LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Capítulo 22
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Capítulo 22

Pasamos lo que quedaba de noche en una era abandonada, a las afueras de Tova, sin tocarnos y sin hablar. Yo contra una pared. Él contra la de enfrente. En medio, el metro de distancia que se había abierto en los almendros y que ninguno de los dos sabía ya cómo cruzar.

Castillo respetó ese metro. Lo agradecí y lo odié a la vez, porque una parte de mí quería que lo cruzara, que viniera y me dijera cualquier cosa que volviera las últimas horas mentira, y la otra parte sabía que si me tocaba en ese momento le clavaba el bisturí sin pensarlo.

Las dos partes eran verdad. Llevaba toda la noche descubriendo que en mí podían ser verdad a la vez cosas que se mataban entre ellas.

Amaneció. Una luz gris y pobre entró por los huecos del tejado, y con ella ya no se podía seguir fingiendo que la oscuridad nos ahorraba la conversación.

—Pregúntame lo que quieras —dijo él, el primero—. Lo que sea. Tienes derecho.

—No quiero preguntarte nada. —Tenía la voz raspada de toda la noche callada—. Las preguntas son para cuando no sabes algo. Yo ya lo sé todo. Entraste en el hospital de Ardena hace dos años. Mataste a la gente que había dentro. Y dentro estaba mi hermana.

Lo dije y el aire de la era se volvió irrespirable. Era la primera vez que decía esas dos cosas juntas, en voz alta, una al lado de la otra. Mi hermana. Tú.

—Se llamaba Sara —seguí, porque ahora que había empezado no podía parar—.

Tenía veinticuatro años. Era enfermera. La metí yo en ese hospital, ¿lo sabías?

Yo. Le conseguí el puesto, le dije que era el sitio más seguro de la región, lejos del frente, que allí no llegaba la guerra.

Le di mi palabra de hermana mayor. —Se me rompió la voz y la dejé rota—.

Y una tarde tu unidad de asalto entró por la puerta que yo le había jurado que era segura.

Yo estaba en la otra ala. Salí. Ella no.

La saqué de los escombros tres días después, con mis propias manos, y desde entonces no he vuelto a estar entera, y ahora resulta que el hombre que la enterró bajo aquel techo es el mismo al que le he salvado la vida dos veces.

Castillo no se movió. No buscó una silla en la que dejarse caer, no se tapó la cara, no hizo ninguna de las cosas que hace la gente para que veas que sufre. Se quedó de pie contra la pared, encajándolo, recibiéndolo entero, como había recibido la herida de la femoral, sin gritar más de lo justo.

—No te voy a pedir perdón —dijo, al cabo de unos segundos, en voz muy baja—.

Sería un insulto. El perdón es para las cosas que se arreglan, y esto no se arregla.

Tu hermana está muerta y la enterró mi orden, la diera quien la diera.

Eso no lo cambia que yo discutiera el informe, ni que avisara, ni que sacara a otros.

Para Sara no sirvió de nada que yo lo intentara.

Murió igual. —Tragó—. Así que no, no te pido perdón.

Solo te digo lo único que es verdad: que daría la vida que tú me has salvado dos veces por no haber entrado por esa puerta. Y que no puedo. Ya entré.

Quise odiarlo. Llevaba toda la noche intentándolo, agarrándome al odio como a una cuerda, porque el odio era limpio, el odio sabía qué hacer con un hombre que te ha matado a una hermana.

El problema era que ya no me cabía el odio entero.

Lo había gastado en el carnicero del primer día, en el uniforme, en la idea de él.

Y este hombre de la pared de enfrente ya no era esa idea.

Era el que me había sacado de un río. El que me había tapado con su manta.

El que me había besado las cicatrices que —ahora lo entendía— le había hecho su propia metralla, sin saberlo ninguno de los dos.

Esa era la trampa en la que estaba metida, y no tenía nombre, y no tenía salida.

No podía perdonarlo, porque Sara seguía muerta.

