Capítulo 5
Amaneció sobre el vado con una niebla baja, pegada al río, que no dejaba ver la otra orilla. Hacía ese frío húmedo que se mete por las mangas y no se va en todo el día. Yo había dormido a ratos, encogida en el rincón de la caseta, y cuando abrí los ojos el comandante ya no estaba contra la puerta.
Lo encontré fuera, junto al blindado, con el capó levantado y el conductor metido hasta los codos en el motor.
Un segundo soldado vigilaba la cuesta del camino de servicio con el fusil cruzado y los ojos perdidos en la niebla.
Nadie se había molestado en desatarme. Me senté en una piedra plana de la orilla, con las muñecas todavía juntas, y me dediqué a mirar.
Es lo que mejor se me da. Lo de huir se me da regular, ya había quedado claro.
Lo de mirar, no. En el hospital aprendí a leer un cuerpo entero en tres segundos: dónde duele, qué esconde, cuánto le queda.
Un campamento roto se lee igual que un paciente, si sabes dónde poner los ojos.
La avería que mantenía a todo el mundo clavado en aquel barro.
La niebla, que tapaba y protegía a partes iguales.
El soldado de la cuesta, que llevaba media noche en pie y empezaba a apoyarse en el árbol con demasiada confianza.
Lo guardé todo sin decidir aún qué hacer con ello.
El comandante se apartó del motor, sacó una radio de la cabina y se acuclilló junto a la rueda, de espaldas al viento. Probó una vez. Dos. Lo que salía del aparato era un chisporroteo de fritura. A la tercera, entre el ruido, se coló una voz fina, comida por la distancia.
—…Comandante Castillo, aquí base. ¿Me recibe? Cambio.
Castillo.
Dos días llevaba siendo «el comandante» a secas, una función con uniforme y nada más. Y de pronto tenía apellido, como cualquiera, como la gente que paga facturas y tiene una madre en algún pueblo.
—Aquí Castillo —dijo él, con la boca pegada al aparato—. Recibo débil. Adelante.
La voz se fue y volvió, partida en trozos.
—…escolta retenida en el puente… río crecido, no hay paso hasta mañana… —fritura— …confirmada actividad de los Libres en el sector. Repito: confirmada. Extreme precauciones. ¿Posición? Cambio.
—Vado viejo. Vehículo averiado, en reparación. —No había una sola gota de preocupación en su voz, y eso era peor que si la hubiera habido—. Reanudo marcha en cuanto arranque el motor. Solo, si hace falta. Cambio.
Un silbido. Una palabra suelta —«…recibido…»— y después nada, solo la fritura, hasta que bajó el volumen casi al mínimo y dejó el aparato a un lado, como si la radio hubiera muerto con el resto del día.
Así que estábamos solos. La escolta, atrapada al otro lado del agua. Los Libres, en alguna parte de aquella niebla, los mismos que habían volado el puente. Y entre ellos y yo, un comandante que acababa de decir por radio que pensaba seguir adelante aunque fuera él contra el mundo.
Cualquier otro día habría sido una buena noticia.
Caos, dispersión, un custodio menos pendiente de mí.
La clase de día que llevaba esperando desde que me subieron al blindado.
Lo raro fue darme cuenta de que la primera cosa que pensé no fue en escapar, sino en aquella palabra: confirmada.
Y en que un hombre solo, con una prisionera y un coche roto, en un sitio lleno de gente que quería matarlo, era un hombre con muchas papeletas de no llegar a ningún tribunal.
No me convenía pensar en eso. Lo aparté.
—¡Riba! —El conductor sacó la cabeza del motor—. ¿Cuánto?
—Poco, comandante. La correa estaba para el arrastre, le he puesto la de repuesto. Me falta apretar y rezar.
—Reza rápido.
Riba volvió a hundirse en el motor. Y yo seguí en mi piedra, con la niebla levantándose despacio del río, repasando lo que tenía y lo que no.
Y entonces el conductor soltó un taco que rebotó en el agua, sacó la mano de golpe y se la apretó contra el pecho.
Entre los dedos le salía sangre, mucha, de esa que no gotea sino que mancha.
El comandante llegó antes que yo lo pensara.
—A ver.
—El ventilador, joder. —Riba tenía la cara blanca y la voz aguda—. Me ha pillado al apretar.
Le abrió la mano a la fuerza. Yo ya estaba de pie.
Desde la piedra, a seis pasos, vi el corte sin necesidad de acercarme: cruzaba la palma entera, profundo, de los que no cierran solos y de los que dejan una mano inútil de por vida si los cose mal el primero que pasa.
