LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Capítulo 21
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Capítulo 21

Castillo no quitó la mano del cuchillo.

—Si hubiera tres hombres ahí arriba listos para bajar —dijo, muy tranquilo—, ya habrían bajado. Usted no quiere que esto se ponga feo aquí dentro. Quiere algo de ella. Y mientras lo quiera, tenemos tiempo.

Mara se giró por fin. Y la cara que tenía ya no era la de mi amiga. Era una cara que yo no había visto nunca en dos años de dormir a dos metros de ella, tranquila, dura y llena de cosas que jamás me había contado.

—Es listo su comandante —dijo—. Sí. Quiero algo. Quiero saber qué sabes, Valentina, y a quién se lo has dicho. Y después ya veremos.

—Lo que sé —dije, y la voz me salió de un sitio frío— es que tienes un transmisor del ejército en tu sótano. El mismo que me hundió a mí. Así que dímelo tú, Mara. Dímelo a la cara, de una vez, porque me lo debes. Fuiste tú.

No lo negó. Eso fue lo peor. No hubo lágrimas, ni explicación atropellada, ni «cómo puedes pensar eso de mí». Se sentó al borde del catre, sacó el tabaco bueno, lió un cigarro con las manos firmes y me lo confirmó como quien cierra una cuenta vieja.

—Fui yo —dijo—. Lo del transmisor, lo de la ruta del convoy, todo.

Yo era de los Libres desde antes de conocerte.

Antes de la guerra, incluso. —Encendió el cigarro—.

Te busqué a ti a propósito, Valentina. Una médico que no preguntaba de qué lado sangraba nadie, que abría la puerta a todo el mundo, que tenía la confianza de los dos bandos.

¿Sabes la tapadera que es eso? Perfecta.

Por tu trastienda pasó más información en dos años que por una central entera, y nadie, nunca, sospechó de la santa que curaba a los chavales. Ni siquiera tú.

Cada palabra era una capa que me arrancaba. Las noches de guardia compartidas. Los chavales que salvamos juntas. Todo había sido, desde el primer día, un decorado montado a mi alrededor.

—Los catorce hombres del convoy —dije—. Me los cargaron a mí. Estuve a punto de morir por ellos. Y no los maté yo. Los mataste tú.

—Los maté yo. —Le dio una calada, sin pestañear—.

Y cuando el Mando empezó a oler que la fuga salía de tu consulta, tuve que darles una culpable antes de que llegaran a mí.

Y ahí estabas tú. La médico que ayudaba a los Libres.

Encajabas tan bien que casi daba pena. —Una grieta mínima le partió el gesto—. Casi.

—No te importó que fuese a pudrirme en una celda. —Me temblaba todo—. Te protegí, Mara. En el interrogatorio me enseñaron tu foto, me preguntaron por ti, y no di tu nombre. Iba a morir antes que entregarte. Porque pensaba que eras inocente. Porque te quería como a una hermana.

—Lo sé. —Por una vez bajó la vista—. Y por eso, cuando te trasladaban al tribunal, mandé a mi gente a sacarte de aquel convoy.

No para liberarte, no me mires así. Para que no llegaras a declarar.

Una mujer agradecida que va a morir protegiendo a su amiga es una cosa.

Una mujer rota en una sala de interrogatorio, con miedo, es otra.

No podía arriesgarme a que en el último momento dijeras mi nombre.

—Levantó los ojos—. Así que sí. Aquellos hombres murieron en aquella loma por ti.

Igual que los catorce del convoy. Empiezas a tener una lista larga a tu espalda, Valentina, para ser tan inocente.

Fue una crueldad dicha a propósito, para hacer el máximo daño, y dio en el blanco.

Me quedé sin aire. Toda mi vida de los últimos dos años, mi sacrificio, lo heroica que me había creído por callar en aquella celda, se desmoronaba hasta quedarse en lo que de verdad había sido: la lealtad idiota de una mujer a la que habían usado de principio a fin.

Y entonces Mara hizo lo que hace la gente acorralada que conoce a las personas: buscó la grieta.

Me miró a mí, miró a Castillo a mi lado, con su mano en el cuchillo y su uniforme del Mando, y vi cómo le funcionaba la cabeza, cómo encontraba exactamente dónde clavar para hacer el máximo daño con el mínimo esfuerzo.

—Aunque la que debería tener cuidado con las listas de muertos no soy yo —dijo despacio, saboreándolo—.

Dime una cosa, Valentina. Este comandante tuyo, este que te ha salvado la vida y por el que se te ilumina la cara cuando crees que no miro…

¿te ha contado dónde estaba destinado antes de los traslados?

¿Te ha dicho lo que hizo su unidad de asalto, hace dos años, en el norte?

