Capítulo 16
Castillo durmió aquella noche como no le había visto dormir: hondo, sin sobresaltos, vaciado de lo que llevaba dos años sin soltar.
Yo apenas pegué ojo. Me quedé sentada junto al fuego, alimentándolo con astillas, dándole vueltas a su historia y a la sombra fría que me había dejado dentro y que seguía sin saber dónde colocar.
Por la mañana lo encontré despierto, sentado contra la pared, mirándome con una cara nueva, la de quien ya no tiene nada escondido y no sabe muy bien cómo se está sin ello.
—Le toca a usted —dijo.
—¿El qué?
—Contar su dolor. —Tenía la voz tranquila, sin filo—.
Llevo desde el primer día creyendo una cosa de usted: que pasó la ruta de mi convoy, que mis catorce hombres están muertos por algo que usted hizo.
Anoche le conté lo peor que he hecho en mi vida.
Creo que me he ganado preguntarle, de una vez, si lo que pienso de usted es verdad.
Y creo que usted, después de anoche, me debe la respuesta de verdad, no la del tribunal.
Tenía razón. Y estaba tan cansada de cargar yo sola con lo mío como él lo había estado con lo suyo.
—No pasé su ruta —dije—. No pasé nada de nadie.
Nunca jugué a esa guerra, Castillo. Yo cosía a quien sangraba y no le preguntaba de qué lado sangraba, y esa fue mi única política en tres años.
—Apreté las manos entre las rodillas—. Encontraron un transmisor en mi consulta, escondido entre el material.
Aplastante, ¿verdad? Una médico que atiende a los Libres y un transmisor militar entre las gasas.
Cualquier tribunal cierra el caso con eso en treinta segundos.
—Tragué—. Pues por mis muertos le digo que no lo había visto en mi vida.
Alguien lo metió ahí. En mi consulta entraba y salía gente todo el día, de los dos bandos; cualquiera pudo usarla sin que yo lo supiera.
O alguien me lo plantó. Nunca lo sabré. Lo único que sé es que esos catorce hombres suyos no los maté yo.
Castillo me escuchaba sin moverse, con una atención distinta a la del primer día, la de quien quiere creer y se obliga a comprobar.
—¿Y por qué no se defendió? —preguntó—. En su expediente no hay defensa. No dio una sola versión alternativa. Para el tribunal, callar así es confesar.
Ahí estaba la parte difícil. La que no le había contado a nadie, ni siquiera al interrogador.
—Porque para defenderme tenía que dar un nombre —dije—.
En el interrogatorio me enseñaron una foto y me preguntaron por una persona de mi consulta.
Mi ayudante. Y supe que, si decía lo que sabía de ella, si les daba algo, cualquier cosa, la cogían a ella en mi lugar.
—Miré el fuego—. Yo estaba segura de que era inocente, tan inocente como yo.
Una chica que había dejado un máster a medias para atender heridos conmigo.
El Mando necesitaba una culpable para sus catorce muertos, y entre las dos, yo encajaba mejor: la médico que ayudaba al enemigo.
Así que no di su nombre. Dejé que me cogieran a mí.
Era lo justo. La otra no había hecho nada.
Se quedó callado un buen rato.
—¿Está segura de eso? —dijo al fin, con cuidado—. De su ayudante. Una consulta que usaban los dos bandos, un transmisor que aparece justo entre sus cosas, alguien que conocía sus rutinas y sus pacientes… Usted es médico, no soldado. A veces el que tienes más cerca es el que…
—No. —Lo corté más fuerte de lo que pretendía—. A ella la conozco. Dormíamos a dos metros la una de la otra. Me jugaría la vida por ella, y de hecho me la estoy jugando. No me la convierta usted ahora en sospechosa para que le cuadren mejor sus catorce muertos.
Levantó las manos, rindiéndose. No insistió. Pero algo se le quedó en la cara, una duda de soldado que no se fía de las casualidades, y yo la aparté igual que había apartado la sombra fría de la noche anterior, porque bastante tenía ya.
