Capítulo 14
Nos separamos en cuanto hubo luz, los dos a la vez, sin acuerdo previo, como quien sale de un sitio donde ha estado más cómodo de lo que conviene.
Yo me levanté a hervir agua que no hacía falta.
Él se incorporó contra la pared y se puso a revisar la venda de la pierna con una concentración exagerada.
Ninguno mencionó la noche. Pero nos movíamos distinto el uno alrededor del otro, con una cautela nueva, la de quien ha descubierto que el suelo que pisaba no era tan firme como creía.
—¿Puede apoyar la pierna? —pregunté, por decir algo útil.
—Un poco. —Lo probó, apretando los dientes—. Si me da un palo y un brazo, ando. Despacio, pero ando.
—Bien. Porque no podemos quedarnos aquí.
No era una intuición. Era un hecho. Llevábamos cuatro días en aquel cobertizo, la comida se había acabado, el agua limpia estaba cada vez más lejos, y un hombre que se recupera de lo que él se recuperaba necesitaba comer carne y beber agua buena, no las raíces y el barro filtrado con los que yo lo estaba manteniendo a flote.
Además, los muertos enterrados en una zanja a treinta metros y los restos de un combate en un cruce —el todoterreno calcinado, el blindado acribillado, la chatarra por todas partes— eran un cartel enorme que decía «aquí ha pasado algo».
Tarde o temprano, alguien vendría a leerlo.
Resultó que más temprano que tarde.
Fui al cruce a media mañana, a ver si el blindado servía aún para algo.
Estaba acribillado, con dos ruedas reventadas y el lateral como un colador, pero los blindados son tercos, y cuando metí la llave que seguía en el contacto y bombeé, el motor tosió y arrancó al cuarto intento, renqueante pero vivo.
Con dos ruedas de menos no iría rápido ni lejos. Iría. Era más de lo que teníamos.
Estaba viendo cuánto combustible quedaba cuando lo vi.
En la loma del este, lejos todavía, una columna de polvo.
Un vehículo, puede que dos, bajando por la misma pista por la que habíamos llegado nosotros.
Me quedé quieta detrás del blindado, midiendo la distancia y el tiempo con ese instinto de superviviente que ya me salía sin pensar.
Veinte minutos, quizá menos, hasta que llegaran al cruce.
Y entre el polvo, un instante, el sol arrancó un destello a algo metálico pintado de un verde que conocía bien.
No eran Libres. No llevaban trapos en las antenas.
Era el Mando.
Volví al cobertizo medio corriendo.
—Viene gente. Por el este. Veinte minutos. —Ya estaba recogiendo lo poco que teníamos, metiéndolo en un macuto—. Y son de los suyos, Castillo. Verde oliva, sin marcas pintadas. El Mando ha mandado a alguien a buscar el convoy que no reportó.
Esperaba alivio en su cara. Lo lógico era el alivio. Eran los suyos: comida, médicos de verdad, evacuación, el final de aquella pesadilla de cobertizo y barro. Para él, la salvación bajaba por esa loma a veinte minutos de distancia.
No hubo alivio. Hubo otra cosa. Se quedó muy quieto, con la mano a medio atar en la venda, mirando hacia el este como si pudiera ver a través de la pared de piedra.
—¿Quién va a bordo? —preguntó, más para sí que para mí.
—¿Qué más da quién vaya? Son los suyos. Salga, hágales una señal y se acabó. Para usted se acabó.
—A lo mejor vienen a salvarme. O a lo mejor vienen a ver qué quedó del convoy y a asegurarse de que, si alguien sobrevivió, no salga de aquí a contar lo que vio. No sé cuál de las dos, y no pienso jugarme la vida a adivinarlo. Ni la suya
—¿La mía?
—Si me encuentran a mí, la encuentran a usted.
Viva, suelta, sin atar, después de cuatro días a solas conmigo.
—Se irguió, pálido del esfuerzo, sujetándose a mi hombro—.
¿Sabe lo que pasa entonces? Que a usted la fusilan en el cruce, sin tribunal ni teatro, y a mí me hunden por traidor.
Los dos. Así que no, no voy a hacerles ninguna señal.
Vamos a subirnos a ese blindado destrozado y vamos a desaparecer antes de que lleguen.
Me quedé mirándolo un segundo, con el macuto en la mano.
Aquel hombre acababa de ver bajar a sus propios compañeros por una loma, su billete a casa, su cama de hospital, el fin de todo lo malo, y había decidido huir de ellos.
Por desconfianza, sí. Pero también, y no hizo falta que lo dijera ninguno, por mí.
—Apóyese —dije, pasándome su brazo por encima del hombro—. Y no se desmaye hasta que estemos lejos, que cargar con usted yo sola me va a salir caro.
Lo metí en el blindado como pude, lo senté en el banco de atrás, su sitio de siempre, solo que esta vez iba él de carga y conducía yo.
Nunca había llevado un cacharro así. Aprendí en los doscientos metros más largos de mi vida, con el motor protestando, las dos ruedas reventadas dando tumbos y los ojos saltando del camino al retrovisor, donde la columna de polvo del este crecía a cada segundo.
Salimos del cruce por la pista del oeste, la contraria, justo cuando el primer vehículo del Mando coronaba la loma a nuestra espalda.
No miré atrás para ver si nos veían. Pisé el acelerador todo lo que aquel armatoste herido daba de sí y metí el blindado entre los árboles del primer recodo, fuera de su línea de visión, rezando lo poco que sé rezar para que el ruido de su propio motor les tapara el del nuestro.
Cuando llevábamos un buen rato rodando sin que nadie nos siguiera, por una pista que no llevaba al sector siete ni a ninguna parte que yo reconociera, aflojé un poco y solté de una vez todo el aire que llevaba aguantando.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
Castillo iba detrás, con la cabeza apoyada en la chapa y la cara gris, pero despierto.
—Lejos de todos —dijo—. De los suyos, de los míos y de ese tribunal. Ya pensaremos en el resto cuando ninguno nos esté buscando.
—Eso no es un sitio, Castillo. Es un deseo.
—Es lo único que tengo a mano. —Cerró los ojos—. Conduzca, doctora. Hacia donde no haya nadie. Por una vez en este viaje, los dos vamos en la misma dirección.