Capítulo 38 #2
A Tina se le quedó la respiración clavada en el pecho al ver la segunda pieza que Lara extrajo con cuidado del sobre.
Era la mitad derecha que faltaba de la fotografía en color del patio de los naranjos.
A diferencia de la reimpresión moderna que había aparecido en la libreta de Andrés, aquel fragmento parecía una copia fotográfica química antigua, amarillenta por detrás, abarquillada en una esquina y con el borde derecho chamuscado.
No podía encajar en el corte del papel moderno que Criminalística tenía en Badajoz, pero el patio era el mismo: la cal, las ramas del naranjo, la esquina de la cochera.
En aquel fragmento derecho, apoyados junto a la puerta abierta de la cochera de los Recio con vasos de cristal en la mano mientras miraban hacia el rincón donde estaba Clara con la cadena rota sujeta por el imperdible, aparecían cuatro hombres.
Tres se veían de cuerpo entero: Eusebio Recio en el centro, Hilario Santos con la camisa remangada a su lado y un Tomás Recio de veintitrés años sonriendo de medio perfil.
Al cuarto hombre, situado en el extremo derecho de la imagen, alguien le había quemado la cara con la brasa de un cigarro hasta dejar un agujero negro de bordes achicharrados en el papel.
Pero justo al lado de aquel rostro quemado, apoyado en el marco de madera de la cochera, se veía el antebrazo de un quinto hombre que quedaba medio tapado por el hombro de Eusebio Recio y que llevaba en la muñeca izquierda un reloj de acero de caja cuadrada con una muesca profunda en el bisel de arriba.
Tina no dijo ni una palabra.
Se dejó caer sentada en la silla de la máquina de coser sin apartar los ojos de aquella muñeca.
—Tina… —susurró Puri acercándose medio paso a ella.
—Es el reloj de mi suegro Manuel —dijo Tina con una voz tan seca y tan quieta que dio más frío que si se hubiera echado a llorar—.
Lo guardó mi Mateo en el cajón de su mesilla cuando murió su padre, y desde que faltó Mateo lo guardo yo en el mismo cajón.
Yo misma lo llevé dos veces a la relojería de Almendralejo a cambiarle el cristal porque tenía ese golpe en la esquina de cuando se le cayó una llanta encima en el taller.
Rufina apoyó la mano abierta sobre la mesa de pino, a dos dedos del brazo de Tina, sin decir nada porque no había frase en el mundo que arreglara treinta años de matrimonio de golpe.
—Un reloj no es un hombre, Tina —dijo Adela con mucha suavidad—. Todavía no sabemos de quién era la muñeca.
Lara inclinó entonces el sobre manila por última vez y dejó caer sobre el paño una tarjeta antigua, de cartulina marfil gruesa sin nombre impreso. Las mayúsculas negras eran primas hermanas de las del papel que había entregado Andrés:
A TOMÁS YA LO HAN CALLADO. EL DE LA CARA QUEMADA SIGUE VIVO Y SABE QUE EL MIÉRCOLES VAN A CAVAR EN LOS POZOS. VOSOTRAS LLEGASTEIS TARDE UNA VEZ. NO LLEGUÉIS TARDE OTRA.
En la trastienda no se oyó más que el zumbido del tubo fluorescente y, muy lejos, al otro lado de la persiana bajada, el ruido metálico del cierre de El Candil al bajar Paco la reja esa noche.
Puri miró el fragmento fotográfico, luego la llave del santo roto que Lara había puesto aparte para documentarla y, por último, a sus tres amigas.
—El que mandó la medalla a Andrés el sábado a lo mejor quería que Clara dejara de estar escondida —dijo—. O quería que otro hiciera el ruido por él.
—Lo que sí sabemos es que alguien tiene mucho interés en que lleguemos antes de que abran los pozos —dijo Rufina mirando la tarjeta de cartulina marfil.
Castaño terminó de leer la amenaza y la dejó sobre el paño, sin que nadie la tocara.
—Y por eso no van ustedes cuatro solas ni a los pozos ni a esa ermita —dijo—.
Esta noche pediremos que comprueben los accesos y mañana veremos con el juzgado cómo proteger el lugar.
A primera hora necesitaré que me expliquen por dónde se subía a San Bartolomé, porque los planos que tengo no muestran ese camino.
Adela se quedó mirando al teniente.
—El camino empieza detrás de la era de las higueras y se pierde antes del cortijo. Puri todavía sabe dónde estaba la puerta de la alacena.
—Saber dónde está no autoriza a abrirla —le recordó él.
—No se preocupe, teniente —intervino Rufina—. Ahora sabemos perfectamente que tocar no es lo mismo que mirar. Y mirar todavía no lo ha prohibido usted.
Tina, que seguía mirando la muñeca del hombre casi oculto en la fotografía, se levantó de la silla de la máquina de coser.
—Yo mañana quiero estar allí —dijo—. No para quitarles el trabajo. Para saber si todo lo que nos contaron en casa era verdad.
—Cuando el juez autorice la inspección, hablaremos de quién puede acompañarnos hasta el camino —respondió Castaño. No sonrió, pero tampoco les cerró la puerta.
Lara guardó por separado los efectos recogidos y anotó el origen de cada entrega. Después de que Adela firmara el recibo, los dos agentes salieron con las pruebas hacia el puesto.
Las cuatro se quedaron un momento alrededor de la mesa, con el paño vacío bajo la lámpara. La promesa hecha en el banco de la plaza seguía en pie. Clara también seguía esperando una respuesta.
—Además —dijo Rufina, cogiendo su cazadora—, a mí me da mucha rabia que nos tuteen por correo sin poner el remite.
Tina soltó una risa corta, todavía con los ojos cansados, y Puri se hizo la cruz antes de apagar la lámpara.
—Que santa Rita nos coja confesadas mañana en esa cuesta.
Adela cerró la caja fuerte, comprobó la persiana de la tienda y salieron las cuatro juntas a la plaza Mayor de San Román de la Encina, donde las farolas amarillas alumbraban el banco de piedra vacío, la puerta cerrada de la iglesia y una verdad de treinta y seis años que acababa de quedarse sin cerrojo.