LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Capítulo 10
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Capítulo 10

Un sangrado tan alto no se sujeta con dos dedos más de unos minutos, y yo llevaba ya tres.

Lo sabía por el oficio y lo notaba en mi propia mano, que empezaba a acalambrarse del esfuerzo de apretar un punto del tamaño de un grano de arroz por el que se le iba la vida a un hombre.

Mientras presionara, vivía. En cuanto soltara para hacer cualquier otra cosa —buscar material, improvisar un torniquete, lo que fuera—, volvería a bombear, y dos o tres chorros bastaban para que ya no hubiera nada que hacer.

Tenía que soltar para poder salvarlo. Esa era la trampa. Para taparle el agujero necesitaba las dos manos, y para tener las dos manos libres tenía que dejar de tapárselo.

—Castillo. —Le di un golpe seco en la cara, porque se le iban los ojos hacia atrás—.

Míreme. Necesito sus manos. Va a apretar usted donde aprieto yo, con todo lo que le quede, mientras yo busco con qué cerrarlo.

Si afloja, se muere. ¿Me ha oído? Si afloja, se muere usted aquí y yo me quedo sin nadie a quien insultar.

No sé si entendió las palabras o solo el tono.

Pero subió las dos manos, temblorosas, y las puso donde yo tenía las mías, y le fui pasando la presión dedo a dedo hasta que el que apretaba el vaso era él y no yo.

La sangre le siguió saliendo entre los dedos, más despacio.

Aguantaría un minuto, puede que dos. Era todo lo que tenía.

Me lancé al barro a buscar.

El botiquín de campaña había salido despedido del blindado y estaba reventado contra una piedra, con la mitad de las cosas desparramadas. Recogí lo que servía: una venda, un rollo de esparadrapo, unas tijeras y las gasas que no se habían empapado de barro. Poco. Para una herida vascular así, nada.

Lo demás tuve que ir a buscarlo a sus muertos.

Riba estaba a cuatro metros, contra la rueda donde había caído.

Le quité el cinturón. Tuve que levantarle el peso muerto del cuerpo para pasárselo por debajo, y mientras lo hacía le vi la mano que yo misma le había cosido dos días antes, los puntos todavía limpios, un trabajo bien hecho en una mano que ya no iba a usar.

No me permití mirarlo más de lo necesario.

Un médico aprende pronto que a los muertos se les llora después, cuando los vivos ya no te necesitan, y que llorarlos antes es robarles el tiempo a los que aún puedes salvar.

Le di las gracias por dentro, le cogí el cinturón y volví con Castillo.

—Sigo yo. Suelte.

Le aparté las manos y le pasé el cinturón de Riba alto, por encima de la herida, casi en la ingle, donde un torniquete a duras penas agarra.

Lo apreté con toda mi fuerza, tirando con las dos manos y el peso del cuerpo, hasta que el cuero crujió y Castillo soltó un sonido que no le había oído nunca, un gruñido animal de dolor que se le escapó entre los dientes apretados.

El chorro de sangre cedió. No del todo. Lo bastante.

—Lo sé —le dije, sin dejar de apretar—. Duele una barbaridad. Es buena señal. A los muertos no les duele nada.

Aproveché el respiro del torniquete para hacer lo que de verdad cerraba aquello: empaqué la herida.

Metí gasa dentro, hasta el fondo, contra el vaso, presionando desde dentro lo que el cuero no alcanzaba a presionar desde fuera.

Castillo gritó esta vez, un grito de verdad, y me agarró la muñeca con una fuerza que no esperaba en un hombre tan vacío de sangre.

—Quieto —dije—. Casi está. Casi.

—Me… está matando.

—Le estoy salvando. Se parecen mucho, ya lo verá.

Terminé de empacar, vendé encima apretando como si quisiera partirlo en dos, y me eché atrás un segundo a mirar mi obra.

La venda se tiñó de rojo enseguida, pero el rojo dejó de crecer.

Se quedó quieto. No era una sección limpia de la femoral principal; si lo hubiera sido, ni todos mis dedos ni todos los cinturones del mundo habrían bastado.

Era una rama abierta, alta y fea, y aun así milagro era una palabra corta.

Y justo entonces, como si su cuerpo hubiera esperado a que yo cerrara el grifo para pasarme la factura de todo lo perdido, Castillo se fue.

