Capítulo 24
Veiga no era un hombre al que se llegaba andando.
Castillo me lo explicó esa noche, en el molino, dibujando con una rama en el suelo de tierra lo que sabía de él.
Coronel al mando de la guarnición de Almena del Llano, el nudo logístico del sector, un cuartel grande, amurallado, con tres anillos de centinelas y una sola puerta.
Veiga vivía dentro, salía poco y nunca solo.
Entrar ahí a por él era impensable. Sacarlo, más.
—No vamos a entrar a buscarlo —dijo Castillo, borrando el dibujo con la palma—. Vamos a hacer que él quiera salir a buscarnos a nosotros.
—¿Y cómo se consigue eso?
—Dándole algo que no pueda dejar suelto por ahí.
—Me miró—. Tú. Veiga lleva dos años durmiendo tranquilo porque su culpa la cargas tú.
Mientras seas una espía fugada, una loca que huyó con un comandante, nadie te cree nada.
Pero en cuanto Mara le haya dicho que estás viva, aquí, preguntando nombres, sabiendo el suyo…
—Tiró la rama—. Para Veiga eres una bomba con patas.
No puede arriesgarse a que te cojan viva y declares su apellido delante de quien no toque.
Va a querer encontrarte él antes que nadie. Y a callarte para siempre.
—O sea, que el plan es que me cace él a mí.
—El plan es que crea que te caza él a ti.
—Algo se le encendió en los ojos, esa frialdad de cuando jugaba a ganar—.
Y que, cuando salga de su cuartel a hacerlo, con la gente justa para que no se entere nadie de lo que viene a tapar, lo estemos esperando nosotros.
Un coronel no manda a un pelotón a matar a una testigo.
Eso deja rastro. Para una cosa así viene con cuatro hombres de confianza y mucho disimulo.
Cuatro hombres los manejo yo. A un coronel con cuatro hombres lo podemos coger, hacerlo hablar y llevar su confesión a alguien por encima de él que lleve años esperando una excusa para colgarlo.
Era un plan de asalto, frío y exacto, de los suyos. Y tenía un agujero del tamaño de una casa.
—El cebo soy yo —dije—. Tengo que dejarme ver. Que sepa dónde estoy. Que venga. Si algo sale mal, el que se queda sin coartada y sin nada es la mujer atada en mitad del campo esperando a un coronel que la quiere muerta.
—Sí. —No me lo endulzó, nunca me lo endulzaba—. Por eso no te lo ordeno. Te lo propongo. Y si me dices que no, buscamos otra cosa, aunque tardemos más y sea peor. —Bajó la voz—. No voy a volver a poner tu vida sobre una mesa sin que seas tú la que decide ponerla.
Le dije que sí, claro. Llevábamos un viaje entero diciéndonos que sí a las cosas que podían matarnos. Pero esa noche, después de cerrar el plan, pasó lo otro, lo que llevaba en pausa desde la era.
Yo estaba en mi rincón, fingiendo dormir, y lo oí a él fingir igual, y de pronto ya no pude.
—Damián.
Hacía días que no lo llamaba así a propósito, en frío, sin que se me escapara. Lo oí incorporarse en la oscuridad.
—Dime.
—Mañana me vas a usar de cebo para un coronel que quiere matarme, y pasado, si todo sale bien, te vas a entregar al Mando y a lo mejor no te vuelvo a ver.
—Me senté, abracé las rodillas—. Y yo no puedo ir a todo eso con lo nuestro en pausa.
No puedo. Si te pierdo pasado mañana, no quiero que lo último entre los dos sea un metro de distancia y un usted.
Lo oí acercarse. Despacio, dándome tiempo, como siempre. Se sentó a mi lado, sin tocarme todavía.
—No te he perdonado lo de Sara —dije, porque tenía que decirlo, porque era verdad y porque mentir habría sido peor—.
No sé si voy a poder. A lo mejor no. A lo mejor te quiero y no te perdono el resto de mi vida, las dos cosas a la vez, para siempre.
—Lo busqué en la oscuridad—. Pero no quiero pasar el tiempo que nos quede castigándote por algo que tú también llevas clavado.
Ya nos castiga bastante la guerra. No nos hace falta ayudarla.
—Valentina…
—Calla. —Le puse la mano en la cara, le encontré la mandíbula y la cicatriz reciente del pómulo, todo el mapa de aquel hombre imposible—. No me pidas perdón otra vez. No me digas que no lo sabías. Solo quédate. Esta noche. Lo que nos quede. Quédate y ya está.
Y se quedó. Y fue distinto a la noche de las rocas, porque aquella había sido un descubrimiento y esta era una despedida disfrazada de tregua, lenta, callada, sabiendo los dos lo que venía, agarrándonos el uno al otro como quien hace acopio de algo para un invierno largo.
No me curó nada. No borró Ardena, ni a Sara, ni el metro de distancia que seguiría ahí por la mañana.
Solo me dio una noche más de aquel hombre antes de tener que jugármelo en mitad de un campo.
Y a esas alturas eso ya me parecía un lujo.
El lujo nos duró hasta el amanecer.
Me despertó Castillo, con la mano en mi boca y los ojos en la única ventana del molino. Fuera, lejos todavía, se oían motores. Varios. Acercándose por el camino del cauce, despacio, con el cuidado de quien no quiere ser oído antes de tiempo.
—Llegan pronto —murmuró Castillo, ya vistiéndose, ya con el fusil en la mano—. Demasiado pronto. No les hemos dado tiempo a que Mara avise y Veiga organice nada. Esto no es Veiga.
—¿Entonces quién…?
Me asomé a la ventana por encima de su hombro. Y en la primera luz gris vi bajar del primer vehículo, dando órdenes en voz baja a un puñado de hombres armados, a una figura que conocía bien, que había abrazado en un sótano dos noches atrás creyéndola mi amiga.
Mara no había esperado a avisar a Veiga. Había venido ella misma a cerrar el cabo suelto que éramos nosotros, antes de que su coronel se enterara de que la red se le caía y decidiera limpiar empezando por ella.
—Es Mara —dije, y noté la boca seca—. Viene a matarnos ella. Para que Veiga no tenga que saber nunca lo cerca que estuvimos.
Castillo me puso en las manos el fusil corto que le habíamos quitado a uno de los hombres de Mara, comprobó que estaba cargado, y se quedó mirándome un segundo en aquella luz pobre, todo el plan del cebo y del coronel hecho pedazos antes de empezar.
—Cambio de planes —dijo—. Hoy no somos el cebo de nadie. Hoy salimos vivos de este molino o no salimos. ¿Lista?
Amartillé el fusil. Dos años atrás cosía a la gente. Aquella mañana, en aquel molino, contra la mujer que me había vendido, supe que iba a tener que aprender lo contrario.
—Lista.