La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 5 #5
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Axel vaciló un instante, pero finalmente tomó una decisión. La mujer terminaría enterándose por alguna vía. Si no se lo decía él, alguien acabaría contándoselo.

—¿No te acuerdas? Fue profesor de apoyo en primaria durante un semestre.

Después, cerró la puerta, echó las dos cerraduras y la cadena y apoyó la espalda en la puerta con los ojos cerrados.

Enseguida, sacó los utensilios de limpieza y se puso a eliminar cualquier rastro de la inoportuna visita. Cuando terminó, volvió a sentirse seguro en su mundo.

La noche no había empezado bien. Lucas venía de mal humor cuando llegó a casa del trabajo y ella intentaba estar atenta para no darle más motivos de irritación. Aunque a aquellas alturas, ya sabía que cuando llegaba malhumorado, cualquier cosa le servía de excusa para desahogar su ira.

Se esmeró mucho a la hora de preparar la cena, que era la comida favorita de Lucas, y puso la mesa a conciencia.

Quitó de en medio a los niños: a Emma la dejó en su cuarto viendo la película de El rey león y a Adrian le dio un biberón para cenar, con el fin de que se durmiera pronto.

Puso el disco favorito de Lucas, Chet Baker, y, además, se vistió algo mejor que de costumbre y se esmeró más de lo habitual con el peinado y el maquillaje.

Sin embargo, no tardó en comprender que, aquella noche, daba igual lo que hiciera.

Al parecer, había sido un día nefasto en el trabajo y la rabia que había ido acumulando tenía que salir por algún lado.

Anna vio el destello en sus ojos y supo que no había más que esperar a que estallara la bomba.

El primer golpe llegó sin avisar. Una bofetada con la derecha que le resonó en el oído.

Se llevó la mano a la mejilla y miró a Lucas, como confiando en que algo se ablandara en su interior al ver las marcas que le dejaba.

Pero aquello surtió el efecto contrario y despertó en él el deseo de hacerle más daño aún.

El hecho de que él disfrutara de verdad golpeándola era lo que más tiempo le había llevado comprender y aceptar.

Durante muchos años, lo creyó cuando le aseguraba que los golpes le dolían a él tanto como a ella.

Pero eso había terminado. Había visto a la fiera que llevaba dentro otras veces, y ya le resultaba familiar.

Se acurrucó como por instinto para protegerse de los golpes que sabía se sucederían.

Cuando empezaron a lloverle, intentó concentrarse en un punto de su interior al que sabía que Lucas no tenía acceso.

Era un truco que había perfeccionado con los años y, aunque seguía siendo consciente del dolor, podía distanciarse de él.

Era como si estuviera flotando por el techo de la habitación y, al mismo tiempo, viera a su propio yo encogido en el suelo mientras Lucas desataba su ira contra ella.

Un ruido la obligó a regresar rauda a la realidad y volver a entrar en su propio cuerpo.

Emma estaba en la puerta, chupándose el pulgar y con su mantita en el brazo.

Anna había conseguido que dejara de chuparse el dedo hacía más de un año, y ahora volvía a hacerlo con ansiedad, buscando consuelo.

Lucas no la había visto aún, pues estaba de espaldas a la habitación de Emma, pero se volvió al ver que Anna tenía la mirada fija en un punto detrás de él.

De un salto, antes de que Anna lograra detenerlo, llegó junto a su hija, la levantó en brazos con brusquedad y empezó a zarandearla con tal fuerza que Anna pudo oír cómo le rechinaban los dientes.

Anna empezó a levantarse del suelo, pero tenía la sensación de que todo sucedía a la velocidad de la luz.

Sabía que la escena permanecería para siempre grabada en su mente.

Lucas zarandeando a Emma, que miraba con los ojos desorbitados y sin comprender en absoluto a su querido padre, que, de repente, se había convertido en un temible extraño.

Anna se lanzó contra Lucas con la idea de proteger a Emma, pero no llegó a tiempo y, aterrada, vio cómo Lucas estrellaba el menudo cuerpo de su hija contra la pared.

Se oyó un desagradable crujido y Anna supo que su vida acababa de cambiar para siempre en ese momento.

Los ojos de Lucas, cubiertos por una membrana irisada, miraban extrañados a la pequeña que tenía en las manos antes de dejarla en el suelo con sumo cuidado, con ternura.

Después volvió a cogerla en brazos, pero como si se tratara de un bebé esta vez, y miró a Anna con los ojos brillantes, como de autómata.

—Tenemos que llevarla al hospital. Se ha caído por la escalera y se ha hecho daño. Tenemos que explicárselo. Se ha caído por la escalera.

Hablaba de forma incoherente mientras se dirigía a la puerta sin mirar si Anna lo seguía o no. Ella estaba conmocionada y echó a andar tras él sin pensar. Era como si estuviera moviéndose en un sueño del que podía despertarse en cualquier momento.

Lucas repetía una y otra vez:

—Se ha caído por la escalera. Tienen que creernos, con tal de que digamos los dos lo mismo, nos creerán. Porque los dos vamos a decir lo mismo, ¿verdad, Anna? Se ha caído por la escalera, ¿verdad?

