LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Capítulo 8
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Capítulo 8

Me desperté con la manta de Castillo encima de la mía.

No recordaba habérmela echado. La noche había caído por debajo de cero y, en algún momento de mis horas dormidas, alguien me había tapado con la suya sin despertarme.

Cuando abrí los ojos él ya estaba en pie, de espaldas, agachado junto a las brasas muertas de la hoguera, removiéndolas para nada.

Doblé la manta y la dejé sobre la rueda, a su lado, sin decir gracias.

Él la cogió y se la echó al hombro como si fuera lo más normal del mundo encontrársela ahí. Ninguno de los dos abrió la boca.

Había algo nuevo entre nosotros aquella mañana.

Se notaba en cosas pequeñas. En que me sirvió el café sin que se lo pidiera.

En que yo le miré la herida del brazo, los arañazos que le había dejado el día anterior, y le dije que se los limpiara o se le infectarían, y él me dejó hacerlo sin discutir, sentado en una piedra, mientras Riba nos miraba de reojo con una sonrisa que prefirió tragarse.

Duró lo que duró. Estábamos recogiendo el campamento cuando Sela, desde el borde de la hondonada, gritó que venía un vehículo por la pista.

Castillo cambió delante de mis ojos. No fue lento.

Fue como apagar una cosa y encender otra.

La línea de los hombros, la cara, hasta la forma de moverse: en tres segundos volvió a ser el comandante del primer día, el del patio del cuartel, el que me había mirado como a un paquete que firmar.

Se acercó a mí con dos pasos largos, sacó una brida nueva del bolsillo y me cogió las muñecas.

—Manos —dijo.

—¿En serio?

—Manos, doctora. Ya.

Me ató. Esta vez sí apretó, lo justo para que se viera apretado, y entendí que no me ataba a mí.

Ataba lo que iban a ver los que llegaban.

Pero entenderlo no me lo hizo más fácil de tragar, y para cuando el todoterreno coronó la cuesta y frenó en la hondonada levantando barro, yo había vuelto a ser, a todos los efectos, la espía atada del Mando, y él, el hombre que la llevaba.

Bajaron dos. Los reconocí de la escolta del puente, los que se habían quedado al otro lado del río. El que mandaba era un cabo de cuello ancho y ojos juntos al que el otro llamaba Vidal, y que se cuadró ante Castillo con un respeto que no le llegaba a la mirada.

—Comandante. Conseguimos cruzar al amanecer, en cuanto bajó el río. —Echó un vistazo al campamento, a Riba, a Sela y a mí—. Veo que han tenido entretenimiento.

—Avería y un puente menos. Lo normal. —Castillo ya estaba dando órdenes, repartiendo el orden de marcha, sin un gramo de la voz que había usado conmigo junto al fuego—.

Recogemos y salimos. Quiero estar en el sector siete pasado mañana.

Ya hemos perdido dos días con la lluvia, el puente y el vado. No pienso regalarles otro.

Vidal asintió, pero no se movió. Se quedó mirándome, de arriba abajo, con esa lentitud que usan algunos hombres para que sepas que te están midiendo. Después miró mis muñecas, la brida nueva, y algo le funcionó por detrás de los ojos juntos.

—¿La lleva atada por delante? —dijo—. A una espía con catorce muertos encima yo la llevaría por detrás y con un saco en la cabeza, comandante, con todo el respeto.

—Con todo el respeto, cabo, la llevo yo, no usted.

—No lo dudo. —Vidal sonrió sin ganas—. Solo digo que en el puente salió usted muy seguro de hacer el último tramo a solas con ella. Y que tres días después me lo encuentro compartiendo fuego. —Se encogió de hombros—. La gente habla. Yo solo miro.

Castillo se acercó a él. No levantó la voz. No le hizo falta.

—La gente que habla de más se queda sin lengua para hablar de nada —dijo, muy despacio—. Suba al todoterreno, cabo. Abra la marcha. Y mantenga los ojos en la pista, que para vigilarme a mí ya estoy yo.

Vidal volvió a cuadrarse, esta vez con la mandíbula tensa, y se fue hacia su vehículo.

Pero antes me dedicó una última mirada, una de esas que se guardan para usarlas luego, y supe que aquel hombre no iba a olvidar nada de lo que había visto en aquella hondonada.

Lo archivó todo. La brida por delante. El fuego compartido. La forma en que Riba me miraba...

