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La habitación en la que se encontraban era la más grande de la casa.
Demasiado abigarrada de muebles y adornos para su gusto, pero Birgit tenía una incontenible predilección por los objetos brillantes y luminosos y todo era prácticamente nuevo.
Cada tres años, más o menos, empezaba a quejarse de que el mobiliario estaba ya estropeado y de lo harta que estaba de lo que tenían en casa y, tras varias semanas de miradas suplicantes, él acababa cediendo y abriendo la cartera.
Era como si, al tenerlo todo siempre nuevo, Birgit pudiera reinventarse a sí misma y su existencia constantemente.
Ahora se encontraba en su período Laura Ashley, por lo que la habitación estaba repleta de flores y lazos de una feminidad sofocante.
Aunque bien sabía él que solo tendría que aguantarlo un par de años más; si tenía suerte, Birgit se inclinaría por los sillones Chesterfield y los motivos de cetrería ingleses.
Claro que, de lo contrario, el próximo cambio le llenaría la casa de motivos de fieras salvajes.
Patrik se aclaró la garganta.
—El caso es que tengo algunos interrogantes que quisiera me ayudaran a aclarar.
Nadie hizo el menor comentario, así que Patrik prosiguió.
—¿Saben cómo se conocieron Alex y Anders Nilsson?
Henrik quedó desconcertado y Karl-Erik comprendió que él no sabía nada. Le dolía por él, pero no podía hacer nada por ayudarle.
—Estaban en la misma clase, pero de eso hace ya muchos años.
Birgit se retorcía nerviosamente las manos, sentada en el sofá, junto a su yerno, que intervino entonces:
—Su nombre me resulta familiar. ¿No tenía Alex unos cuadros suyos en la galería?
Patrik asintió y Henrik prosiguió:
—No lo entiendo, ¿insinúa que había entre ellos otro tipo de relación? ¿Qué razón tendría nadie para querer asesinar a mi mujer y a uno de sus artistas?
—Eso es lo que intentamos averiguar.
Patrik vaciló antes de proseguir.
—Por desgracia, también hemos podido constatar que mantenían una relación amorosa.
En medio del silencio que se hizo entonces, Karl-Erik detectó la avalancha de sentimientos que reflejaban las caras que tenía delante, la de Birgit, la de Henrik.
Él no experimentó más que cierto asombro, que remitió enseguida en beneficio de la certeza de que lo que el policía acababa de decirles era verdad.
Teniendo en cuenta las circunstancias, era lógico.
Birgit se tapó la boca con la mano, horrorizada ante la noticia, mientras la cara de Henrik perdía el color. Karl-Erik observó que Patrik Hedström no disfrutaba lo más mínimo en su papel de mensajero de malas noticias.
—No puede ser verdad.
Birgit miró indecisa a su alrededor buscando la connivencia de su marido y su yerno, pero fue en vano.
—¿Por qué razón iba a liarse nuestra Alex con un tipo como ese?
Miraba suplicante a Karl-Erik, pero este se negaba a corresponderla y mantenía la cabeza baja. Henrik no dijo nada, pero daba la impresión de haber quedado hundido.
—¿No saben si siguieron manteniendo el contacto después del traslado?
—No, no creo. Alex cortó de raíz todos los lazos cuando nos fuimos de Fjällbacka.
Una vez más fue Birgit quien respondió. Henrik y Karl-Erik, en cambio, seguían sin pronunciar palabra.
—Tengo otra pregunta que hacerles. Ustedes se mudaron en mitad del semestre, cuando Alex estaba en sexto. ¿Por qué? Además, casi de improviso.
—Yo no veo que sea tan extraño. A Karl-Erik le hicieron una oferta laboral magnífica que no podía rechazar. Tuvo que decidirse rápido porque necesitaban cubrir el puesto de inmediato. Por eso fue todo tan precipitado.
Birgit no dejaba de frotarse las manos mientras hablaba.
—Pero no matricularon a Alex en ninguna escuela de Gotemburgo, ¿no? Sino que empezó a estudiar en un internado en Suiza. ¿Por qué?
—Con el nuevo trabajo de Karl-Erik, nuestra situación económica cambió por completo y quisimos darle a Alex las mejores posibilidades a nuestro alcance —explicó Birgit.
—Ya, ¿y no había buenos colegios en Gotemburgo?
Patrik martilleaba implacable con sus preguntas y Karl-Erik no pudo por menos que admirar su interés y dedicación. También él fue joven y entusiasta un día. Ahora era un hombre cansado.
Birgit volvió a tomar la iniciativa:
—Claro que los había, pero se puede usted imaginar la red de contactos que podía adquirir en un internado como aquel. Incluso había un par de príncipes y, claro, figúrese lanzarse a la vida adulta con semejantes conocidos.
—¿Ustedes fueron con ella a Suiza?
—Sí, claro, nosotros la matriculamos y esas cosas, si es a eso a lo que se refiere. Por supuesto que sí.
—Bueno, no me refería exactamente a eso.
Patrik ojeó su bloc de notas para refrescarse la memoria.
