LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Capítulo 4
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Capítulo 4

A la mañana siguiente me ataron las dos muñecas y me sentaron en el mismo banco de chapa, frente al mismo hombre, como si a nadie le hubiera quedado nada que decir sobre la noche anterior.

El comandante no la mencionó y yo tampoco. Había una especie de acuerdo tácito en aquello: los dos sabíamos lo que había pasado y los dos sabíamos que decirlo en voz alta no le sacaba provecho a ninguno.

Salimos con dos vehículos. El blindado nuestro delante y, detrás, un todoterreno con dos hombres del puesto que el sargento le había cedido de mala gana. Escolta, lo llamó él. A mí me pareció más una forma de que la mercancía llegara con garantía.

El terreno cambió a media mañana. Dejamos atrás las colinas peladas y entramos en una zona de bosque bajo, pinos torcidos por el viento y barro rojo en la pista, de ese que se traga las ruedas si te confías.

El blindado avanzaba a tirones. Por la rendija de la ventanilla entraba un olor a resina y a tierra mojada que me recordó a sitios donde había sido feliz, y aparté el recuerdo enseguida, porque no me servía para salir de allí.

—Va a llover —dijo el Comandante.

Fue lo primero que dijo en dos horas. No me miraba a mí, miraba el techo metálico, atento a algo que yo no oía.

—Qué observador.

—No lo digo por charlar. Lo digo porque si llueve fuerte, esta pista se convierte en una trampa y vamos a tener que parar.

—¿Tiene miedo de que aproveche la lluvia?

Bajó la vista del techo y la posó en mí. Tenía los ojos enrojecidos por las pocas horas que había dormido, si es que había dormido, y aun así no había en ellos nada que yo pudiera usar.

—Tengo la costumbre de no fiarme —dijo—. Me ha dado buenos resultados. Anoche, sin ir más lejos.

—Anoche le di un paseo entretenido.

—Anoche me confirmó que no va a dejar de intentarlo. —Se acomodó el fusil sobre las rodillas—. Lo cual le agradezco. Me ahorra la pereza de fingir que confío en usted.

Me callé. No porque me faltara respuesta, sino porque su tranquilidad me desarmaba, y empezaba a creer que ese era su método. No alzaba la voz ni amenazaba. Te dejaba hablar hasta que te oías a ti misma y descubrías que estabas sola en la conversación.

La lluvia llegó antes del mediodía, como él había dicho, y llegó de golpe con una cortina de agua que convirtió el parabrisas en un cristal esmerilado y la pista en un río de barro.

El blindado patinó dos veces. El conductor maldijo.

Por la rejilla de la cabina le oí discutir con el Comandante sobre si seguir o parar, y el Comandante finalmente decidió seguir, porque parar en mitad del bosque, dijo, era peor que avanzar despacio.

Avanzamos despacio una hora. Después, al doblar una curva, el blindado frenó en seco y me fui de bruces contra la rejilla.

—¿Qué pasa? —pregunté, enderezándome.

El comandante ya estaba mirando por la rendija delantera.

—El puente —dijo el conductor desde delante—. No hay puente.

El comandante abrió la puerta trasera y entró agua, frío y el rugido de la lluvia. Bajó, y antes de que yo pudiera ver gran cosa volvió a asomarse y me señaló con la cabeza.

—Baje. No la voy a dejar aquí dentro sin vigilancia, y no pienso quedarme yo a vigilarla mientras el resto trabaja. Camine delante de mí. Si corre, con este barro la alcanzo en tres zancadas, y le aseguro que el suelo no perdona.

Bajé. La lluvia me empapó en segundos. Caminé delante de él, con las manos atadas por delante, hasta el borde de lo que había sido un puente sobre un barranco.

Ahora era un boquete. La estructura central había desaparecido, arrancada de cuajo, y los hierros retorcidos asomaban del barro como costillas.

Diez metros más abajo bajaba un torrente marrón que tres días antes habría sido un hilo de agua.

—Voladura —dijo uno de los soldados de la escolta, acuclillado en el borde—. Reciente. De hace días.

—Los Libres —dijo otro—. Están cortando los pasos para frenarnos los movimientos por el este.

El comandante no decía nada. Miraba el boquete con los brazos cruzados y el agua chorreándole por la cara, sopesando.

—No se puede cruzar —concluyó—. Y volver hasta el desvío del norte son seis horas con este barro, si no nos quedamos clavados antes. —Se giró hacia la escolta—. Hay un camino de servicio que baja al vado viejo. Estrecho. Los dos vehículos no pasan. Pasa uno.

Lo entendí antes de que lo dijera, y se me revolvió el estómago.

—El todoterreno se queda —ordenó—. Cubrís este lado del barranco por si los que volaron el puente siguen cerca, y nos seguís en cuanto despeje. El blindado baja al vado y la prisionera viene conmigo.

—Comandante. —Al de la escolta no le gustaba, se le notaba—. Llevarla a usted solo con ella por el vado…

—Es una médico atada, soldado, no un comando. —El comandante se limpió el agua de la cara con el antebrazo—. Y respondo yo. Moveos.

El vado viejo era un sitio que nadie habría escogido de tener otra opción.

El blindado bajó por el camino de servicio dando bandazos, con el conductor agarrado al volante y soltando una retahíla de blasfemias que en otras circunstancias me habría hecho gracia.

La pendiente era brutal y el barro la convertía en un tobogán.

Dos veces creí que volcábamos. El comandante, frente a mí, no se sujetaba a nada.

Iba con las piernas afianzadas y el cuerpo siguiendo los vaivenes del vehículo, como si lo hubiera hecho mil veces, mientras yo rebotaba en el banco intentando no partirme un diente.