***

Salimos en convoy, con el todoterreno de Vidal delante y nuestro blindado detrás. Yo volví a mi banco, atada por delante, frente a Castillo, que se pasó la primera hora con los ojos en el mapa y la mandíbula cerrada, sin dirigirme la palabra.

Aguanté ese tiempo. Después no pude más.

—Bonito truco —dije—. Lo de apagarse y encenderse. ¿Lo enseñan en la academia o le sale natural?

No levantó la vista del mapa.

—No sé de qué me habla.

—Sabe perfectamente de qué le hablo. Anoche me tapó con su manta.

Esta mañana me ha apretado la brida hasta dejarme marca para que su cabo se quedara tranquilo.

—Me incliné hacia delante todo lo que la cuerda me dejaba—.

Aclárese, Castillo. O soy un paquete o soy una persona.

Las dos cosas a la vez le van a reventar la cabeza.

Por fin dejó el mapa. Cuando me miró, había vuelto el hombre de hielo, pero por debajo se le notaba algo trabajando, algo que le costaba sostener.

—Le voy a explicar una cosa una sola vez —dijo, en voz baja para que no pasara la rejilla—.

Lo de anoche no cambia nada. Lo de la loma no cambia nada.

Dentro de dos días la entrego a un tribunal, y ese tribunal va a hacer con usted lo que tenga que hacer, y yo no voy a mover un dedo para impedirlo, porque no puedo. ¿Lo entiende? No. Puedo.

—Eso no es lo que le he preguntado.

—Es lo único que importa. —Se acercó él también, y bajó aún más la voz—.

Ese cabo de ahí delante va a contar lo que ha visto.

A sus superiores, a los míos, a quien quiera oírlo.

Y la historia que va a contar es que el comandante Castillo se ablandó con una espía.

¿Sabe lo que le pasa a un oficial del que se cuenta eso, en mitad de una guerra?

Lo que le pasa es que el siguiente que custodia a esa espía es otro.

Uno como Vidal. Y con uno como Vidal usted no llega entera ni a la mitad del camino.

—Apretó los dientes—. Así que sí. Me apago y me enciendo.

Por usted, idiota. Para poder seguir siendo yo el que la lleva.

Me quedé sin la respuesta cortante que traía preparada. Porque lo que acababa de decir lo cambiaba todo y no cambiaba nada, las dos cosas a la vez, igual que le había reprochado yo a él. Me había confesado que me protegía. Y, en la misma frase, que iba a entregarme a morir.

—Pues vaya consuelo —dije, cuando recuperé la voz—. Que me cuide el verdugo de camino al patíbulo.

—No soy su verdugo.

—No. Es el que me ata las manos para que no me las ate otro peor. Disculpe si no le aplaudo.

Algo se le encendió en la cara, por fin, algo de verdad, y se inclinó hacia mí con una rabia que llevaba dos días guardándose.

—¿Qué quiere que haga? —dijo, entre dientes—. Dígamelo. ¿Quiere que tire el mapa, que desvíe el convoy, que deserte con una prisionera acusada de matar a catorce de los míos y nos pongan precio a los dos? ¿Eso quiere? Porque eso no es salvarla. Eso es enterrarnos a los dos en la misma cuneta.

—Lo que quiero —dije, y me oí la voz temblar de algo que no era miedo— es que deje de fingir que le da igual. Porque se le da fatal, comandante. Fatal.

Nos quedamos así, los dos inclinados sobre el hueco entre los bancos, demasiado cerca, con la rabia de los dos chocando en el aire.

Fue él quien se echó atrás primero. Volvió a su sitio, recogió el mapa del suelo y se lo puso sobre las rodillas, y la cara se le cerró otra vez, esta vez del todo, esta vez sin grietas.

—Cuando lleguemos al sector siete —dijo, mirando el papel—, no me conoce. No hemos hablado. No ha habido fuego, ni río, ni manta. ¿Entendido? Por su bien.

—Entendido, comandante.

No volvimos a hablar en lo que quedó de día.

Él, con el mapa. Yo, con la frente apoyada en la chapa, viendo pasar un bosque que ya empezaba a clarear hacia tierra abierta, hacia pueblos, hacia el sector siete y todo lo que me esperaba allí.

Delante, en el todoterreno, la nuca ancha del cabo Vidal subía y bajaba con los baches, y de vez en cuando, por el retrovisor, sus ojos juntos me buscaban un segundo y volvían a la pista.

Habíamos vuelto al principio. Yo, la espía. Él, el comandante. Cada uno en su sitio, como debía ser.