LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Capítulo 3
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Capítulo 3

El puesto avanzado era un edificio de una sola planta que en otra vida había sido una escuela.

Todavía se leía la palabra en la fachada, medio comida por la metralla: ESCU LA.

El patio donde antes habrían jugado críos estaba lleno de sacos terreros y de un par de vehículos cubiertos con lonas.

Olía a gasoil y a comida de lata recalentada.

Nos recibió un sargento con barba de tres días y cara de no alegrarse de nada. Saludó al Comandante, le entregó un papel y le dijo cuatro cosas en voz baja que no alcancé a oír. Me miró de arriba abajo, y lo que pensaba se le leía en la cara sin necesidad de traducción.

—¿Esta es la espía? —preguntó.

—Es una prisionera en tránsito —dijo el Comandante—. Y va a tratarla como tal.

No fue una corrección amable. El sargento apretó la mandíbula, asintió, y no volvió a mirarme en toda la noche. Me sorprendió, y me molestó sorprenderme. No iba a darle puntos por defender a su prisionera de la baba de otro. Probablemente solo defendía su mercancía.

Me metieron en lo que había sido un aula.

Pupitres apilados contra una pared, un encerado con números garabateados en una esquina, y una ventana tapiada con tablones.

En el suelo, un catre. Castillo entró conmigo, comprobó los tablones de la ventana uno por uno, tiró de ellos y midió con la mirada cada centímetro de la habitación como quien hace un inventario.

—Va a dormir aquí —dijo—. Esposada a la estructura del catre.

—Encantador.

—Hay un cubo en la esquina por si lo necesita. Mañana salimos al amanecer.

Se agachó, pasó una de mis muñecas por el bastidor metálico del catre y cerró las esposas. Lo hizo sin brusquedad, casi con cuidado, y ese cuidado me dio más rabia que si me hubiera apretado hasta hacer daño. Significaba que ni siquiera me consideraba una amenaza que mereciera fuerza.

—¿Sabe lo que pienso? —dije, mientras se levantaba.

—No, y dudo que cambie mi vida saberlo.

—Pienso que es usted la clase de hombre que duerme bien. —Lo miré desde abajo, desde el catre, con la muñeca ya encadenada—. Que se acuesta con catorce muertos a la espalda y una prisionera al otro lado de la pared y duerme de un tirón.

Se detuvo en la puerta, de espaldas a mí. Por un momento creí que iba a contestar algo, y una parte de mí lo deseaba, quería arrancarle una reacción, lo que fuera, una grieta por donde meter el dedo.

—Buenas noches, doctora —dijo.

Y apagó la luz.

No pegué ojo. No por la incomodidad, que la había, el bastidor se me clavaba en la muñeca cada vez que me movía, sino porque desde el primer minuto en aquel cuarto me puse a estudiarlo.

El cierre de las esposas era el mismo modelo viejo del blindado.

Un mecanismo de los que el Mando debía de tener almacenados por toneladas desde antes de la guerra, fiables, baratos, y vulnerables a cualquiera que hubiera pasado bastantes noches de hospital aburrida aprendiendo a abrir cosas que no debía.

Necesitaba algo fino y rígido. Una horquilla. Un alambre. La punta de cualquier cosa.

Tardé dos horas en encontrarlo. En la pata del catre, donde la chapa se había desprendido, asomaba una esquirla de metal del tamaño de una uña. Me costó otra media hora arrancarla sin hacer ruido, retorciéndola adelante y atrás hasta que cedió y me dejó un corte fino en el pulgar que apenas sangró.

Trabajé el cierre a oscuras, de memoria, atenta a los ruidos del puesto. El motor de un generador. Pasos en el pasillo cada cierto tiempo, una ronda. Voces apagadas en alguna habitación. El tipo de banda sonora que te dice cuánta gente despierta hay entre tú y la salida.

El cierre cedió poco antes de que clareara.

Me quedé muy quieta, con la muñeca libre apoyada todavía en el bastidor, fingiendo que seguía encadenada.

