Capítulo 27
De los vehículos en los que había llegado la gente de Mara, dos seguían en el molino, abandonados cuando sus dueños dejaron de necesitarlos.
Cogimos el más entero, un todoterreno civil con el depósito medio lleno, y metí a Mara atada en el asiento de atrás, con Castillo a su lado vigilándola y el fusil corto cruzado sobre las rodillas.
Conduje yo, otra vez. A esas alturas era ya la conductora oficial de nuestra pequeña guerra particular.
Tova a la luz del día era una mala idea, pero no teníamos noche que esperar.
Entré por la vaguada de los almendros, dejé el todoterreno en un cobertizo de aperos a las afueras y fuimos a pie hasta el cementerio viejo, pegados a las tapias, yo con la cara medio tapada con un pañuelo, Mara delante con las manos atadas escondidas bajo una manta y Castillo detrás, marcándole el paso con el cañón en los riñones.
El cementerio viejo de Tova era un rectángulo de nichos blancos comidos por la hierba, en una loma sobre el pueblo, donde ya casi no enterraba nadie porque la guerra había abierto fosas más nuevas y más grandes en otra parte.
Lo conocía. Claro que lo conocía. Había firmado yo media de las defunciones de los nichos de la fila de abajo, en los primeros meses.
—Tercera fila —dijo Mara, en voz baja—. El nicho que pone Salas. No hubo nunca ningún Salas. Lo elegí yo.
Conté las filas. Encontré la lápida, una placa barata con un nombre inventado y una fecha redonda, sin foto, sin flores, el escondite perfecto en un sitio donde a nadie le sobran ni las flores ni la curiosidad.
Castillo hizo palanca con el cuchillo en el borde de la placa mientras yo le sujetaba a Mara del brazo y vigilaba la cuesta.
La placa cedió. Detrás, en el hueco, en lugar de una urna, había una caja de munición de metal, cerrada con un alambre.
La saqué. La abrí allí mismo, en cuclillas entre las tumbas, porque no pensaba jugarme el cuello por algo sin mirar antes que fuera verdad.
Era verdad.
Dentro había un fajo de papeles y un cuaderno de tapas hules.
Las cartas llevaban membrete militar y una firma que se repetía abajo, la misma, angulosa: Cnel.
R. Veiga. Órdenes de movimiento, autorizaciones, un par de notas manuscritas que no hacía falta ser juez para entender.
Y el cuaderno era lo que Mara había dicho: columnas con su letra, fechas, lugares, números de convoy, y al lado, cantidades.
Lo que Veiga había cobrado por cada posición de su propio ejército que había puesto en manos de los Libres.
Pasé las hojas hasta que encontré una fecha que me paró el dedo en seco.
La de la ruta de un convoy de traslado al sector siete.
El mío. Estaba ahí, apuntado con la misma letra con la que Mara me apuntaba a mí las dosis, vendido por una cantidad que cabía en un renglón.
Catorce hombres de Castillo. Mi vida entera. Un renglón.
—¿Es suficiente? —preguntó Castillo, a mi lado, sin bajar la guardia sobre la cuesta.
—Es una soga —dije, cerrando la caja—. Una soga entera, con su nudo y su árbol. Con esto, tu general no necesita creernos. Le basta con saber leer.
Fue al levantarme cuando Mara cambió la cara.
Estaba mirando cuesta abajo, hacia el pueblo, y se había quedado muy quieta.
Seguí su mirada. En la única calle que subía hacia el cementerio, todavía lejos, avanzaban despacio dos vehículos que yo no había visto entrar en Tova.
Verde militar. Del Mando. Y no traían las prisas de una patrulla de rutina; traían el cuidado de quien sabe lo que viene a buscar y no quiere espantarlo.
—No puede ser Veiga —dije—. No le ha dado tiempo. El de los Libres acaba de irse.
—No es Veiga en persona. —Castillo ya me empujaba hacia la tapia de atrás, hacia la salida que no daba al pueblo—.
Es Veiga moviéndose deprisa. Quizá tenía ojos en Tova desde que ardió la farmacia.
Quizá el de los Libres llamó a alguien, y ese alguien llamó a otro.
Da igual. Lo importante es que sabe que estamos vivos y ya ha mandado a alguien aquí.
—Me miró, con la caja de munición apretada bajo mi brazo y toda la prisa del mundo en los ojos—. Se nos ha acabado el margen, Valentina.
Salimos del cementerio por detrás, los tres, medio agachados entre los últimos nichos, mientras los dos vehículos seguían subiendo la cuesta hacia la verja por la que habíamos entrado.
Llegamos al cobertizo de aperos, metimos a Mara de cualquier manera en el asiento de atrás, y arranqué el todoterreno cuesta abajo, sin luces, por el camino de tierra que rodeaba Tova por el lado contrario al de la entrada.
No nos vieron salir. O no nos siguieron de inmediato.
Cuando el pueblo desapareció por el retrovisor y solo quedó delante la pista que llevaba al norte, hacia la zona dura, hacia el mando de sector y el general Renau y todo lo que faltaba, solté un poco el volante y miré a Castillo por el espejo, sentado atrás junto a la mujer que nos había vendido, con la mano en el costado herido y la caja con la condena de Veiga a sus pies.
—Ahora ya no hay vuelta —dije—. Con esto en el coche, o llegamos a tu general antes que Veiga, o nos coge Veiga primero y desaparecemos los tres sin que nadie sepa nunca que existió este cuaderno.
—Pues conduce, doctora —dijo Castillo. Y, por una vez, en su voz no había orden, ni plan, ni comandante. Había solo un hombre harto de cargar con cosas que no le tocaban, mirando por fin de frente al final del camino—. Conduce, que tengo una cita pendiente con un coronel desde hace dos años.