LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Capítulo 7
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Capítulo 7

Lo primero que hizo Castillo por la mañana fue llevarse a Sela detrás del cobertizo y hablar con él.

No alcancé a oír lo que le dijo. Vi a Sela ponerse firme, con esa rigidez del que espera el hacha, y me preparé para presenciar el escarmiento.

He visto muchos. La gente del Mando tiene una imaginación notable para humillar a los suyos cuando fallan.

Pero el hacha no llegó. Castillo le habló bajo, dos minutos, sin levantar la voz ni el dedo, y cuando terminó, Sela asintió con la cabeza gacha y volvió al blindado con la espalda más recta que antes.

Lo que fuera que le había dicho, no era lo que ese chico se esperaba. Y a mí me dejó con una pieza más que no encajaba en el hombre que había decidido odiar.

Desayunamos lo de siempre, pasta gris de bolsa y agua con sabor a bidón. Yo comía con las manos libres. No me las había vuelto a atar desde el río, y ninguno de los dos había dicho una palabra sobre ello, como si las cuerdas se hubieran quedado en la orilla con el barro.

—Tiene algo mío —dijo Castillo, sin levantar la vista de su ración.

Me quedé con la cuchara a medio camino.

—No sé de qué me habla.

—La hoja de bisturí que se guardó en la cura de Riba. —Masticó, tranquilo—. La que usó anoche en la cuerda. Sigue ahí, en su cinturilla, a la izquierda, donde se le marca.

No me molesté en negarlo otra vez. Saqué la hojita y la dejé entre los dos, sobre la piedra que nos hacía de mesa. La miró sin tocarla.

—Quédesela —dijo.

—¿Perdón?

—Que se la quede. —Por fin levantó los ojos—. Si en algún momento de este viaje decide clavármela, prefiero que sea con algo limpio y no con un hierro oxidado que me deje una infección. Soy práctico.

Era humor. Negro, seco, casi imperceptible, pero humor, y viniendo de él me pilló tan de sorpresa que se me escapó algo parecido a una carcajada antes de poder tragármela.

Castillo no sonrió. Pero algo se le aflojó en la cara un segundo, satisfecho de haber dado en el blanco, y volví a guardarme la hoja sin saber muy bien qué acababa de pasar entre nosotros.

Lo que acababa de pasar era que me había dado un arma.

Pequeña, ridícula, pero un arma, a sabiendas.

Y yo no entendía a qué jugaba un carcelero que arma a su prisionera, salvo que hubiera dejado de verme como una amenaza o hubiera empezado a verme como otra cosa.

Ninguna de las dos posibilidades me tranquilizaba.

***

La niebla se levantó hacia media mañana y dejó ver el cielo, el primero en dos días. Eso no me alegró tanto como debería. La niebla nos había tapado a nosotros también, y sin ella el bosque se volvió un sitio abierto, expuesto, lleno de líneas de visión que antes no existían.

Castillo lo notó antes que nadie. Iba en su banco con el mapa abierto sobre las rodillas, marcando con el dedo, y de pronto dio dos golpes secos en la rejilla de la cabina.

—Para. Apaga.

Riba paró el motor en seco. El blindado se quedó muerto en mitad de la pista, y en el zumbido que dejó el motor al callarse oímos lo que Castillo había oído antes: otros motores. Varios. Acercándose por la pista que cruzaba la nuestra, más adelante, ocultos por una loma.

—Fuera —dijo Castillo, ya en pie—. Todos. Al vehículo no lo metemos en esa carretera sin saber quién va por ella.

Bajamos. Empujamos el blindado fuera de la pista, entre los tres hombres y yo arrimando el hombro como pude, hasta meterlo bajo unos árboles y echarle por encima una lona del color del barro. Después nos tiramos al suelo detrás de un talud, los cuatro pegados a la tierra, y esperamos.

Los tres vehículos no pasaron de largo. Frenaron en el cruce, justo debajo de nosotros, y dejaron los motores al ralentí.

No eran del Mando. Llevaban marcas pintadas a mano, trapos atados a las antenas, hombres armados sentados en los bordes de las cajas con esa mezcla de uniforme y ropa de calle que solo significa una cosa. Los Libres.

Mi gente, en teoría. La gente que, si bajaba esa loma gritando quién era, me sacaba de allí antes de que Castillo pudiera levantarse.

Estaban a sesenta metros. No a doscientos.

Sesenta. Los oía hablar, oía a uno reírse de algo, oía el chasquido de un mechero.

Tenía delante, servida, la única salida real de todo el viaje, y entre ella y yo solo había una cosa: el brazo de Castillo, atravesado delante de mi cuerpo contra la tierra.

