La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

«Puerta cerrada guarda más que llave echada».

Antes de que llegara Adela, asomó por la rendija el teléfono de Tina.

Entró primero el aparato con su funda roja de libro, luego dos dedos con las uñas pintadas de coral y detrás medio ojo de Tina intentando ver algo en la oscuridad sin meter el pie dentro.

—Puri, por Dios, dime que estás ahí —cuchicheó desde fuera a toda velocidad—.

Adela ya viene, que la he visto cruzar como si fuera a comprar el pan, y Rufina se ha quedado fuera sujetando al de Festejos, que le ha dado una sudoración fría por detrás de las orejas que yo pensé que nos daba un síncope allí mismo delante del santo.

—No pases, Tina.

Tina se quedó clavada en el sitio. Que no abriera más la puerta con lo que le gustaba a ella un tumulto ya decía bastante de la cara que debía de tener Puri.

—Ay, madre. ¿Está…? ¿Está muy mal?

Puri miró un segundo hacia atrás: Tomás derrumbado en la silleta, la tela morada mal metida, la medalla asomando entre los dientes y aquella raya limpia en el polvo junto al armario de las casullas.

—Ya no tiene arreglo, hija.

No quiso decir la palabra entera. En cuanto una soltaba «muerto» con una puerta entreabierta, la palabra salía corriendo por el pasillo, llegaba a la plaza y antes de cinco minutos ya había diez versiones distintas y tres mujeres con ataque de nervios en los bancos.

—¿Has llamado al médico? ¿O a los civiles? —preguntó Tina bajando el tono, aunque se le notaba el ahogo en el pecho.

—A nadie.

—Pero, Puri, que es el alcalde, que ahí fuera está hasta el fotógrafo de la Diputación y la banda ya ha tocado tres veces el mismo cacho de marcha, que parecen un disco rayado…

—A nadie he dicho, Tina. Hazme caso y quédate en la puerta.

Se oyó a Tina tragar aire.

—Bueno, vale, no me muevo. Pero te digo una cosa: yo tengo muy mal disimulo en la cara, Puri, que me lo decía siempre mi Mateo, que en cuanto me callo una cosa se me sube un color a los pómulos que parezco un semáforo, así que si viene don Julián…

—Si viene don Julián le dices que estoy recogiendo unos alfileres que se han caído. Desde fuera.

—¿No hace falta que te ayude a taparlo ni nada?

—Ni tocarlo, Tina. Quita el móvil de la rendija, anda, sé buena.

—Vale, vale, ya lo quito. Si está apagado, ¿eh?, que lo llevo en la mano por no meterlo en el bolso con las llaves, que se me raya el cristal. Aquí me quedo. Como una columna.

El teléfono desapareció y la puerta volvió a quedar casi ajustada.

Puri apoyó un poco la espalda en la madera y soltó el aire despacio.

Ahora que tenía a Tina haciendo de tapón en el pasillo, notó que las rodillas le pesaban el doble de lo normal.

Toda una vida fregando suelos de iglesia, cambiando el agua podrida de los floreros y aguantando curas con manías para acabar encerrada a oscuras con Tomás Recio y una medalla de mayo del noventa.

Para no pensar en la madre de Clara, se puso a mirar el suelo otra vez.

Cualquiera que no hubiera limpiado aquella sacristía de rodillas no se habría fijado, pero junto al zócalo del armario grande —donde solo se guardaban las cosas de Semana Santa y los trapos que don Julián no sabía dónde meter— faltaba el polvo de la esquina.

Había una franja limpia, estrecha, de haber corrido una caja o haber abierto la hoja baja hacía nada.

Puri se frotó el pulgar contra el delantal para quitarse la bolita de cera que llevaba pegada desde antes.

Sonaron dos golpecitos en la madera, justo detrás de su hombro. Cortos y sin prisa.

Puri abrió lo justo para que entrara Adela y volvió a cerrar enseguida.

Adela Montero no entró mirando hacia los rincones. Se quedó parada a medio metro de la puerta, con el bolso en el antebrazo y la rebeca sin una sola arruga, y miró primero a su amiga a los ojos.

—Tienes mala cara, Puri.

—No, si quieres me pongo a cantar una jota, hija mía.

—Me refiero a que te tiembla la barbilla. Respira por la nariz.

Puri cogió aire como le mandaban. A Adela se le notaba el susto precisamente en eso: cuanto más gordo era el disgusto, más parecía que te estaba tomando las medidas para un abrigo de domingo.

—He cerrado la puerta nada más verlo —dijo Puri en voz baja.

—Has hecho muy bien.

—Ni a don Julián he avisado.

—Don Julián tiene la tensión muy descompensada para estas sorpresas —repuso Adela con total naturalidad, dejando el bolso sobre una silla vacía y sacando un pañuelo limpio del bolsillo por pura costumbre de tener algo en la mano.

Dio dos pasos hacia el rincón del armario y se detuvo a una distancia prudencial de la silleta.

Puri la vio mirarlo de abajo arriba sin santiguarse ni llevarse las manos a la cara. Primero se fijó en los zapatos, luego en el faldón arrugado y por último en el cuello de la túnica.

—No vayas a tocar nada, Adela.

—Nunca toco géneros que no conozco.

Se quedaron calladas un momento. Fuera, la plaza sonaba como un avispero al sol.