Lucas repetía aquella frase sin cesar, pero Anna solo era capaz de asentir.

Quería arrancarle de los brazos a Emma, que ahora lloraba histérica, dolorida y asustada, pero no se atrevía.

En el último instante, ya en el rellano de la escalera, se despertó de su letargo y cayó en la cuenta de que Adrian se quedaba solo en el apartamento.

Se apresuró a entrar a buscarlo y lo llevó meciéndolo en brazos hasta que llegaron a urgencias, en tanto que el nudo que sentía en el estómago crecía más y más.

—¿Quieres comer conmigo hoy?

—Sí, gracias. ¿A qué hora te parece que vaya?

—Puedo tener algo listo para dentro de una hora, más o menos. ¿Te viene bien?

—Sí, perfecto. Así me da tiempo a rematar un par de cosas. Entonces, nos vemos dentro de una hora.

Se hizo una breve pausa. Después, se oyó la voz vacilante de Patrik:

—Un beso. Hasta luego.

Erica se sonrojó de alegría al oír la expresión de aquel avance en su relación, pequeño pero muy significativo. Respondió con la misma frase antes de colgar.

Mientras preparaba el almuerzo, se sintió algo avergonzada por su plan.

Por otro lado, pensaba que no podía hacer otra cosa, y cuando una hora después sonó el timbre, respiró hondo antes de abrir la puerta.

Era Patrik, al que acogió con un apasionado recibimiento, que se vio obligada a interrumpir cuando el reloj de la cocina le avisó de que los espaguetis estaban listos.

—¿Qué hay de comer?

Patrik se pasó la mano por el vientre, indicando que tenía hambre.

—Espaguetis a la boloñesa.

—Mmm, ¡qué rico! ¿Sabías que eres la mujer perfecta?

Patrik se le acercó por detrás, la rodeó con sus brazos y empezó a besarle el cuello.

—Eres sexy, inteligente, fantástica en la cama y, sobre todo, lo más importante de todo, eres buena cocinera. ¿Qué más se puede pedir?

En ese momento, llamaron al timbre. Patrik miró a Erica inquisitivo, pero ella bajó la vista y fue a abrir después de secarse las manos en un paño de cocina.

Al otro lado de la puerta esperaba Dan. Tenía muy mal aspecto, la espalda encorvada y la mirada sin vida.

Erica se alarmó al verlo, pero se contuvo e intentó que no se le notara.

Cuando Dan entró en la cocina, Patrik observó a Erica intrigado. Ella se aclaró la garganta y los presentó:

—Patrik Hedström, este es Dan Karlsson. Dan tiene algo que contarte. Pero, bueno, vamos a sentarnos.

Erica se encaminó al comedor con la olla de la carne picada.

Se sentaron a comer, aunque la situación era muy tensa.

Se sentía agobiada, pero sabía que era necesario hacerlo así.

Había llamado a Dan por la mañana para convencerlo de que debía revelarle a la policía su relación con Alex y le propuso que lo hiciera en su casa, con la esperanza de que le resultara menos penoso.

No hizo caso de la insistente mirada inquisitiva de Patrik y tomó la palabra:

—Patrik, Dan ha venido porque tiene algo que contarte, como policía.

Le hizo una señal a Dan, animándolo a empezar. Dan bajó la vista hacia el plato, que no había tocado siquiera. Tras varios minutos de incómodo silencio, comenzó a hablar.

—Yo soy el hombre con el que se veía Alex. Y el padre del niño que esperaba.

Se oyó un tintineo: a Patrik se le había caído el tenedor. Erica posó la mano sobre su brazo y le explicó:

—Patrik, Dan es uno de mis mejores amigos de toda la vida. Ayer averigüé que él era el hombre con el que Alex se veía en Fjällbacka. Os he invitado a comer a los dos porque pensé que sería más fácil hablar en este entorno que en la comisaría.

Vio que a Patrik no le había gustado lo más mínimo que ella se entrometiera de aquel modo, pero ya se encargaría de eso después.

Dan era su amigo y pensaba hacer todo lo posible para que su situación no se agravara.

Cuando habló con él por la mañana, le contó que Pernilla se había ido con las niñas a Munkedal, a casa de su hermana, porque, según le dijo, necesitaba pensar, que no sabía cómo acabaría aquello y que no podía prometerle nada.

Dan veía que su vida se desmoronaba a su alrededor.

El confesarlo todo ante la policía sería, en cierto modo, una liberación.

Las últimas semanas habían sido muy duras.

Se había visto obligado a lamentar la pérdida de Alex en secreto al tiempo que se sobresaltaba cada vez que sonaba el teléfono o que llamaban a la puerta, convencido de que la policía había descubierto su relación con ella.

Ahora que Pernilla lo sabía, no temía contárselo a la policía también.

Nada podía ser peor que la situación que ya vivía.

No le importaba lo que fuera de él, con tal de no perder a su familia.