Capítulo 3 #2
—Parece que sabe a quién pertenecía —precisó el teniente—. ¿De quién era?
—De Clara —contestó Puri sin bajarle la mirada.
En el rincón, don Ernesto dejó de cerrar la hebilla del maletín. El guardia Romero tardó el doble en disparar la siguiente foto.
—¿Clara qué más, doña Puri?
—Clara Valverde —intervino Adela con voz tranquila, ahorrándole a su amiga el trago de pronunciar el apellido entero—. Una muchacha del pueblo que faltó de su casa hace treinta y seis años.
—¿Faltó? —Castaño arqueó una ceja—. ¿Fuga voluntaria o desaparición denunciada?
—Según a quién le preguntara usted entonces —dijo Rufina—. Para los papeles se fue a ver mundo; para los que tenían ojos en la cara, todavía está esperando el autobús.
Castaño ignoró el comentario de Rufina y siguió clavado en Puri.
—¿Cómo puede asegurar que una pieza oxidada de dos centímetros pertenece a una mujer que desapareció hace tres décadas?
—Porque la tuve delante de las narices dos años enteros cada jueves por la tarde, hijo —dijo Puri, y por primera vez la voz le salió un poco más vieja—.
La chiquilla venía a ayudarme a arreglar los jarrones de santa Rita.
Era una medalla muy pobretona, de las de latón plateado que daban antes en las misiones, pero había sido de su madre y no se la quitaba nunca.
Bueno, sí: se la escondía dentro de la blusa cuando entraban según qué hombres a la iglesia.
—¿Qué hombres?
—Hombres, señor teniente. De los que miran como si todo el pueblo fuera suyo.
Castaño anotó deprisa, apretando la punta.
—¿Y dice usted que llevaba cadena?
—Una cadenita finísima, sí, señor, con un nudo cerca del cierre porque se le había enganchado una vez. Ahí falta la cadena.
El teniente volvió a mirar la boca del cadáver. La observación no era ninguna tontería de beata asustada: meter una medalla entera en la boca de un muerto es un gesto; arrancarle antes la cadena —o guardarse la cadena y dejar solo la chapa— es una contabilidad distinta.
En la puerta sonó un roce de suela y Tina dio medio saltito hacia atrás porque el codo del guardia le había rozado el brazo. Castaño reparó por fin en ella y en el teléfono con funda roja que llevaba agarrado a dos manos como un misal.
—Usted —dijo señalándola con el bolígrafo—. Le he dicho antes: fuera del pasillo.
—Si estoy fuera, señor teniente, mire mis pies, están en la losa del corredor, lo que pasa es que como han cerrado la puerta grande hace un calor aquí que se asan los pájaros y una tiene la tensión baja…
—¿Ha estado grabando con ese teléfono?
Tina se puso tiesa como un palo de escoba.
—¡Qué voy a grabar aquí dentro, por Dios bendito!
¿Por quién me toma? Yo he grabado fuera, en la plaza, lo normal de todos los años: el santo saliendo, la banda tocando que daba pena oírla, las niñas de comunión, a Puri cruzando a por los alfileres…
Cosas bonitas para el Facebook, vamos, que yo muertos no subo, qué asco más grande.
—¿Sale la fachada lateral de la iglesia en ese vídeo?
—Sale media plaza, claro, porque como yo no me pongo las gafas de cerca para mirar la pantalla, pues abro el plano y luego ya en casa mi sobrina me lo recorta…
—Entrégueme el terminal.
Tina dio un paso atrás pegando el móvil contra el esternón.
—Uy, entregar dice. Con toda mi vida ahí metida y las citas del médico y las fotos de la comunión del niño de mi hermana. Ni hablar del peluquín. Yo le paso el vídeo por WhatsApp o por donde usted me diga, pero el aparato no sale de mi bolso.
—Señora, es una prueba potencial en una investigación judicial…
—Teniente —cortó Rufina viendo que a Tina se le empezaba a subir el pavo a las mejillas—.
Hágale caso y sáquele copia delante de sus narices.
Como le requise el teléfono por las bravas, antes de las dos tiene usted una manifestación de viudas en la puerta del cuartel y no le va a quedar tiempo ni para pedir el traslado.
Castaño miró a Tina, miró a Rufina, miró a Adela —que seguía muda pero tomándole la matrícula a cada sílaba— y soltó el aire con resignación.
—Romero, acompáñala a la furgoneta de atestados, vuelca el archivo íntegro con acta firmada delante de ella y que deje el teléfono en modo avión hasta que le tomemos declaración a las cuatro.
—¿A las cuatro por qué, si yo ni he entrado? —protestó Tina, aunque ya con menos brío.
—Porque estaba usted pegada a la puerta como un sello de correos, señora. Y quiero las declaraciones por separado y sin que hablen entre ustedes antes de entrar al cuartel.
—Qué poca confianza en el prójimo —murmuró Tina guardándose el móvil—. Cómo se nota que no es de aquí.
Don Ernesto cogió su maletín del suelo y al pasar junto a Puri le dio dos golpecitos suaves en el brazo.
—Tómate una tila cuando llegues a casa, Puri.
—Lo que tienes que hacer tú, Ernesto, es no soltar nada en El Candil cuando salgas a tomarte el vino, que te conozco.
—Que llevo cuarenta años de secreto profesional, mujer.
—Por eso mismo lo sabemos todo antes del postre.
Castaño escuchó el intercambio desde la puerta con el ceño fruncido.
—¿El Candil es el bar de enfrente?
—El de Paco el Mudo —dijo Rufina—. Si quiere saber quién ha entrado hoy en esta iglesia sin preguntar a trescientas beatas, empiece por él. Aunque le advierto que cobra los silencios más caros que el coñac.
El teniente cerró la libreta de golpe.
—Del orden de mis diligencias me encargo yo, señora Gallego. Ahora salgan por la puerta chica sin hacer corrillos en la plaza.
Adela pasó delante de él hacia el corredor y se detuvo un instante a su altura, sin levantar apenas el mentón.
—Teniente —dijo con una cortesía impecable—. Cuando revise la túnica que lleva puesta don Tomás, fíjese en el número siete del cuello. No vaya a ser que en el cuartel crean que todas las prendas moradas significan lo mismo.
Castaño se quedó mirándola con la mano en el pomo, comprendiendo de golpe que aquellas cuatro mujeres no le llevaban cinco minutos de ventaja en la sacristía: le llevaban treinta años de ventaja en el pueblo.