LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Capítulo 2
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Capítulo 2

Me entregaron como se entrega un paquete que nadie quiere firmar.

Llevaba dieciséis horas en la celda de tránsito cuando vinieron a buscarme. Dos soldados, jóvenes, con esa cara de novatos que todavía no han aprendido a no mirarte a los ojos. Uno me puso las esposas y el otro miró el papel que llevaba en la mano como si fuera a cambiar algo leerlo tres veces.

—Guiroa, Valentina —dijo—. Traslado al sector siete.

—Encantada de conocerte.

No se rió. Tampoco esperaba que lo hiciera. La gente del Mando no se ríe, es como si se lo arrancaran en la instrucción junto con el sentido común.

Me sacaron al patio. Había llovido por la noche y el cemento olía a ese frío de hormigón mojado que se te mete en los huesos.

Un vehículo blindado esperaba con el motor encendido, escupiendo humo blanco contra la mañana gris.

Y al lado del vehículo, de pie, con las manos a la espalda y la espalda demasiado recta, había un hombre.

En la placa del pecho llevaba un apellido: CASTILLO.

Debajo, una inicial: D. Nada más. De momento no era un hombre; era un rango.

Supe que era él antes de que nadie dijera nada. No por el uniforme, que era igual al de los demás, sino por cómo se colocaban los demás alrededor de él. Como si fuera un perímetro. Como si hubiera una distancia mínima de seguridad que nadie se atrevía a cruzar.

—Comandante. —El novato saludó. Le temblaba un poco la voz—. La prisionera.

El hombre se giró.

Lo primero que pensé, y que no me sentí orgullosa de pensar, fue que era más joven de lo que esperaba. Treinta y muchos. Mandíbula de las que salen en los carteles de reclutamiento. Ojos de un color que no supe decidir, entre el gris y el azul, y que se posaron en mí con poco interés.

Me miró de arriba abajo. No como mira un hombre a una mujer, más bien como mira un veterinario a un animal del que va a tener que responder si llega muerto.

—¿Esto es lo que me mandan?

Esto.

—Buenos días a usted también —dije—. Sí, esto. Me dijeron que venía un profesional. Veo que se equivocaron.

Hubo un cambio mínimo en su cara. Una décima de segundo en la que algo se movió detrás de aquella mirada y volvió a quedarse quieto. A uno de los soldados se le cortó la respiración, tan fuerte que lo oí desde donde estaba.

—Tiene la lengua larga para venir esposada —dijo él.

—Es lo único que no me han atado todavía. Disfrútelo mientras dure.

Se acercó. Despacio, sin prisa, y se paró a un paso de mí.

—Voy a explicarle cómo va a ir esto —dijo, y bajó la voz, como si fuera algo entre los dos—.

Tres días de viaje hasta el tribunal del sector siete.

Va a ir atada. Va a comer cuando yo coma, va a beber cuando yo lo diga, y va a hablar lo justo.

Si colabora, llegará entera. Si no colabora…

—Inclinó la cabeza un poco—. También llegará. Solo que menos entera.

—Qué romántico.

—No me ponga a prueba, Guiroa.

—Ni se me ocurriría, comandante. —Sonreí con toda la rabia que tenía dentro, que era mucha—. Sé perfectamente de lo que son capaces los de su uniforme cuando ponen a prueba a alguien. Lo he tenido que coser después.

Esta vez no hubo décima de segundo. Esta vez se quedó quieto del todo, y entendí que había tocado algo. No supe qué. Pero lo había tocado.

—Suban —dijo, sin mirar ya a nadie—. Nos vamos.

El interior del blindado era un horno de chapa con dos bancos enfrentados y una rejilla que separaba la parte de atrás de la cabina.

Me sentaron en uno de los bancos. Él se sentó enfrente.

No delegó. Podía haberse ido delante, con el conductor, lejos de mí, y mandar a uno de los novatos a vigilarme.

Pero se sentó él, frente a mí, con un fusil cruzado sobre las piernas y la mirada fija en algún punto de la pared metálica por encima de mi cabeza.

Arrancamos.

Los primeros kilómetros no dijimos nada.

