—Con el procedimiento ninguno, hijo, es precioso.
Lo que digo es que como te pongas a apuntar el carnet de todas las que estaban mirando para el pasillo, te dan las uvas de Nochevieja aquí sentado y encima la mitad te van a decir que vieron entrar al mismísimo Lucifer con gabardina.
Pregunta quién tenía llave para no entrar por delante y acabarás antes de que se enfríe el cocido.
El teniente apretó las muelas, pero no fue tan tonto como para despreciar el atajo.
—¿Y quién tiene llave, según usted?
—El cura, cuando no se la deja puesta en el llavero de la entrada. El sacristán. Alguno del Ayuntamiento si vienen a traer las varas. Y cualquiera que sepa que a esta iglesia se le entra por las tripas a través del cuarto viejo.
—¿Qué cuarto viejo?
Puri, que venía saliendo del corredor detrás de Adela con el rosario enredado entre los nudillos —pero sin pasar cuentas, mala señal en ella—, levantó la cabeza al oír el nombre.
—El trastero de atrás, señor teniente —explicó con voz queda—.
Donde se meten los faroles rotos, las andas chicas, los manteles que tienen remiendo y las túnicas de cuando había otras cofradías.
Esas cosas de iglesia que no sirven para nada, pero que a los curas les da escrúpulo tirar a la basura por si están bendecidas.
—¿Ese cuarto comunica con la sacristía?
—Sale al pasillo trasero —dijo Rufina—. Y de ahí tienes tres pasos hasta la sacristía y otros tres hasta la puerta verde del patio, la que da al callejón del Pozo. Si tienes llave o sabes meter una tarjeta en un resbalón viejo, entras y sales sin que te vea ni el santo.
Castaño abrió la carpeta azul y apuntó dos renglones rápidos.
—Quiero ver ese cuarto ahora mismo.
—¡Ahora mismo no puede ser! —saltó don Julián levantándose de golpe del primer banco.
Le salió tan alto y tan a destiempo que hasta las viejas del fondo dejaron de abanicarse. Castaño levantó la vista del papel muy despacio. Adela, que estaba colocándose la rebeca junto a la columna, detuvo las manos en el botón superior y clavó los ojos en el cura.
Don Julián se puso colorado hasta la coronilla e intentó recoger cable pasándose un pañuelo por la frente.
—Quiero decir, señor teniente… que aquello es una leonera. Lleva meses sin ventilarse, hay pilas de cajas hasta el techo, imágenes retiradas del culto, polvo de años… No está en condiciones para una inspección.
—No venimos a pasarle el algodón a las estanterías, don Julián —dijo Rufina—. Venimos de ver al alcalde fiambre en su silla.
Castaño ni siquiera necesitó apretar al párroco; dejó que el silencio hiciera el trabajo sucio.
—¿Quién custodia las llaves de esa dependencia, padre?
De detrás del estandarte de la Virgen asomó entonces Arsenio, el sacristán, un hombrecillo escurrido de hombros que parecía pedir perdón por gastar tela de pantalón, trayendo en la mano un aro de hierro del tamaño de una rosca de pan.
Colgaban de allí por lo menos doce llaves de todos los pelajes con cartelitos de cartón atados con bramante: Sacristía, Coro, Archivo, Campanario, Patio, Cuarto Viejo.
—El juego titular lo guardo yo en el cajón de la mesa, señor guardia —balbuceó el hombre haciendo sonar los hierros como unas castañuelas tristes—.
Don Julián tiene otro en la casa parroquial.
Y luego, bueno… había llaves sueltas de antes, de cuando las antiguas hermandades tenían su propio llavero.
—Esas son las buenas —masculló Rufina—. Las que no tiene nadie hasta que hace falta abrir una puerta a deshora.
Castaño cogió el aro de hierro sin pedir permiso y buscó la etiqueta del Cuarto Viejo.
Era una llave larga, de caña gorda, pero tenía la punta brillante de haber rozado metal hacía poco.
Rufina vio cómo el teniente se fijaba en el brillo del diente y pensó, con cierta rabia resignada, que el chaval no era ningún inútil; iba a haber que vigilarlo de cerca.
—¿Cuándo se abrió ese cuarto por última vez? —preguntó Castaño.
El sacristán se santiguó por reflejo antes de abrir la boca.
—Esta misma mañana, señor guardia, para sacar las varas del palio. Y luego… —tragó saliva— luego no sé si le eché la llave, que con las prisas de la procesión entra tanta gente de la hermandad por ahí atrás…
—«Tanta gente de la hermandad» no me dice nada —cortó Castaño.
—Eso mismo —terció Rufina apuntando con el dedo al guardia Romero—.
Tú no escribas «la hermandad» así a bulto, muchacho, que luego no os aclaráis.