—¿Podría desatarme las manos solo para esto? —pregunté, después del segundo bandazo—. Si volcamos, atada me mato seguro.

—Si volcamos, nos matamos los dos, atada o no. —Pero me miró, y algo debió de sopesar, porque añadió—: Las muñecas, no. Le suelto la cuerda del banco, así puede agarrarse. Si hace una tontería, la vuelvo a anclar y la dejo rebotar.

—Hecho.

Se inclinó, soltó la cuerda que me sujetaba al banco y me dejó las muñecas atadas pero libres del anclaje.

Al hacerlo, su mano rozó la mía. Tenía los dedos helados y húmedos por la lluvia, igual que los míos, y por una fracción de segundo, mientras el vehículo daba otro tumbo, nos agarramos los dos del mismo borde del banco, con su mano sobre la mía, sin que ninguno lo hubiera buscado.

Aparté la mía de un tirón. Él retiró la suya un instante después y volvió a su sitio, y los dos miramos a lados distintos del blindado el resto de la bajada, muy ocupados en no haber notado nada.

Llegamos al vado con la última luz de la tarde y la lluvia por fin amainando.

Era un cruce de río ancho y poco profundo, con una caseta de piedra medio derruida en la orilla que en otro tiempo habría sido de algún guarda.

El conductor inspeccionó el agua, metió el vehículo despacio, y a mitad del cauce el motor tosió, escupió un humo blanco y se paró.

Lo intentó tres veces. A la tercera, lo que salió de debajo del capó fue un olor a goma quemada que no presagiaba nada bueno.

—La correa —dijo el conductor, asomando la cabeza empapada—. O la bomba. No lo sé hasta que abra. Pero de aquí no nos movemos hoy, comandante. Y a oscuras, en el agua, no pienso abrir nada.

El Comandante recibió la noticia sin alterarse. Miró el río, la caseta de la orilla, el cielo que empezaba a despejarse hacia un anochecer limpio y frío.

—Sacamos el vehículo del cauce hasta la orilla —decidió—. Pasamos la noche en la caseta. Por la mañana, con luz, lo arreglas. Y la escolta nos alcanza en cuanto despeje el otro lado.

Empujaron el blindado entre los tres hombres, con el agua por las rodillas y yo mirando desde la orilla, porque atada no servía de mucho para empujar. Cuando lo sacaron, el conductor y el otro soldado se quedaron con él, montando guardia por turnos. Al Comandante y a mí nos tocó la caseta.

Y así fue como, al final de aquel día, terminé encerrada en una habitación de piedra de tres metros por tres, con un farol, una manta húmeda y el comandante sentado contra la puerta, que era la única salida, limpiando su fusil a la luz temblona como si yo no estuviera.

—¿Va a dormir ahí? —pregunté.

—Voy a dormir donde está la puerta. —No levantó la vista del arma—. Usted, en el rincón. Hay manta para uno. Es suya.

—Qué caballeroso.

—No es caballerosidad. Si pasa frío y enferma, me retrasa. —Pasó un paño por el cañón—. No le doy la manta a usted. Se la doy a mi calendario.

Me senté en el rincón, con la manta sobre los hombros, y lo observé trabajar.

Había algo casi hipnótico en cómo desmontaba y montaba las piezas, con los dedos haciéndolo solos mientras la cabeza estaba en otra parte.

Y se me ocurrió, mirándolo, que un hombre que limpia el arma con esa concentración es un hombre que está huyendo de algo dentro de su cabeza.

—¿Eran amigos suyos? —pregunté.

Las manos se le pararon una décima.

—¿Quiénes?

—Los catorce. Habla de ellos como de una cifra. «Catorce.» Pero limpia ese fusil como quien reza. —Apoyé la cabeza en la piedra fría—. Una cosa no encaja con la otra.

Tardó en contestar. Cuando lo hizo, no me miró.

—Uno de ellos llevaba bajo mi mando nueve años —dijo—. Entró conmigo el mismo día. Tenía dos crías. Le enseñé a disparar. —Volvió a montar una pieza con un clic seco—. Lo enterré sin las dos piernas. Así que sí. Eran amigos míos. Cada uno de los catorce.

No supe qué decir. Por un momento se me olvidó que lo odiaba, y eso me asustó, porque odiarlo era lo que me mantenía entera, y aquel hombre acababa de enseñarme, sin pretenderlo, una grieta por la que el odio se me escapaba.

Así que, volví a cerrar la puerta.

—Pues ya somos dos los que enterramos gente por culpa de esta guerra —dije, con toda la frialdad que pude reunir—. La diferencia es que a los míos los enterró su uniforme, comandante. Y a los suyos, no fui yo.

Levantó la vista. Y por una vez no tenía la respuesta lista. Me miró desde la puerta, con el fusil a medio montar en las manos, y lo que vi en su cara no fue rabia ni desprecio. Fue una pregunta. La de un hombre que empezaba a considerar, contra su propia conveniencia, que quizá yo decía la verdad.

Apartó la mirada el primero. Terminó de montar el fusil, lo dejó cruzado sobre las piernas y bajó el farol hasta dejar la caseta en penumbra.

—Duerma, Guiroa —dijo—. Mañana hay vado y hay cuesta, y la quiero entera.

Me tumbé de cara a la pared, con la manta hasta la barbilla y el frío de la piedra colándose por debajo, y estuve mucho rato despierta, oyendo la lluvia repiquetear en el tejado y la respiración pausada del hombre que custodiaba la puerta.

No dormía. Lo supe por el ritmo. Vigilaba. Me vigilaba a mí.