Capítulo 19
La tercera noche de los caminos viejos, Castillo casi se mata por terco, y yo casi lo mato a él por haberse dejado.
Bajábamos un tramo de rocas a oscuras, sin luna, y él, que aún no fiaba del todo la pierna mala, se empeñó en pasar primero por un saliente estrecho para tantearlo, en vez de dejarme ir delante a mí, que estaba entera.
La piedra cedió. Resbaló, se agarró a tiempo a una raíz y quedó colgado un segundo eterno sobre un barranco que no se veía el fondo, hasta que lo agarré de la muñeca y tiré con todo lo que tenía y lo subí de vuelta al sendero.
Caímos los dos hacia atrás, contra la pared de roca, y durante un momento nos quedamos ahí, jadeando del susto, vivos de milagro otra vez.
Y entonces le solté todo lo que llevaba días tragándome.
—¿Se puede saber qué intentabas? —Me levanté, temblando de adrenalina y de rabia—. ¿Demostrarme que ya andas solo? ¿Que ya no me necesitas para cruzar un par de piedras? Pues enhorabuena, casi te lo demuestras estampado en el fondo de ese barranco.
—Pasaba primero porque si una de las dos piedras cedía, prefería que cediera bajo mi peso y no bajo el tuyo. —Se incorporó despacio, apoyándose en la roca—. No todo lo que hago contigo es por orgullo, Valentina.
—No. Lo que haces conmigo es peor que orgullo.
—La voz me salía a trozos, sin pasar por la cabeza—.
Lo que haces es ponerte delante de cada piedra, de cada bala, de cada río, como si pudieras pagar con el cuerpo lo que me contaste en la cocina aquella noche.
Como si salvarme a mí, una y otra vez, fuera a devolverte a los que no sacaste de aquel sitio.
Y no funciona así. Yo no soy tu penitencia.
No me cargues a mí encima tu lista de muertos.
Lo dije para hacer daño. Y lo hice. Se le tensó la cara en la oscuridad, y por un momento pensé que iba a cerrarse, a darme la espalda, a volver al hielo del primer día.
No lo hizo. Dio un paso hacia mí.
—¿Quieres saber por qué me pongo delante de cada piedra?
—Su voz había bajado—. No es por lo que te conté.
Ojalá fuera por eso, sería más fácil. Es porque hace nada eras un nombre en una orden de traslado, una espía que me habían colgado al cuello, y ahora la idea de que te pase algo me revuelve por dentro de una manera que no sé manejar, que no había sentido en mi vida, y que no me he buscado.
Así que perdona si me pongo delante de las piedras. Es lo único que sé hacer con esto.
—Pues no lo hagas. —Se me quebró la voz—.
No sientas eso. No te atrevas a sentir eso, Castillo, porque yo me bajo de aquí dentro de unos días a buscar una verdad que a lo mejor me mata, y si no me mata me espera un tribunal que sí, y tú vas a tener que mirar cómo pasa todo eso.
¿Para qué quieres sentir algo así por una mujer que tiene los días contados? ¿Para qué quiero yo sentirlo por ti?
—No lo sé. —Estaba ya muy cerca, lo bastante para que en la oscuridad le viera el brillo de los ojos—. No tengo ni idea de para qué sirve. Solo sé que llevo tres noches contigo a un palmo, fingiendo que es por el frío, y que estoy harto de fingir.
—Yo también estoy harta —dije.
Y ya no sé cuál de los dos cruzó el palmo que quedaba.
Me besó con la rabia con la que habíamos discutido, y yo lo besé igual, porque era la misma cosa, lo había sido desde el principio, las ganas de matarlo y las ganas de aquello eran el mismo fuego encendido por los dos lados.
Me empujó contra la pared de roca, con una mano en mi nuca para que la piedra no me hiciera daño incluso en eso, incluso furioso cuidándome, y yo le agarré el cuello del uniforme que tanto había odiado y tiré de él hacia mí como si quisiera arrancárselo, y a lo mejor quería.
Nos separamos un segundo, solo uno, con las frentes juntas.
—Castillo —susurré.
