LA PRISIONERA DEL COMANDANTE Epílogo
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Epílogo

Tardó catorce meses en salir.

Lo conté, los catorce, uno a uno, igual que conté los cincuenta y ocho minutos de aquella primera hora a las puertas del mando de sector.

Resultó que Mara tenía razón hasta en eso: las cosas importantes no se arreglan en una hora, ni en un día.

La cabeza de un coronel tarda en caer, y cuando cae arrastra papeleo, comisiones, tribunales que se reúnen despacio porque a nadie le corre prisa remover lo que huele mal.

Pero cayó. Veiga fue juzgado por traición y por todo lo que el cuaderno de Mara y las cartas demostraban, que era mucho, y no volvió a ver la calle.

Con él cayeron otros, los que le encubrían y los que cobraban a su lado, una limpieza que el general Renau llevaba años queriendo hacer y para la que solo le había faltado una caja de munición escondida en el nicho de un Salas que no existió.

Mi nombre quedó limpio, como Renau prometió.

La espía Valentina Guiroa, condenada por la muerte de catorce hombres, pasó a ser la médico Valentina Guiroa, a la que el propio Mando le debía una hermana, una vida rota y una disculpa que nunca llegó del todo, porque esas disculpas no llegan nunca del todo.

Volví a coser gente. Es lo único que sé hacer y lo único que quería seguir haciendo.

Monté una consulta en un pueblo del norte, lejos del corredor, lejos de Ardena, donde nadie sabía quién había sido yo, y allí esperé.

A Mara la juzgaron también. Cumplió su parte: declaró todo lo que sabía de Veiga, con esa frialdad suya, sin pedir nada a cambio, y con su testimonio hundió a más gente de la que yo habría imaginado.

Eso no la salvó. Era una agente enemiga que había pasado información durante años y mandado matar a un convoy entero; ningún tribunal del Mando iba a perdonarle eso.

Está en una celda, ahora, no muy distinta de la que ella me consiguió a mí.

Fui a verla una vez. No sé muy bien por qué. No nos dijimos casi nada. Pero fui.

La cárcel militar de la que salió Castillo estaba a las afueras de una ciudad gris, detrás de un muro largo con una sola puerta. Una verja, otra vez. Mi vida con aquel hombre parecía empeñada en pasar entera a través de verjas.

Llegué con tiempo de sobra. Aparqué enfrente, en un coche que esta vez no estaba acribillado, y esperé apoyada en el capó, mirando la puerta por la que un día me habían dicho que saldría.

Habían rebajado la condena todo lo que se podía rebajar, por lo que había hecho, por Veiga, por el testimonio de medio mando de sector a su favor.

Lo expulsaron del ejército, eso sí. Le quitaron los galones, el uniforme, los treinta años de carrera que Veiga había usado como escudo y que a Castillo le pesaban como una losa.

Salía sin nada de todo aquello. Salía, por una vez en su vida adulta, siendo solo un hombre.

La puerta se abrió a media mañana. Y salió él, con ropa de civil que le quedaba rara, más delgado, más viejo, con una bolsa pequeña en la mano que contenía todo lo que tenía en el mundo.

Se quedó un momento parado en el umbral, deslumbrado por la luz, buscando, hasta que me vio apoyada en el capó al otro lado de la calle.

No corrimos el uno hacia el otro. No fue esa clase de reencuentro. Cruzó la calle despacio, con la cojera de la pierna vieja que nunca se le fue del todo, y se paró delante de mí, a un palmo, en ese palmo que llevábamos toda la vida sin saber cómo cruzar.

—Has venido —dijo.

—Te dije que iba a estar fuera. —Me encogí de hombros, aunque por dentro no me encogía nada—. Catorce meses, Damián. Llegas tarde para lo de la hora, pero has salido. Técnicamente.

Le tembló la boca. Esta vez se rió de verdad, y yo con él, y la risa nos quitó de encima un poco del peso de tantos meses.

Después se le pasó, y me miró serio.

—Sigo siendo el que entró en Ardena —dijo, en voz baja—. Salir de la cárcel no me lo quita. Nada me lo quita. Si has venido pensando que el tiempo lo iba a arreglar, no lo ha arreglado. No quiero que vengas conmigo a ninguna parte engañada.

—No vengo engañada. —Le cogí la bolsa de la mano, esa bolsa ridícula con toda su vida dentro, y la metí en el coche—.

Sigues siendo el que entró en Ardena. Y sigues siendo el que me sacó de un río y el que me besó las cicatrices sin saber que me las habías hecho tú.

Cuando lo supe, eso me partió. Ahora ya no.

Ahora solo es la verdad, y con la verdad se puede vivir.

Lo que no se puede es vivir esperando a perdonar del todo algo que a lo mejor no se perdona nunca, porque entonces no se vive.

—Cerré la puerta del coche—. Así que no, no te he perdonado lo de Sara.

Y voy contigo igual, Damián, ya te lo dije. Resulta que se puede.

Se quedó mirándome un buen rato en la acera, como un hombre sin uniforme, sin galones, sin nada que lo defendiera ya de mí ni de sí mismo.

—No sé hacer nada que no sea la guerra —dijo al fin, y por una vez había algo parecido al miedo en su voz, el miedo sencillo de un hombre que no sabe qué va a ser de él.

—Bien —contesté, abriéndole la puerta del copiloto—. Yo sé arreglar gente, y siempre me falta un par de manos firmes que aguanten sin marearse. Empezamos por ahí. Las manos las tienes. Lo demás se aprende.

Subió al coche. Arranqué. Y nos fuimos los dos por una carretera por la que, por una vez, no nos perseguía nadie, hacia un pueblo del norte donde una médico tenía una consulta y, desde aquella mañana, un ayudante nuevo con muy mal pulso para la aguja y muy buen pulso para todo lo demás.

No fue un final de los que arreglan las cosas.

Sara seguía muerta. Yo seguía teniendo noches en que lo miraba dormir y veía la puerta de aquel hospital, y otras en que lo miraba dormir y solo lo veía a él.

Y dejé de pelearme con eso. Dejé de exigirme elegir una de las dos noches.

Las tuve las dos, durante años, y resultó que se podía.

De toda la gente del mundo me había tenido que tocar él. El peor elegido. El más imposible. El único.

Y, después de todo lo que costó, no me habría ido a ninguna parte.