Aquí está la junta del patrón, las que visten al santo, las del coro, las que pasamos la bayeta y luego los cuatro figurones que solo aparecen el día de la procesión para ponerse delante de la banda con la medalla colgada.
Si buscas quién sabe andar por los pasillos de atrás sin encender la luz, no mires a los de la foto.
—Le agradezco el asesoramiento sociológico, señora Gallego, pero las preguntas las hago yo —dijo Castaño sin mirarla, volviéndose hacia Arsenio—. Quiero una lista con nombres y apellidos de todo el que haya pedido este llavero en la última semana.
El sacristán miró de reojo a don Julián buscando salvavidas, pero el cura tenía la vista clavada en las baldosas del altar.
—Los nombres me los da usted a mí, no al párroco —le advirtió el teniente.
—Sí, señor. Ahora mismo se los saco de la libreta.
Adela dio entonces un pasito corto, con aquella voz suya que parecía de terciopelo y dejaba marca en el hueso.
—Quizá le convenga saber también, teniente, que en el armario de ese cuarto viejo es donde se guardaban las túnicas moradas numeradas. Aunque supongo que don Julián ya iba a comentárselo en cuanto se le pasara el mareo.
Don Julián cerró los ojos como si le hubieran dado un pellizco en un brazo.
Castaño giró la cabeza despacio del cura a la mercera.
—¿Se refiere a la prenda que lleva puesta el cadáver?
—Hay decenas de túnicas viejas ahí metidas —se defendió el cura con un hilo de voz—. Son donaciones antiguas, ropa que se quedó sin dueño cuando se deshicieron las cuadrillas de penitencia de los años ochenta…
—La que lleva puesta don Tomás tiene un siete bordado en el cuello, padre —dijo Puri con suavidad, pero sin soltar la presa—. Y usted sabe tan bien como yo que las del ropero grande no llevan número.
Se hizo un silencio tan gordo alrededor del banco que se oyó entrar por la ventana alta el grito de alguien en la plaza preguntando si había llegado ya el juez.
Tina, que volvía en ese momento de la puerta grande escoltada por el otro guardia y con el móvil metido en el bolso como si llevara una granada sin anilla, frenó en seco al ver las caras.
—Ya le han sacado las tripas a mi teléfono en la furgoneta, señor teniente —anunció en voz alta para romper el hielo, o porque era incapaz de estar callada más de tres minutos seguidos—.
Se lo he dejado todo explicadito al rubio: dónde empieza la procesión, dónde sale Paco el del bar mirando para la calleja y dónde se ve un bulto raro pegado a la pared lateral justo antes de que Puri entrara a por los alfileres.
Que yo no sé si será un asesino o será el primo de las magdalenas buscando sombra, porque con el sol de frente la cámara hace lo que quiere, pero salir, sale.
Castaño se volvió hacia el agente que venía con ella.
—¿Es cierto eso?
—Hay un movimiento al fondo de la calleja de la iglesia, junto a la tapia del patio, en el minuto doce y dieciséis segundos de la grabación, mi teniente —confirmó el guardia—. Aún hay que limpiarlo en pantalla grande, pero alguien entra o sale por allí cuando el paso ya está parado en la plaza.
El teniente sopesó el aro de llaves en la palma de la mano. Miró la puerta de la sacristía, miró el pasillo oscuro del fondo y miró a don Julián, que parecía haber encogido media cuarta dentro de la sotana.
—Padre, abra el cuarto viejo —ordenó.
Encabezó la marcha por el corredor trasero con el sacristán delante y el cura arrastrando los zapatos detrás. Las cuatro viudas se quedaron juntas al pie de la columna de santa Rita mientras al fondo del pasillo chirriaban los goznes de una puerta que nadie se había molestado en cerrar con llave.
—Don Julián sabe de quién era esa túnica —susurró Puri—. Y tiene un miedo en el cuerpo que no le cabe en la camisa.
—Pues que se compre una más ancha —bufó Rufina.
—El problema no es lo que sabe el cura —dijo Adela—. El problema es que el teniente también se acaba de dar cuenta. Y no tiene ninguna pinta de dejarse mandar a buscar alfileres.
Del fondo del pasillo llegó el golpe de la puerta del cuarto viejo al abrirse contra el muro y, un segundo después, la voz cortante de Castaño:
—¡Señora Gallego! ¡Haga el favor de acercarse un momento sin tocar absolutamente nada!
Rufina arqueó las dos cejas, se sacudió las manos una contra otra como quien va a levantar un saco de cemento y echó a andar hacia atrás con media sonrisa torcida en la boca.
—Mira tú por dónde —murmuró al pasar junto a Adela—. Al final va a resultar que en este pueblo sí que hacíamos falta las ajenas al servicio.