Él cerró los ojos un instante, como si aquel apellido le pesara más de lo normal.
—Damián —dijo.
Lo dijo tan bajo que casi se lo tragó la noche. Como si no me estuviera dando un nombre, sino algo que había llevado demasiado tiempo guardado bajo el uniforme.
—Damián —repetí.
Y entonces sí cruzó el último palmo que quedaba.
—Esto es una locura —dije contra su boca.
—Lo es. —No se apartó ni un milímetro—. ¿Quieres parar?
—Como pares te tiro yo al barranco.
Le oí reírse, bajo, contra mi cuello, y esa risa fue lo último que dijo ninguno de los dos en un buen rato.
Nos llevamos las mantas a un hueco entre las rocas, a resguardo, y allí, en la oscuridad cerrada de los caminos viejos, dejé que me quitara aquel uniforme de campaña prenda a prenda, despacio, como si no estuviéramos huyendo, como si tuviéramos toda la noche y todas las que vinieran.
Me recorrió con las manos primero, antes que con la boca, y se detuvo en cada cicatriz que me encontró, y en lugar de apartar la cara de ellas, las besó una a una, despacio, como si quisiera aprendérselas.
Yo le desabroché lo que quedaba del uniforme con cuidado de la pierna herida, de la venda, de todo lo que le había cosido yo misma, y hubo algo en eso, en conocerle el cuerpo desde dentro antes que desde fuera, que lo volvió todo más hondo.
Había metido los dedos en su carne para salvarlo.
Ahora los metía por otra cosa, y las dos cosas se parecían más de lo que nadie querría admitir.
Fue lento, al principio, porque los dos teníamos miedo de que, si íbamos deprisa, aquello se rompiera.
Me tumbó sobre las mantas y se tomó su tiempo, parando donde yo paraba, siguiendo donde yo seguía, con una atención que no le había visto poner en nada que no fuera mantener vivo a alguien.
Y de algún modo era eso: las mismas manos precisas, la misma cabeza fría puesta entera en mí, solo que ahora no para que no muriera, sino para que no me quedara una sola parte sin sentir que estaba viva.
Después dejó de ser lento. Cuando por fin lo dejé entrar, cuando ya no quedaba ni un centímetro de distancia entre los dos, algo se me soltó por dentro que llevaba años atado, y me oí decir su nombre, Damián, no comandante, no Castillo, Damián, una y otra vez contra su boca, mientras él se movía conmigo y dentro de mí con una urgencia que ya no cuidaba nada, porque por fin no había nada que cuidar, solo los dos, perdidos en aquel hueco de rocas mientras el mundo entero nos buscaba para matarnos.
Llegué con la cara hundida en su cuello, mordiéndome para no gritar, porque ni en eso podíamos permitirnos hacer ruido, y él me siguió un momento después, agarrado a mí como si yo fuera lo único firme en mitad de una caída, repitiendo mi nombre como yo había repetido el suyo.
Después nos quedamos enredados sobre las mantas, sin aire, sin palabras, con el corazón yéndose a la carrera y volviendo poco a poco. Él me tenía abrazada contra el costado, su mano dibujándome despacio la espalda, y yo escuchaba cómo se le iba calmando todo bajo mi oreja.
Me eché a reír. Bajito, contra su piel.
—¿De qué te ríes? —murmuró.
—De nosotros. De que no hay dos personas peor elegidas en toda esta guerra. Una espía condenada y el comandante que la lleva al patíbulo. Si alguien escribiera esto, nadie se lo creería.
—Que escriban lo que quieran. —Me apretó un poco más contra él, en la oscuridad—. Yo no me iría a ninguna parte.
—Ni yo —dije.
Y lo dije en serio, y eso fue lo que me quitó las ganas de reír. Porque era verdad. Porque, después de dos años, volvía a querer quedarme en algún sitio, y el sitio eran los brazos del hombre que más me convenía evitar en el mundo entero, y nada de lo que nos esperaba abajo iba a dejarme quedarme.
Me dormí así de todas formas. Pegada a él, robándole calor y tiempo al mundo, en la única noche entera de paz que nos dio aquel viaje.