LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Capítulo 6
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Capítulo 6

Tardé un día entero en encontrar el hueco.

El primer intento había sido pura rabia, y la rabia es mala consejera; me lo había dejado claro Castillo, sentado en su saco terrero, esperándome como quien espera el autobús.

Este lo preparé despacio, durante todas las horas que pasamos rodando por aquel bosque sin fin, con la niebla entrando y saliendo entre los árboles y nadie con ganas de hablar.

Esta vez tenía cosas a favor. Riba conducía con una mano y se quedaba traspuesto a ratos con la cabeza contra la ventanilla.

El soldado de delante, al que llamaban Sela, arrastraba demasiadas horas en pie y se le caían los párpados cada vez que el motor zumbaba parejo.

Y Castillo no podía con todo. Un hombre solo, por listo que sea, tiene un número de ojos limitado.

También tenía la hoja. Durante la cura de Riba me había guardado en la cinturilla una hojita de bisturí, de las de retirar puntos, fina como una uña. Nadie vigila el instrumental cuando hay una mano abierta sangrando encima.

Pararon a dormir en una granja quemada al borde de la pista.

Eran cuatro paredes sin tejado y un cobertizo que aún se tenía en pie.

Castillo metió el blindado dentro del cobertizo, fuera de la vista desde la pista, y repartió la noche en turnos.

A mí me sentó contra el muro del fondo, con las muñecas atadas y la cuerda anclada a un gancho de hierro que en otro tiempo habría sujetado a un animal.

Me dejó una manta, agua y un trozo de pan duro, y se sentó él el primer turno.

No me dormí. Lo dejé creer que sí, con la respiración lenta y la cara contra la manta, y aprendí su noche desde debajo del párpado.

Castillo aguantó tres horas largas, hasta que despertó a Sela y se tumbó él a descansar contra la rueda del blindado.

Y Sela, el pobre Sela, duró cuarenta minutos despierto antes de que la cabeza empezara a írsele hacia el pecho a tirones.

Ese era el hueco. Lo había estado esperando todo el día.

Trabajé la hoja contra la cuerda muy despacio, fibra a fibra, sin tirones que hicieran ruido.

La cuerda cedió poco antes de que Sela diera la primera cabezada de verdad, esa que dura ya unos segundos.

Solté el gancho. Me levanté pegada al muro, descalza otra vez, con las botas colgando de los dedos, y crucé el cobertizo midiendo cada paso por donde no había escombros.

Castillo dormía contra la rueda, con el fusil entre los brazos.

Pasé a metro y medio de él. Le oí la respiración, honda y regular, y durante un instante absurdo me quedé mirándolo, a aquel hombre que llevaba dos días siendo mi cárcel entera, dormido y sin saber que me iba.

Después salí a la niebla y eché a correr.

Y esta vez corrí de verdad.

La niebla era una bendición y una trampa.

Me tapaba, pero también me tapaba a mí el mundo, y a los veinte metros la granja había desaparecido a mi espalda y delante solo había troncos que aparecían de golpe y un suelo blando que no se veía.

Corrí igual. Bajé hacia donde el terreno caía, porque lo que cae lleva al agua y el agua lleva a alguna parte, y porque cuanto más me alejara de la pista, menos posibilidades tenía Castillo de encontrarme antes de que clareara.

Oí el río antes de verlo. Venía crecido de las lluvias, gordo y rápido, rugiendo en la niebla a mi izquierda.

Lo seguí desde arriba, por la orilla alta, buscando un sitio por donde cruzar o por donde seguir, con el corazón a mil y la sensación, por una vez real, de que lo estaba consiguiendo.

Nadie gritaba a mi espalda. Nadie venía. Estaba fuera.

Fue justo entonces cuando el suelo desapareció.

La crecida había comido la orilla por debajo, dejando una cornisa de tierra que parecía firme y no lo era.

Pisé y cedió. Sentí el vacío abrirse bajo el pie, el tirón del cuerpo hacia el agua negra que bramaba abajo, y solté un grito.

Me agarré a lo que había, hierba mojada que se arrancaba en las manos, resbalando hacia el borde, hacia el río que se habría tragado hasta el grito.

Una mano me cerró la muñeca y me clavó al suelo.

No lo había oído llegar. Castillo estaba tumbado en el borde de la cornisa, medio cuerpo asomado al vacío, con mi muñeca presa en una mano y la otra hincada en la tierra para no caer él también.

Tenía la cara a un palmo de la mía, llena de barro y los dientes apretados por el esfuerzo de no soltarme.

—No te muevas —dijo.

Tiró. Despacio, ganando centímetros, con todo el cuerpo, hasta que me arrastró por la cornisa lejos del borde y caímos los dos hacia atrás, sobre la tierra firme, yo encima de él, con su brazo todavía cruzado sobre mi espalda como una traba.

Nos quedamos así un momento, los dos sin aire, con el río rugiendo abajo donde yo tendría que estar.

Me aparté. Me senté en el barro a un metro de él, temblando de frío y de lo otro, de lo que acababa de pasar de largo. Castillo se incorporó despacio, se miró la mano con la que me había sujetado, abriéndola y cerrándola, y por fin me miró a mí.

Esperé el sermón. La frialdad. El «ahora sí que la encadeno como es debido». No llegó nada de eso.

—¿Estás herida? —preguntó.

—No.

—¿Segura? —Y lo dijo con una urgencia que no encajaba con un custodio preocupado por entregar la mercancía entera.

—Estoy bien —dije, más áspera de lo necesario, porque su voz me había llegado a un sitio al que no le había dado permiso para llegar—. Podía haber dejado que me cayera. Una espía menos que entregar. Le habría ahorrado el viaje.

Tardó en contestar. Se limpió el barro de la cara con el dorso de la mano y miró el río, esa boca negra que seguía bramando.

—Sí —dijo al fin—. Podía.

No añadió por qué no lo había hecho. Y yo no se lo pregunté, porque la respuesta estaba flotando entre los dos en la niebla y nombrarla habría sido peor.

Volvimos a la granja andando, despacio, él detrás de mí pero sin tocarme, sin atarme las manos siquiera, como si lo de las cuerdas hubiera dejado de tener sentido a la orilla de aquel río.

Sela seguía dormido contra el blindado cuando llegamos, con el fusil caído en el regazo.

Castillo lo miró un segundo largo. Por la mañana ese hombre podía perder el puesto, o algo peor, por haberse dormido en su guardia.

—No lo va a despertar para echarle la bronca —dije. No era una pregunta.

—Mañana hablo con él. —Castillo se sentó en su sitio de antes, contra la rueda, y señaló el muro del fondo con la barbilla—. Vuelve a dormir. Lo que queda de noche.

—¿Sin atarme?

Me buscó los ojos en la penumbra y no los soltó.

—¿Vas a tirarte otra vez al río en lo que queda de noche?

—No.

—Pues no hace falta.

Me senté contra mi muro, con la cuerda cortada todavía en el suelo y el gancho de hierro vacío encima de mi cabeza, y me envolví en la manta húmeda.

Castillo no volvió a mirarme. Se quedó con los ojos en la entrada del cobertizo, en la niebla que clareaba despacio del otro lado, vigilando el camino por el que podía venir cualquiera.

Tendría que haber estado pensando en el próximo hueco. En la hoja de bisturí, que él no me había pedido y que seguía en mi cinturilla. En que aquel hombre, esa noche, me había desatado las manos por su propia voluntad.

Pero lo único que me venía a la cabeza, una y otra vez, era el peso de su brazo cruzado sobre mi espalda en el barro, y lo poco que me había costado, durante ese instante, quedarme quieta debajo de él.