La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 5 #8
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—En fin, no es exactamente como lo pintas. En realidad, ha estado casado entretanto, pero su mujer lo dejó hace un año más o menos y ahora está separado y vive en Tanumshede.

—¿A qué se dedica? No me digas que es obrero, que entonces me muero de envidia. Yo que siempre he soñado con acostarme con un obrero de verdad.

Con un gesto infantil, Erica le sacó la lengua a Anna, que respondió enseñando la suya.

—No, no es un obrero. Es policía, por si te interesa.

—Vaya, policía. Un hombre con pistola, en otras palabras. Bueno, eso tampoco está nada mal...

Erica casi había olvidado lo chinchosa que podía llegar a ser su hermana y movió la cabeza con resignación mientras servía dos tazas de café.

Anna se sentía en casa. Fue al frigorífico, sacó el cartón de leche y puso un chorrito en su taza y otro en la de Erica.

Ya se le había borrado de la cara esa sonrisa burlona, y Erica comprendió que había llegado el momento de explicar el porqué de su repentina visita a Fjällbacka.

—Bueno, mi cuento de hadas ha terminado. Definitivamente. Claro que ya estaba acabado hacía muchos años, pero no lo he comprendido hasta ahora.

En este punto, guardó silencio mirando con tristeza el fondo de su taza.

—Sé que nunca te gustó Lucas, pero yo lo quería de verdad.

De alguna forma racionalicé el hecho de que me pegara; siempre me pedía perdón después y me demostraba que me quería.

Al menos antes lo hacía. No sé cómo logré convencerme a mí misma de que era culpa mía, de que, si conseguía ser mejor esposa, mejor amante, mejor madre, no tendría que pegarme más.

Anna respondía a las preguntas mudas de Erica.

—Sí, ya sé que suena absurdo, pero era una experta en engañarme a mí misma. Y luego, claro, era buen padre con Emma y Adrian y, a mis ojos, eso constituía una buena excusa. No podía dejar a los niños sin su padre.

—Pero ha pasado algo, ¿no?

Erica intentó animar a Anna a seguir adelante, consciente de lo difícil que parecía resultarle continuar. De hecho, se veía herida en su orgullo. Anna había sido siempre una persona muy orgullosa y le costaba reconocer sus errores.

—Sí, ha pasado algo. Ayer noche empezó a pegarme, como siempre. A decir verdad, cada vez con más frecuencia últimamente. Pero ayer...

Se le quebró la voz y tragó saliva un par de veces para contener el llanto.

—Ayer atacó a Emma. Estaba fuera de sí y Emma apareció de pronto, en medio de la pelea, y él no pudo contenerse.

Anna volvió a reprimir las lágrimas.

—Fuimos a urgencias, donde comprobaron que tenía una fisura en el brazo.

—Y Lucas fue denunciado a la policía, supongo.

Erica sintió cómo la rabia le hacía un nudo en el estómago, un nudo que no paraba de crecer.

—No —respondió Anna con un hilo de voz apenas audible, mientras las lágrimas empezaban a rodarle por las mejillas—. No, dijimos que se había caído por la escalera.

—¡Por Dios, Anna! ¿Y de verdad os creyeron?

Anna sonrió con amargura.

—Bueno, ya sabes lo encantador que puede ser Lucas. Se ganó al médico y a la enfermera de un plumazo. Al final, casi les daba tanta pena él como Emma.

—Pero, Anna, tienes que denunciarlo. No puedes permitir que quede impune.

Erica miraba a su hermana, que no dejaba de llorar. La compasión y la rabia se debatían con la misma pujanza. Anna se derrumbaba amilanada delante de ella.

—Yo misma me encargaré de que no vuelva a ocurrir.

Fingí que escuchaba sus disculpas y, después, preparé el equipaje y lo metí en el coche para salir en cuanto se marchó al trabajo.

Y no pienso volver. Lucas no volverá a hacerles daño a los niños.

Si lo hubiera denunciado, habrían llamado a Asuntos Sociales y nos habrían quitado los niños a los dos.

—Pero Lucas no va a conformarse sin protestar con que tú te quedes con los niños, Anna. Sin una denuncia y una investigación, ¿cómo conseguirás la custodia y la patria potestad exclusivas?

—No lo sé, Erica, no lo sé. Y no tengo fuerzas para pensar en ello ahora mismo. Tenía que marcharme lejos de él. El resto ya se solucionará. No me culpes, por favor.

Erica dejó la taza sobre la mesa, se levantó y fue a abrazar a su hermana.

Le acarició el pelo mientras la calmaba.

La dejó llorar tranquilamente sobre su hombro, hasta que sintió que se le mojaba el jersey.

Entretanto, su odio hacia Lucas crecía sin cesar.

Nada le gustaría más que arrearle un buen puñetazo.

Birgit oteaba la calle oculta tras la cortina.

Karl-Erik comprendió lo nerviosa que estaba, a juzgar por la postura tensa de los hombros.

Desde la llamada del agente de policía, no había dejado de dar vueltas de un lado a otro de la casa.

Él, en cambio, se sentía tranquilo por primera vez en mucho tiempo.

Karl-Erik pensaba darle al policía todas las respuestas, si él formulaba las preguntas adecuadas.

