Capítulo 15
Encontramos refugio al caer la tarde, en una casa de labranza abandonada al final de un camino que no salía en ningún mapa que importara.
No tenía techo en media planta, pero la cocina seguía entera, con su chimenea y una puerta que cerraba, y en la despensa, milagro de los milagros, quedaban un saco de patatas reseco y unos botes de conserva que el saqueo de la guerra había pasado por alto.
Metí el blindado detrás del granero, fuera de la vista, y ayudé a Castillo a entrar.
La pierna le respondía un poco mejor, pero el día de huida le había pasado factura, y se dejó caer en una silla de la cocina con la cara del color de la ceniza.
Le revisé la herida. Aguantaba. Encendí fuego en la chimenea, que ahí dentro sí podía permitírmelo, y, por una vez en cinco días, cociné algo que se parecía a comida de verdad.
Al principio comimos sin decir nada, los dos demasiado hambrientos para hablar.
Después, con el estómago lleno y el fuego calentando la cocina y la noche fuera, lejos de cruces y de patrullas, pasó lo que pasa cuando dos personas llevan días sobreviviendo juntas y de pronto tienen un momento de paz: empezamos a hablar de verdad.
Hablamos de cosas pequeñas, al principio.
De antes. Le conté lo del hospital que tuve, sin entrar en lo que dolía.
Él me contó que había estudiado ingeniería antes de la guerra, que iba a construir puentes y acabó volándolos, y se rió de su propio chiste con una risa rara, oxidada, de alguien que no la usa.
Y en algún punto de esa paz prestada, mirando el fuego, Castillo dejó de reírse y dijo:
—¿Se acuerda de lo que le dije en el cobertizo? Que había algo que aún no sabía si podía contarle.
Dejé la cuchara en el bote.
—Me acuerdo.
Tenía los ojos en las llamas, no en mí.
—Después de estos días, después de lo que ha hecho por mí sin tener ningún motivo, creo que se lo debo. Y creo que, si no se lo cuento ahora, no se lo voy a contar nunca.
No dije nada. No quería romper lo que fuera que lo había soltado.
—Hace dos años yo no mandaba traslados —empezó—.
Mandaba una unidad de asalto, de las que entran primero.
Y una tarde nos dieron una orden: reducir un edificio en zona tomada, señalado como puesto de mando de los Libres.
Inteligencia juraba que dentro había oficiales, planes y una central de comunicaciones.
Sin avisar, sin margen, ya. —Apretó las manos sobre las rodillas—.
A mí no me cuadraba. Había demasiado movimiento alrededor para un puesto de mando, demasiada gente que no parecía gente de guerra.
Pedí que mandaran a un explorador antes de entrar.
Me dijeron que no había tiempo y que cumpliera la orden.
Sentí el primer roce de algo frío subiéndome por la espalda, todavía sin nombre.
—Hice tiempo igualmente —siguió—. Filtré un aviso por un canal que sabía que escuchaban los del otro lado, para que saliera quien pudiera.
Algunos salieron. No los suficientes. —Tragó—.
Porque dentro no había oficiales ni planes, doctora.
Había gente que no tenía nada que ver con esto.
Gente que ni siquiera podía correr. Cuando lo entendí, ya habíamos entrado, y a la mitad ya no había manera de avisarla.
Di la orden de parar. La grité, pero no todos llegaron a oírla a tiempo.
La cocina se había quedado sin más ruido que el fuego.
—Cargué con ello entero —dijo—. No dije que la orden venía de arriba, no señalé al que firmó el informe, porque eso era ponerle a otro la soga que me tocaba a mí por haber entrado.
Me apartaron del frente y me mandaron a traslados, que es donde se aparca a los oficiales de los que ya no te fías, pero a los que no puedes colgar.
Y desde entonces llevo una lista dentro de la cabeza, la de los que no saqué a tiempo.
—Me miró—. Eso es lo que no sabía si contarle.
No fui solo un soldado cumpliendo órdenes, Valentina.
Fui el que entró en un sitio lleno de inocentes y no consiguió pararlo.
Eso es lo que soy, por debajo del uniforme.
No dije nada durante un rato largo. Le miré la cara a la luz del fuego, aquella cara que el primer día me había parecido la de un carnicero y que ahora era la de un hombre que llevaba dos años cargando solo con algo que ni siquiera había ordenado.
No le daba la absolución. No podía. Pero la imagen sencilla que necesitaba para odiarlo, la del verdugo de uniforme, se me había caído al suelo, y ya no sabía recogerla.
Algo me rozó por dentro mientras lo escuchaba, una sombra fría que no supe de dónde venía. La aparté. Bastante tenía con mis propios muertos para cargar encima con los suyos.
—Gracias por contármelo —dije al fin. Lo decía en serio. Y que lo dijera en serio fue lo que me asustó de toda aquella noche.
Castillo asintió despacio, vaciado, como quien suelta por fin un peso que llevaba años echándose a la espalda, y volvió la cara al fuego. No me preguntó si seguía odiándolo. Yo no se lo dije, porque esa noche, por una vez, no habría sabido qué contestar.