Yo miraba por la rendija de la ventanilla blindada cómo se iba quedando atrás la ciudad, o más bien lo que quedaba de la ciudad, edificios con las fachadas arrancadas y carteles del Mando colgando torcidos de las farolas.

Orden. Unidad. Futuro. Las tres palabras de siempre, pintadas en rojo sobre todo lo que habían destruido.

—¿Sabe lo que más me sorprende? —dije, sin girarme.

No contestó.

—Que de verdad se lo crean. Lo del orden y la unidad y el futuro. He visto a gente como usted disparar a un crío y media hora después comerse un bocadillo tan tranquilos, convencidos de que estaban construyendo algo. —Ahora sí lo miré—. ¿Usted también se come el bocadillo, comandante?

No picó. Aguantó mis ojos sin parpadear, y eso lo hacía peligroso. Lo supe ahí, en ese momento: la gente que pica es la que puedes manejar; la que no pica es la que tienes que vigilar.

—¿A qué facción pertenece? —preguntó, en cambio, con voz de informe.

—A ninguna. Soy médico.

—Era. —Pasó una página invisible en el aire, como leyendo un expediente que se sabía de memoria—.

Valentina Guiroa. Treinta y dos años. Detenida en el corredor del este atendiendo a combatientes de los Libres.

Acusada de espionaje. De pasar posiciones de una unidad del Mando que después fue emboscada.

Catorce muertos. —Levantó la vista—. ¿Le suena de algo el número catorce, doctora?

—Me suena que atendí a todo el que sangraba sin preguntarle nada. Eso es lo que hace un médico. No espero que lo entienda; en su mundo la gente se divide en los suyos y los objetivos.

—En mi mundo —dijo, y esta vez hubo algo afilado de verdad en su voz— catorce hombres salieron de patrulla y no volvió ninguno. Tenían nombres. Tenían familias a las que tuve que llamar yo. Así que perdone si no me emociona su juramento hipocrático.

—Yo no maté a sus hombres.

—Eso lo decidirá el tribunal.

—El tribunal. —Solté el aire por la nariz—. Tres jueces de uniforme que ya tienen la sentencia escrita antes de que yo entre por la puerta. Sabe tan bien como yo cómo va a acabar esto.

No me lo negó, que fue su manera de darme la razón. Apartó la vista hacia la pared metálica y me dejó a solas con lo que los dos sabíamos.

Decidí que lo odiaba, y no me costó nada decidirlo.

Lo odiaba por la mandíbula de cartel, por la forma de no morder ningún anzuelo, por ser el rostro exacto de todo lo que me había arrancado la vida pieza a pieza.

Y lo odiaba, sobre todo, porque era demasiado listo para darme una sola razón fácil para hacerlo.

Paramos al mediodía en mitad de ninguna parte.

Una pista de tierra entre colinas peladas, sin un árbol, sin una casa, sin nada que mirar que no fuera más de lo mismo.

El conductor bajó a estirar las piernas y a fumar.

El comandante abrió la puerta trasera, dejó entrar una bocanada de aire que olía a polvo y a hierba quemada, y sacó dos raciones de campaña de una bolsa.

Me lanzó una sin avisar y la cogí con las dos manos esposadas, torpe.

—Coma rápido.

—¿Y si no tengo hambre?

—Entonces no coma. Pero serán seis horas hasta la próxima parada y no pienso oírla quejarse.

Abrí la ración. Una especie de pasta gris en una bolsa que olía a cartón. La probé. Sabía peor de lo que olía, lo cual tenía mérito.

—La cocina del Mando —dije—. Otra de sus grandes victorias.

Algo le cruzó la cara. Casi una sonrisa, que se apagó antes de cuajar. Me quedé mirándolo, sorprendida, y él se dio cuenta de que me había dado cuenta, y la cara se le volvió a cerrar como una puerta de blindado.

—Coma —repitió.

Comí.

Y mientras comía, conté. Es una manía de los años de hospital, donde medir cada detalle es la diferencia entre que alguien viva o no.

Conté los pasos del conductor cuando se alejó a fumar, los segundos que Castillo tardaba en volver a mirarme, lo que tenía a mi alcance y lo que no.