Por la cantidad de sangre, había tocado algo que no debía.
—Hay que parar eso ya —dije.
El comandante giró la cabeza hacia mí. No con sorpresa, sino frialdad.
—Tengo un botiquín —dijo.
—Tiene un botiquín y un soldado que se va a desangrar mientras usted decide si soy de fiar. —Levanté las muñecas atadas—. Esto le va a costar más caro a usted que a mí. Suélteme las manos.
Riba nos miraba a uno y a otro, cada vez más blanco.
El comandante apretó la mandíbula, sacó la navaja y cortó la brida de un tajo limpio, sin rozarme la piel.
Fue rápido. Pero antes de soltarme del todo clavó los ojos en los míos medio segundo, y no hizo falta que dijera nada: si intentaba algo, el siguiente tajo lo tendría yo.
—El botiquín —dije, frotándome las muñecas—. Y agua. La más limpia que tenga.
Trabajé en la orilla, con el herido sentado en el estribo del blindado y la mano abierta sobre mi rodilla.
Limpié, presioné donde tenía que presionar, encontré el punto que sangraba y lo cerré.
El botiquín era una porquería de campaña, gasas justas y un hilo demasiado grueso, pero he cosido cosas peores con menos.
Riba aguantó apretando los dientes y soltando entre ellos una colección de blasfemias que en otras circunstancias me habría caído bien.
El comandante no se movió en todo el rato.
Se quedó a un paso, mirándome las manos.
No me vigilaba a mí; vigilaba lo que hacían mis manos, que es distinto.
Y por la forma en que las miraba supe que era la primera vez que me veía hacer aquello para lo que servía, y que algo de la idea que tenía de mí se le estaba descolocando ahí mismo, contra su voluntad.
—Ya está —dije, cerrando el último punto—. No la fuerce en una semana.
Riba miró la palma cosida, miró al comandante, y algo en su cara había cambiado.
—Gracias —dijo, en voz baja.
Fue raro oírlo. Llevaba días siendo «la espía» en boca de todos, y de pronto un hombre del Mando me daba las gracias y lo decía en serio. Recogí las gasas usadas para no dejarlas en el suelo.
—No me las dé —contesté—. Me aburría.
Me levanté. El comandante seguía con la navaja en la mano y la brida cortada en el suelo. Sabía lo que venía, así que estiré las muñecas hacia él sin que me lo pidiera.
—Adelante. Vuelva a atarme. No se le vaya a descomponer el sistema.
No me ató enseguida. Se quedó mirándome con esos ojos entre el gris y el azul, y aquella vez no había en ellos esa quietud de informe. Había una pregunta, la misma que le había visto en la caseta la noche anterior, solo que más grande.
—¿Dónde aprendió a coser así? —dijo.
—Donde aprende todo el mundo. Cosiendo a gente que se moría si no lo hacía rápido. —Sostuve su mirada—. Muchos de ellos por su culpa, Castillo. No le sorprenda tanto que sepa hacer mi trabajo.
Era la primera vez que lo llamaba por su apellido y noté en cómo se le tensó algo en la cara al oírlo, igual que se me había tensado a mí al escucharlo por la radio. Me ató las muñecas sin una palabra y sin apretar de más, y recogió la brida cortada del suelo.
—Suba al vehículo —dijo—. Nos vamos.
—¿Sin esperar a la escolta?
—La escolta no llega hasta mañana, y hasta mañana esto se llena de gente que prefiero no conocer. —Cerró el botiquín de un golpe—. Prefiero el camino con un coche que el barro con compañía.
El motor arrancó a la cuarta, con una tos y un humo negro que se deshizo en la niebla.
Riba conducía con la mano vendada en alto, manejando el volante con la otra y maldiciendo cada bache.
El segundo soldado bajó de la cuesta y se metió delante.
A mí me sentaron atrás, en el banco de siempre, frente al comandante de siempre, que ya no era del todo el mismo y no porque hubiera cambiado, sino porque yo había dejado de verlo como una pared.
Salimos del vado con el agua todavía por los ejes y el río perdiéndose en la niebla a nuestra espalda. El comandante apoyó la nuca en la chapa y cerró los ojos un momento, lo justo, antes de volver a abrirlos y posarlos en mí.
—Gracias por lo de Riba —dijo.
Lo dijo bajo, casi a regañadientes, como quien suelta una moneda que le quema. No contesté enseguida. Miré por la rendija la nada blanca de afuera, donde podía haber un árbol o cien hombres armados, y me oí decir algo que no tenía pensado.
—No lo he hecho por usted.
—Lo sé. Y se lo agradezco.