La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1) Capítulo 1
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La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1)

La procesión no espera (Agencia Santa Rita 1)

Por Julian Valdeolivas

© inepub.com

Capítulo 1

«Cuando el santo sale, hasta los muertos hablan».

Puri Delgado llevaba desde las ocho de la mañana peleándose con los claveles.

Se los habían traído demasiado abiertos, despatarrados, con esa cara de flor de cámara frigorífica que ponen los mayoristas cuando quieren quitarse género de encima antes del puente, y a Puri por ahí no la tomaban por tonta.

No por Dios Nuestro Señor, que bastante tenía con aguantar al mundo como para ponerse exquisito con la jardinería de san Román Mártir, sino por las mujeres de la hermandad que luego salían en las fotos del periódico agarrando velas torcidas delante de un santo con cara de haber dormido regular.

Así que, antes siquiera de que las andas asomaran a la puerta, Puri ya había rehecho tres veces el frente floral, había cambiado dos cintas descoloridas, había mandado a un monaguillo a frotarse las manos con jabón Lagarto y se había encarado con un cirio que tiraba hacia la izquierda como una cabra suelta.

—Tú verás, bonito, pero como te caigas te vas a caer derecho —masculló apretándole la base de cera con el pulgar.

El chiquillo que aguantaba la naveta del incienso la miró de abajo arriba, sin atreverse a pestañear.

—¿Está hablando sola, doña Puri?

—Sola no, hijo, con el cirio. Y con las flores. A tu abuelo también le hablaba y me hacía bastante menos caso, ya ves tú. Anda, sube esa barbilla, que te vas a echar la ceniza en los zapatos nuevos.

El zagal estiró el cuello sin entender del todo qué tenía que ver su abuelo con la cera virgen, pero obedeció por si las moscas.

Para media mañana, la plaza Mayor ya tenía ese aire de función sin telón que ponía el pueblo en las fiestas patronales.

De los balcones colgaban las colchas buenas de damasco, las sillas de plástico habían cogido la sombra media hora antes de que llegaran las dueñas, y bajo los soportales se apretujaban señoras con mantilla, socios de la cooperativa con el cuello de la camisa estrangulándoles la nuez, niños sufriendo en zapatos de charol y cuatro matrimonios de la urbanización nueva que les sacaban fotos hasta a las papeleras porque todo les parecía muy auténtico mientras no les diera el viento de la granja de cerdos.

La banda municipal afinaba a su manera, o sea, cada uno a su aire y Dios en el de todos.

El bombo pegaba golpes secos contra la esquina del Ayuntamiento.

El trompeta principal, que era el mediano del ferretero y tenía mucho pulmón pero poquísimo oído, soltaba unos pitidos sueltos con un entusiasmo que a Puri le pareció casi falta de caridad cristiana.

De la iglesia salían bocanadas lentas de incienso que se mezclaban con colonia de domingo, laca del pelo, cera blanda y ese olor a losa recalentada que echaba la plaza cuando octubre se ponía terco y se creía agosto.

San Román entero estaba allí, o eso decían luego en el bar.

En realidad, en San Román nunca estaba todo el mundo en ninguna parte.

Siempre faltaba el que prefería enterarse a mediodía para poder decir que él ya lo sabía; la que miraba por detrás del visillo para no tener que saludar a una consuegra; el que debía tres recibos del gasóleo y el que llevaba diez años sin pisar misa pero se plantaba en primera fila en cuanto veía un trípode.

Puri se sabía los huecos del pueblo mejor que los bancos de la parroquia.

Adela Montero esperaba bajo el reloj del Ayuntamiento, en el primer soportal.

Llevaba su rebeca clara, pendientes pequeños y el bolso colgado del antebrazo con la naturalidad de quien ha nacido con él puesto.

Parecía una viuda educada aguardando el paso del patrón.

Lo que no parecía era una mujer capaz de averiguar qué familia había dejado de hablarse en Nochebuena solo con ver quién le cedía el paso a quién en la acera.

Adela apenas movía el cuello. No le hacía falta. Miraba el trono de frente y, de paso, tenía controlado el portón municipal y a Hilario Santos, que manoteaba con el teléfono pegado a la oreja junto a una columna con cara de estar discutiendo de hectáreas y no de indulgencias plenarias.

En el arco que daba a la calle del Cuartel estaba Rufina Gallego.

Sin mantilla, sin bolso de domingo y sin ninguna gana de disimular que se aburría como una ostra.

Tenía las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y los pies bien abiertos sobre el adoquín.

Miraba los coches mal subidos al bordillo, la gente que llegaba apurada por las callejas y a los dos guardias jóvenes que se habían plantado justo delante de un pilar que les tapaba media plaza.

