Capítulo 18
El problema de volver al este no era el camino. Era nosotros.
Lo hablamos esa misma mañana, mientras yo recogía lo poco que teníamos y Castillo, sentado en el estribo del blindado, ponía a prueba la pierna apoyándola y soltándola, midiendo cuánto aguantaba antes de que la cara se le contrajera.
Aguantaba más que el día anterior. No lo suficiente para correr, ni de lejos.
—No podemos llegar al corredor en esto —dije, dándole una patada a la rueda reventada del blindado—.
Es un vehículo militar acribillado, sin media carrocería, con dos ruedas de menos.
En cuanto entremos en zona controlada, el primer control que veamos nos para solo por curiosidad. Y entonces se jode todo.
—El vehículo no es el problema más grande.
—Castillo se frotó el muslo—. El problema más grande tiene cara.
La tuya y la mía. A estas alturas, mi nombre está en una lista de oficiales desaparecidos, y eso, en el Mando, se traduce muy rápido en otra lista peor.
Y tu cara está ya en las fichas de todos los puestos del sector como espía fugada.
Somos dos personas que no pueden cruzar un control sin que salten todas las alarmas.
—Pues entonces no cruzamos controles.
—El corredor está rodeado de ellos. —Negó con la cabeza—.
Lo cerraron después de la emboscada. Para llegar a tu consulta hay que entrar en zona del Mando, y en zona del Mando se entra por carretera, y las carreteras tienen controles.
No hay forma de rodearlos todos a pie con esta pierna.
—Levantó la vista hacia mí—. Así que solo nos queda lo de siempre.
Pasar por el sitio por el que no nos esperan que pasemos.
No me gustó cómo sonó aquello. Aprendí pronto, en aquellos días, que cuando a Castillo se le ocurría la única solución que quedaba, solía ser también la que tenía más posibilidades de matarnos.
El plan, como todos los suyos, era sencillo y temerario a partes iguales.
Usaríamos lo único que el enemigo no se espera de dos fugitivos: que avancen de frente, a plena luz, comportándose como si tuvieran todo el derecho del mundo a estar ahí.
Castillo seguía teniendo su uniforme de comandante, sucio y con un agujero de metralla, pero uniforme al fin.
Y un comandante con un vehículo destrozado, volviendo de un incidente, era una imagen que un soldado raso de un control no cuestiona fácil.
A mí me tocó el papel difícil. No de prisionera; una prisionera era justo lo que buscaban, y enseñar mi cara atada en un control era entregarme yo sola.
Me tocó ser personal sanitario. Una enfermera militar requisada de un puesto avanzado para atender a un oficial herido en ruta.
Era un papel que sabía hacer dormida, porque era casi verdad: lo único falso era el uniforme, un equipo de campaña que Castillo sacó de una de las cajas del blindado, recortado y ajustado como pude, y el nombre que me inventé.
—Si pregunta algo médico, conteste con seguridad —me dijo Castillo, mientras me ayudaba a doblar las mangas para que me valieran—. Nadie duda de quien habla de lo que sabe. Y no me mire a mí buscando aprobación. Las enfermeras militares no miran a sus comandantes así.
—Eso lo tengo dominado.
Llegamos al primer control a media tarde, en una carretera comarcal por la que el blindado renqueaba levantando miradas.
Era un puesto pequeño: una barrera, un par de sacos terreros, cuatro soldados y un cabo aburrido al mando.
Castillo bajó la ventanilla antes de que nos lo pidieran, sacó medio cuerpo con una naturalidad que me dejó helada, y le habló al cabo desde arriba.
—Comandante en tránsito, incidente en el sector norte. Vehículo dañado, un herido a bordo. Necesito paso y, si tienen, combustible.
El cabo se cuadró por instinto, como se había cuadrado Vidal el primer día.
La autoridad funcionaba. Echó un vistazo al blindado acribillado, a mí con mi uniforme prestado y mi cara de enfermera harta, al agujero de la pierna de Castillo, y todo encajaba, todo contaba la misma historia verosímil de un oficial que vuelve de algo feo.
—Documentación, mi comandante —dijo el cabo. Por rutina, no por sospecha.
Castillo le tendió su cartilla militar sin un titubeo.
El cabo la cogió, la miró, y ahí, en el segundo en que sus ojos bajaron al nombre, sentí que el aire del control cambiaba.
El cabo leyó. Volvió a leer. Y la cara se le quedó un instante demasiado quieta antes de levantar la vista, una quietud que yo había aprendido a reconocer en una sala de espera cuando alguien acaba de leer un diagnóstico que no esperaba.
—Un momento, mi comandante —dijo, con una sonrisa que le salió torcida—. Tengo que confirmar el paso con el puesto de mando. Procedimiento nuevo. Cosa de un minuto.
Y se retiró hacia la caseta, con la cartilla de Castillo en la mano, demasiado deprisa.
Castillo no movió un músculo de la cara. Pero por la comisura de la boca, sin mirarme, me dijo en voz muy baja:
—Lo saben. Ese hombre va a llamar para que vengan a por nosotros. Cuando yo arranque, agárrese a algo.
—¿Cuándo va a…?
No terminé la pregunta. Uno de los soldados de la barrera, un chaval, había estado mirándome más de la cuenta, y de pronto le vi cambiar la cara también, vi cómo pasaba de mirar a una enfermera a mirar otra cosa, y supe que mi ficha de espía fugada le acababa de encajar en la cabeza con la cara que tenía delante.
—¡Eh! —empezó a decir el chaval, descolgándose el fusil—. ¡Esa mujer es…!
