Capítulo 26
Lo primero que hice, en cuanto Mara quedó atada y sentada contra la rueda del carro, fue ocuparme de Castillo, porque por mucho que él dijera que era de lado, yo había visto demasiada gente desangrarse por heridas que eran, supuestamente «de lado».
Le abrí la camisa empapada. La bala le había abierto un surco limpio en el costado, por encima de la cadera, sin entrar en la cavidad.
Tuvo suerte. Un dedo más adentro y habríamos tenido una conversación muy distinta, o ninguna.
Le limpié el surco con lo que llevaba, le hice una compresión con tiras de la propia camisa y se lo cerré como pude, con sus dientes apretados y mis manos firmes, las dos cosas de siempre.
—¿Vivo? —preguntó.
—Vivo. Y con suerte de tonto. —Apreté el último nudo más de lo necesario, y él lo aguantó sin quejarse, que era su forma de pedir perdón por haberse dejado dar—. Pero como vuelvas a ponerte delante de una ventana sin mirar, la próxima te la coso al revés.
Le asomó algo parecido a una risa. Se le borró enseguida, porque los dos oímos lo mismo a la vez.
Cauce abajo, lejos, un motor que arrancaba.
—El que huyó —dije.
—El que huyó. —Castillo se incorporó agarrándose el costado—.
No era de Veiga, era de Mara, de los Libres.
Va a ir a avisar a los suyos de que su jefa ha caído y de que vamos sueltos.
Y cuando los Libres muevan ficha, Veiga va a atar cabos y a entender que su contacto ha desaparecido.
—Miró el cielo, la mañana ya clara—. Tenemos horas.
No días. Hay que movernos, y hay que decidir qué hacemos con ella antes de que decidamos por nosotros.
Levantamos a Mara y la sacamos del molino, lejos de sus muertos, hasta un alcornoque desde el que se veía el camino. La senté contra el tronco. Castillo se apartó unos pasos, a vigilar la pista, y me dejó a mí delante de ella, que era a quien le tocaba, y los dos lo sabíamos.
—No voy a contarte nada delante de un tribunal —dijo Mara, antes de que yo abriera la boca—.
Para que lo sepas. Podéis arrastrarme adonde queráis.
En cuanto Veiga sepa que me tenéis, manda a alguien a cerrarme la boca, dentro o fuera de una celda.
Estoy muerta haga lo que haga. Así que ahórrate el discurso.
—Lo sé —dije, y me senté en cuclillas a su altura—.
Estás muerta. En eso tienes razón. Veiga no va a dejar viva a la única persona que puede contar lo que hizo.
Lo sabes tú mejor que nadie, porque eres tú la que ata esos cabos por él.
—La miré—. La pregunta no es si te mueres, Mara.
Es quién te mata. Si dejas que te mate Veiga, te mueres siendo nadie.
La que cargó con lo suyo hasta el final, igual que me hiciste cargar a mí.
La idiota útil de un coronel que no se va a acordar de tu nombre dentro de un mes.
—Bajé la voz—. O te mueres habiéndolo arrastrado contigo.
Eligiendo tú, por una vez, a quién te llevas por delante.
Mara no contestó enseguida. Miró a Castillo, de espaldas, vigilando el camino.
Me miró a mí. Y vi cómo, debajo de toda la dureza que le había salido aquella noche en el sótano, asomaba algo agotado, el residuo de la mujer que sí me había tenido algo de cariño, aunque hubiera elegido la causa por encima cada vez.
—Hay una caja —dijo, al fin, muy bajo—. En el cementerio viejo de Tova, en el nicho de un Salas que no existe, tercera fila.
La preparé hace un año, cuando entendí qué clase de hombre era Veiga y que el día que yo estorbara me iba a tirar a una cuneta como a cualquiera.
—Tragó—. Hay cartas suyas. Órdenes con su firma.
Un cuaderno con las posiciones que vendió y las fechas.
Mi seguro de vida. Pensaba usarlo para negociar con él si algún día me apretaba.
Nunca imaginé que lo iba a usar para hundirlo del todo.
—Levantó la vista, y su voz volvió a ser la de antes—.
Cógelo. Y cuélgalo con eso. Yo declaro lo que haga falta.
Pero no por ti, Valentina. Que quede claro. Por él.
—Me da igual por quién —dije, levantándome—. Con que sea verdad, me basta.
Castillo lo había oído todo sin girarse. Cuando volví a su lado, ya tenía la cabeza en marcha, montando con aquellos datos el asalto que sabía montar.
—Con ese cuaderno y su testimonio, Veiga cae —dijo—.
Pero no ante cualquiera. Si lo llevamos a su propia guarnición, lo entierra él mismo en una hora y nos entierra a nosotros con él.
Hay que llevarlo por encima de su cabeza.
Al general Renau, el que manda el sector entero.
Lleva tres años sin poder probarle nada a Veiga y odiándolo por ello.
A Renau le pones delante el cuaderno y a Mara y no necesita más.
Pero Renau está en el mando de sector, en zona dura, y no recibe a cualquiera.
—Me miró, y supe lo que venía antes de que lo dijera—.
Recibe a un comandante. Aunque sea un comandante desaparecido que se presenta a entregarse con una historia muy fea bajo el brazo.
—No. —Me salió de golpe—. Damián, en cuanto te presentes te detienen por desertor. Si Renau no te cree, o si Veiga llega antes, te fusilan a ti en vez de a él. Te metes tú en la boca para que yo salga.
—Es la única puerta que se abre desde dentro, Valentina.
—Lo dijo sin drama, como un hecho—. Tú no puedes entrar en un mando de sector; eres la espía fugada, te disparan en la verja.
Mara no puede; es una prisionera enemiga.
El único de los tres que puede cruzar esa puerta y conseguir que un general lo escuche soy yo.
—Se apretó el costado, pálido pero entero—.
El mismo hombre nos quitó lo nuestro a los dos.
Déjame ser yo el que le ponga la mano encima, aunque me cueste los galones o algo peor.
Llevo dos años necesitando hacer una sola cosa bien con este uniforme antes de quitármelo para siempre.
Lo miré. Al hombre que me había sacado de un río, que me había matado a una hermana sin saberlo, que me había curado y al que yo había curado, que se ofrecía ahora a meterse solo en la única jaula de la que a lo mejor no salía, para sacarme a mí de la mía.
No le dije que sí. No me salía la palabra.
—Primero el cementerio —dije, en cambio, echando a andar—. Primero la caja. Lo demás lo discutimos cuando tengamos en la mano eso con lo que pretendes jugarte la vida. Y andando, que un hombre acaba de irse en un coche a contar que estamos vivos.