LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Capítulo 29
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Capítulo 29

La hora más larga de mi vida la pasé en un todoterreno acribillado, a cincuenta metros de una verja, contando los minutos en un reloj de pulsera que había sido de un muerto.

Mara iba atrás, atada, callada. Yo delante, con el fusil corto en el suelo, vigilando a la vez la verja por la que había entrado Castillo y el recodo de la carretera por el que podían volver los hombres de Veiga si se envalentonaban.

No volvieron. Pero tampoco salía nadie de la verja, y cada minuto que pasaba sin que saliera era un minuto en que cualquier cosa podía estar pasándole a Damián ahí dentro.

—No va a salir en una hora —dijo Mara, al cabo de un rato, sin malicia, casi con suavidad—.

Lo sabes, ¿verdad? Estas cosas no se arreglan en una hora.

O lo han metido en una celda nada más cruzar, y entonces no sale, o ha conseguido que un general lo escuche, y entonces tardan. Pase lo que pase, tu hora es mentira.

—Cállate, Mara.

—Solo digo que no hagas una tontería cuando se cumpla. —Miró por la ventanilla rota.

Me callé, porque tenía razón, y odié que la persona que me había arruinado la vida fuera capaz todavía, atada en el asiento de atrás, de decirme la única cosa sensata que había oído en una hora.

Cuando el reloj del muerto marcó los cincuenta y cinco minutos, y yo ya tenía la mano en la manija de la puerta y el plan de hacer exactamente la tontería contra la que Mara me había avisado, la verja se abrió.

No salió Castillo. Salió una sección de soldados, ocho o diez, en formación, con un teniente al frente, y vinieron derechos hacia el todoterreno.

Cogí el fusil sin pensarlo, lo dejé sobre el regazo, y por un segundo se me pasó por la cabeza que todo había salido mal, que Veiga había llegado antes por teléfono, que aquellos hombres venían a terminar el trabajo de la carretera.

El teniente se paró a tres pasos de mi ventanilla. No levantó el arma.

—¿Doctora Valentina Guiroa? —Saber mi nombre, mi nombre de verdad, el que no había oído en boca de un uniforme sin un insulto detrás en dos años, me dejó muda—.

El general Renau la está esperando. A usted y a la detenida.

Y me ha ordenado decirle, textualmente, que el comandante Castillo está vivo, que está con él, y que traiga usted el resto de los papeles.

Me llevaron dentro por un patio de hormigón lleno de actividad, entre miradas que no sabían qué hacer conmigo, hasta un edificio de oficinas que en otra vida había sido la administración de la fábrica.

A Mara se la llevaron por otro lado, a una sala con guardia.

A mí me condujeron a un despacho grande, con un mapa enorme del sector en una pared y una mesa de metal en el centro, y allí estaban los tres.

El general Renau, un hombre mayor, seco, con la cara de quien lleva años durmiendo mal, de pie tras la mesa.

Castillo, sentado en una silla a un lado, pálido, todavía sin que nadie le hubiera curado el costado como es debido, pero entero, vivo, con el cuaderno de Mara abierto sobre la mesa delante del general.

Y, junto a la ventana, dándome la espalda al entrar yo, un coronel de uniforme impecable que se giró despacio, y que tenía la cara que yo había imaginado mil veces sin tenerla nunca: la del hombre que firmó la orden que mató a mi hermana y la cantidad que me arruinó la vida.

Veiga.

Había llegado él solo, sin que lo trajeran.

Castillo me lo explicó después: en cuanto sus hombres le dijeron que no habían podido pararnos en la carretera, Veiga había corrido al mando de sector a adelantarse, a contarle a Renau su versión antes de que la contáramos nosotros, a presentarnos como un desertor y una espía que venían a calumniar a un coronel leal.

Había llegado media hora antes que yo. Y se había encontrado con que el desertor ya estaba dentro, con un cuaderno con su letra encima de la mesa del general.

—Aquí está la otra mitad —dije, y dejé las cartas sobre la mesa, delante de Renau, sin apartar los ojos de Veiga—.

Cartas con su firma, mi general. Y en esa sala que tienen ahí al lado hay una mujer que pasó esa información durante dos años y que está dispuesta a contar de quién la recibía.

—Por fin miré al general—. Yo soy la espía que condenaron por los catorce hombres de un convoy.

No los maté yo. Los vendió él. Y tengo una hermana muerta por su culpa, no he venido hasta aquí a calumniar a nadie.

Veiga no perdió la compostura. Los hombres como Veiga no la pierden fácil; han llegado donde han llegado precisamente por no perderla.

—General, esto es grotesco —dijo, con una calma de hielo—.

Un cuaderno sin valor probatorio, robado vaya usted a saber a quién.

La palabra de una espía convicta y de una agente enemiga capturada.

Y la de un comandante que ha desertado de su puesto, ha desaparecido con una prisionera y, según sus propios hombres, ha matado a soldados del Mando en la carretera esta misma mañana.

—Me señaló con la barbilla, sin mirarme—.

¿A quién va a creer, mi general? ¿A treinta años de servicio o a esto?

Hubo un momento, uno solo, en que pensé que iba a funcionarle. Que la calma y los galones iban a pesar más que la verdad, como pesaban siempre. Renau lo miró largo. Después bajó la vista al cuaderno, pasó dos páginas con un dedo, se detuvo en una.