Castillo arrancó.
No esperó a oír el final de la frase. Pisó el acelerador a fondo, el blindado dio un salto, reventó la barrera de madera de un golpe que nos sacudió a los dos contra los asientos, y salimos del control entre gritos y el primer disparo, que rebotó en la chapa con un golpe seco a un palmo de mi cabeza.
—¡Abajo! —Castillo me empujó la nuca con una mano mientras con la otra peleaba el volante—. ¡La cabeza abajo!
Me agaché cuanto pude. Detrás de nosotros se desató el ruido, el tableteo de un fusil, los gritos del cabo dando órdenes y el rugido de un motor que arrancaba para seguirnos.
El blindado, con sus dos ruedas reventadas, daba bandazos por la comarcal como un animal herido, perdiendo trozos de sí mismo a cada bache, y yo, agarrada al banco, pensé que de todas las formas tontas de morir que había imaginado en aquel viaje, hacerlo en un vehículo desbocado a manos del bando que me condenaba era de las más absurdas.
—¡No vamos a despistarlos en esto! —grité, por encima del estruendo—. ¡Va a reventar antes de un kilómetro!
—Lo sé. —Castillo tenía los dientes apretados, conduciendo más con la rabia que con la pierna—. No voy a despistarlos. Voy a llegar al pinar de ahí delante y vamos a salir corriendo, usted y yo, mientras ellos siguen detrás de la lata. Una lata se persigue fácil. Dos personas en un bosque, no.
El pinar estaba a trescientos metros, espesando la ladera a la derecha de la carretera.
Castillo aguantó el blindado entero hasta el último momento, hasta meterlo de morro entre los primeros árboles, donde la maleza lo frenó de golpe y nos lanzó hacia delante.
Antes de que dejara de moverse del todo ya me estaba tirando de la manga.
—Fuera. Conmigo. Ahora.
Salté. Lo ayudé a salir a él, que cayó mal sobre la pierna y soltó un gruñido, pero no se paró, y nos metimos los dos ladera arriba, entre los pinos, él apoyándose en mí, mientras a nuestra espalda el vehículo que nos perseguía frenaba junto al blindado abandonado y los soldados, durante unos segundos preciosos, rodeaban una lata vacía buscando a quien ya no estaba dentro.
Subimos hasta que la pierna de Castillo dijo basta, hasta un repecho de rocas desde el que se veía la carretera abajo, pequeña ya, con dos vehículos detenidos y figuras diminutas moviéndose alrededor sin saber por dónde tirar.
Nos dejamos caer detrás de las rocas, los dos reventados, él con la cara gris del dolor y yo con el corazón saliéndoseme por la boca.
—Pues ya está —dije, cuando recuperé el aire—. Lo confirmamos. Usted ya no es comandante de nada. Y mi cara la conocen hasta los chavales de las barreras. Estamos los dos igual de muertos a ojos del Mando.
—Bienvenida a mi nuevo rango. —Castillo se apretaba el muslo, donde la venda empezaba a mancharse otra vez por el esfuerzo—. Desaparecido y traidor. Le aseguro que se vive peor que de comandante.
Le aparté la mano y le revisé la herida. No se había abierto del todo, pero la carrera le había costado. Tendría que volver a vendarla en cuanto estuviéramos a salvo, si es que ese sitio existía aún para nosotros.
—Tenemos un problema —dije, mientras presionaba—. Sin vehículo, con tu pierna, no llegamos al corredor en dos semanas. Y ahora saben que vamos hacia algún sitio.
—No saben hacia dónde. —Castillo miró la carretera abajo, y ladera arriba, hacia donde el pinar se espesaba—.
Y no vamos a ir por carretera. Hay otra forma de entrar en el corredor sin pasar un solo control.
Más lenta, más dura, pero más segura. —Me miró—.
Por los caminos viejos. Los de contrabandistas.
Los que usa la gente que no quiere ser vista.
—¿Y usted conoce esos caminos?
—No. —Hizo una pausa—. Pero apostaría a que su gente de los Libres, sí los conoce. Y apostaría a que usted, doctora, ha oído hablar de ellos más de una noche en su trastienda, aunque entonces no le interesaran.
Tenía razón otra vez, el muy desgraciado.
Había oído hablar de los pasos. Sabía por dónde se entraba y se salía del corredor sin pisar una carretera, porque la mayoría de la gente que pasó por mi consulta había llegado por ahí.
Y sabía, sobre todo, quién me los podía confirmar y guiar, porque había una persona que conocía esos caminos mejor que nadie, que me los había descrito muchas noches mientras esperábamos a que dejara de sonar la artillería.
Mara.
No dije su nombre. Pero algo en mi cara debió de decirlo por mí, porque Castillo clavó los ojos en los míos un segundo de más, con esa duda suya de soldado que no terminaba de tragarse, y por una vez no apartó la vista.
—Vamos a tener que fiarnos de alguien para entrar ahí —dijo, con cuidado—. Solo le pido una cosa, Valentina. Cuando lleguemos, y nos fiemos, mantenga los ojos abiertos. Aunque sea con quien usted menos quiera abrirlos.
No le contesté. Me quedé mirando la carretera diminuta allá abajo, donde el Mando seguía dando vueltas alrededor de una lata vacía.
Después le aparté las manos de la pierna y me puse a rehacerle la venda con lo que me quedaba, porque íbamos a necesitar esa pierna entera para llegar a casa.
Y volver a casa, que tendría que haber sido lo único bueno de todo aquel plan, era justo lo que más miedo me daba.