—Ese hábito le queda pequeño de hombros —dijo Adela con el mismo tono con que descartaba una tela defectuosa en el mostrador—. Y se lo han abrochado saltándose un ojal. La manga izquierda va vacía, colgando por detrás: ese brazo no se lo han metido. Con mucha prisa o muy poca maña.

—No es suyo. Mira el pescuezo por dentro, ahí donde se da la vuelta la tela.

Adela inclinó apenas la cabeza sin acercar los zapatos a la mancha del suelo.

—Un siete. Punto de cruz antiguo, hilo de algodón negro del grueso. Eso no lo han cosido esta semana.

—Es de las túnicas viejas que había guardadas de antes —dijo Puri—. De cuando salían aquellos hombres por su cuenta.

Adela no contestó, pero bajó la vista hacia los mocasines de Tomás.

—Tiene cera pisada en el pie izquierdo —observó—. Y el derecho está limpio por el borde de la suela, como si lo hubieran apoyado de lado al traerlo. ¿Habéis encendido cirios aquí dentro antes de formar?

—Aquí ni uno. Hoy se ha repartido todo en la puerta grande porque hacía calor aquí encerrados.

—Entonces quien ha pisado esa cera venía de fuera o de otro cuarto.

En la plaza arrancó de repente una mujer cantando el himno del patrón a destiempo para disimular que el paso no andaba, y enseguida la siguieron otras cuantas con la voz temblona.

—Adela —susurró Puri apretándose el delantal con las dos manos—. Mírale la boca.

—Ya se la he mirado, Puri.

—Que es la de Clara. Te digo por mi madre que es la medalla de Clara Valverde.

Adela mantuvo los ojos fijos en aquel pedacito de metal oxidado entre los labios del alcalde.

—Por eso me has dicho que había vuelto —murmuró—. ¿Estás completamente segura?

—Como que estoy viendo a la chiquilla aquí mismo con el cubo de las margaritas, mujer.

La llevaba siempre colgada de una cadenita de nada, muy fina, y se la metía para dentro de la camisa en cuanto entraban hombres por el pasillo.

Una tarde que estábamos solas le dije: «Hija, ni que santa Rita te fuera a cobrar entrada por llevar una medalla tan fea», y se echó a reír…

A Puri se le quebró un poco el final de la frase y tuvo que callarse en seco. Le entraron unas ganas horribles de acercarse y cerrarle la boca a Tomás para que nadie más viera aquello así, tirado en la cara de un muerto como una burla.

—Puri, las manos quietas en el delantal —dijo Adela sin mirarla siquiera.

—Si no iba a hacer nada.

—Más vale.

La puerta se abrió entonces un palmo de golpe y entró Rufina de medio lado, cerrando enseguida con el tacón.

—Ya vienen los guardias por la esquina de la farmacia —soltó sin tomar aire—. En cuanto aparquen el coche encima de la acera como hacen siempre, los tenemos aquí metidos.

—¿Y la gente? —preguntó Adela.

—Tina les está enseñando no sé qué porquería en el móvil a las de la primera fila para que no miren para acá, y al tonto de Festejos lo he mandado a buscar al sacristán al coro, que allí por lo menos no estorba.

Rufina se volvió entonces hacia la silleta y se quedó mirando a Tomás con las manos en las caderas. Ni se santiguó ni dio un paso atrás; solo soltó el aire con un ruido áspero.

—Vaya cuadro. ¿Habéis tocado algo?

—El picaporte al entrar —dijo Puri.

—¿Y eso que tiene en la boca?

—Tampoco, mujer, ¿cómo lo voy a tocar?

—Yo qué sé, Puri, como tú eres tan de colocar las cosas en su sitio…

—Rufina estiró el cuello hacia el rincón—.

Esa silla baja es la de subirse a los armarios, ¿no?

La buena del cura tiene una pata coja con un cartón debajo desde que murió mi marido.

Y ahí en el suelo han arrastrado algo junto al mueble.

—No lo han arrastrado lejos —apuntó Adela—. Si hubieran traído a Tomás a rastras desde la puerta, habría marca en todo el pasillo y tiene los talones limpios. O entró por su pie antes, o lo trajeron entre dos desde muy cerca.

Sacó del bolso su libreta pequeña, la abrió sobre la palma de la mano y apuntó cinco cosas con su letra menuda de mercería: Túnica n.º 7. Manga izq. vacía. Cera zapato izq. Suelo barrido armario. Silla baja. Y debajo, separado por una raya: Medalla sin cadena.

—Sin cadena —leyó Rufina por encima de su hombro, frunciendo el ceño—. Qué ganas de dejar el trabajo a medias.

—O qué cuidado en guardarse la otra mitad —dijo Adela cerrando la libreta y guardándola en el fondo del bolso antes de que sonara el resbalón.

Miró a las dos con aquella tranquilidad suya que helaba el caldo.

—Escuchadme bien. Va a entrar el teniente nuevo. Nosotras hemos venido a buscar al alcalde porque no salía, Puri ha abierto la puerta, nos ha llamado del susto y no hemos pasado de esta baldosa. ¿Queda claro?

—Nos va a tratar como a tres viejas tontas que se han mareado con el incienso —protestó Rufina.

—Eso espero —repuso Adela colocándose bien la correa del bolso en el brazo—. Nos ahorrará dar muchas explicaciones antes de comer.

En el pasillo sonaron botas rápidas contra la piedra y la voz de Tina diciendo: «Por aquí, señor teniente, que yo no me he movido de la madera, se lo juro por mi sobrina».

Tres golpes secos sonaron en la puerta.