Capítulo 28
Condujimos hacia el norte toda la mañana, dejando atrás el corredor y metiéndonos en la zona dura, esa franja donde la guerra deja de ser emboscadas en vaguadas y se convierte en alambradas, postes quemados y carteles que avisan de minas que ya nadie ha quitado.
El mando de sector estaba al final de aquella tierra de nadie, en una antigua fábrica reconvertida en cuartel, sede del general Renau y de medio ejército del Mando en cien kilómetros a la redonda.
Para llegar había una sola carretera. Y Veiga lo sabía igual que lo sabíamos nosotros.
Mara iba callada atrás, mirando por la ventanilla la tierra arrasada pasar, con esa quietud de quien ha hecho las paces con que el viaje no tiene ya un buen final para ella.
Castillo, a su lado, se sujetaba el costado y repasaba en voz baja, conmigo, lo que iba a decir, lo que iba a enseñar, en qué orden, como quien afila un cuchillo que va a usar una sola vez.
—Lo primero que pidas, que sea hablar con Renau a solas —le dije, repitiéndole lo que ya habíamos hablado—. Si te lleva a un despacho con más oficiales, no sabes cuál de ellos come de la mano de Veiga. A solas con el general, o nada.
—A solas con el general, o nada —repitió—. Lo sé, doctora. Me lo ha dicho cuatro veces.
—Te lo voy a decir cuarenta, si hace falta. —Apreté el volante—. Porque vas a entrar tú solo a un sitio del que a lo mejor no te dejan salir, y necesito saber que vas con la cabeza fría y no con tus ganas de acabar con esto de una vez.
No me contestó. Sabía que tenía razón, y yo sabía que él tenía razón en lo otro, en que no había otra forma, y los dos seguimos callados un rato, cada uno masticando su parte del miedo.
Nos cogieron a quince kilómetros del cuartel, donde la carretera se estrechaba entre dos taludes y no había por dónde salirse.
Habían cruzado un camión militar a través, cortando el paso, y antes de que yo pudiera frenar del todo ya había hombres bajando de la cuneta con los fusiles arriba.
No llevaban distintivos de unidad. No eran un control regular.
Eran lo que Castillo había temido desde Tova: la gente de Veiga, los cuatro o cinco de confianza a los que un coronel manda a hacer lo que no puede escribir en un parte.
Nos habían adelantado por otra pista y nos esperaban donde no había escapatoria.
—No pares del todo —dijo Castillo, muy rápido, agachándose—. Frena, pero no apagues. Y hagas lo que hagas, no dejes que te saquen del coche. Fuera del coche estamos muertos.
Frené a veinte metros del camión. Un hombre se acercó por mi lado, sin bajar el fusil, y me hizo señas de que saliera. Detrás, otros dos rodeaban el todoterreno. Sentí el sudor frío bajándome por la espalda y la caja de munición con la condena de Veiga quemándome bajo el asiento.
—Buenos días —dije por la ventanilla, sin bajarla del todo, con la voz más de enfermera harta que pude fingir—. Llevo a un comandante herido y a una detenida al mando de sector. Órdenes. Si me entretienen, respondéis vosotros ante Renau.
—Baja del coche. —El hombre no picó—. Los tres. Despacio.
Y ahí supe que no había bluff que valiera, que aquellos hombres sabían exactamente a quién paraban y que no nos iban a dejar llegar a ningún general. Venían a que desapareciéramos en aquel tramo de carretera, nosotros y la caja, sin parte y sin testigos.
Lo que pasó después pasó en muy pocos segundos.
Castillo, agachado, me dijo una sola palabra —«ahora»— y yo pisé el acelerador a fondo.
El todoterreno saltó hacia delante, hacia el hueco que quedaba entre el morro del camión y el talud, mientras los hombres gritaban y abrían fuego.
Metí el coche por aquel hueco arañando la chapa contra el camión, con las balas reventando una ventanilla, Mara tirándose al suelo del asiento de atrás y Castillo sacando el cañón por su ventana disparando hacia atrás para que se cubrieran.
Salimos del otro lado entre un estruendo de metal y cristales, perdimos un retrovisor y los nervios, pero no perdimos la vida de milagro, y aceleré por la carretera abierta con el pulso a mil y el cuartel todavía a quince kilómetros.
—¿Todos vivos? —grité.
—Yo, sí —dijo Mara desde el suelo, con un hilo de voz que casi me hizo gracia.
—Sigue —dijo Castillo, apretándose el costado, donde la venda se le había vuelto a manchar con el esfuerzo—.
Van a venir detrás. Pero a quince kilómetros está el cuartel, y según nos acerquemos van a tener que rendirse, porque dentro de la zona del sector no pueden dispararnos sin que lo vea medio ejército de Renau.
