5 #7
Patrik decidió que tenía que hablar con los padres de Alex. Si las sospechas que empezaban a fraguarse en su mente eran ciertas, ellos tenían las respuestas decisivas, las que le permitirían unir las piezas que él ya creía entrever.
Metió el bloc y el trozo de piel en sendas bolsas de plástico y echó un último vistazo a la sala de estar antes de salir.
De nuevo vio la imagen del cuerpo pálido y escuálido de Anders balanceándose de un lado a otro y se prometió a sí mismo que llegaría hasta el fondo de lo que llevó a Anders a terminar sus tristes días colgado de una cuerda.
Si el cuadro que empezaba a recrear en su mente se correspondía con la verdad, se trataba de una tragedia que escapaba a la razón.
Y, desde lo más hondo de su alma, esperaba estar equivocado.
Patrik buscó el nombre de Gösta en la agenda y marcó el número de su extensión en la comisaría. Lo más probable era que su llamada interrumpiera una ronda de solitario.
—Hola, soy Patrik.
—Hola, Patrik.
La voz de Gösta denotaba el cansancio habitual en él. El hastío y el abatimiento habían terminado por conferirle un aspecto de permanente cansancio interior y exterior.
—Oye, ¿has concertado ya la visita a Gotemburgo, a la casa de los Carlgren?
—No, no me ha dado tiempo. He tenido muchas otras cosas de las que encargarme.
Gösta estaba en guardia, como a la defensiva ante la pregunta de Patrik, preocupado ante la idea de que lo criticaran por no haberse encargado aún de su cometido.
Simplemente, no había tenido fuerzas para ponerse a pensarlo siquiera.
Se le antojaba un imposible coger el auricular y marcar el número; sentarse en el coche y ponerse en marcha rumbo a Gotemburgo, una tarea inabordable.
—¿Te importaría que me encargara yo?
Patrik tenía el convencimiento de que se trataba de una pregunta retórica. Era consciente de que Gösta se sentiría inmensamente feliz al verse liberado del encargo. Y, en efecto, Gösta le respondió con renovada energía en la voz:
—¡No, por supuesto que no! Si tú quieres hacerlo, por mí no hay inconveniente. Yo tengo tantas cosas que hacer que no creo que me dé tiempo de todos modos.
Ambos eran conscientes de que estaban representando una escena, pero bien consolidada desde hacía años, por lo que funcionaba a la perfección entre ellos. Patrik podía hacer lo que quisiera y Gösta, a su vez, podía volver a su juego de ordenador con la tranquilidad de que él haría su trabajo.
—¿Podrías darme su número de teléfono y así los llamo ahora mismo?
—Claro que sí, aquí lo tengo. A ver...
Gösta le leyó el número.
Patrik lo anotó en el bloc que siempre llevaba sobre el salpicadero del coche.
Le dio las gracias a Gösta y colgó antes de marcar el número de los Carlgren.
Rogó que estuvieran en casa y tuvo suerte.
Karl-Erik respondió al tercer tono. Cuando Patrik le explicó el motivo de su llamada lo oyó vacilar, pero después le dijo que podía ir a hacerles las preguntas que necesitara.
Karl-Erik intentó averiguar de qué tipo de preguntas se trataba, pero Patrik evitó responder y le dijo que había algunos interrogantes que esperaba que ellos pudieran aclarar.
Salió marcha atrás del aparcamiento de la urbanización y tomó primero a la derecha y luego a la izquierda en el siguiente cruce para coger la carretera que lo conduciría a Gotemburgo.
El primer tramo era bastante pesado, una serpenteante carretera comarcal que discurría bosque a través.
Pero, tan pronto como entró en la autopista, todo fue más rápido.
Dejó atrás Dingle, luego Munkedal, y cuando llegó a Uddevalla, lo tranquilizó pensar que ya había recorrido la mitad del camino.
Como siempre que conducía, llevaba la música a todo volumen.
Conducir siempre lo relajaba. Se detuvo ante la gran casa de color azul claro de Kålltorp para recobrar fuerzas.
Si sus sospechas eran ciertas, destrozaría el idilio familiar.
Pero en eso consistía el trabajo a veces.
Un coche se había detenido ante su casa.
No lo veía, pero oyó el ruido de las ruedas en la gravilla.
Erica abrió la puerta y echó una ojeada.
Al ver quién era, se quedó boquiabierta.
Anna la saludó con gesto cansado antes de abrir las puertas traseras para sacar a los niños de las sillitas.
Erica se puso un par de zuecos y salió a ayudarle.
Anna no le había avisado de que iba a visitarla y se preguntaba qué habría ocurrido.
El abrigo negro de su hermana realzaba su palidez.
Bajó a Emma mientras Erica le quitaba el cinturón a Adrian antes de cogerlo en brazos.
Adrian le agradeció su ayuda con una enorme sonrisa desdentada a la que ella correspondió con la misma moneda.
Después miró inquisitiva a su hermana, pero ella le indicó con un gesto que no preguntara.
Erica conocía a Anna lo suficiente para saber que ella misma se lo diría todo en el momento oportuno: no conseguiría sacarle nada antes.
—Vaya, ¡qué visita más agradable! Así que se os ha ocurrido venir a visitar a vuestra tía, ¿eh?
