Capítulo 3
«Lo que se pierde con pena vuelve cobrando».
El teniente Álvaro Castaño entró en la sacristía con una libreta negra en la mano, dos guardias jóvenes pegados a los talones y toda la cara de un hombre que todavía se cree que un pueblo de Badajoz funciona según el reglamento publicado en el Boletín Oficial del Estado.
Era demasiado joven para llevar estrella en la hombrera y demasiado tieso para disimular que le pesaba.
Llevaba la camisa planchada a cuchillo, la mandíbula prieta y unos ojos oscuros que no paraban quietos.
Adela le concedió ese primer tanto en silencio: el chico miraba de verdad.
No entraba dando voces para demostrar quién tenía el tricornio más grande, como hacían otros; primero barrió el cuarto de esquina a esquina buscando dónde pisar sin estropear nada.
Y un guardia civil que mira antes de hablar siempre da bastante más guerra que un bruto.
Detrás de su espalda, el pasillo de la iglesia era una olla exprés a punto de saltarles la válvula.
Se oían cuchicheos amontonados, al concejal de Festejos repitiendo «hagan el favor, circulen» sin que circulara ni el aire, vecinas preguntando a gritos dónde se había metido don Julián y un chiquillo de comunión berreando porque le habían pisado el charol blanco en el empujón.
La procesión ya se había ido al garete; ahora lo que había en la plaza era medio pueblo estirando el pescuezo a ver qué desgracia salía por la puerta chica.
Castaño clavó la vista primero en el difunto, luego en las tres mujeres y por último en el marco de roble.
—Despejen la estancia inmediatamente todas las personas ajenas al servicio —ordenó con voz de academia.
Rufina soltó por la nariz un resoplido corto, mitad tos y mitad risa.
—Pues empezamos bien la mañana.
El teniente giró la cabeza hacia ella en seco.
—¿Ha dicho algo, señora?
—Que en este pueblo no hay nadie ajeno a nada, hijo. Si echas a los que no tienen uniforme, te quedas sin entierro y sin procesión.
El guardia más joven, un chaval con granos todavía cerca de la patilla, bajó los ojos a su bloc de notas a toda pastilla para que no se le viera el tirón de la comisura. Castaño ni pestañeó.
—Me explicaré mejor, entonces. Fuera todo el mundo que no sea Guardia Civil, médico titular o párroco de la iglesia.
—Al señor cura lo hemos dejado sentado en el banco del pasillo abanicándose con una estampa —intervino Puri juntando las manos sobre el delantal—. Tiene el hombre un color de cera virgen que, como lo meta usted aquí dentro ahora mismo, en vez de un disgusto vamos a tener dos.
Castaño la midió de arriba abajo durante dos segundos.
Puri le aguantó el vistazo con aquella cara suya de abuela buena que viene de comprar calabacines, tan convincente que Adela pensó que su amiga podría esconder una escopeta recortada debajo de las rosquillas de anís y el obispo le daría la bendición.
—¿Ha sido usted quien ha encontrado el cuerpo?
—Servidora, sí, señor.
—Nombre y apellidos.
—Purificación Delgado Martín, setenta y cuatro años, para servir a Dios y a usted. Aunque si me llama Purificación entera me va a dar un vuelco el corazón, porque así solo me llaman los del banco cuando hay algún recibo devuelto.
—Doña Puri, entonces.
—Mucho más descansado, dónde va a parar.
El teniente apuntó en la libreta sin ablandar el gesto, pero sin cortarla tampoco.
—¿Entró usted sola en la sacristía?
Antes de abrir la boca, Puri desvió los ojos media décima de segundo hacia la rebeca de Adela.
Fue un parpadeo de nada, un roce de pestañas, pero Castaño lo cazó al vuelo y levantó el bolígrafo del papel.
Adela también vio que él lo había visto, y anotó mentalmente el segundo tanto a favor del forastero: no se le escapaba una mosca.
—Entré sola, sí —dijo Puri—. Vi cómo estaba don Tomás, cerré la puerta para que no se metieran los niños del coro y llamé a Adela.
—¿Y por qué no llamó directamente al 112 o a la patrulla de la plaza?
—Porque a don Tomás ya no le corría prisa ninguna ambulancia, señor teniente.
—Eso no contesta a mi pregunta.
—Sí que le contesta, hijo, lo que pasa es que a usted no le gusta la respuesta.
Rufina tuvo que mirarse la punta de las botas para no soltar la carcajada.
Desde el quicio de la puerta, donde seguía pegada como una lapa con el móvil contra el pecho, Tina abrió unos ojos enormes haciéndole señas mudas a Adela de que iban a acabar todas durmiendo en el calabozo.
Castaño, en cambio, se limitó a subrayar una palabra en su hoja.
—Le pregunto por qué avisó antes a una particular que a la autoridad.
—Adela no es una particular —repuso Puri como quien explica que el agua moja—. Es Adela.
—¿Y esa distinción tiene algún valor legal que yo desconozca?
Adela dio medio paso al frente, suave y educada como una visita de pésame.
—Legal ninguno, teniente. Pero le ha ahorrado a usted tener a cuarenta personas pisoteando este cuarto antes de que llegara su coche.
Castaño se volvió hacia ella por primera vez con toda la atención puesta en la cara.
