Capítulo 17
Amaneció y seguíamos los dos en el suelo de la cocina, vestidos, abrazados de cualquier manera junto a las cenizas frías de la chimenea.
No habíamos pasado de aquel beso. No porque no quisiéramos; porque en algún momento de la noche, entre beso y beso, nos había alcanzado la conciencia de todo lo que había debajo, y los dos, sin decirlo, habíamos frenado en el mismo sitio, como quien se asoma a un borde y decide no mirar todavía.
—Esto no arregla nada —dije, con la mejilla contra su hombro—. Que conste.
—Lo sé. —Me apartó un mechón de la cara con una torpeza que no le pegaba nada—.
Sigue siendo una prisionera acusada de traición.
Yo sigo siendo el que tenía que entregarla.
Y ahora, además, soy un oficial que ha huido de su propia gente y ha desaparecido con ella.
Lo hemos empeorado, doctora. Felicidades a los dos.
Me reí sin ganas, contra su hombro. Tenía razón.
Por la mañana, con la luz gris entrando por el techo roto, lo de la noche anterior no había desaparecido, pero al lado tenía sentada toda la realidad que el fuego y la noche habían mantenido a raya unas horas.
Yo seguía condenada. Él seguía hundido. Y un beso, por mucho que pesara, no movía ni una coma de eso.
Me incorporé. Me senté frente a él, en el suelo, con la espalda contra la pared de enfrente, porque algunas conversaciones no se pueden tener abrazada a alguien.
—¿Y ahora qué, Castillo? Porque no podemos quedarnos en esta casa hasta que nos hagamos viejos. La comida se acaba en tres días. Tarde o temprano alguien pasa por ese camino. Y usted necesita una pierna que aún no tiene.
Se quedó pensando, con esa quietud suya de antes de tomar una decisión.
—Huir no es un plan —dijo al fin—. Es aplazar lo que va a pasar.
Mientras usted sea una espía fugada y yo un desaparecido, cualquier control nos para, cualquier cara conocida nos vende, y se acabó.
Podemos durar semanas, puede que meses. No más.
—Me miró—. Solo hay una forma de que usted salga de esto viva de verdad.
Y no es esconderse. Es demostrar quién pasó la ruta de mi convoy.
—¿Cómo voy a demostrar yo eso? Si supiera quién fue, no estaríamos aquí.
—Pero alguien lo sabe. —Se inclinó hacia delante, y por un momento volvió a ser el comandante, solo que esta vez jugando de mi lado—.
Piénselo. La ruta de mi convoy era información militar.
Hora, número, recorrido. Eso no se la sopla un herido a una médico de pasada.
Eso lo mueve alguien con acceso y con un canal para sacarlo.
—Hizo una pausa—. Y ese canal, doctora, era el transmisor que encontraron en su consulta.
El mismo que la hundió a usted. Lo usó alguien.
Alguien que entraba en su consulta, que conocía sus rutinas, que sabía que nadie iba a sospechar de la médico que cosía a todo el mundo.
Sentí volver la frialdad de la noche de su confesión, solo que esta vez con otra cara.
—No vuelva a empezar con eso —dije, en voz baja.
—No estoy acusando a nadie. —Levantó una mano—.
Estoy diciendo que la respuesta a quién mató a mis catorce hombres y la respuesta a quién la condenó a usted son, casi seguro, la misma persona.
Y que esa persona estuvo en su consulta.
Si encontramos quién manejaba ese transmisor, la limpiamos a usted, destapamos al traidor y yo dejo de ser el oficial que abandonó a su unidad por una espía.
Las tres cosas con una. —Se recostó—. No es huir.
Es ir a buscar la única cosa que nos salva a los dos.
Lo dijo con la lógica fría de un hombre que ha planeado asaltos, y la lógica era buena, era la única que teníamos.
Pero a mí me pedía algo que él no entendía que me estaba pidiendo: volver atrás.
Volver al corredor, a la consulta, a la gente que dejé allí.
Volver a Mara, a la que había protegido callando su nombre, y mirarla a los ojos sabiendo lo que aquel hombre sospechaba de ella sin atreverse a decirlo del todo.
—Si vamos a buscar eso —dije despacio—, vamos a tener que volver al este. Al corredor. A mi consulta.
—Lo sé.
—Donde me detuvieron. Donde más me buscan.
—Lo sé. —Sostuvo mi mirada sin pestañear—.
Por eso se lo planteo, no se lo ordeno. Usted ya no es mi prisionera, Valentina.
Lo que decidamos a partir de ahora lo decidimos los dos.
Si me dice que prefiere correr y durar lo que duremos, corremos.
Si me dice que quiere su nombre limpio aunque cueste volver a la boca del lobo, volvemos.
Pero la decisión es suya. Por una vez en todo este viaje, es suya entera.
Miré por el hueco del techo el cielo gris de la mañana, el mismo cielo bajo el que, en alguna parte del este, seguía mi consulta, y mis muertos, y una chica con un máster a medias a la que yo seguía llamando inocente con todas mis fuerzas.
—Volvemos —dije.
Y en cuanto lo dije, Castillo empezó a recogerlo todo, despacio, peleándose con la pierna mala, como si hubiera estado esperando esa palabra para ponernos otra vez en marcha.