LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Capítulo 11
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Capítulo 11

Para medianoche, Castillo ardía.

Lo había temido desde que le vi la herida.

Un fragmento que entra sucio, arrastrando tela y barro hasta el fondo del músculo, no se conforma con el agujero que abre: se queda dentro, pudriendo lo que toca, y a las pocas horas el cuerpo entero se pone a luchar contra él con lo único que tiene, que es la fiebre.

Le puse la mano en la frente y la retiré como de una plancha.

Le temblaba la mandíbula. Tenía la herida caliente e hinchada bajo la venda, y cuando se la destapé un poco, el olor que salió de allí no me gustó nada.

Aquello no se arreglaba con reposo. El fragmento seguía dentro, y mientras siguiera dentro, lo iba a matar tan seguro como lo habría matado el chorro de sangre de la mañana, solo que más despacio y con más dolor.

Tenía que abrirlo otra vez. Y esta vez no había prisa de batalla que me empujara, ni adrenalina que me tapara lo que estaba a punto de hacer: meter una hoja de bisturí en la pierna de un hombre consciente, sin nada que le quitara el dolor, a la luz de lo poco que me atreviera a encender.

Salí a buscar lo que necesitaba.

La noche estaba cerrada y el cruce, a treinta metros, era una mancha negra con dos brasas donde habían ardido los vehículos.

Trabajé deprisa, agachada, atenta a cualquier ruido en las lomas.

De las mochilas de los muertos saqué una cantimplora, una camiseta limpia para hacer gasas, y, en el petate de Riba, media botella de un aguardiente infame que el pobre debía de guardarse para las noches malas.

Lo sentí por él, pero lo necesitaba más yo.

De vuelta en el cobertizo encendí un fuego pequeño, del tamaño de dos manos, en el rincón más resguardado, tapándolo con mi propio cuerpo y con las piedras caídas para que no se viera desde fuera.

Un fuego es una señal en la noche, y encenderlo era arriesgarme a que alguien lo viera y bajara a mirar.

Pero sin agua hervida y sin una hoja al rojo, abrir aquella herida era cambiar una muerte por otra. Elegí el riesgo que podía controlar.

Mientras el agua se calentaba, Castillo empezó a hablar.

No conmigo. Con gente que no estaba. La fiebre le había abierto una puerta a alguna parte y por ahí salían trozos sueltos de un hombre que de día no dejaba salir nada.

—Sacadlos —murmuraba, agitando la cabeza—. Primero los heridos. He dicho primero los… —Se le iba la voz y volvía—. No era el sitio. Os digo que no era el sitio. Parad. He dado la orden de parar.

Le puse un trapo húmedo en la frente y no le contesté, porque no había nada que contestar a unos muertos que solo él veía.

Pero escuché. No pude evitarlo. Aquel hombre cargaba con algo que no era solo la cuneta de sus catorce, algo más viejo y más pesado, una orden que había dado o que no había podido hacer cumplir, y se me ocurrió que el comandante de hielo a lo mejor estaba tan roto por dentro como yo, solo que con mejor uniforme para taparlo.

Aparté esa idea. No me convenía. Tenía que abrirle una pierna, no comprenderlo.

—Castillo. —Le sujeté la cara entre las manos hasta que los ojos, vidriosos de fiebre, me encontraron—.

Escúcheme bien, porque solo se lo voy a poder decir mientras esté lo bastante ido para no discutirlo.

Le voy a sacar lo que tiene dentro de la pierna.

Le va a doler como no le ha dolido nada en su vida.

Necesito que aguante sin moverse y sin gritar más de la cuenta, porque cada grito suyo es una invitación a que alguien venga a este cobertizo a terminar lo que empezaron esta mañana. ¿Me entiende?

—Entiendo —dijo, sorprendentemente claro—. Hágalo.

Le di la botella de aguardiente.

—Beba lo que pueda. Y muerda esto. —Le metí entre los dientes el rollo de venda—. Si tiene que agarrarse a algo, agárrese a mí. No a la pierna.

Esterilicé la hoja en la llama hasta que se puso oscura, dejé que se enfriara un segundo, y le aparté la venda y la gasa empapada.

La herida estaba fea, los bordes tensos y rojos, latiendo de pus.

Respiré una vez. Después dejé de pensar como la mujer que aquella mañana le había hablado al oído y empecé a pensar solo como la herramienta que sabía hacer aquello, porque era la única forma de hacerlo bien.

Entré.

Castillo se arqueó entero. El sonido que le salió a través de la venda fue lo más parecido a un alarido que puede hacer un hombre que se obliga a no gritar, y me clavó los dedos en el hombro con una fuerza que me dejó marca para días.

No le hice caso. No podía. Tenía la hoja dentro de su pierna buscando un trozo de metal del tamaño de una moneda entre tejido que no quería dejarme ver, y un milímetro de más en la dirección equivocada le abría otra vez el vaso y se me moría encima sin remedio.

Lo encontré con la punta del dedo antes que con la hoja. Lo rodeé. Lo aflojé. Y lo saqué, un pedazo de metralla retorcido y negro, sucio de todo lo que se había llevado dentro, y lo tiré al suelo del cobertizo, donde sonó como una moneda al caer.

—Ya está lo peor —mentí, porque aún faltaba limpiar.

Irrigué la herida con el agua hervida y la rematé con un chorro de aguardiente directo, que le arrancó a Castillo el último resto de aguante; escupió la venda y soltó un juramento largo y entrecortado, mitad insulto a mí, mitad a su madre, mitad a Dios.

Lo dejé desahogarse. Limpiar duele más que cortar, lo sabia.

Empaqué de nuevo, vendé, y me senté en el suelo a su lado con las manos rojas hasta la muñeca y la sensación de haber corrido veinte kilómetros sin moverme del sitio.

La fiebre no bajó de golpe. Esas cosas no van así. Pero hacia el amanecer, cuando le puse la mano en la frente por enésima vez, la noté un grado menos de horno, y ya no le castañeteaban los dientes, y la herida, al destaparla, ya no soltaba aquel olor. Había ganado la noche. Una más.

***

Castillo abrió los ojos con la primera luz gris que se coló por la entrada del cobertizo. Tardó en ubicarse. Me buscó, me encontró sentada contra la pared a su lado, hecha un cuadro de barro y sangre seca, y algo en su cara se relajó al comprobar que seguía allí.

—Sigo vivo —dijo. La voz le salía rasposa, pero suya.

—De momento. No me lo agradezca todavía, que aún le puede dar una infección y echarme a perder el trabajo.

—¿Qué me ha sacado?

Cogí del suelo el trozo de metralla y se lo puse en la palma de la mano. Lo miró un buen rato, dándole vueltas con dos dedos, aquel pedacito de hierro que había estado a punto de matarlo y que ahora era solo basura.

—Podía haberlo dejado ahí —dijo, sin levantar la vista—.

Habría sido más fácil. Una noche tranquila para usted.

Por la mañana, un comandante muerto de fiebre, ningún testigo, y el campo abierto para irse adonde quisiera.

—Por fin me miró—. Es la segunda vez en un día que elige lo difícil.

Empiezo a pensar que lo hace a propósito.

—Lo hago a propósito —dije—. Soy médico. Es lo que hacemos. Lo difícil.

—No. —Cerró el puño sobre la metralla—. Eso es lo que me dice para no tener que decirme otra cosa.

No le contesté. Me levanté, fui hasta la entrada del cobertizo y me asomé a la mañana, a aquel campo gris y vacío donde el día anterior había muerto su gente y se había ido la mía. Necesitaba que el aire me diese en la cara.