LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Capítulo 20
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Capítulo 20

Mara vivía donde siempre habría apostado que estaría: en la rebotica de la vieja farmacia de Tova, un sótano sin ventanas al que se bajaba por una trampilla detrás del mostrador, el sitio más seguro del pueblo y el que ella misma me había enseñado las primeras semanas de la guerra.

«Si alguna vez nos separan, Valentina, búscame aquí.

» Me lo había dicho ella. Y ahí estaba yo, dos años después, llamando a su puerta con los nudillos en la clave que solo nosotras conocíamos.

Tardó en abrir. Cuando lo hizo, con un candil en la mano y la cara medio dormida, y me vio a mí en el hueco de la trampilla, se le cayó el candil.

—Valentina.

Dijo mi nombre como se dice el de un muerto que vuelve.

Y después me abrazó, fuerte, temblando, repitiéndolo contra mi pelo, Valentina, Valentina, estás viva, y yo le devolví el abrazo y se me saltaron las lágrimas, porque era Mara, porque habíamos cosido juntas a cientos de chavales, porque durante un segundo, uno solo, todo el viaje y todas las sospechas se borraron y solo estaba mi amiga abrazándome en un sótano.

Duró un segundo. El segundo siguiente, Mara me apartó para mirarme, y por encima de mi hombro vio a Castillo bajando por la trampilla detrás de mí. Vio el uniforme. Y se le tensó la cara.

—¿Quién es ese? —La voz le cambió entera—. Valentina, eso es un uniforme del Mando. ¿Qué haces tú con un…?

—Es una larga historia —dije—. Es de fiar, Mara. Me ha sacado de cosas que no te imaginas. Te lo cuento todo, pero déjanos entrar, llevamos seis días andando de noche.

Dudó. Lo vi dudar, un parpadeo de algo frío que en otra persona no habría significado nada y que en mi amiga, que nunca dudaba de mí, me dejó un poso raro. Después se hizo a un lado y nos dejó bajar.

El sótano era el de siempre: estanterías de medicinas, un catre, una mesa con un hornillo.

Pero había cosas nuevas que mis ojos fueron registrando sin que yo se lo pidiera, por esa costumbre de mirar que tantas veces me había salvado.

Mara tenía comida. Mucha. Más de la que tiene nadie en un corredor sitiado donde la gente come raíces.

Tenía tabaco bueno, del de antes de la guerra.

Y en un rincón, medio tapado con una manta, había un bulto con la forma exacta de un equipo de radio.

No dije nada. Me senté a la mesa, dejé que Mara nos pusiera agua a calentar, y empecé a contarle una versión recortada de todo: la emboscada, la herida de Castillo, los días huyendo.

Mara escuchaba con la cara llena de espanto y de cariño, haciendo las preguntas que haría cualquier amiga aterrada.

Pero entre esas preguntas, cada poco, se colaba otra que no era de amiga.

—¿Y has hablado con alguien por el camino? ¿Le has contado a alguien lo del transmisor de la consulta?

—¿Saben en el Mando que vienes hacia aquí?

—Ese comandante… ¿le has contado lo de tu interrogatorio?

Yo le contestaba, porque era Mara, porque a Mara se le contaba todo. Pero Castillo, sentado a mi lado sin tocar el agua que ella le había puesto delante, no le quitaba ojo, y por debajo de la mesa me apretó la rodilla una vez, despacio. Una señal. Atención.

Llegamos a lo que habíamos venido a buscar.

—Mara, necesito que me ayudes con una cosa —dije—.

Alguien metió ese transmisor en nuestra consulta.

Alguien lo usó para pasar la ruta del convoy que emboscaron, y por eso me cargaron a mí los catorce muertos.

Si descubro quién lo manejaba, limpio mi nombre.

Tú estabas allí todos los días. Tú entrabas y salías igual que yo.

¿Viste algo? ¿A alguien? ¿Quién pudo entrar en nuestra trastienda a mover algo así sin que ninguna de las dos lo viéramos?

Y ahí, por fin, lo vi.

No fue una palabra. Fue su cara. Durante una fracción de segundo, antes de que la recompusiera, a Mara se le pasó por encima algo que yo había visto cientos de veces en el quirófano, en la cara de la gente a la que le dices que ya no hay nada que hacer: el momento exacto en que se le cae a alguien la máscara y debajo solo queda el miedo.

No fue espanto por mí. Fue espanto por ella.

—No lo sé —dijo, demasiado rápido—. No vi nada, Valentina.

Cualquiera pudo entrar, ya sabes cómo era aquello, entraba y salía medio corredor.

A lo mejor… a lo mejor fue uno de los heridos de los Libres, alguno que aprovechara.

Nunca lo vas a saber. Yo que tú lo dejaría estar y me iría lejos.

Limpiar tu nombre es imposible. Te van a coger.

—¿Por qué me dices que lo deje estar? —La voz me salió más floja de lo que quería—. Mara, es lo único que me puede salvar.

—Porque te quiero y no quiero que te maten buscando algo que no vas a encontrar.

Se levantó a apartar el agua del fuego, dándome la espalda, demasiado deprisa.

Y al levantarse, su manga rozó la manta del rincón, la del bulto con forma de radio, y la apartó lo justo para que, durante un segundo, yo viera lo que tapaba.

No era solo una radio. Era un transmisor de campaña.

El mismo modelo, la misma carcasa rayada que el hombre de la carpeta me había puesto sobre la mesa en aquella celda, hacía apenas unos días.

El mundo se me quedó muy quieto.

Castillo lo vio también. Lo noté tensarse a mi lado, lo noté llevar la mano, despacio, hacia el cuchillo del cinturón, sin sacarlo.

Y noté, sobre todo, la cosa que llevaba seis días negándome a notar: que Mara, mi Mara, no había preguntado ni una sola vez, en toda la noche, cómo estaba yo.

Solo había preguntado qué sabía, a quién se lo había contado y si pensaba seguir buscando.

—Mara. —Me oí la voz rara, lejana, la misma de la cocina la noche en que él me contó lo peor de su vida—. ¿Por qué tienes tú un transmisor del ejército en tu sótano?

Mara se quedó de espaldas, con el cazo del agua en la mano, sin girarse. Y cuando habló, su voz ya no era la de mi amiga. Era más tranquila. Más vieja. La de alguien que lleva mucho tiempo esperando una conversación y por fin la tiene delante.

—Siéntate, Valentina —dijo, sin volverse—. Y dile a tu comandante que quite la mano del cuchillo. Hay tres hombres míos arriba, en la farmacia, desde que llamaste a la puerta. Si esto se pone feo, no salís ninguno de los dos de este sótano.