El corazón me iba como si quisiera salir antes que yo.

No tenía un plan. Esa es la verdad, y me la dije a mí misma incluso entonces: no tenía un plan, tenía una ventana de tiempo y una rabia de meses empujándome desde dentro.

Tenía la certeza de que en tres días me sentarían delante de tres jueces que ya me habían condenado, y de que cualquier cosa era mejor que entrar entera por mi propio pie en ese sitio.

Esperé el cambio de ronda. Lo había cronometrado tres veces: cada cuarenta minutos, más o menos, pasos por el pasillo, una pausa, una puerta, y después un hueco. En ese hueco había que moverse.

Llegó la pausa. La puerta. El hueco.

Me levanté.

El pasillo estaba vacío y mal iluminado por una sola bombilla al fondo.

Avancé pegada a la pared, descalza, con las botas en la mano para no hacer ruido.

Por las rendijas de algunas puertas salía luz.

Detrás de una, alguien roncaba. Detrás de otra, dos voces discutían en voz baja sobre un reparto de turnos.

El plan, si a aquello se le podía llamar plan, era simple hasta la estupidez: salir al patio, rodear los vehículos, llegar a la valla por la parte de atrás donde los sacos terreros hacían sombra, y de ahí a las colinas.

En las colinas era invisible. Con dos horas de ventaja antes de que encontraran el catre vacío, podía desaparecer.

Llegué a la puerta del patio. Estaba entreabierta y asomé la cabeza.

Había un centinela junto a la entrada principal, a mi izquierda, dándome la espalda, fumando. A la derecha, los vehículos bajo las lonas. Más allá, la valla y la sombra de los sacos.

Esperé a que el centinela diera una calada larga, a que mirara hacia el otro lado y crucé.

Me moví rápido y agachada, entre los vehículos, con el corazón en la garganta y los pies mojados por el rocío.

Un perro ladró en algún sitio y me quedé clavada contra la rueda de un camión hasta que paró.

Después seguí. Saco a saco. Sombra a sombra.

La valla cada vez estaba más cerca, lo bastante baja para saltarla y lo bastante lejos del centinela para que no me oyera.

Llegué. Puse las manos en lo alto de la valla. La madera estaba húmeda y, sin pensarlo, tomé impulso.

—Yo de usted no lo haría.

La voz salió de la penumbra, a mi izquierda, tan tranquila que por un momento pensé que me la había imaginado. Me giré.

El Comandante estaba sentado sobre uno de los sacos terreros, con los codos en las rodillas y el fusil colgado del hombro sin urgencia ninguna. No sé cuánto llevaba ahí. Por su postura, bastante. Por su cara, lo suficiente para haberme visto cruzar el patio entero.

—Hay un campo de minas detrás de esa valla —dijo—. Lo pusimos nosotros hace dos meses. No está señalizado por el lado de fuera. —Inclinó la cabeza—. Habría dado tres pasos.

Me quedé con las manos todavía en lo alto de la valla. El impulso, la rabia, las dos horas trabajando el cierre, todo se me cayó al suelo de golpe.

—Está mintiendo —dije, pero ni yo me lo creí.

—Puede comprobarlo. —Se levantó, sin prisa, y se sacudió el polvo del pantalón—. Salte. Yo espero aquí.

No salté.

Bajé las manos. Me di la vuelta despacio, con las botas todavía colgando de los dedos, y lo miré en aquella luz azul de antes del amanecer.

No había enfado en su cara. Tampoco nada más, y eso era lo insoportable.

Me había visto abrir las esposas, salir del cuarto, cruzar medio recinto, y se había sentado a esperarme en el único sitio por el que iba a salir, como quien mira a un crío hacer una trastada que ya sabía que iba a hacer.

—Llevaba ahí todo el rato —dije.

—Desde que oí la esquirla. —Señaló mi pulgar con la barbilla, donde el corte se había vuelto a abrir—. Hace mucho ruido el metal contra el metal cuando alguien intenta no hacerlo.

—¿Y me ha dejado llegar hasta aquí?