—Qué ojo tenéis, hijos míos —refunfuñó entre dientes—. Ahí quietos, no se vaya a fugar el santo a pata.

Al otro lado del paso, Tina Salcedo tenía el brazo en alto con el móvil.

No se hacía fotos a sí misma poniendo morritos como las chavalas del instituto.

Tina iba grabando a trozos: ahora la banda, ahora las mantillas, ahora Paco el Mudo asomado con el trapo al hombro en la puerta de El Candil, ahora don Julián tirándose de la estola con cara de que le dolían los riñones.

Luego, mientras se tomaba el café, lo subiría todo al Facebook del pueblo poniendo «Aquí, acompañando a nuestro patrón como cada año, qué emoción más grande», aunque en mitad del vídeo se oyera a un niño llorando a moco tendido.

—Chiquilla, baja ya la mano, que se te va a dormir el brazo —le dijo la de al lado dándole con el abanico.

—Calla, Mari Carmen, que luego mi cuñada la de Madrid dice que en el pueblo no hacemos nada cultural y quiero que vea el gentío. Además, si no lo grabo yo, el del Ayuntamiento saca solo a los concejales del lado bueno.

Puri la oyó desde el faldón del paso y meneó la cabeza sin reírse, porque acababa de ver que una de las niñas de primera comunión llevaba la vela tumbada sobre el encaje de la compañera.

—Endereza eso, corazón —le dijo cogiéndole la muñeca con suavidad—. Que como le prendas fuego al vestido antes de salir a la calle, tu madre me quita el saludo y el señor cura me descuenta el arreglo.

La niña puso la vela tiesa del susto.

La procesión arrancó con ese retraso de diez minutos que todo el mundo daba por descontado.

Salió la cruz parroquial, salieron los niños, los estandartes, las filas de velas, dos concejales que no sabían qué hacer con los brazos, la banda intentando coincidir en la misma nota y, detrás del todo, san Román Mártir entre los claveles que Puri había dejado firmes a base de alambre verde y paciencia.

El alcalde tenía que incorporarse, bastón en mano, delante de las andas justo antes de pisar la plaza.

Era una costumbre de toda la vida: el cura a un lado, el alcalde al otro y el primer teniente de alcalde medio paso atrás, calculando el hueco para salir en la foto sin parecer que le quería quitar el sitio.

Pero Tomás Recio no salía por ningún lado.

Al principio, Puri pensó que estaría haciéndose el interesante en el zaguán.

Tomás tenía esa manía de llegar cuando ya estaba todo el mundo colocado para que se notara quién mandaba, entrando con la chaqueta abrochada y levantando la mano desde la muñeca como había visto hacer en Mérida a los de la Junta.

Sin embargo, el trono llegó a la sombra de los soportales, don Julián miró dos veces hacia atrás por encima del hombro y el sitio junto al teniente de alcalde siguió vacío.

—Pues sí que vamos bien —cuchicheó una a la espalda de Puri.

—Calla, Isabel, que estamos delante del paso.

—¿Y qué? ¿El santo es ciego o qué?

Puri metió un tallo rebelde entre el alambre y buscó los ojos de Adela en el soportal.

No hizo falta hacer señas; Adela ya estaba mirando hacia la iglesia.

En la esquina del cuartel, Rufina sacó las manos de los bolsillos.

Tina bajó el móvil hasta la barbilla, mirando por encima de la funda roja mientras el aparato seguía grabando el suelo.

El alcalde no estaba en el balcón del Ayuntamiento, ni junto al cura, ni dándole la brasa a Hilario, ni escondiéndose de Lidia Castañeda.

El concejal de Festejos, que ya de natural tenía cara de que le estuvieran apretando los zapatos, se arrimó a don Julián a decirle algo en la oreja.

El cura negó con la cabeza. El concejal miró hacia la puerta chica de la iglesia, luego al Ayuntamiento y otra vez a la iglesia.

Y con eso bastó para que la plaza entera empezara a zumbar.

Puri conocía de sobra aquel ruido. No era el murmullo de cuando una novia se retrasa ni de cuando los costaleros entran torcidos; era el ruido que hace un pueblo cuando huele que ha pasado algo gordo y todavía no sabe a quién echarle la culpa.

—Aguántame esto un momento, hija —le dijo a una muchacha de la hermandad, pasándole el ramo de repuesto.

—¿Pasa algo, doña Puri?

—Qué va a pasar, mujer. Voy a por alfileres, que el manto va pidiendo auxilio. Y no aprietes tanto los tallos, haz el favor, que no estás ordeñando.

Cruzó la plaza a su paso normal, sin apurarse.

