LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Capítulo 12
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Capítulo 12

Arrastré a los hombres de Castillo hasta una zanja al amanecer, porque no tenía fuerzas ni herramientas para cavar cuatro tumbas y porque dejarlos a la intemperie un día más era algo que mi estómago ya no aguantaba.

A Vidal lo saqué de lo que quedaba del todoterreno con lo que pude.

A Riba, a Sela y al cuarto los arrastré uno a uno hasta el hoyo y les eché tierra encima con las manos y con una chapa doblada del blindado.

No recé. No sé rezar. Pero me quedé un momento de pie sobre la zanja, sucia hasta los codos, y les dije en voz alta que lo sentía, que no había sido cosa mía, aunque una parte de mí, la parte que se había quedado quieta detrás de un talud el día anterior con la boca tapada, no estuviera del todo segura de poder decir eso.

Cuando volví al cobertizo, Castillo estaba despierto y me miraba entrar con una cara nueva, la de alguien que ha estado escuchando cómo entierras a su gente sin poder levantarse a ayudar.

—¿Los cuatro? —preguntó.

—Los cuatro. Juntos. Lo siento. No daba para más.

Cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, no había hielo. Solo un hombre tumbado en el suelo de un cobertizo que acababa de quedarse sin su unidad entera.

—Gracias —dijo—. Por enterrarlos. No tenía por qué.

—No lo he hecho por usted —contesté, por costumbre.

—Ya. —La sonrisa se le torció, apenas—. Usted nunca hace nada por mí. Lo va dejando caer y luego resulta que me ha salvado la vida dos veces y me ha enterrado a los muertos. Pero por mí, nada.

No tenía respuesta para eso, así que me puse a hervir agua.

Pasamos dos días en aquel cobertizo. Dos días raros, suspendidos, en los que la guerra pareció olvidarse de nosotros y nos dejó a los dos solos con el aburrimiento, el hambre y el otro, que era lo más peligroso de los tres.

Yo salía a buscar agua y lo poco que el campo daba.

Él se quedaba, porque no podía hacer otra cosa; la pierna no le sostenía, y un paso en falso le reabría la herida.

Esa era nuestra nueva forma. El comandante que no podía moverse y la prisionera que podía irse cuando quisiera y no se iba.

Habíamos cambiado de sitio sin que nadie lo dijera, y el cambio nos tenía a los dos desconcertados.

La segunda tarde, mientras le cambiaba la venda, se lo pregunté.

—En la fiebre hablaba.

Se quedó quieto bajo mis manos.

—¿Qué decía?

—Cosas. «Sacadlos. Primero los heridos. No era el sitio.

He dado la orden de parar.» —Le levanté la pierna con cuidado para pasar la venda limpia por debajo—.

No le pregunto por curiosidad. Le pregunto porque un hombre que dice eso en sueños carga con algo que no es la cuneta de hace tres semanas.

Y porque llevo dos días limpiándole una herida y me gusta saber a quién estoy cosiendo.

Tardó en contestar. Le di tiempo. Terminé de vendar y me senté contra la pared, frente a él, sin meterle prisa.

—Hay órdenes que se dan y no se cumplen —dijo al fin, mirando el techo de piedra—.

Y hay sitios a los que llegas tarde para impedir algo que ya está hecho.

El que manda carga igual con las dos cosas, las que hizo y las que no pudo parar.

—Giró la cara hacia mí—. Es todo lo que le voy a decir, doctora.

No porque no me fíe. Porque hay cosas que, si se las cuento aquí, en este agujero, ya no voy a poder volver a guardarlas, y todavía no sé si usted es alguien delante de quien me puedo permitir no guardarlas.

Lo dejé ahí. No insistí. Había dicho más de lo que pretendía y los dos lo notamos, y algo en aquella confesión a medias me dio más miedo que si me lo hubiera contado todo, porque me dejó claro que había un «todo», y que tarde o temprano iba a querer saberlo.

Esa misma noche pasó lo otro. Lo que llevábamos dos días esquivando.

Se le había abierto un punto de la venda y volvía a manchar.

Me arrodillé a su lado para rehacerla, a la luz de la última brasa, y trabajé como había trabajado veinte veces ya, con las manos seguras y la cabeza en la herida.

Pero cuando terminé y fui a apartarme, él me retuvo.

No con fuerza. Me cerró la mano alrededor de la muñeca, igual que en la cuneta, solo que esta vez no había sangre que detener ni gente disparando, no había ninguna excusa.

Me quedé donde estaba, arrodillada sobre él, demasiado cerca, con su mano en mi muñeca y mis dedos todavía manchados de su herida entre los dos.

—¿Por qué se quedó? —dijo. En voz baja, distinta—. La verdad. Aquí no nos oye nadie. No hay tribunal, ni cabo Vidal, ni hombres a los que dar ejemplo. Solo está usted, que podría haberse ido hace dos días, y yo, que no puedo ni levantarme para impedírselo. Dígamelo de una vez. ¿Por qué sigue aquí?

Tenía la respuesta en la punta de la lengua, una de las mías, cortante, de las que cierran puertas.

No me salió. Lo que me salió fue mirarle la boca un segundo más de lo que debía, y darme cuenta de que él me había mirado la mía, y sentir el aire del cobertizo volverse espeso de golpe, cargado de todo lo que llevábamos días sin nombrar.

Fui yo la que se apartó. Le solté la muñeca de los dedos uno a uno, me levanté y me fui a mi rincón, al otro lado de la brasa, con el corazón haciendo cosas que no le había dado permiso para hacer.

—Duerma, comandante —dije, de espaldas—. Mañana hay que decidir qué hacemos con usted, que no puede quedarse en este agujero para siempre.

No contestó enseguida. Lo oí acomodarse contra la pared, despacio, con cuidado de la pierna.

—Castillo —dijo al cabo, en la oscuridad—. Le he dicho mil veces que me llame Castillo.

—Duerma, Castillo.

No dormí. Otra vez no. Y por eso lo oí: un crujido pequeño y metálico, ahogado, que venía del rincón donde yo había amontonado lo que rescaté del blindado. Tardé en ubicarlo. Cuando lo hice, entendí lo que era y se me fueron de golpe las pocas ganas de dormir que me quedaban.

La radio. La que Castillo había usado en el vado.

No estaba muerta: seguía encendida con el volumen casi al mínimo, olvidada entre el material, y ahora chisporroteaba sola en la oscuridad, despertándose a trozos, hasta que de la fritura salió una voz.

Lejana, deformada, pero una voz, repitiendo lo mismo una y otra vez como llevaba quién sabe cuánto.

—…Comandante Castillo, aquí Mando central. Convoy del sector siete sin reportar desde hace cuarenta y ocho horas. Si recibe, responda. Repito: si recibe, responda. Posición y estado. Cambio.

Me quedé mirando el aparato. Después miré a Castillo, que se había incorporado sobre un codo en la penumbra y miraba la radio con la misma cara que yo.

No hacía falta explicar lo que significaba esa voz. Si él respondía, vendrían los suyos. Se lo llevarían a un hospital de verdad, a salvo. Y a mí me llevarían, atada otra vez y sin un solo Castillo de por medio que pusiera reparos, directa al tribunal del sector siete.

La misma voz que lo salvaba a él me entregaba a mí. Seguía llamándolo, paciente, en la oscuridad, esperando la respuesta que solo él podía dar.