Los secretos lo habían calcinado por dentro durante tantos años...

Para Birgit había sido más fácil, en cierto modo.

Su forma de enfrentarse a la situación había consistido en negar que aquello hubiera ocurrido.

Se negaba a hablar de ello y seguía mariposeando por la vida como si nada hubiera sucedido.

Pero todo había sucedido. Y no había pasado un solo día sin que él pensara en ello, y cada vez sentía la carga más pesada de llevar.

Sabía que Birgit parecía la más fuerte de los dos.

En todos los eventos sociales, ella lucía como una estrella mientras él era el personaje gris, un ser invisible a su lado.

Ella, con esos vestidos tan elegantes y esas joyas magníficas y ese maquillaje a modo de escudo.

Luego, cuando llegaban a casa tras otra animada noche de glamur y ella se quitaba su armadura, era como si se hundiera de repente, quedándose en nada.

Lo único que persistía entonces era una niña temblorosa e insegura que se aferraba a él buscando apoyo.

Durante todos los años que llevaban de matrimonio, él se había debatido entre los diversos sentimientos que le inspiraba su mujer.

Su belleza y su fragilidad despertaban en él sentimientos de ternura y un claro instinto protector, lo hacían sentirse como un hombre; pero su rechazo a enfrentarse cara a cara a los aspectos más difíciles de la vida lo irritaban a veces hasta sacarlo de quicio.

Lo que más lo indignaba era la certeza de que, en el fondo, Birgit no era una necia, pero le habían inculcado que, costara lo que costara, la mujer debía ocultar su inteligencia y emplear su energía en aparecer bonita y necesitada.

En complacer. De recién casados esto no le llamó la atención, pues era lo normal en aquella época.

Pero los tiempos habían cambiado e imponían exigencias muy distintas tanto a hombres como a mujeres.

Él supo adaptarse, pero no su mujer. Por ese motivo, aquel sería un día terrible para ella.

Karl-Erik sospechaba que, en el fondo, ella sabía lo que pensaba hacer.

De ahí que se hubiera pasado casi dos horas deambulando nerviosa por la casa.

Pero Karl-Erik tenía la certeza de que Birgit no le permitiría ventilar los secretos familiares sin oponer resistencia.

—¿Por qué ha tenido que venir Henrik?

Birgit se lo preguntó angustiada, mirándolo sin dejar de retorcerse las manos.

—El policía quería hablar con la familia. Y Henrik pertenece a la familia, ¿no?

—Sí, bueno, es que me parece innecesario mezclarlo a él en esto. Ese agente no querrá más que hacernos algunas preguntas generales, y obligarlo a venir aquí por algo así... En fin, que me parece innecesario.

El tono de su voz subía y bajaba para ocultar las preguntas no formuladas. La conocía tan bien...

—Ya está aquí.

Birgit se apartó rauda de la ventana. Al cabo de un rato, llamaron a la puerta. Karl-Erik respiró hondo antes de ir a abrir, mientras Birgit se retiraba a la sala de estar, donde Henrik aguardaba sentado en el sofá, sumido en sus pensamientos.

—Hola, soy Patrik Hedström.

—Karl-Erik Carlgren.

Se estrecharon la mano y Karl-Erik calculó que el policía tendría más o menos la edad de Alex. Últimamente lo hacía a menudo. Consideraba a las personas en relación con Alex.

—Pasa. Podemos sentarnos a hablar en la sala de estar.

Patrik se sorprendió al ver a Henrik, pero se recobró enseguida y fue a saludar a Birgit y también al yerno. Una vez se hubieron sentado todos en torno a la mesa, siguieron unos minutos de tenso silencio, hasta que Patrik tomó la palabra.

—Bueno, esto ha sido un tanto precipitado, así que os agradezco que hayáis aceptado recibirme con tan poco margen.

—Pues nos preguntábamos si habría pasado algo, si habría habido alguna novedad. Llevamos ya tiempo sin recibir noticias y...

Birgit dejó la frase inconclusa y miró a Patrik esperanzada.

—Vamos lentos, pero seguros. Eso es lo único que puedo decir por ahora. El asesinato de Anders Nilsson le ha dado otro giro al asunto.

—Sí, claro. ¿Sabéis ya si se trata de la misma persona que asesinó a nuestra hija?

El ritmo frenético y nervioso del parloteo de Birgit hizo que Karl-Erik contuviera el impulso de cogerle la mano para calmarla. Hoy tenía que resistir la tentación de adoptar ese papel protector que tan bien desempeñaba.

Por un instante, se permitió incluso dejarse llevar con el pensamiento lejos del presente, a un tiempo que ahora se le antojaba muy lejano.

Miró a su alrededor y vio la sala de estar con cierta aversión.

Con qué facilidad habían caído en la tentación; casi se percibía el aroma a un dinero manchado de sangre.

La casa de Kålltorp era mucho más de lo que jamás se habían atrevido a soñar siquiera cuando las niñas eran pequeñas.

Era grande, amplia, conservaba los detalles de los años treinta, y se habían podido permitir todo tipo de comodidades.

Con el salario del trabajo en Gotemburgo, lo habían conseguido todo.