—Quería saber hasta dónde llegaba.

Me hirvió algo por dentro, una mezcla de humillación y furia tan espesa que casi no me dejaba hablar.

No me había parado en el cuarto ni había dado la alarma.

Me había dejado pasear por todo el puesto, descalza y patética, con mi esquirla y mi plan de tres al cuarto, solo para medirme.

Para tomar nota. Para saber de qué era capaz su prisionera.

—Es usted un hijo de puta —dije.

—Probablemente. —Se acercó. Recogió mis botas del suelo, donde se me habían caído sin darme cuenta, y me las tendió—. Póngaselas. Tiene los pies helados y mañana hay que andar.

No las cogí. Lo miré con todo el odio del que era capaz, que esa noche era mucho, y él aguantó mis ojos sin devolverme nada, ni rabia, ni desprecio, ni la satisfacción que habría hecho aquello más soportable.

—¿Por qué no ha dado la alarma? —pregunté.

Tardó en contestar.

—Porque entonces tendría que entregarla al sargento para que la encerrara como es debido —dijo—.

Y el sargento y sus hombres llevan tres meses aquí sin ver a una mujer ni de lejos.

—Dejó que aquello cayera entre los dos—.

Usted no quiere eso, doctora. Y yo respondo de que llegue entera al tribunal.

Así que esto queda entre nosotros. Vuelve al cuarto, vuelve al catre, y por la mañana salimos como si no hubiera pasado nada.

—Disculpe, pero… ¿Me está protegiendo?

Se le tensó una línea fina junto a la boca.

—Es mi obligación entregarla entera —dijo—. No confunda las dos cosas. Una me importa. La otra no.

Y ahí volvió todo a su sitio. Yo no era una persona. Era un envío, un paquete que tenía que llegar sin desperfectos para que él firmara el albarán y siguiera durmiendo de un tirón. Cogí las botas de su mano de un tirón, sin rozarle los dedos, y me las puse de pie, tambaleándome.

—No vuelva a llamarme doctora —dije—. Usted no tiene derecho a esa palabra.

—¿Cómo prefiere que la llame?

—Por nada. No me llame.

Asintió, como si le pareciera incluso lo más cómodo, y me señaló el camino de vuelta con un gesto de la cabeza.

Me volvió a esposar al catre con la luz gris del amanecer entrando ya por las rendijas de los tablones. Esta vez comprobó el cierre dos veces, sin el menor cuidado, con la precisión exacta de un hombre que ha dejado de subestimarte.

—La esquirla —dijo, con la mano extendida.

La saqué del bolsillo y se la di. Se la guardó sin mirarla.

—Mañana irá atada también en el vehículo. Las dos muñecas. —No era una amenaza, era un parte—. Lo de hoy no se va a repetir.

—Lo de hoy ha sido un ensayo —dije, antes de poder morderme la lengua.

Se quedó quieto en la puerta. E hizo algo que no le había visto hacer hasta entonces: sonrió. Apenas. Una sonrisa sin nada de calor, más cerca de la advertencia que de la diversión, pero sonrisa al fin.

—Lo sé —dijo—. Por eso le he dejado hacerlo. Ahora sé cómo piensa.

Cerró la puerta.

Me quedé sola en aquel cuarto, con las dos horas de trabajo perdidas y una certeza nueva instalándose en el estómago.

Lo había juzgado mal. No era un hombre al que pudiera engañar con un descuido, porque no tenía descuidos.

Me había dejado correr para conocerme, lo había conseguido, y yo seguía sin saber de él más de lo que sabía al bajar del blindado.

Eso tenía que cambiar.

Si pensaba salir de esta, y pensaba salir, no me bastaba con contar puertas y cierres. Tenía que aprender cómo pensaba, igual que él estaba aprendiendo como pensaba yo. Encontrarle la grieta. Todo el mundo tiene una. Hasta él.

Me tumbé en el catre, con la muñeca otra vez encadenada y los pies por fin calientes dentro de las botas que él me había devuelto.