Si una mujer de su edad corría en mitad de la procesión, antes de llegar a la puerta ya habría tres viejas pidiendo una ambulancia.

Al pasar junto a Tina, ninguna dijo palabra; al doblar por donde Rufina, la otra se abrió medio palmo para dejarle hueco libre.

Desde el reloj, Adela bajó apenas los párpados.

Puri entró por la puerta chica del lateral.

De golpe, el barullo de fuera se quedó sordo, como metido debajo del agua.

La nave estaba sola, oliendo a cera recién apagada y a piedra fría.

Junto a una columna quedaba el monaguillo más pequeño, mirando hacia el pasillo del fondo con cara de haberse quedado olvidado en una excursión.

—¿Y don Tomás, hermoso? ¿Ha pasado por aquí?

El niño movió la cabeza diciendo que no.

—Don Julián me ha dicho que espere en esta columna.

—Pues vete a esperar a la de la puerta grande, anda, que aquí hace corriente y luego coges frío en el pecho y tu madre me echa la bronca a mí.

El crío se fue trotando sin rechistar.

Puri enfiló el pasillo de la sacristía. Había una caja de velas abierta en el suelo, un paño de altar mal doblado sobre una silla y dos varas del palio apoyadas en la pared. Lo normal en un día de fiesta antes de salir.

Pero la puerta de la sacristía estaba entornada.

Puri puso la mano en el pomo de bronce. Estaba frío. Se le quedó grabado el tacto helado del metal, el bombo de la banda sonando lejos como un corazón tonto, una bolita de cera pegada en el pulgar y el olor dulzón de las flores pasadas por debajo del incienso.

Empujó despacio.

Tomás Recio estaba sentado en una silleta baja de enea, junto a un arcón de madera, entre el armario de las casullas y las cajas de cirios, con la cabeza caída sobre el pecho y los zapatos buenos manchados de cera blanca.

No estaba dormido ni desmayado. Puri había vestido a demasiados difuntos en su vida para engañarse con eso: los vivos, aunque no se muevan, llenan el aire; Tomás estaba allí como un saco de harina que habían dejado apoyado contra la madera.

Llevaba puesta una túnica morada que no era la suya ni le cabía bien.

La tenía mal abrochada, tirante de los hombros y torcida en la tripa, con la manga izquierda colgando vacía por detrás del brazo, como si quien se la puso llevara mucha prisa o no supiera vestir a un cuerpo que pesa a plomo.

Por el borde del cuello revirado asomaba un número cosido con hilo negro viejo: un 7.

El primer pensamiento de Puri fue salir a dar voces. El segundo fue acordarse de las trescientas personas que estaban a veinte metros, con los teléfonos en la mano y ganas de fiesta o de tragedia, entrando en tropel por el pasillo.

Y entonces vio lo que tenía en la boca.

Asomando entre los labios grises de Tomás había una medallita oscura, gastada, sin cadena.

A Puri le dio un vuelco el estómago que la dejó sin saliva.

No por el muerto, sino por el trozo de metal y por lo que le faltaba.

Treinta y seis años atrás, ella había visto esa misma medalla mil veces colgada de una cadenita fina en el cuello de Clara Valverde, brillando cada vez que la muchacha se agachaba sobre los cubos de flores o metiéndosela deprisa dentro de la blusa cuando entraban según qué hombres por la iglesia.

Aquello era solo la medalla pelada, arrancada de cuajo.

Puri respiró cortito por la nariz sin mover los pies de la baldosa.

No tocó la medalla, ni la túnica, ni le puso la mano en el hombro a Tomás.

Se acercó solo un paso para asegurarse de que no alentaba y para fijarse, por pura costumbre de mujer que limpia donde otros ensucian, en que junto al armario viejo había una franja de suelo sin polvo, como si hubieran arrastrado algo hacía un rato; en que el zapato izquierdo tenía un goterón de cera pisada, y en que aquella silleta baja era la que usaba el sacristán para subirse a por los manteles altos.

Miró una vez más para que no se le olvidara nada cuando entraran las prisas.

Dio un paso atrás y cerró la puerta sin que sonara el resbalón.

Afuera, la banda volvió a empezar la marcha desde el principio porque ya no sabían qué hacer con los instrumentos. En nada y menos, alguien entraría a buscar al alcalde y se acabaría la paz en San Román.

Puri sacó el móvil del bolsillo del delantal. Los dedos no le temblaban, pero los tenía torpes como si viniera de lavar con agua helada. Cuando Adela descolgó, Puri no dijo «ven corriendo» ni «se ha muerto Tomás».

—Adela —dijo muy bajito—. Clara ha vuelto.