—¿Su nombre?
—Adela Montero, sesenta y seis años. Viuda de Arturo Cebrián, que fue notario de este pueblo.
—¿Y usted qué ha tocado al entrar, doña Adela?
—El cierre de mi bolso, teniente. El resto de la habitación ya tenía bastante desorden sin mi colaboración.
En ese momento se oyó un resoplido asmático en el pasillo y apareció don Ernesto abriéndose paso a empujones con un maletín de cuero negro que parecía de la guerra de África.
Llevaba cuarenta años recetando jarabes y firmando defunciones en San Román, así que entró diciendo «quítense de en medio, coño» con una autoridad facultativa que despejó el marco mucho más rápido que los dos guardias juntos.
En los pueblos, la gente le tiene respeto al tricornio, pero le tiene pánico al médico que sabe de qué pie cojea cada hígado.
—Doctor, acérquese solo por el lateral derecho y procure no alterar la posición de las prendas ni el entorno inmediato —le advirtió Castaño cediéndole el paso.
Don Ernesto se calzó los guantes de látex mirándolo por encima de las gafas de media luna.
—Joven, llevo cuatro décadas procurando que los vivos de este pueblo no se me mueran antes de tiempo. Con los que ya han terminado tengo un tacto exquisito.
Durante dos minutos largos no se oyó en la sacristía más que el roce de la goma de los guantes y el zumbido sordo de la plaza al otro lado del muro.
Don Ernesto se agachó con los riñones crujiéndole, le tomó el cuello a Tomás sin moverle la tirilla de la túnica, le levantó un párpado con el pulgar, le miró las uñas amoratadas y se detuvo a dos centímetros de la boca entreabierta.
Ni rozó la medalla oxidada. La miró, frunció las cejas canosas y retiró las manos sabiendo perfectamente dónde acababa la medicina y dónde empezaban los juzgados.
Adela no le quitaba ojo al teniente desde su rincón. Veía cómo Castaño iba pasando la vista del hábito morado a los zapatos manchados de cera, y de los zapatos a la franja limpia de polvo junto al armario viejo, haciendo exactamente el mismo recorrido que habían hecho ellas cinco minutos antes.
Don Ernesto se enderezó apoyándose una mano en el muslo.
—Pues a simple vista no hay herida sangrante ni traumatismo craneal ni señales de defensa en los nudillos —dijo quitándose los guantes con un chasquido—. Lleva un rato muerto; ya ha empezado a enfriarse.
—¿Fallo cardíaco? —preguntó Castaño.
—Podría serlo, si a los infartos de miocardio les hubiera dado ahora por vestir a la gente de nazareno y meterles quincalla entre los dientes.
—Limítese a lo clínico, doctor.
—Lo clínico, teniente, es que hasta que no lo abran en Badajoz y le miren la sangre, aquí puede haber desde una parada natural con adorno posterior hasta cualquier porquería que no deja rastro por fuera. Yo le certifico que está muerto; el cómo se lo pregunta usted al forense.
Rufina miró al médico con un destello de cariño gremial. Castaño apretó el bolígrafo.
—¿Hora aproximada del fallecimiento?
—Lleva muerto un rato, pero no me atrevo a precisar cuánto sin un examen forense. Si quiere que me moje sin termómetro, le diré que cuando empezó a tocar la banda ahí fuera, Tomás ya no escuchaba la música.
Castaño asintió en seco y se volvió hacia el guardia de los granos.
—Romero, reportaje fotográfico completo antes de que llegue Policía Judicial. Planos generales desde la puerta, detalle del calzado, del suelo junto al armario y primer plano del rostro y del objeto metálico.
El chaval sacó la cámara digital y se colocó frente a la silleta.
—Desde ahí te va a salir un churro —soltó Rufina sin mover un músculo.
Castaño cerró los ojos, pidiendo paciencia al cielo.
—Señora…
—Rufina Gallego, sesenta y siete años y viuda de cabo.
Y le digo al muchacho que si tira el flash de frente contra el barniz de ese armario, el relumbrón se le va a comer toda la cara del muerto y no se va a ver ni medalla ni cuello ni nada.
Mi marido se tiró veinte años haciendo atestados en la Comandancia y siempre echaba pestes de los armarios de iglesia.
Ponte de medio lado junto a la mesa, hijo, hazme caso.
El guardia Romero se quedó con el dedo en el disparador, mirando a su jefe como un ternero perdido. Castaño midió el ángulo del barniz, comprobó el reflejo de la bombilla del techo y señaló la esquina de la cajonera con la barbilla.
—Tíralas desde donde dice la señora, Romero.
—A la orden, mi teniente.
Rufina ni siquiera puso cara de victoria, que era su manera más irritante de ganar una discusión.
Mientras el flash iluminaba a fogonazos blancos la túnica morada y el rostro ceniciento de Tomás Recio, Castaño dio dos pasos hacia Puri y bajó la voz para que no saliera al pasillo.
—Quiero preguntarle por esa medalla que lleva don Tomás en la boca.
No lo soltó como una amenaza; lo soltó como quien pone una carta boca arriba encima del tapete. Puri notó que el aire olía de repente mucho más a colonia cara de Tomás y a naftalina vieja.