LA PRISIONERA DEL COMANDANTE
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Capítulo 1
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Esta novela es una obra de ficción. Los personajes, diálogos, escenarios y sucesos descritos son fruto de la imaginación de la autora o han sido utilizados con fines literarios. Cualquier semejanza con personas, lugares o acontecimientos reales es puramente accidental.
La última vida que salvé antes de que vinieran a por la mía fue la de un chico que no llegaba a los dieciocho.
Le había entrado metralla en el muslo, cerca de la femoral, y cuando lo trajeron en una carretilla, literalmente en una carretilla de obra, ya había perdido tanta sangre que tenía los labios del color del papel.
Lo pusimos sobre la mesa de la trastienda que nos hacía de quirófano, una mesa de comedor con una sábana encima, y trabajé sobre él casi una hora con la luz de dos linternas que sostenían dos mujeres que no conocía de nada.
No le pregunté de qué lado disparaba. Nunca preguntaba. Esa era la única regla que me quedaba intacta de todo lo que me habían enseñado, y siempre la cumplía. Vosotros me traéis a alguien que sangra y yo intento que deje de sangrar, y lo que pase entre vosotros ahí fuera no entra por esta puerta.
El chico vivió. A las cinco de la mañana le bajó la fiebre y empezó a quejarse, que es la mejor noticia que te puede dar un herido, porque los que se están muriendo apenas se quejan.
Me senté en el suelo, con la espalda contra la pared, las manos todavía manchadas hasta la muñeca, y me permití cerrar los ojos cinco minutos.
Tendría que haberme ido entonces. Llevaba semanas con esa idea pinchándome por dentro, que aquel sitio se había vuelto demasiado conocido, que pasaba demasiada gente por la trastienda, que tarde o temprano alguien hablaría de más en el lugar equivocado.
Mara me lo decía cada noche. Vámonos al norte, Valentina, aquí ya nos tienen fichadas.
Y yo cada noche le contestaba lo mismo, que un médico no abandona un sitio donde sigue llegando gente rota, y que ya nos iríamos, pronto, en cuanto pasara la ofensiva.
Pronto.
Esa palabra me ha costado todo lo que tenía.
El corredor del este no era un sitio, era una herida entre dos territorios.
Una franja de pueblos medio vacíos por la que entraban y salían los dos bandos sin que ninguno la controlara del todo, y por eso mismo el único lugar de la región donde quedaba algo parecido a una neutralidad.
Allí venían los heridos que no podían ir a los hospitales del Mando, porque los hospitales del Mando te curaban y después te interrogaban, y los que no podían cruzar al lado de los Libres, porque estaban demasiado graves para el viaje.
Venían a mí. A la consulta que había montado en la trastienda de una ferretería abandonada, con instrumental robado, anestesia racionada y una ayudante, Mara, que tenía manos de cirujana y un máster a medias que la guerra le había interrumpido.
Yo antes tenía un hospital de verdad.
Eso es lo que la gente olvida cuando me mira ahora y ve a una mujer con sangre seca en las uñas atendiendo soldados en una ferretería.
Yo tenía un hospital. Tenía un quirófano con luz que no temblaba, tenía monitores, tenía un equipo, tenía un nombre en una bata blanca.
Tenía una vida ordenada en una ciudad que todavía creía que la guerra era una cosa que pasaba lejos, en las noticias, en otra parte.
El hospital ya no está. Lo del hospital es otra historia, una que llevo guardada en un sitio del pecho al que no dejo entrar a nadie.
Baste decir que un día estaba y al día siguiente no, y que con él se fue alguien sin quien no he vuelto a saber estar del todo en el mundo.
Cuando salí de debajo de aquello, lo que quedó de mí ya no servía para una vida ordenada.
Solo servía para esto. Para la trastienda, la carretilla, las linternas, los chicos de diecisiete años a los que coser para que sus madres no entierren a otro.
Algunos lo llamarían vocación. Yo lo llamo lo único que me impedía sentarme a esperar la muerte como una idiota.
Vinieron al amanecer, tres días después de salvar al chico de la carretilla.
Lo primero fue el ruido de los motores. Demasiados, demasiado juntos, esa vibración baja en el suelo que aprendes a reconocer cuando has vivido lo bastante cerca de una columna militar.
Mara estaba haciendo café en el hornillo y se le cayó la cafetera al oírlo.
No dijimos nada. Intuíamos que algún día ocurriría.
—Por la puerta de atrás —susurró ella.
—No te muevas —dije yo.
Porque ya era tarde. Lo supe por el ruido, por cómo rodearon el edificio antes de entrar, con esa coreografía que solo sale de la gente que lo ha hecho cien veces. No era una patrulla que pasaba. Venían a por una dirección. Venían a por esta dirección.
Reventaron la puerta con el hombro y entraron seis o siete, de negro, con linternas montadas en los fusiles que te ciegan a propósito para que no veas cuántos son ni dónde están.
