Capítulo 13
La radio siguió llamándolo un buen rato. Yo no me moví de mi rincón y él no se movió del suyo, los dos mirando el aparato como si fuera una serpiente que se hubiera metido en el cobertizo.
—Cójala —dijo Castillo al fin.
—¿Qué?
—Que la coja usted. Yo no llego, y arrastrarme hasta ahí me revienta la pierna.
—Hablaba despacio, midiendo, como quien suelta algo que le cuesta—.
Responda usted. Dé la posición. Diga que el comandante está vivo y herido, que manden una unidad.
En seis horas tengo un hospital de verdad y usted se quita de encima a un moribundo que la está atando a este agujero.
—Y a mí me esposan en cuanto lleguen y me llevan al sector siete.
—Sí. —No me lo dulcificó—. Eso también.
Me acerqué a la radio. La levanté del suelo. La voz seguía saliendo de ella, paciente, repitiendo su nombre, su rango y la palabra «responda» en mitad de la noche. Solo tenía que apretar el botón y hablar. Su vida a cambio de la mía. Un trato limpio, de los que él entendía.
Apreté el botón, sí. Pero el que apaga.
La voz se cortó a media frase. El aparato se quedó mudo en mis manos, y el cobertizo entero se quedó sin aquella voz, y de pronto solo estábamos él y yo y la brasa y el frío que empezaba a colarse por todas partes.
—¿Por qué ha hecho eso? —Castillo se había incorporado sobre el codo, y en su voz no quedaba nada de comandante. Había algo casi de susto—. Le acabo de servir su salida. Su gente no, los míos. Pero su salida. Y la ha apagado.
—Le he salvado la vida dos veces en un día, Castillo.
—Dejé la radio en el suelo, lejos de los dos—.
No pienso tirar el trabajo entregándolo a una unidad que lo zarandee seis horas por un camino de cabras hasta abrirle otra vez la herida.
Cuando pueda moverse sin morirse, ya veremos.
Hasta entonces, el médico soy yo, y el médico dice que no.
Era mentira, o no era toda la verdad, y él me miró desde el suelo, como si acabara de entender algo y prefiriera no decirlo.
—Está bien —dijo solo—. Usted manda.
El frío de aquella noche fue distinto. Bajó de golpe después de medianoche, ese frío seco de las tierras altas que no se queda en la piel sino que se mete dentro y se instala.
La brasa se había apagado y no me atreví a encender otra; habíamos tenido fuego ya demasiadas noches y la suerte no es infinita.
Lo oí desde mi rincón antes de verlo. A Castillo le castañeteaban los dientes. Intentaba disimularlo, tragándose la tiritona, pero un hombre que ha perdido la sangre que él había perdido no calienta su propio cuerpo como debería. Yo lo sabía, y sabía adónde llevaba eso si no lo remediaba.
Me senté. Lo miré en la penumbra, hecho un ovillo torpe contra la pared, peleando con un frío que su cuerpo vacío no podía ganar solo. Sopesé las opciones, que eran pocas. Sin fuego, sin más mantas, la única fuente de calor que quedaba en aquel cobertizo era yo.
—No se haga ideas —dije, levantándome.
—¿De qué?
—De nada. Tiene principio de hipotermia y es lo último que necesita encima de todo lo demás. El calor de un cuerpo se comparte, es física, no otra cosa. Así que apártese hacia la pared y hágame sitio, y como diga una sola gracia, lo dejo congelarse.
Castillo no dijo ninguna gracia. Se apartó hacia la pared, despacio, con cuidado de la pierna, y yo me tumbé a su lado en el suelo de tierra, de espaldas a él, con las dos mantas echadas por encima de los dos.
Al principio nos quedamos rígidos, cada uno cuidando de no tocar al otro más de lo justo, dos desconocidos que se reparten un banco.
Después el frío pudo más que el reparo y nos fuimos buscando sin decirlo, por pura supervivencia, hasta que su cuerpo me quedó pegado a la espalda y el castañeteo, poco a poco, se le fue calmando.
—Mejor —dije, con la voz más profesional que pude sacar, que no fue mucha.
—Mejor —repitió él, contra mi nuca.
No dije nada más. Él tampoco. Y en algún momento de aquella tregua de calor robado, notando cómo se le calmaba el cuerpo a mi espalda, me dormí —y hacía cuatro días que no lo hacía así— sin un ojo puesto en la puerta.
Me desperté con la luz gris del amanecer y con el brazo de Castillo rodeándome.
Lo había pasado por encima de mí mientras dormíamos, sin saberlo ninguno de los dos, y ahora me tenía sujeta contra él, la mano abierta sobre mi esternón, la frente apoyada en mi pelo.
Estaba caliente. Vivo. Todavía dormido, con la cara hundida en mi nuca, abrazado a la mujer que llevaba al tribunal como si fuera lo más natural del mundo.
Tendría que haberme apartado. Lo había hecho cada vez hasta entonces: en el río, en la cuneta, junto al fuego, todas las veces que aquel hombre se me había acercado más de lo prudente, yo me había soltado de un tirón y me había ido a mi rincón a fingir que no había pasado nada.
No me aparté.
Me quedé quieta dentro de su brazo, en aquella luz gris, con su calor por fin de vuelta contra mi espalda, y me concedí un minuto.
Solo uno. Un minuto para no ser la prisionera ni la médico ni la mujer que enterraba muertos y apagaba radios, sino simplemente alguien a quien, después de mucho tiempo, otro cuerpo abrazaba en mitad del frío.
Cerré los ojos. No me dormí. Solo me quedé ahí, en ese sitio prestado, sabiendo que en cuanto él despertara tendría que volver a ser todo lo demás.
Lo noté despertar por cómo el brazo, de pronto consciente de dónde estaba, se quedó muy quieto sobre mí. Esperé a que lo retirara con prisa, con una disculpa de comandante, devolviéndonos a los dos a nuestros sitios, pero no lo retiró.
—Buenos días, doctora —dijo en voz baja, contra mi pelo, sin moverse ni un centímetro.
—Buenos días, Castillo.
Y nos quedamos así un rato más, los dos despiertos, los dos fingiendo que no éramos conscientes de la postura, en aquel cobertizo de piedra en mitad de ninguna parte.