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A menudo me ha llamado la atención la ironía de mi vida.
Cómo soy capaz de crear belleza con mis dedos y mis ojos al tiempo que, en todo lo demás, solo soy capaz de generar fealdad y destrucción.
De ahí que mi última acción consista en destruir mis cuadros.
Con el fin de darle a mi vida un poco de coherencia.
Es mejor ser coherente y solo dejar tras de mí suciedad que dar la impresión de ser una persona más compleja de lo que en realidad merezco.
En el fondo, soy bastante simple. Lo único que siempre deseé de verdad era borrar unos meses y sucesos de mi existencia.
No creo que fuera mucho pedir. Pero tal vez me merecía lo que me pasó.
Tal vez me había hecho culpable de algo terrible en una vida anterior, algo por lo que debía pagar en esta.
Y no es que tenga la menor importancia, en realidad.
Pero, en ese caso, habría sido un alivio saber qué estaba pagando.
Os preguntaréis por qué elijo precisamente este momento para dejar una vida que lleva tanto tiempo siendo absurda.
Sí, es una buena pregunta. Pero ¿por qué hace uno las cosas en un momento determinado y no en otro?
¿Acaso quería a Alex hasta tal punto que la vida perdió su único sentido?
Esa será, sin duda, una de las explicaciones a las que recurriréis.
Pero, si he de ser sincero, no lo sé. La idea de la muerte ha sido una compañera con la que he convivido mucho tiempo, aunque hasta ahora no me había sentido preparado.
Tal vez la muerte de Alex haya hecho posible mi liberación.
Ella siempre fue un ser inalcanzable, un ser en cuya superficie resultaba imposible provocar el menor rasguño.
El hecho de que ella pudiera ser víctima de la muerte me abrió de pronto la posibilidad de optar por la misma vía.
Llevaba ya mucho tiempo listo para partir; solo tenía que subirme al tren.
Mamá, perdóname. Anders
Jamás había logrado deshacerse de la costumbre de levantarse temprano, o a medianoche, como dirían algunos.
Lo que, en este caso, le resultó muy útil.
Svea no reaccionaba cuando él se levantaba a las cuatro de la mañana, pero, por si acaso, bajó la escalera sin hacer ruido, con la ropa en la mano.
Eilert se vistió en silencio en la sala de estar antes de sacar la maleta que había escondido en el fondo de la despensa.
Llevaba meses planeando aquello y no había dejado nada al azar.
Hoy era el primer día del resto de su vida.
El coche arrancó al primer intento, pese al frío, y a las cuatro y veinte de la mañana dejó la casa en la que había vivido durante cincuenta años.
Atravesó una Fjällbacka dormida, pero no pisó el acelerador hasta que no hubo dejado atrás el viejo molino, antes de girar en dirección a Dingle.
Poco más de doscientos kilómetros lo separaban de Gotemburgo y del aeropuerto de Landvetter, así que podía tomárselo con calma.
El avión rumbo a España no salía hasta las ocho de la mañana.
Por fin podría vivir su vida como quisiera.
Llevaba planeándolo mucho tiempo, varios años.
Cada año que pasaba le pesaban más los achaques y la frustración que le producía la vida con Svea.
Eilert pensaba que merecía algo mejor. A través de internet había encontrado una pequeña pensión en un pueblecito de la Costa del Sol española.
A cierta distancia de las playas y la zona turística, así que el precio era asequible.
Se había comunicado con ellos por correo electrónico para cerciorarse de que podía vivir allí todo el año; de este modo, la propietaria le haría un precio aún mejor.
Le había llevado mucho tiempo reunir el dinero bajo la estrecha vigilancia que Svea ejercía sobre lo que hacía o dejaba de hacer, pero lo había conseguido.
Contaba con que podría arreglárselas con los ahorros durante un par de años si vivía sin grandes excesos, y después no le quedaría más remedio que encontrar una solución.
En aquellos momentos, nada podía poner freno a su entusiasmo.
Por primera vez en cincuenta años se sentía libre, e incluso se sorprendió a sí mismo pisando el acelerador del viejo Volvo más de la cuenta de pura alegría.
Dejaría el coche en el aparcamiento de larga estancia del aeropuerto; Svea se enteraría en su momento de dónde estaba.
No es que eso tuviera la menor importancia.
Ella jamás se había molestado en sacarse el permiso de conducir, sino que lo usaba a él de chófer gratuito cada vez que necesitaba ir a algún sitio.
Lo único que le daba un poco de cargo de conciencia eran los hijos.
Por otro lado, siempre habían sido más hijos de Svea y, aunque le pesara reconocerlo, se habían vuelto tan mezquinos y cerrados como ella, lo cual era en parte, a buen seguro, responsabilidad suya, pues él siempre trabajó de sol a sol e hizo lo posible por encontrar excusas para estar fuera a todas horas.