—Alexandra dejó la escuela de Fjällbacka a mediados del segundo semestre del 77. Y se matriculó en el internado en el segundo semestre del 78, que fue también cuando Karl-Erik empezó a trabajar aquí en Gotemburgo. Así que mi pregunta es: ¿dónde estuvieron durante ese año?
Con el entrecejo fruncido, Henrik miraba extrañado, ya a Birgit, ya a Karl-Erik. Ambos lo evitaron, no obstante, aunque Karl-Erik sintió un sordo y creciente dolor en el corazón.
—No entiendo adónde quiere ir a parar con estas preguntas.
¿Qué tiene que ver si nos mudamos en el 77 o en el 78?
Nuestra hija está muerta y viene a interrogarnos como si nosotros fuésemos los culpables.
Debe de haberse producido algún error en alguna parte.
Alguien que anotó mal en un registro, eso debe de ser.
Nos vinimos aquí la primavera del 77, cuando Alexandra empezó en el internado en Suiza.
Patrik miraba consternado a Birgit, que parecía cada vez más alterada.
—Lo siento, señora Carlgren, siento causarles tantas molestias.
Sé que están pasando por momentos muy difíciles, pero es mi deber hacerles estas preguntas.
Y la información que tengo es correcta. Ustedes no se mudaron aquí hasta la primavera de 1978 y, de todo el año anterior, no hay un solo dato que certifique que vivían en Suecia.
De modo que tengo que preguntar de nuevo: ¿dónde estuvieron ustedes entre la primavera del 77 y la primavera del 78?
Con la desesperación en la cara, Birgit buscó apoyo en Karl-Erik, pero él sabía que ya no podía prestarle la ayuda que ella necesitaba.
Tenía el convencimiento de que lo que iba a hacer sería, a la larga, lo mejor para la familia.
Pero también sabía que, a corto plazo, podría destrozar a Birgit.
Pese a todo, no había elección. Miró apesadumbrado a su mujer y se aclaró la garganta.
—Estuvimos en Suiza, mi mujer, Alex y yo.
—¡Calla, Karl-Erik! ¡No digas más!
Pero él no la escuchó.
—Estuvimos en Suiza porque nuestra hija de doce años estaba embarazada.
Sin sorprenderse lo más mínimo, vio cómo Patrik Hedström, estupefacto ante su respuesta, dejaba caer el lápiz de entre los dedos. Por mucho que el agente se lo hubiera imaginado, por mucho que hubiera sospechado, no era lo mismo oírlo decir en voz alta. ¿Cómo iba nadie a imaginar tal crueldad?
—Abusaron de mi hija, la violaron. Y era solo una niña.
Sintió que se le quebraba la voz y se apretó el puño contra los labios para infundirse valor. Tras un instante, pudo continuar. Birgit se negaba a mirarlo siquiera, pero ya no había vuelta atrás.
—Notamos que algo no andaba bien, pero no sabíamos qué.
Era una niña que siempre andaba feliz, se sentía segura.
Pero en algún momento, a principios del sexto curso, empezó a cambiar.
Se volvió taciturna e introvertida. Sus amigas dejaron de venir a casa y podía estar fuera durante horas sin que nosotros supiéramos dónde.
No nos lo tomamos demasiado en serio, creímos que serían cosas de la edad, que estaba atravesando un estadio preadolescente, tal vez, qué sé yo.
Tuvo que pararse para aclararse la garganta de nuevo. El dolor del pecho crecía sin cesar.
—Y hasta que no estuvo de cuatro meses, no nos dimos cuenta de que estaba embarazada. Tendríamos que haber detectado antes algún indicio, pero quién iba a creer... Ni siquiera podíamos imaginar tal cosa...
—Karl-Erik, por favor.
La cara de Birgit parecía una máscara cenicienta.
Henrik estaba como anestesiado, como si no pudiera dar crédito a lo que estaba oyendo.
Y seguro que no podía. Incluso a Karl-Erik le sonaba increíble al oírse a sí mismo decirlo en voz alta.
Aquellas palabras habían estado corroyéndole las entrañas durante veinticinco años.
Por Birgit había contenido su necesidad de dejarlas salir de su boca; pero ahora, las palabras brotaban solas, sin freno.
—Para nosotros el aborto era impensable.
Ni siquiera en tales circunstancias. Tampoco le dimos a Alex la posibilidad de elegir.
Nunca le preguntamos cómo se sentía ni lo que quería.
Erradicamos el suceso con silencio, la sacamos del colegio, nos fuimos al extranjero y nos quedamos allí hasta que tuvo el bebé.
Nadie debía enterarse. Porque ¿qué iba a decir la gente?
Oyó la amargura que rezumaban sus últimas palabras.
Eso era lo más importante. Más incluso que la felicidad y el bienestar de su hija.
Ni siquiera podía culpar totalmente a Birgit de aquella elección.
Claro que ella era la que más se preocupaba de cómo los veía la gente, pero, tras años de examen de conciencia, se vio obligado a reconocer que él le permitió actuar así a causa de su propio deseo de mantener limpia la fachada.
Sintió ardor de estómago, volvió a tragar saliva y reanudó su relato:
—Cuando nació el bebé, la matriculamos en el internado, regresamos a Gotemburgo y continuamos con nuestras vidas.