Capítulo 9
El bosque se acabó de golpe a media mañana y la pista salió a campo abierto, a una vaguada larga entre dos lomas peladas por la que la carretera corría sin un árbol tras el que esconderse.
No me gustó. No hace falta ser militar para que no te guste un sitio así; basta haber visto lo que le entra a un cuerpo cuando le disparan desde arriba.
Castillo tampoco iba cómodo. Se había erguido en el banco, con los ojos saltando de una loma a la otra y una mano apoyada en el fusil, y a media vaguada dio dos golpes en la rejilla.
—Riba, pega el blindado al todoterreno y no aflojes. Quiero cruzar esto en dos minutos.
No tuvimos dos minutos. Tuvimos veinte segundos.
El primer disparo le entró al todoterreno por el parabrisas y lo vi desviarse de golpe, con Vidal peleando el volante, antes de que una segunda cosa, algo más gordo que una bala, le reventara el motor y lo levantara medio palmo del suelo entre humo y chatarra.
Después el mundo se rompió en ruido. Disparos desde las dos lomas a la vez, ese tableteo que no se parece a nada, el blindado encajando impactos como una lata bajo el granizo, Riba gritando delante, el vehículo derrapando hasta clavarse en la cuneta.
—¡Fuera, fuera! —Castillo ya tenía la puerta abierta de una patada—. ¡Por el lado de la cuneta, agachaos!
Me tiró del brazo y me sacó con él, los dos rodando al barro de la zanja mientras el blindado, vacío ya, seguía recibiendo plomo por encima de nuestras cabezas.
El todoterreno ardía a veinte metros. No vi salir a nadie de él.
A Vidal se lo había tragado el fuego en un segundo, y no me dio tiempo ni a horrorizarme.
Del otro hombre del todoterreno solo vi una mano contra el cristal antes de que el humo se lo tragara también.
Sela cayó a mi lado. No lo entendí al principio.
Se dejó caer en la cuneta como quien se tira a cubierto, y solo cuando le vi la cara contra el barro, con los ojos abiertos mirando a la nada, entendí que ese chico de diecinueve años al que Castillo no había querido humillar ya no se iba a levantar.
Le busqué el pulso por costumbre, por no creérmelo… , pero no había.
Riba aguantó un poco más. Disparaba desde la rueda delantera, con su mano vendada y la otra al gatillo, hasta que una ráfaga barrió el lateral del blindado y dejó de disparar para dejar de estar.
En cuestión de un minuto, el comandante Castillo se había quedado sin nadie. Solo quedábamos él y yo en aquella cuneta, con cuatro muertos alrededor y las dos lomas escupiendo fuego.
Y entonces oí los gritos. No eran órdenes de combate. Eran nombres. Y uno de los nombres era el mío.
—¡Guiroa! ¡Valentina Guiroa! —Una voz desde la loma, entre disparo y disparo—. ¡Estamos aquí por ti! ¡Sal, te cubrimos!
Los Libres. No habían volado aquel cruce para cortar un paso.
Lo habían volado por mí. Alguien sabía que me trasladaban, alguien había puesto hombres en dos lomas y los había mandado a morir para sacarme de las manos del Mando, y ahí estaban, gritando mi nombre, ofreciéndome la salida por la que llevaba semanas rezando.
Solo tenía que levantarme con las manos en alto y echar a correr cuesta arriba.
Me incorporé sobre las rodillas.
Y al hacerlo vi a Castillo.
Estaba sentado contra la rueda trasera del blindado, con el fusil caído en el regazo y las dos manos apretadas contra el muslo derecho, alto, casi en la ingle.
Entre los dedos le salía sangre. No goteaba.
Bombeaba, a chorros cortos, al ritmo de un corazón, y yo conocía ese ritmo y conocía ese sitio y sabía, sin acercarme, lo que significaba.
Le había entrado un fragmento junto a la femoral.
Tenía los labios ya blancos. Le quedaban minutos, puede que menos.
Me miró. No me pidió ayuda. Hizo lo contrario. Con la última cara de comandante que le quedaba, soltó una mano del muslo, me señaló la loma de donde venían los gritos y dijo, con una voz que se le iba:
—Vete. Te están esperando. Es… tu única oportunidad. ¡Vete!
Me estaba dando permiso para huir. El hombre que me había atado, que me había tapado la boca, que me llevaba a un tribunal a que me condenaran, estaba desangrándose en el barro y usaba su último aliento en empujarme hacia la libertad.
Tendría que haber corrido. Cualquier persona cuerda habría corrido.
—¡Guiroa! ¡Vamos, no tenemos todo el día! —Escuché la voz, cada vez más cerca, bajando por la loma.
Miré la cuesta. Miré a Castillo. Y supe que, si me iba, moría en cuatro minutos en aquella cuneta, solo, entre sus muertos.
Sabía que me convenía que se muriera. Que era el enemigo, mi carcelero, la cara del ejército que me había borrado del mapa.
Que nadie en el mundo me culparía por levantarme y echar a correr loma arriba.
Sin embargo, saqué la hoja de bisturí de la cinturilla.
La que él me había dejado quedarme. Si decide clavármela, prefiero que sea con algo limpio.
Corté la brida de mis muñecas de un tajo y me arrastré hacia él por el barro.
—Ni se le ocurra morirse —dije, apartándole las manos del muslo a la fuerza—. No le he dado permiso.
—Guiroa, qué…
—Cállese y apriete donde yo le diga.
Un hombre apareció en el borde de la cuneta, agachado, con un fusil y un pañuelo en la cara. De los Libres. Joven. Me miró, miró a Castillo entre mis manos, miró la sangre, y no entendió nada.
—¿Qué haces? ¡Es del Mando! Déjalo y vamos, hemos perdido a tres hombres por ti.
—No puedo.
—¿Qué?
—¡Que no puedo! —Tenía ya los dedos hundidos en la herida de Castillo, buscando el vaso, apretando el punto exacto por el que se le escapaba la vida—. No puedo soltar esto. Si lo suelto, se muere. Dile a quien te manda que espere.
El hombre del pañuelo me miró como si me hubiera vuelto loca, y puede que tuviera razón.
Desde la loma alguien gritó una orden, una de retirada, de esas que se gritan cuando una operación se ha torcido y ya solo se trata de no dejar más cadáveres.
El joven dudó un segundo. Después soltó un taco, escupió hacia Castillo y echó a correr cuesta arriba, agachado, sin mí.
El fuego fue apagándose loma arriba a medida que los Libres se replegaban, llevándose a sus muertos y dejándome a mí, que era a quien venían a buscar, de rodillas en una cuneta con las manos metidas en el enemigo.
Castillo me miraba desde abajo, blanco como el papel, sin entender, con una pregunta enorme en los ojos que ya no tenía fuerzas para verbalizar.
—No se le ocurra desmayarse todavía —le ordené, sin levantar los dedos de la herida—. Aguante consciente hasta que le cierre esto. Hábleme. Insúlteme si quiere, pero no cierre los ojos. Aguante, soldado.
—Comandante. —Lo murmuró con una sombra de sonrisa rota, aun así, aun ahí—. Comandante. No soldado.
—Eso. Siga corrigiéndome. Siga hablando.
Le hablé sin parar para que no se me fuera —tonterías, lo que salía sin pensar—, con dos dedos clavados en su pierna y la otra mano sosteniéndole la cara para que no cerrara los ojos. Su gente ardía a veinte metros. La mía se perdía loma arriba sin mí. Y yo, en medio de las dos, no solté.