Erica parloteaba sonriéndole al bebé que tenía en brazos y miró a su alrededor buscando a Emma para saludarla también.
Emma siempre había tenido predilección por ella, pero en esta ocasión la pequeña no respondió a su sonrisa, sino que, mirando a Erica con suspicacia, se aferró al abrigo de su madre.
Erica entró en la casa con Adrian y Anna la siguió con Emma de una mano y una pequeña maleta en la otra. Erica vio con sorpresa que el maletero estaba repleto, pero hizo un esfuerzo por no preguntar.
Con mano torpe e inexperta, fue quitándole a Adrian la ropa de abrigo, en tanto que Anna, haciendo gala de mayor soltura, hacía lo propio con Emma.
Y entonces Erica se dio cuenta de que Emma tenía un brazo escayolado hasta el codo.
Alarmada, miró a Anna, que, una vez más y de modo casi imperceptible, negó con un gesto para evitar que preguntara.
Emma seguía mirándola con grandes ojos tristes sin despegarse de Anna ni un instante.
Además, la pequeña se chupaba el pulgar, lo que venía a confirmarle a Erica que había sucedido algo grave, pues, en efecto, hacía ya un año que Anna le había contado que habían conseguido que Emma abandonara esa costumbre.
Con el cálido cuerpecito de Adrian bien sujeto a su regazo, Erica entró en la sala de estar y se sentó en el sofá con el pequeño sobre las rodillas.
Adrian la miraba encantado, sonriendo entrecortadamente, como incapaz de resolver si romper a reír o no.
Era tan lindo que a Erica le entraban ganas de comérselo como si fuera un pastelillo.
—¿Qué tal el viaje?
Erica no sabía qué decir y pensó que las preguntas convencionales funcionarían bien hasta que Anna decidiera contarle qué estaba pasando.
—Bueno, el camino es bastante malo. Vinimos por Dalsland. Emma se mareó en los tramos con más curvas, así que tuvimos que parar dos veces hasta que se le pasó.
—¡Vaya, pobre Emma! —dijo Erica en un intento de acercamiento a la pequeña.
Emma asintió, pero seguía con la mirada sombría y no se apartaba de su madre.
—Creo que deberíais dormir un rato, Emma. ¿Qué te parece? No habéis echado una sola cabezada durante el viaje, así que debéis de estar muy cansados.
Emma aceptó la propuesta con otro gesto y, para corroborarla, empezó a frotarse los ojos con la mano sana.
—Erica, ¿puedo acostarlos arriba?
—Por supuesto. Que se acuesten en el dormitorio de papá y mamá. Yo estoy durmiendo allí, así que la cama está hecha.
Anna cogió a Adrian de los brazos de Erica, que, con gran satisfacción, vio cómo el pequeño empezaba a protestar al verse apartado de una señora tan simpática.
—Mamá, mi manta —recordó Emma cuando ya estaban a mitad de la escalera. Anna bajó por la pequeña bolsa de viaje que había dejado en el vestíbulo.
—¿Te ayudo?
—Qué va, estoy acostumbrada.
Su hermana acompañó esas palabras de una media sonrisa que denotaba amargura y que a Erica le costó interpretar.
Mientras Anna acostaba a los niños, ella puso otra cafetera.
Se preguntó cuántas jarras se había bebido últimamente.
Su estómago no tardaría en empezar a protestar.
De repente, se quedó paralizada con la mano sujetando la cucharilla del café sobre el filtro.
Mierda. La ropa de Patrik estaba esparcida por toda la habitación y, o Anna era una tonta, o sacaría la conclusión inevitable.
La sonrisa burlona de Anna al bajar la escalera poco después lo confirmó.
—Bueeeno, hermanita. ¿Qué es lo que tienes que contarme? ¿Quién es ese hombre al que tanto le cuesta doblar su ropa como es debido?
Erica no pudo evitar sonrojarse.
—Pues bueno, verás, todo ha ido tan rápido, ¿sabes?
Se oyó a sí misma balbucir mientras Anna parecía estar disfrutando de lo lindo. Por un instante, se atenuaron las arrugas de cansancio, y Erica volvió a ver a su hermana como la que siempre había sido antes de que conociera a Lucas.
—A ver, dime quién es. Deja de tartamudear y dale a tu hermana pequeña todo tipo de suculentos detalles. Puedes empezar por decirme su nombre, por ejemplo. ¿Lo conozco?
—Pues sí, lo conoces. No sé si te acordarás de Patrik Hedström...
Anna lanzó un silbido y se dio una palmada en la frente.
—¡Patrik! ¡Claro que me acuerdo de él! Siempre andaba pegado a ti como un perrillo faldero con la lengua fuera. O sea, que por fin lo ha conseguido...
—Ya, bueno, yo sabía que le gustaba, pero no sabía cuánto...
—¡Por Dios! ¡Debías de estar ciega! Estaba enamorado de ti hasta los huesos. ¡Dios, qué romántico! Es decir, que lleva años suspirando por ti y ahora, por fin, tú lo has mirado a los ojos y has encontrado el gran amor de tu vida.
Anna se llevó la mano al corazón en gesto dramático y Erica no pudo evitar echarse a reír. Aquella era su hermana, tal y como la había conocido, tal y como la quería.