Me oí pensarlo con una claridad que me dio asco. Una palabra. Un grito. «Soy Valentina Guiroa, me lleva el Mando.» Tres segundos. Lo que tardaran en girarse hacia la voz. Y libre.

Me incorporé.

No lo decidí. El cuerpo lo hizo solo, las rodillas hundiéndose en el barro, la boca ya abriéndose para soltar el aire y el nombre, y durante una fracción de segundo fui solo eso, una mujer a punto de gritar su propio rescate.

La mano de Castillo me selló la boca antes de que saliera el sonido.

No fue suave. Me tapó los labios con la palma entera mientras el otro brazo me cruzaba por delante y tiraba de mí hacia atrás y hacia abajo, contra el suelo y contra él, hasta dejarme inmovilizada de espaldas a su cuerpo, sujeta como se sujeta a quien se ahoga y se lleva por delante al que intenta salvarlo.

Forcejeé. Le clavé las uñas en el antebrazo, busqué con los dientes la palma que me tapaba, le di con el codo en el costado.

No aflojó ni un dedo. Y toda aquella pelea —mi rabia, su fuerza, los dos partiéndonos por no ceder— ocurrió sin un solo ruido, porque el primero que hiciera sonar el forcejeo nos mataba a los cuatro y eso lo teníamos los dos clarísimo.

Y entonces uno de ellos bajó del camión.

Lo vi entre los hierbajos del talud. Un hombre con el fusil al hombro que se apartó del grupo, cruzó hacia nuestro lado de la pista y se paró a estirar las piernas a no más de treinta pasos, de cara a la loma.

A nuestra loma. Encendió un cigarro. La llama le alumbró la cara un instante, joven, aburrida, los ojos puestos en los árboles que nos tapaban sin ver todavía nada.

Dejé de forcejear.

No por rendición. Por el mismo instinto que en el quirófano me decía cuándo soltar el bisturí y no tocar un milímetro más.

Cualquier movimiento, una sola brizna meciéndose de más, y ese chaval aburrido del cigarro vaciaba el cargador contra la loma antes de preguntar nada.

Me quedé muerta contra el cuerpo de Castillo, con su mano todavía sellándome la boca, los dos convertidos en una única cosa quieta enterrada en el barro, mientras a treinta pasos un hombre fumaba mirando justo hacia donde estábamos.

Los segundos se estiraron, marcados solo por los latidos, que era lo único que se me movía dentro.

El cigarro subió y bajó. Una vez. Dos. A la tercera, alguien lo llamó desde el camión con una palabra que no entendí, y el hombre tiró la colilla, escupió al suelo y volvió sobre sus pasos.

Los motores subieron de revoluciones. Los tres vehículos arrancaron por fin y se perdieron pista abajo, llevándose mi nombre sin haberlo oído.

Castillo no me soltó hasta que el ruido se apagó del todo.

Cuando lo hizo, retiró la mano de mi boca despacio, dedo a dedo, como quien levanta la presión de una herida sin saber si va a volver a sangrar.

Me separé de él de un tirón, me arrastré un metro por el barro y me senté dándole la espalda, con el aire volviéndome al cuerpo a sacudidas y las manos temblándome de adrenalina.

Tardamos en hablar. Le había dejado las uñas marcadas en el brazo y él me había dejado la palma marcada en la boca. En lo de hacernos daño estábamos empatados.

—Lo he intentado —dije al fin. No sé por qué lo confesé. Quizá porque negarlo, después de aquello, habría sido ridículo—. No lo he pensado. Me ha salido del cuerpo. Habría gritado.

—Lo sé. —Su voz sonaba rara, baja, sin filo—. Yo también lo habría intentado, en su lugar.

Me giré hacia él. Se miraba el antebrazo, donde le había dejado cuatro surcos rojos que empezaban a perlarse.

—Podía haberme dejado gritar —dije—. Que me llevaran ellos. Una menos que custodiar. Se ahorraba el tribunal y el resto del viaje.

—Podía. —Se apretó los arañazos con la otra mano, sin mirarme—.

Pero esos hombres no la habrían sacado de aquí.

Habrían disparado contra la loma a ciegas en cuanto oyeran una voz, la suya o la mía, y la habrían matado a usted igual que a mí, sin molestarse en mirar a quién mataban.

—Levantó los ojos—. No le he tapado la boca para que no escapara, doctora. Se la he tapado para que no la mataran.

No supe qué contestar. Porque era verdad, o podía serlo, y porque dejaba mi gran fuga reducida a lo que en realidad había sido: una mujer a punto de hacer que la acribillaran sus propios aliados, salvada por la mano del hombre que la llevaba presa.