Se le pusieron los ojos en blanco, la cabeza le cayó de lado y se quedó lacio contra la rueda.

Le busqué el pulso en el cuello. Lo tenía, pero filiforme, rápido, ese pulso de hilo que avisa de que el cuerpo se está quedando sin con qué llenar las venas.

Choque. Lo había perdido por dentro aunque por fuera el agujero ya estuviera tapado.

—No. Ahora no. —Le subí las piernas sobre una caja del blindado, para que la poca sangre que le quedaba le fuera a la cabeza y al corazón en vez de a los pies—. Te he cerrado el muslo, no se te ocurra morirte de otra cosa. Sería de muy mala educación.

Le hablé todo el rato. No porque me oyera, que no me oía, sino porque hablar me mantenía a mí en pie y porque, en algún rincón que no quise examinar, necesitaba que aquel hombre no se fuera del mundo sin una voz al lado.

La columna de humo del todoterreno se veía a kilómetros.

Cualquiera con ojos en aquellas lomas sabía que en ese cruce había pasado algo, y cualquiera que viniera a mirar nos encontraría a los dos a la vista de todos: una mujer y un moribundo en mitad de la carretera, rodeados de muertos y de chatarra ardiendo. No podíamos quedarnos ahí.

Tenía que moverlo. Un hombre de ochenta y tantos kilos, inconsciente, que no podía ayudarme nada. Yo sola.

Miré alrededor. La línea de árboles donde habíamos dejado el bosque estaba a unos sesenta metros, cuesta arriba.

Demasiado para cargarlo. Pero a la derecha, más cerca, el terreno caía hacia una hondonada con unos arbustos y lo que parecían las ruinas de un cobertizo de piedra, de esos que salpican todos los campos de esta guerra.

Treinta metros. Cuesta abajo. Eso sí podía intentarlo.

Le até las muñecas con la venda —las suyas, esta vez— para poder tirar de él sin que los brazos se le quedaran atrás, le pasé el bucle por mi propio cuello, y empecé a arrastrarlo.

Centímetro a centímetro. Clavando los talones en el barro, tirando con la espalda, con las piernas, con todo.

Cada tirón me arrancaba un quejido a mí y un gruñido inconsciente a él.

La venda del muslo aguantó. El torniquete aguantó.

Yo estuve a punto de no aguantar tres veces, y tres veces me dije que un cuerpo más en aquella carretera, y encima el suyo, era algo que no estaba dispuesta a permitir.

Tardé lo que se me hizo una vida en meterlo en el cobertizo.

Lo dejé contra la pared del fondo, a la sombra, lejos de la entrada, y me derrumbé a su lado con el aire saliéndoseme a tirones y los brazos convertidos en dos cosas inservibles.

Fuera seguía ardiendo el todoterreno. Dentro estábamos él y yo, los dos hechos un desastre, vivos los dos por muy poco.

Le revisé el torniquete. Le revisé el pulso, que seguía siendo de hilo pero ya no empeoraba. Le puse la mano en la frente, fría y húmeda del choque, y me quedé un momento así, sin hacer nada útil, solo con la palma sobre su cara, comprobando que aquel hombre imposible seguía vivo bajo mis dedos.

Abrió los ojos. Un resquicio. Le costó enfocarme.

—¿Por qué…? —La voz era un hilo, como el pulso—. Te dejé ir. Lo tenías. ¿Por qué no…?

—Cállese y ahorre sangre —dije.

—Dímelo.

Y me lo dijo así, tuteándome otra vez, con lo poco que le quedaba, como si la respuesta a esa pregunta le importara más que cerrar los ojos.

Pude haberle soltado cualquier cosa. Que era médico.

Que mi juramento. Que no dejo morir a nadie que pueda salvar.

Todo habría sido verdad y nada habría sido la verdad entera.

—Porque todavía no he decidido si lo odio lo suficiente como para dejar que se muera —dije.

No sé si lo entendió. Volvió a cerrar los ojos, pero antes de irse otra vez a donde se iba, algo se le movió en la comisura, una mueca que en un hombre con sangre en el cuerpo habría sido una sonrisa.

Le miré la cara hasta estar segura de que solo dormía, y después salí a rastras del cobertizo, de vuelta hacia los muertos.

La noche venía encima, y aquel hombre no iba a pasarla solo con una venda y un cinturón prestado.