Y no podía dejar de quererlo, porque lo conocía demasiado bien para fingir que era un monstruo.

Las dos cosas, a la vez, sin resolverse, royéndome por dentro como dos perros peleando por el mismo hueso.

—No puedo mirarte —dije al fin. No era un reproche.

Era un parte médico, la pura verdad de lo que me pasaba—.

Te miro y veo las dos cosas. Veo al hombre con el que me reí hace tres noches y veo la puerta por la que entró tu gente a por mi hermana.

Y no se me solapan, Damián. No se funden en una imagen que pueda sostener. Se quedan las dos ahí, partiéndome.

—Lo sé. —Y por la forma en que lo dijo, supe que él veía lo mismo del otro lado: a la mujer que amaba y a la prueba viva de lo peor que había hecho, en la misma cara—.

No te voy a pedir que dejes de verlo. Sería pedirte que mintieras.

Solo… —Se detuvo, buscando, y esta vez al comandante de las palabras medidas no le salían—.

Solo dime qué necesitas. Que me aparte, me aparto.

Que me vaya, me voy. Que no vuelva a tocarte, no te toco.

Tú mandas, Valentina. En esto mandas tú entera.

Y ahí estaba la otra crueldad, la que él no buscaba pero hacía igual: que me lo dejara todo a mí.

Que se pusiera en mis manos igual que se había puesto la pierna y la vida.

Que el único castigo que aquel hombre estaba dispuesto a aceptar fuera el que yo quisiera ponerle, y que yo, que tenía todo el derecho del mundo a destrozarlo, no fuera capaz de levantar la mano.

Me levanté. Crucé la era hasta la puerta medio caída, y me quedé mirando fuera, hacia el corredor que despertaba, hacia los pueblos a oscuras y la columna de humo lejana que aún subía de lo que había sido la farmacia de Mara. No lo miré a él al hablar. No habría podido.

—No vamos a separarnos —dije—. No porque te haya perdonado, que no lo he hecho, ni sé si voy a poder.

Sino porque ahí fuera hay un tribunal que me quiere muerta, una traidora que ahora sabe que lo sabemos, y todo un ejército buscándonos a los dos.

Si nos separamos ahora, nos cazan por separado en dos días.

Te necesito vivo para salir de esto, igual que tú me necesitas a mí.

Así que vamos a seguir juntos. Vamos a limpiar mi nombre, vamos a destapar a Mara, y vamos a sobrevivir.

—Tragué—. Y lo que haya entre nosotros, lo que quede de aquella noche en las rocas, lo dejamos en pausa.

Ni adelante ni atrás. En pausa. Porque ahora mismo no puedo con ello, y porque no sé si voy a poder nunca.

Lo oí acercarse por detrás, despacio, hasta quedarse a un paso. No me tocó. Respetó hasta el final aquel maldito metro.

—En pausa —repitió. Y en su voz no había alivio, pero tampoco protesta. Solo la aceptación de un hombre que sabe que es más de lo que merece—. Gracias.

—No me las des. —Salí de la era, hacia la luz gris, hacia todo lo que quedaba por delante—. No lo hago por usted, comandante.

Volví a llamarlo de usted. Volví a llamarlo comandante.

Los dos lo notamos, los dos supimos lo que significaba: que para sobrevivir a lo que venía iba a tener que devolverlo, aunque fuera a la fuerza, al sitio donde lo tenía el primer día, detrás de un uniforme y de una distancia.

Era la única forma de seguir andando a su lado sin romperme del todo.

Y aun así, mientras bajábamos juntos hacia el corredor, lo que más me dolía no era haberlo perdido.

Era saber que, si esa misma noche volvía a hacer frío y él volvía a temblar, yo me tumbaría a su lado otra vez sin pensarlo.

Podía odiar a Damián Castillo por lo de Sara el resto de mi vida y quererlo a la vez con la misma fuerza, las dos cosas enteras, sin que ninguna le cediera terreno a la otra.

Bajé la cuesta delante de él, hacia el corredor, cargando con las dos.