Volvimos al vehículo sin más palabras. Pero yo había subido a esa loma teniendo clarísimo quién era el preso y quién el carcelero, y bajé sin tenerlo claro en absoluto.

Aquella noche acampamos en una hondonada protegida, sin granja ni cobertizo, solo el blindado y una hoguera pequeña que Castillo permitió a regañadientes porque la temperatura había caído.

Riba y Sela se turnaron para dormir y montar guardia en los extremos del campamento.

A Castillo le tocó el turno del medio, el de las horas muertas, y se sentó junto al fuego con el fusil cruzado.

Yo no tenía sueño. Me senté al otro lado de la hoguera, con la manta sobre los hombros, y durante un rato largo ninguno de los dos dijo nada. El fuego chasqueaba. Por encima, entre las copas, había salido una franja de estrellas.

—¿Por qué no lo humilló? —pregunté al fin—. A Sela. Esta mañana. Se durmió en su guardia y casi le cuesta la prisionera. Cualquiera de los suyos lo habría dejado tirado en el suelo delante de todos.

Castillo tardó en contestar. Movió una brasa con la punta de una rama.

—Porque un hombre humillado no protege tu espalda —dijo—.

Te la abre a la primera. —Tiró la rama al fuego—.

Y porque ese chico tiene diecinueve años, lleva seis meses sin dormir una noche entera y aún cree que esto significa algo.

Romperlo me cuesta un soldado. Hablarle me da uno que mañana se mantiene despierto por mí, no por miedo.

—Eso suena casi a que le importa.

—Me importa que cumplan. Es distinto.

—Ya. —Lo miré por encima de las llamas—. Es usted un hombre que se molesta mucho en que no se note lo que le importa.

No lo negó. Se quedó mirando el fuego, y por una vez no tenía a mano una de esas respuestas suyas que cerraban la puerta. La luz le movía las sombras por la cara y lo hacía parecer, durante un momento, alguien a quien podría haber conocido en otra vida, una sin uniformes ni tribunales.

—¿Y usted? —preguntó él—. El hospital del que habló el primer día. Lo dijo como quien tira una piedra. Pero en el fondo sé que le afecta.

Sentí el frío subirme por dentro. Estuve a punto de cerrarme, de soltarle cualquier cosa cortante y dar la conversación por muerta, pero no lo hice.

Quizá por el fuego, quizá porque llevaba demasiado tiempo sin decirlo en voz alta y a aquel hombre, que no era nadie para mí, podía decírselo sin que doliera la mañana siguiente.

—Tenía un hospital —dije—. De verdad, no una trastienda.

Y un día lo borraron del mapa en una tarde, con todo lo que había dentro.

—Tragué—. Muchos de los que trabajaban allí no pudieron salir a tiempo.

Yo sí. Otros, no. Y desde entonces siento que estoy pagando una factura que no voy a terminar de pagar nunca.

Castillo se había quedado muy quieto. La cara se le ensombreció un instante, algo que en aquel momento no supe leer y que tardaría en entender.

—¿Quién lo borró? —preguntó, con cuidado—. ¿Su gente o la mía?

Levanté la vista hacia él, hacia aquellos ojos que el fuego había vuelto de un color imposible de nombrar.

—¿Importa? —dije—. Estaban igual de muertos, fuera quien fuera el que apretó el botón.

No me contestó. Apartó la mirada hacia el fuego, y por la forma en que apretó la mandíbula me pareció que la pregunta le había salido a él más cara que a mí la respuesta.

Pero no le di más vueltas. Estaba demasiado ocupada en la otra cosa que pasaba, la que llevaba pasando desde el barro de la orilla: que estaba sentada a metro y medio de mi carcelero, a la luz de una hoguera, contándole lo único que no le había contado a nadie, y que en ningún momento de aquella noche había pensado en huir.

Eso me dio más miedo que los tres camiones de la tarde.

Me levanté de golpe, demasiado rápido, y me fui a mi sitio contra la rueda del blindado, lejos del fuego, de su cara y de aquella conversación que había ido demasiado lejos.

—Buenas noches, comandante —dije, dándole la espalda.

—Castillo —corrigió él, a la hoguera, en voz baja—. Esta tarde me ha tuteado pegada al suelo y no se ha muerto. Pruebe con el apellido a secas. Le va a doler menos.

No le di la satisfacción de contestar. Me tapé con la manta hasta la barbilla, de cara a la chapa fría del vehículo. Al otro lado del fuego lo oí remover las brasas una vez y después quedarse quieto. Tardé mucho en dormirme, y no tuvo nada que ver con el frío.