Gritaban. Siempre gritan, es parte del método, llenarte la cabeza de ruido para que no puedas pensar.
Al suelo. Las manos. Al suelo. Me tiré al suelo. A Mara la tiraron.
Sentí una rodilla en la espalda y el frío de las bridas cerrándose en las muñecas, esas bridas de plástico que cortan si tiras de ellas.
Tenía la mejilla aplastada contra las baldosas, y desde ahí, de lado, veía las botas moverse por mi consulta, derribar las estanterías de medicinas, pisar las cajas de gasas, volcar la mesa donde tres días antes había salvado a un crío.
—¿Valentina Guiroa? —Una voz por encima de mí. No la del que me sujetaba. Otra, más tranquila, la del que mandaba.
—Soy médico —dije contra el suelo—. Aquí solo hay material sanitario. No hay armas. No hay…
—¿Es usted Valentina Guiroa?
Cerré los ojos.
—Sí.
—Queda detenida.
—¿Por qué?
No me contestó. Nunca contestan en el momento.
Te dejan con la pregunta dándote vueltas durante horas, a veces días, porque la pregunta sin respuesta también es parte del método.
Dejan que tu propia cabeza vaya rellenando el hueco con todo lo que has hecho y todo lo que crees que podrían saber, y para cuando llegan a interrogarte ya te has interrogado tú sola mil veces.
Lo último que vi de la consulta, mientras me levantaban a tirones, fue a Mara contra la pared, de rodillas, con las manos en la nuca. Me buscó con la mirada. No fui capaz de sostenérsela, y me sacaron antes de poder decirle nada.
Me tuvieron dos días en una celda sin ventana antes de que nadie me dijera nada.
Cuando por fin vino el interrogador, un hombre de civil con una carpeta, no me preguntó nada al principio. Dejó un objeto sobre la mesa, entre los dos, y esperó a que lo mirara.
Era un transmisor. Pequeño, de campaña, con la carcasa rayada por el uso. Lo había sacado de mi consulta, dijo. De detrás de la balda donde yo guardaba el material de sutura.
—Explíqueme qué hace una médico con un equipo de transmisiones del ejército escondido entre las gasas.
No supe qué decir, porque no lo había visto en mi vida. Y eso, dicho en voz alta y en aquella celda, sonaba exactamente a lo que dice todo el que miente.
Me contó el resto con paciencia, como quien recita algo aprendido.
Tres semanas atrás, una unidad del Mando había caído en una emboscada a pocos kilómetros del corredor.
El enemigo conocía su ruta, su hora, su número.
Alguien se la había servido. Las transmisiones salían de un aparato idéntico al que tenía delante, en las fechas exactas, desde un punto que cuadraba con mi trastienda. Catorce hombres muertos en una cuneta.
—Y todo eso salió de su consulta, doctora —concluyó—. Así que dígame usted quién aprieta el botón, si no es la mujer que duerme a tres metros de ese cacharro.
Lo miré y entendí el tamaño de lo que me venía encima.
La mitad era mentira: yo no había tocado ese transmisor ni sabía que existía.
La otra mitad era de una verdad imposible de rebatir, porque el aparato había estado en mi sitio, entre mis cosas, bajo mi techo.
No tenía nada con que defenderme que no sonara a excusa.
Hubo un momento, uno solo, en que el hombre de la carpeta sacó una fotografía y la deslizó sobre la mesa. Después dijo un nombre y me preguntó si la conocía. Y yo, que llevaba dos días contestando con la verdad a cada pregunta, esta vez mentí.
—No —dije—. No me suena de nada.
Mentí sabiendo lo que esa mentira me iba a costar, y volvería a hacerlo. Es lo único de aquellos días de lo que no me arrepiento.
El interrogador me miró un rato largo, como si pudiera leerme la mentira en la cara, y cerró la carpeta.
—El tribunal militar del sector siete decidirá su caso —dijo, levantándose—. La trasladarán en unos días. Vaya preparando algo mejor que «soy médico», doctora. Catorce familias quieren un nombre, y de momento el único que tengo es el suyo.
Salió y la puerta se cerró con ese golpe metálico que aprendes a odiar más que ningún otro sonido.
Y me quedé sola con mis pensamientos: catorce muertos que no eran míos, un transmisor que yo no había puesto, un nombre que no pensaba dar y varios jueces de uniforme esperándome con la sentencia escrita de antemano.
No lloré. Ya no me quedaba con qué. Lo del hospital me había gastado las lágrimas de una vida entera, y desde entonces me funcionaban mejor el cálculo y la rabia.
Así que medí mis opciones. Y dejé que la rabia hiciera el resto.
Si iban a entregarme a un tribunal que ya me había condenado, por una emboscada que no había provocado, lo último que pensaba hacer era llegar entera y mansa para poner yo misma la cabeza en el tajo.
Lo que no sabía, mientras lo planeaba en aquella celda, era que el oficial al que iban a encargarle mi traslado había perdido en aquella cuneta a catorce hombres suyos.