—La letra del cuaderno es la suya, Veiga —dijo, sin levantar la voz—.

La conozco. Llevo nueve años recibiendo partes con esa letra.

—Cerró el cuaderno—. Y llevo tres sabiendo que en mi sector se filtraban posiciones y sin poder ponerle cara al que las filtraba.

Hoy me traen la cara, la letra y las cantidades, y resulta que es usted.

—Levantó los ojos, y en ellos había un hartazgo viejo que se convertía, despacio, en otra cosa más fría—.

Le he tenido sentado a mi mesa. He brindado con usted.

Y ahí, solo ahí, a Veiga se le movió algo en la cara.

Lo demás fue rápido, y feo, como son las caídas de los hombres poderosos cuando por fin caen.

Veiga lo intentó todo en muy poco tiempo.

Negó, amenazó, invocó nombres por encima de Renau, dejó caer que el general tampoco tenía las manos tan limpias, que removiendo aquello salpicaba a mucha gente.

Cuando vio que nada agarraba, que Renau ya había hecho una seña al teniente de la puerta, hizo lo último que le quedaba: dio un paso hacia la mesa, hacia el cuaderno, como si pudiera todavía arrancarlo y tragárselo.

No llegó. Castillo, herido y todo, se levantó de la silla y se interpuso, y los dos hombres que me habían escoltado sujetaron a Veiga por los brazos antes de que tocara nada.

Se lo llevaron así, sujeto, sin gritos ya, con esa dignidad rígida y vacía que les queda a los que han perdido todo menos la costumbre de mandar.

Al pasar por mi lado se detuvo medio segundo, y entonces sí me miró de verdad, a los ojos, a la espía a la que su firma había convertido en culpable de sus muertos.

—No sé quién es usted —dijo.

—Lo sé —contesté—. Ese fue siempre el problema. Para usted yo era un renglón.

No me contestó. Se lo llevaron. Y con él se llevaron, de aquel despacho, la celda, el convoy, los catorce nombres, mi hermana y dos años de una culpa que nunca había sabido dónde poner, todo cobrado por fin, todo puesto por fin del lado correcto de la mesa.

Debería haber sentido alivio. Sentí, sobre todo, un agotamiento enorme, y la necesidad de mirar a Castillo, que seguía de pie, sujetándose el costado, mirándome a mí.

Crucé el despacho. Llegué hasta él. Y entonces el general Renau dijo lo que yo, en mitad de la euforia de ver caer a Veiga, había tenido la tontería de olvidar.

—Doctora, su nombre va a quedar limpio. Me encargo yo personalmente.

—Hizo una pausa, y la pausa ya me dolió antes de que terminara—.

Del comandante Castillo no puedo decir lo mismo.

Lo que nos ha traído hoy le honra, y lo tendré en cuenta hasta donde pueda.

Pero ha desertado de su puesto, ha actuado por su cuenta desde que desapareció y hay hombres muertos esta mañana en una carretera de mi sector.

No puedo dejarlo salir por esa puerta como si nada.

Tiene que responder por ello. —Miró a Castillo, y no fue una mirada cruel; fue casi de respeto—. Lo siento, comandante. Sabe que es así.

—Lo sé —dijo Castillo.

Lo sabía. Claro que lo sabía. Lo había sabido desde el molino, desde antes, desde el momento en que decidió cruzar aquella verja. Había entrado sabiendo el precio. Y lo había pagado de todas formas, por Sara, por sus catorce, por mí.

Me giré hacia él, con el general delante, con los soldados esperando para llevárselo a él también, aunque a otro sitio y por otra razón que a Veiga, y se me deshizo por dentro toda la frialdad que había levantado para protegerme.

—Damián.

—Una hora, dijiste. —Lo decía con una sonrisa torcida, el muy desgraciado, con el costado sangrándole y un futuro de tribunal por delante—. He tardado cincuenta y ocho minutos. He salido a tiempo. Técnicamente.

—No tiene gracia.

—Un poco sí. —Me cogió la mano, delante de todos, sin que ya importara nada el uniforme ni el rango ni la distancia—. Estás limpia, Valentina. Es lo único que he venido a hacer aquí. Lo demás lo aguanto. He aguantado cosas peores con menos motivo.

Se lo llevaban. Empezaban a llevárselo, despacio, hacia otra puerta. Y yo, que llevaba todo el viaje sin saber decirle que sí a ninguna de las cosas importantes, encontré por fin la voz para la única que de verdad importaba.

—Te voy a esperar —dije—. ¿Me oyes? Lo que tarde. El tribunal que tarde. No te he perdonado lo de Sara y a lo mejor no lo hago nunca, ya te lo dije, pero eso es asunto mío y tuyo, no de ellos. Cuando salgas, por la puerta que sea y el año que sea, voy a estar ahí fuera. Que lo sepas.

Castillo se paró un segundo en la puerta. Se giró. Y la última cara que le vi antes de que se lo llevaran no fue la del comandante, ni la del carnicero de Ardena, ni la del hombre roto del cobertizo. Fue la de alguien a quien, después de mucho tiempo, alguien iba a estar esperando fuera.

—Te oigo —dijo.

Y se lo llevaron.