El frío que llevaba toda la noche subiéndome por la espalda se convirtió en hielo.

—Cállate —dije.

—Pregúntale por Ardena. —Lo soltó como quien suelta un cuchillo—.

Pregúntale a tu comandante qué pasó el día que su unidad entró en el hospital de Ardena.

El sanatorio viejo de las afueras. El que borraron del mapa una tarde, con todos dentro.

—Sonrió, y fue la sonrisa más cruel que le había visto a un ser humano—.

¿No te suena el sitio, Valentina? A mí me consta que sí.

A mí me consta que trabajaste tres años allí.

Y que perdiste a alguien allí dentro aquella tarde.

El sótano se inclinó. O me incliné yo. Me agarré al borde de la mesa.

Miré a Castillo.

Y lo supe por su cara antes de que él dijera una palabra.

Porque Castillo, que había aguantado un control del Mando sin pestañear, que había recibido una herida en la pierna sin gritar más de la cuenta, se había puesto blanco.

Estaba mirándome con un horror que no le había visto nunca, el horror de un hombre al que acaban de explicarle, en una sola frase, lo que ha hecho.

Estaba atando los mismos cabos que yo. El hospital sin nombre de su confesión.

La tarde. La gente con batas que no pudo sacar.

Y mi hospital. Mi tarde. Mi persona que no salió.

—Valentina —dijo, con un hilo de voz—. Yo no sabía que era… No sabía que tú…

—No. —Me aparté de él. Un paso. Solo un paso, pero entre los dos se abrió un barranco—. No me hables.

—No lo sabía. —La voz se le quebró—. Por mis muertos que no lo sabía.

—¡Que no me hables!

Y en ese grito, en ese único grito que se me escapó del fondo, estaba todo: que el hombre que me había sacado de un río, que me había abrazado en el frío, con el que me había reído contra su boca seis noches atrás, era el mismo que había entrado en el hospital de Ardena la tarde en que se llevó por delante la única cosa que yo había querido proteger en el mundo.

Las dos manos que me habían sostenido eran las mismas que habían firmado mi ruina.

Y yo lo había salvado. Dos veces. Lo había salvado dos veces.

Mara aprovechó el barranco. Claro que lo aprovechó. Era lo que buscaba.

—¡Ahora! —gritó hacia la trampilla.

Y entonces sí bajaron.

El primero asomó las piernas por el hueco, y Castillo, que llevaba toda la conversación midiendo esa trampilla, reaccionó antes de que yo entendiera lo que pasaba.

Le agarró las piernas al que bajaba y tiró, lo estrelló contra el suelo del sótano y le quitó el fusil de las manos en el mismo movimiento, rodando con él, peleando en un espacio donde no cabían dos hombres luchando.

El segundo disparó a ciegas por el hueco y la bala reventó un bote de cristal de una estantería a mi lado.

No pensé. Cogí el candil que Mara había recogido, el de la llama viva, y lo lancé contra la estantería de alcoholes y disolventes del fondo, la que cualquier médico sabe que no debe acercar al fuego.

Prendió de golpe, una llamarada que subió por la pared y llenó el sótano de luz y de humo, y en la confusión Castillo se incorporó con el fusil del primer hombre, disparó hacia la trampilla y me agarró del brazo.

—¡Arriba! ¡Ahora, mientras no ven nada!

Subimos por la trampilla entre el humo, pasando por encima del hombre caído, hacia la farmacia en penumbra donde los otros dos retrocedían tosiendo del humo que empezaba a salir del sótano.

Castillo disparó otra vez, para que se cubrieran, no para darles, y salimos a la calle, a la noche, a las callejas oscuras de Tova, corriendo, él cojeando y yo arrastrándolo, mientras a nuestra espalda la vieja farmacia empezaba a arder con todo lo que Mara guardaba dentro.

No paramos hasta dejar atrás el pueblo, hasta meternos en los almendros viejos por los que habíamos entrado, hasta que las piernas no dieron más. Nos derrumbamos los dos detrás de una tapia de piedra, reventados, vivos, con el resplandor del incendio tiñendo el cielo a nuestra espalda.

Castillo intentó tocarme el brazo, comprobar si estaba herida, lo de siempre.

Me aparté.

Me aparté de él en la oscuridad, me abracé las rodillas y me quedé mirando el fuego lejano, el de la farmacia donde acababa de arder mi última idea de quién era Mara, sin dejar que se me acercara el hombre que me había sacado de otro fuego dos años atrás sin saber a quién dejaba dentro.

No lloré. No le grité. No le dije nada. Me abracé las rodillas y me quedé mirando arder la farmacia a lo lejos. Castillo se quedó a un metro de mí, quieto, sin atreverse a acortarlo. Y ese metro, esa noche, no lo cruzó ninguno de los dos.