Las puertas. El cierre de las esposas, de modelo viejo, de los que se abren con casi cualquier cosa de punta fina si tienes paciencia y nadie te mira.

Sopesé, sobre todo, cuánto iba a poder usar su soberbia. Porque un hombre que se sienta solo frente a una prisionera, sin delegar, sin pedir refuerzos, convencido de que él basta, es un hombre que tarde o temprano va a creer que tiene la situación bajo control.

Y ahí, justo en el segundo en que la creyera del todo, yo ya no estaría.

—¿Qué está pensando? —preguntó de pronto.

Levanté la vista de la ración. Me estaba mirando. No con sospecha exactamente. Con atención. Como si yo fuera un instrumento al que le hubiera notado una vibración rara.

—Que esta pasta es un crimen de guerra —dije—. Y de esos sí debería responder alguien.

No apartó los ojos de mí un segundo más de la cuenta. Después llamó al conductor con un grito seco, cerró la puerta, y volvimos a la carretera.

Pero yo lo había visto. Esa atención de más. Ese segundo de más.

No se fiaba de mí. Bien. Yo tampoco me fiaba de él. La diferencia era que yo ya había empezado a pensar en algo, y él todavía creía que tenía tres días por delante.

Cayó la tarde y con ella el calor, y el blindado se convirtió en una nevera con ruedas. Me había quedado sin conversación con la que herirlo, o quizá harta de lanzar piedras a una pared que no me las devolvía. El comandante seguía enfrente, inmóvil y controlando todo.

—¿Cuánto lleva en esto? —pregunté. No por amabilidad. Por información.

—¿En qué?

—En la guerra. Con su uniforme. En llevar a gente a sitios de los que no va a volver.

Tardó en contestar. Pensé que no iba a hacerlo.

—Demasiado —dijo al final.

Y no sonó a frase de película. Sonó a Verdad y lo miré con otros ojos durante medio segundo. Solo medio. Después me acordé del hospital, del humo, de las camillas que no di abasto a empujar, y los otros ojos volvieron.

—Yo también llevo demasiado —dije—. Arreglando lo que ustedes rompen.

—Yo no rompí nada suyo.

—Su uniforme sí.

—Los uniformes no deciden. Deciden las personas que los llevan, y las personas no son todas iguales, aunque a usted le resulte más cómodo creerlo.

Lo dijo sin levantar la voz, sin defenderse siquiera, casi con fastidio, como quien explica algo evidente a quien se empeña en no entenderlo.

—No me hable como si me conociera —dije.

—No la conozco. Y no quiero. Dentro de tres días la entrego y no la vuelvo a ver. —Apartó la mirada—. Esto no es una conversación, doctora. Es un traslado.

—Perfecto. Entonces deje de mirarme cada treinta segundos.

Esta vez sí lo pillé desprevenido. Volvió la cabeza hacia mí, y por un instante hubo algo casi humano en su gesto, sorpresa, quizá hasta vergüenza de que lo hubiera notado.

Después se cerró otra vez. Pero ya lo sabíamos los dos.

Yo lo había estado vigilando a él, y él a mí, y ninguno de los dos había estado tan tranquilo como fingía.

El blindado dio un bandazo en un bache y la luz de la rendija se fue apagando poco a poco hasta que solo quedó la lámpara de emergencia del techo, una bombilla amarillenta.

—Pararemos a dormir en una hora —dijo—. Hay un puesto avanzado. Dormirá esposada.

—Como en un hotel.

—Mejor que la celda de la que viene.

En eso tenía razón, aunque no pensaba dárselo por bueno.

Apoyé la cabeza en la chapa fría y cerré los ojos. No para dormir. Para repasar el cierre viejo de las esposas, el descuido del conductor con el cigarro, la distancia hasta la puerta, el peso del fusil sobre las piernas del Comandante y los segundos que tardaría en levantarlo si yo me movía rápido.

Tres días.

Él creía que tenía tres días, pero yo solo necesitaba uno.

Abrí un ojo y vi cómo me observaba desde su banco, inmóvil, con el fusil cruzado y la mirada fija en mí.