LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Capítulo 25
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Capítulo 25

El primer disparo lo hicieron ellos, y entró por la ventana, y reventó el saco de harina petrificada a un palmo de mi cabeza.

—¡Abajo! —Castillo me tiró del brazo y me llevó al suelo con él, detrás de la base de piedra de la muela del molino, lo más parecido a un muro que teníamos—.

No asomes la cabeza por el mismo sitio dos veces.

Disparas, te agachas, te mueves, vuelves a asomar por otro lado.

Que crean que somos más de los que somos.

—No he disparado a una persona en mi vida, Damián.

—Hoy sí. —Me miró un segundo, y en ese segundo no había soldado, había otra cosa—. Lo siento. Hoy te toca.

Fuera se oyó la voz de Mara, tranquila, repartiendo a su gente.

Dos por la puerta, uno por el cauce, vosotros por detrás.

La misma voz con la que me había dicho durante tres años qué hilo de sutura usar.

Ahora la usaba para rodearme y matarme, y oírla así, dando órdenes para mi muerte con la misma calma de siempre, fue lo que me terminó de cerrar por dentro la última puerta que quedaba abierta a mi antigua amiga.

Entraron por la puerta dos a la vez. Castillo se incorporó medio palmo, disparó dos veces, secas, y los dos cayeron en el umbral antes de cruzarlo.

Lo hizo sin alegría y sin duda, como quien hace un trabajo que sabe hacer demasiado bien.

Otro asomó por el hueco del cauce, a mi lado, y me apuntó, y yo no pensé, no me dio tiempo a pensar, levanté el fusil corto y apreté el gatillo y el retroceso me golpeó el hombro y el hombre se dobló y cayó.

Lo había hecho yo. Le había quitado la vida a alguien con mis propias manos, las mismas que llevaban diez años puestas a no dejar morir a nadie. No tuve tiempo de sentirlo. Lo aparté para después, para si había un después, y volví a agacharme y a moverme como me había dicho Castillo.

Nos costó caro, de todos modos.

Quedaban dos hombres fuera y Mara, y los dos hombres eran buenos.

Uno de ellos, mientras Castillo cubría la puerta, rodeó por el lado ciego del molino y disparó por la ventana alta, la que ninguno de los dos vigilaba, y la bala alcanzó a Castillo en el costado, de refilón, lo justo para tirarlo contra la pared y pintarle la camisa de rojo en un instante.

—¡Damián!

—Estoy. —Apretó los dientes, se llevó la mano a la herida, se la miró—. Es de lado. No entra. Sigue. No te pares por mí, Valentina, eso es justo lo que esperan que hagas.

Tenía razón, y odié que la tuviera. Si me paraba a curarlo, nos mataban a los dos.

Así que no me paré. Hice lo más difícil que he hecho en mi vida, que fue darle la espalda a un hombre sangrando para cubrir una ventana, y disparé hacia el sitio del que había venido el tiro, y oí un grito, y supe que le había dado a alguien otra vez.

Cuando se hizo la pausa, esa pausa rara que viene en mitad de un tiroteo cuando los que quedan vivos se recuentan, fuera ya no quedaba nadie en pie salvo uno. Lo oímos arrastrarse, retirarse cauce abajo, herido. Y dejamos de oír la voz de Mara dando órdenes.

Castillo se asomó con cuidado. Volvió a meterse.

—Sus hombres están caídos o huidos —dijo, apretándose el costado—. Ella no se ha ido. Está ahí fuera, sola, detrás del carro viejo. Lo sé porque es lo que haría yo: esperar a que asomemos, confiados.

—Entonces no asomamos.

—No. —Me miró—. Sales tú. Por la puerta. Despacio, con las manos donde las vea. Y yo salgo por detrás mientras ella te mira a ti.

—¿Me estás usando a mí de cebo otra vez?

—Te estoy dando la oportunidad de mirarla a la cara —dijo en voz baja— mientras yo le quito la posibilidad de pegarte un tiro. Las dos cosas a la vez. Tú decides.

Salí por la puerta del molino a la luz gris de la mañana, con el fusil bajado pero en la mano, y crucé despacio hasta quedar a campo abierto, donde el carro viejo me tapaba a Mara y Mara me tapaba a mí.

—Sé que estás ahí, Mara —dije—. Tus hombres están muertos. Sal.

Tardó. Después salió de detrás del carro, con una pistola en la mano que no llegó a levantar del todo, porque para cuando lo pensó ya tenía a Castillo a su espalda, salido por el otro lado, con el cañón del fusil en su nuca. Se quedó quieta y soltó la pistola al suelo cuando él se lo dijo.

Y nos quedamos los tres así, en aquel campo, al amanecer, como si toda la guerra se hubiera reducido a nosotros.

La miré. La mujer a la que había abrazado cientos de veces. La que me había enseñado a moverme en aquel corredor. La que me había vendido, condenado, y venido a rematar ella misma para que su coronel no se manchara las manos.

—Hazlo —dijo Mara. No había miedo en su voz—. Tienes el arma. Tienes la razón. Te quité a tu hermana sin saberlo, te quité dos años de tu vida sabiéndolo. Hazlo y termina. Yo en tu lugar ya lo habría hecho.

Levanté el fusil. Le apunté a la cara. Y descubrí que el dedo no me apretaba el gatillo.

No era perdón. No la perdoné, ni entonces ni después.

Era otra cosa, más terca y más mía. Era que llevaba diez años con un juramento metido en las manos, el de no ser yo quien decidiera quién vive y quién muere, y que ni Mara, ni Veiga, ni toda aquella guerra de mierda me lo iban a quitar a tiros en un campo al amanecer.

Si apretaba el gatillo, ganaban ellos. Me convertían en lo suyo.

Y prefería seguir siendo lo que era, aunque fuera más difícil.

—No —dije, y bajé el arma—. No voy a matarte.

Voy a hacer algo peor. Te voy a llevar viva delante de tu coronel y de quien esté por encima de él, y vas a contar, con esa boca con la que diste las órdenes de mi muerte, todo lo que hizo Veiga.

Vas a ser tú la que lo hunda. Y vas a vivir el resto de tu vida sabiendo que la mujer a la que vendiste te perdonó la vida solo para usarte.

—Le sostuve la mirada—. Bienvenida a ser el mueble, Mara. A ver qué tal se está.

Se le quebró el gesto, por fin. Más de lo que se la habría quebrado una bala.

Castillo le ató las manos a la espalda con su propio cinturón, apretándose el costado con la otra mano, y me miró por encima de la cabeza agachada de Mara, pálido, sangrando, vivo.

—Ya tenemos a tu testigo —dijo—. Ahora solo falta el coronel.