Solo tienes que llegar. Conduce y llega.
Conduje. Llegué. Con un todoterreno acribillado, sin retrovisores, con un comandante sangrando y una traidora en el suelo, planté el coche delante de la verja del mando de sector mientras, en el retrovisor que me quedaba, los vehículos de Veiga frenaban a lo lejos y daban media vuelta, porque hasta allí no se atrevían a entrar.
Y entonces llegó la parte que llevaba temiendo desde el molino.
Paramos a cincuenta metros de la verja, en el último recodo donde todavía no nos veían los centinelas, porque lo que teníamos que decirnos no se podía decir delante de un puesto de guardia.
Apagué el motor. Por la luna rota entraba el aire frío de la zona dura y el sonido lejano de la actividad del cuartel.
Castillo cogió la caja de munición. Sacó de ella el cuaderno y la mitad de las cartas, las metió en el macuto, y el resto —la otra mitad de las cartas, las copias de las órdenes— me las dejó a mí en el regazo.
—Esto te lo quedas tú —dijo—. Si entro y en una hora no he salido, o si oyes que algo ha ido mal, no esperes.
Coges a Mara, das media vuelta y buscas a otro.
A un periodista de los Libres, a un cura, a quien sea que pueda hacer ruido con esto.
No vuelvas a por mí. ¿Me oyes? Tú y ella y estos papeles sois el seguro de que, pase lo que me pase a mí ahí dentro, Veiga cae igual. Esa es tu parte. La mía es entrar.
—Tu parte es volver a salir. —Me oí la voz rota antes de notar que se me rompía—. Esa es tu parte, Damián. Entrar, hablar con tu general, y volver a salir por esa verja con tus dos piernas. No me vale otra.
—Haré lo que pueda. —No me mintió diciéndome que sí.
Nunca me mentía—. Pero los dos sabemos lo que soy ahí dentro.
Un comandante que desapareció con una prisionera, que ha matado a gente del Mando en una carretera hace media hora y que viene a acusar a un coronel de traición con un cuaderno robado a una espía.
Hay muchas formas de que esto acabe conmigo en una celda o en un paredón antes de que Renau llegue siquiera a leer la primera página. Lo sé, pero voy a entrar igual.
—¿Por qué? —La pregunta me salió de muy abajo, de un sitio que no controlaba—. Y no me digas que por mí. Dime la verdad.
Castillo se quedó callado y me cogió la cara con las dos manos.
—Por ti, sí —dijo—. Pero no solo por eso.
También entro por Sara, a la que no pude sacar.
Entro por mis catorce, a los que mandé a una emboscada que firmó otro.
Entro por los dos años que cargué con la culpa de un hombre que se reía mientras vendía a su gente.
—Me apretó la cara y apoyó su frente contra la mía—.
Llevo dos años siendo el carnicero de Ardena para todo el que me mira.
Hoy puedo entrar por esa verja y salir siendo el que destapó a Veiga, aunque me cueste el uniforme, aunque me cueste la vida.
Por una vez voy a elegir yo lo que soy. Déjame.
Es lo único que te he pedido en todo este viaje.
No le dije que sí. Otra vez no me salió.
Lo besé. Eso fue lo que le dije. Lo besé en aquel coche acribillado, a cincuenta metros de la jaula en la que se iba a meter, con la mitad de la condena de Veiga en mi regazo y la otra mitad en su macuto, y en aquel beso le dije todo lo que no le había perdonado y todo lo que lo quería, las dos cosas a la vez, enteras.
Después me aparté. Porque si no me apartaba yo, no se iba él.
—Una hora —dije—. Te doy una hora, Damián Castillo. Y si en una hora no sales por esa verja, no voy a hacer caso a nada de lo que acabas de decirme. Voy a entrar a por ti con Mara de la mano y este cuaderno por delante, y que Dios pille confesado a tu general. Que lo sepas.
Le tembló algo en la boca, y por una vez la dejó salir: una risa pequeña, rota.
—Te creo —dijo.
Cogió el macuto, abrió la puerta del todoterreno, y echó a andar hacia la verja del mando de sector, cojo, con la camisa manchada de sangre seca y un cuaderno robado bajo el brazo, hacia los centinelas que ya se habían puesto firmes al ver acercarse a un hombre con uniforme de comandante.
Lo vi llegar hasta ellos. Lo vi decir algo, lo vi levantar las manos despacio cuando los fusiles bajaron a apuntarle. Lo vi entregarse.
Y después lo vi desaparecer al otro lado de la verja, tragado por el cuartel, y me quedé sola en un coche reventado, con una traidora atada en el asiento de atrás y un reloj empezando a correr.