Lo que vino después no lo aparté.
—Entonces la llevo a morir por algo que no hizo —dijo Castillo, en voz baja, más para él que para mí—.
Llevo días entregando al tribunal a una mujer inocente.
Y esa misma mujer me ha salvado la vida dos veces y me ha sacado de un cruce a rastras.
—Negó con la cabeza, despacio—. ¿Sabe lo que es eso, doctora?
Es lo peor que me ha pasado después de aquello que le conté anoche.
No supe qué contestar. Me levanté para alimentar el fuego, por hacer algo con las manos, porque quedarme sentada frente a él, después de todo lo que acabábamos de soltar, era más de lo que podía sostener.
Eché una astilla a las brasas. Después otra que no hacía falta.
Notaba sus ojos en mi espalda, en la nuca, en cada movimiento que hacía por no girarme.
—Valentina.
Solo mi nombre. Pero lo dijo de una manera que me dejó la astilla a medio camino del fuego.
Me giré. Y me encontré con que se había levantado, despacio, apoyado en la pared por la pierna, y estaba más cerca de lo que esperaba, lo bastante cerca para que el resplandor de las brasas le moviera las sombras por la cara.
No dijo nada más. Me miró sin el filtro del comandante, sin la coartada de la herida ni de la huida ni del frío.
Me miró como se mira lo que uno sabe que no debería querer y quiere igual.
—No lo hagas —dije. Me salió en un susurro, y ni yo supe si le pedía que parara o que no se le ocurriera parar.
—¿Que no haga qué? —Dio un paso. La pierna le falló un poco y se sujetó al borde de la mesa, sin apartar los ojos de mí—.
Llevo días sin hacer nada, doctora. Mirándote curarme.
Durmiendo a un palmo de usted y contando los centímetros.
Diciéndome que es una prisionera, que la entrego en tres días, que esto no puede ser.
—Otro paso—. Y ya no me creo ni una de las tres cosas.
Tendría que haber retrocedido. La pared estaba a mi espalda, a dos pasos, y los dos pasos se me hacían imposibles, porque el cuerpo no me obedecía, porque llevaba yo también demasiados días contando los mismos centímetros que él.
—Somos un desastre —dije, y la voz me tembló—. Los dos. Esto no nos lleva a ningún sitio bueno.
—Lo sé. —Estaba ya delante de mí. Levantó la mano, despacio, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme, y me retiró un mechón de la cara con un cuidado que no le pegaba a las manos con las que mataba—.
Apártese, si quiere. Le juro que no vuelvo a intentarlo.
Una palabra suya y vuelvo a mi sitio y mañana esto no ha pasado.
No dije la palabra.
Levanté yo la cara, esa fue toda mi respuesta, y fue suficiente.
Me sostuvo la mejilla con una mano, hundió los dedos en mi pelo, y se tomó su tiempo todavía, acercándose despacio, como si quisiera darme hasta el último segundo para arrepentirme.
No me arrepentí. Cuando por fin me besó, lo hizo igual que hacía todo lo demás: con cuidado primero, midiéndome, y después, cuando le devolví el beso y le agarré el uniforme con las dos manos, sin nada de cuidado ya.
Lo besé como llevaba días sin saber que quería besarlo.
Lo besé con la rabia de las primeras horas y con todo lo que había venido después, con el río y la cuneta y la manta y las dos veces que le había sacado la vida de entre las manos.
Él me empujó con suavidad contra la pared, sin dejar de besarme, una mano todavía en mi pelo y la otra abierta en mi cintura, y yo dejé de pensar en lo que me convenía, dejé de pensar en el tribunal y en los catorce muertos y en todas las razones que tenía para no estar haciendo aquello.
Nos separamos un momento, solo lo justo y dejamos las frentes juntas.
—Esto es muy mala idea —dije, contra su boca.
—La peor —contestó él, y volvió a besarme.
Y en ese momento dejó de importarme lo que me convenía y lo que no.