LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Capítulo 23
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Capítulo 23

Pasamos dos días escondidos en un molino abandonado a las afueras del corredor, planeando y hablándonos lo justo, los dos muy correctos, muy de usted, muy comandante y doctora, como si el de usted fuera una venda que nos habíamos puesto los dos sobre la misma herida para no desangrarnos al andar.

Funcionaba a medias. De día, planeábamos.

De noche, cada uno en su rincón, fingíamos dormir, y yo lo oía a él fingir igual que él me oía a mí, y ninguno cruzaba el molino.

El plan tenía un problema de raíz: para limpiar mi nombre necesitaba demostrar que Mara llevaba la red, y la única prueba viva de eso no estaba en ningún papel.

Estaba en una persona. En alguien que supiera, de primera mano, que aquel transmisor lo manejaba ella y no yo.

Y las únicas personas que lo sabían eran los Libres.

—Es una locura —dijo Castillo, cuando se lo planteé—.

Usted es para los Libres la mujer que se negó a que la rescataran, que se quedó con el enemigo, que dejó morir a tres de los suyos en una loma por no irse conmigo.

Y yo soy, literalmente, ese enemigo. Meternos en territorio de los Libres a pedir favores es la forma más rápida que se me ocurre de que nos cuelguen a los dos del primer árbol.

—Puede. —Me encogí de hombros—. Pero llevo tres años atendiendo a esa gente. A muchos de ellos les he sacado balas que ningún hospital del Mando les habría tocado. Hay deudas que no se olvidan, comandante. Y yo tengo a mucha gente debiéndome la vida ahí fuera. Voy a cobrar alguna.

Fui yo sola al principio. No por valentía; por aritmética.

Una mujer entrando sola en un pueblo de los Libres es una sospechosa.

Una mujer entrando con un comandante del Mando es un pelotón de fusilamiento.

Castillo se quedó cubriéndome desde fuera, a regañadientes, después de una discusión que fue lo más cerca que estuvimos en dos días de hablarnos como antes.

El que buscaba se llamaba Ferrán. Un viejo contrabandista al que le había sacado una esquirla del pulmón dos inviernos atrás, en mi trastienda, una noche en que cualquier otro lo habría dejado morir por no complicarse.

Vivía donde siempre, en una casa baja pegada al cauce seco, y cuando abrió la puerta y me vio, se le pusieron los ojos como platos y me metió dentro de un tirón antes de que nadie me viera en la calle.

—Estás muerta —me dijo, cerrando la puerta—. O en una celda. Eso es lo que se cuenta. ¿Qué haces aquí, Valentina? Como te vean…

—Vengo a cobrarte el pulmón, Ferrán.

Se quedó callado. Después se rió, una risa sin gracia, y me sentó a su mesa y me puso un vaso de algo fuerte que no me bebí.

Le conté lo justo. Que sabía lo de Mara.

Que sabía que ella había llevado la red desde mi consulta, que ella había pasado la ruta del convoy, que me había cargado a mí los muertos.

A Ferrán se le fue cayendo la cara a medida que hablaba, y cuando terminé, se pasó la mano por la barba y miró hacia la ventana como si Mara pudiera estar detrás.

—Lo de Mara lo sabemos cuatro —dijo, en voz muy baja—.

Y de esos cuatro, dos han aparecido muertos este mes.

Yo no he abierto la boca porque me gusta respirar.

—Me miró—. ¿Por qué crees que estás viva tú todavía, Valentina?

No porque te quieran. Porque mientras cargues tú con la culpa, ella sigue limpia.

Eres su coartada andando. El día que demuestres que fue ella, eres más peligrosa que útil, y se acabó.

—Por eso he venido. Para demostrarlo. Y necesito que me ayudes.

—Yo no puedo testificar nada ante un tribunal del Mando. Me cuelgan los míos antes de llegar.

—No te pido que testifiques. —Me incliné sobre la mesa—.

Te pido un nombre. La ruta de aquel convoy era información militar.

Mara no la sacó del aire. Alguien del Mando se la pasó.

Alguien de dentro, con galones. Dime quién, Ferrán.

Dame el nombre del que vende a su propio ejército, y yo me encargo del resto.

Ferrán se quedó mirando el vaso un buen rato. Cuando habló, lo hizo como quien suelta una piedra que lleva años cargando.

—No sé el nombre de pila —dijo—. Pero sé el apellido, porque lo oí dos veces, las dos en boca de Mara, las dos cuando creía que yo dormía.

Un coronel. Veiga. —Levantó la vista—. Lleva años vendiéndole posiciones a los Libres a cambio de algo, no sé de qué.

Mara era su contacto en el corredor. Tu consulta era su buzón.

Tú no fuiste nunca nada, Valentina. Fuiste el mueble donde dejaban las cartas.

Salí de casa de Ferrán con el apellido quemándome en la boca y volví al molino casi corriendo, sin cuidado, con una imprudencia que me habría costado cara cualquier otro día. Encontré a Castillo donde lo había dejado, y por una vez se me olvidó la pausa, el usted, el metro de distancia, todo.

—Tengo un nombre —dije—. El mando de dentro. El que le pasaba las posiciones a Mara. Un coronel, Veiga.

Y vi cómo a Castillo se le iba el color de la cara por segunda vez en una semana.

—¿Veiga? —Se sentó en una piedra, despacio—. ¿Estás segura de que dijo Veiga?

—Segurísima. ¿Lo conoces?

—Lo conozco. —Tenía la voz rara, ida—. Es el coronel que firmó el informe de inteligencia de Ardena.

El que juraba que aquel hospital era un puesto de mando enemigo.

El que me mandó entrar sin explorador y sin margen.

—Levantó los ojos, no con dolor. Con rabia—.

Yo cargué con Ardena para no delatar al que firmó ese informe.

Para proteger la cadena de mando. Y resulta que el hombre al que protegí con mi carrera y mi conciencia llevaba años vendiéndole a los Libres las posiciones de nuestros propios convoyes.

—Se rió, y fue una risa fea—. Mandó a su propia gente a aquel hospital a sabiendas de que no había nada militar dentro.

A lo mejor le interesaba que ardiera. A lo mejor había algo ahí que quería borrar.

Nunca lo voy a saber. Pero te digo una cosa, Valentina.

Se levantó y me miró sin el peso de Ardena encima, como un hombre que acaba de encontrar, después de dos años, dónde poner toda la culpa que llevaba mal repartida.

—El mismo hombre te quitó a tu hermana y me quitó a mí el resto.

Veiga firmó tu ruina y firmó la mía. Y ahora sé su nombre, sé lo que ha hecho, y sé que es la única persona del mundo que puede limpiarte a ti delante de un tribunal si se le obliga a hablar.

—Apretó la mandíbula—. Así que vamos a ir a por él.

No a huir. A por él. Aunque tenga que volver a meterme en el Mando por la puerta grande y arrastrarlo de los galones delante de quien haga falta.

—Eso es entregarte tú, Damián. En cuanto pongas un pie en una guarnición, eres un desertor. Te detienen.

—Puede. —No apartó los ojos de mí—. Pero es la única forma de que tú salgas viva de esto. Y a estas alturas eso pesa más que mi pellejo.

Volví a oír el Damián que se me había escapado a mí entre las rocas.

Y aquella pausa que yo había decretado dos días atrás, ese metro de distancia que tanto me había costado levantar, se vino abajo sin que yo le diera permiso, mientras lo miraba decidir, delante de mí, perderse para sacarme a mí de todo aquello.