En cualquier caso, tenía pensado enviarles una postal desde Landvetter para explicarles que se iba por voluntad propia y que no tenían que preocuparse por él.
Tampoco quería que pusieran en marcha ninguna investigación policial para encontrarlo, claro.
Las carreteras estaban desiertas a aquellas horas de la noche y ni siquiera puso la radio para poder disfrutar del silencio. A partir de ahora, empezaba la verdadera vida.
—Es que me cuesta comprender que Vera matase a Alex para evitar que esta hablara acerca de los abusos de que tanto ella como Anders fueron víctimas hace veinticinco años.
Erica reflexionaba mientras hacía girar la copa de vino entre las manos.
—No debes menospreciar la necesidad de no destacarse en un pueblo tan pequeño como este.
Si la vieja historia de los abusos hubiera salido a la luz, la gente tendría una razón más para señalar con el dedo a los implicados.
En cambio, no la creí cuando me dijo que lo hizo por el bien de Anders.
Tal vez tiene razón y Anders tampoco quería que se supiera lo que les había ocurrido, pero creo que era más bien ella misma la que no podía soportar la idea de que la gente murmurase a sus espaldas si llegaba a saberse no solo que Anders sufrió abusos sexuales de niño, sino que ella no hizo nada al respecto e incluso ayudó a acallar lo ocurrido.
Creo que no podía soportar esa vergüenza.
Mató a Alex en un arrebato cuando comprendió que no podría convencerla.
Tuvo un impulso y lo siguió de forma fría y programática.
—¿Y cómo se lo ha tomado ahora que la han descubierto?
—Con una calma sorprendente. Creo que para ella fue un alivio increíble saber que Anders no era el padre del niño; es decir, que ella no había asesinado a su nieto.
Después de eso, da la sensación de que no le importa lo que le suceda.
Y, en realidad, ¿por qué iba a preocuparse?
Su hijo está muerto, no tiene amigos ni parientes, no tiene una vida por la que luchar.
Todo se ha descubierto y no tiene nada que perder.
Tan solo su libertad, que no parece importarle demasiado en estos momentos.
Estaban en casa de Patrik y compartían una botella de vino después de la cena.
Erica disfrutaba de la tranquilidad y el silencio.
Le encantaba tener a Anna y a los niños en casa, pero en días como aquel el barullo le resultaba insoportable.
Patrik se había pasado la jornada en la sala de interrogatorios, pero, cuando terminó, fue a recogerla.
Ella lo esperaba con una pequeña maleta y ahora estaban los dos acurrucados en el sofá como un par de ancianos.
Erica cerró los ojos. Aquel instante se le antojaba maravilloso y terrible a la vez.
Todo era tan perfecto... Pero ella no podía evitar pensar que, precisamente por eso, lo que estaba por venir solo podía resultar peor.
No quería ni imaginarse lo que sucedería si volvía a marcharse a Estocolmo.
Anna y ella habían tocado el tema de la casa muy por encima durante varios días, pero, como por un acuerdo tácito, habían decidido no abordar de lleno el asunto por ahora.
Erica tampoco creía que Anna estuviera en condiciones de adoptar ninguna decisión, así que resolvió dejarlo para más adelante.
Era mucho mejor no pensar en el día de mañana e intentar disfrutar del instante tanto como fuera posible.
Se obligó a relegar tan sombríos pensamientos.
—Hoy he estado hablando con la editorial. Sobre el libro de Alex.
—¡No me digas! ¿Y qué dicen?
La expectación que reflejaban los ojos de Patrik la llenó de satisfacción.
—Les pareció una idea brillante y querían que les enviara cuanto antes el material de que ya dispongo.
Aún tengo que terminar el libro sobre Selma Lagerlöf, pero me han concedido otro mes, así que me he comprometido a tenerlo listo para septiembre.
Y creo que podré simultanearlos. Al menos, hasta ahora, ha funcionado más o menos.
—¿Qué opina la editorial sobre el aspecto legal, si la familia de Alex te denunciara?
—La ley de libertad de publicación es bastante explícita.
Tengo derecho a escribir sobre ello, incluso sin su consentimiento, aunque ni que decir tiene que espero que me presten su apoyo en cuanto sepan en qué consiste el proyecto y cómo he pensado configurar el libro.
Desde luego, no quiero escribir un libro sensacionalista sin sustancia: lo que quiero es escribir sobre lo que sucedió y sobre quién fue Alex en realidad.
—¿Y qué hay del mercado? ¿Te dijeron si, en su opinión, un libro de ese tipo despertará el interés del público?
Los ojos de Patrik brillaban de entusiasmo y Erica se alegraba de que se interesara así por ella. Él sabía cuánto significaba aquel libro para Erica y por eso le concedía al tema tanta importancia.