La princesa de hielo (Los crímenes de Fjällbacka 1) 5 #4
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Unos golpecitos en la puerta le dispararon los niveles de adrenalina.

No esperaba a nadie a aquellas horas. Siempre recibía la compra los viernes y a una hora muy temprana.

En principio, esa era la única visita que recibía.

Con sumo esfuerzo, centímetro a centímetro, fue acercándose a la puerta.

Los golpecitos se dejaron oír una vez más, con insistencia.

Extendió su mano temblorosa hacia la cerradura superior y la abrió.

Le habría gustado tener una mirilla en la puerta, pero en su casa, que era muy antigua, no había ni siquiera una ventana junto a ella desde la que controlar a los intrusos.

De manera que desbloqueó también la cerradura inferior y, con el corazón desbocado, abrió la puerta haciendo un esfuerzo por no ceder al deseo de cerrar los ojos al horror innominado que lo aguardaba en el exterior.

—¿Axel? ¿Axel Wennerström?

Se tranquilizó un poco. Las mujeres eran menos peligrosas que los hombres. Pero, por si acaso, mantuvo echada la cadena de seguridad.

—Sí, soy yo.

Intentó sonar tan arisco como le fue posible. Lo único que quería era que aquella mujer, quienquiera que fuese, se marchara enseguida y lo dejara en paz.

—Buenos días, Axel. No sé si te acuerdas de mí, pero fuiste profesor mío en el colegio. Erica Falck, ¿te suena?

Rebuscó en su memoria. Hacía tantos años y eran tantos niños... Poco a poco, la vaga imagen de una niña rubia fue abriéndose paso en su memoria. Exacto, la hija de Tore.

—Quería saber si podía hablar contigo.

Erica lo miraba acuciante a través de la rendija de la puerta.

Axel lanzó un hondo suspiro, quitó la cadenilla y la invitó a pasar.

Intentó no pensar en la cantidad de organismos desconocidos que aquella mujer estaría introduciendo en su casa inmaculada.

Le señaló un zapatero en el que debía dejar los zapatos.

Erica obedeció y, después, colgó el abrigo en el perchero.

Para evitar en la medida de lo posible que la suciedad entrara en el resto de la casa, le indicó que se sentara en el sofá de mimbre del porche, tomando nota de que tendría que lavar los cojines tan pronto como la mujer se hubiera marchado.

—¡Cuánto tiempo!

—Pues sí, tú debiste de estar en mi clase hace unos veinticinco años, si no recuerdo mal.

—Así es. El tiempo pasa volando.

La charla insulsa producía en Axel una sensación de frustración, pero se obligó a resistir.

Quería que Erica fuera al grano y le dijera por qué había ido a su casa, porque así se iría enseguida y lo dejaría en paz.

Desde luego que no alcanzaba a comprender qué quería de él.

Había tenido cientos de alumnos a lo largo de los años y, hasta la fecha, se había visto libre de sus visitas.

Y ahora resultaba que tenía frente a sí a Erica Falck y que él no quería otra cosa que deshacerse de ella.

Su mirada se dirigía sin cesar al cojín sobre el que estaba sentada Erica y, literalmente, veía todas las bacterias que traía consigo reptando y trepando por el sofá, por el suelo...

Y pensó que no sería suficiente con lavar los cojines cuando se marchara, sino que tendría que limpiar de nuevo toda la casa.

—Imagino que te preguntarás a qué he venido.

Él asintió sin decir nada.

—Habrás oído hablar del asesinato de Alexandra Wijkner.

Claro que había oído hablar de ello. Y el suceso lo había hecho recordar cosas que había dedicado gran parte de su vida a olvidar.

Un motivo más para desear que Erica se levantara y saliera por la puerta.

Pero no, la mujer seguía allí, con lo que tuvo que reprimir el infantil impulso de taparse los oídos con las manos y empezar a tararear una cancioncilla para no oír lo que sabía que tendría que oír.

—Tengo motivos personales para investigar ciertos aspectos de la vida de Alex y de su muerte, por lo que me gustaría hacerte unas preguntas, si no te importa.

Axel cerró los ojos. Siempre supo que llegaría este día.

—Sí, por qué no.

No se molestó en preguntar cuáles eran los motivos que habían inducido a Erica a andar preguntando por Alex.

Si no quería decírselos, a él le parecía bien.

No le interesaban. Ella podía preguntar, pero él no tenía por qué responder.

Aunque, al mismo tiempo y para su sorpresa, sentía una gran necesidad de contárselo todo a aquella mujer rubia.

De deshacerse de toda la carga que había soportado durante tantos años y pasársela a alguien, quienquiera que fuese.

Aquello había envenenado su vida. Había crecido como una semilla en lo más hondo de su conciencia para después extenderse como un veneno por su cuerpo y su razón.

En los momentos de mayor clarividencia, sabía que aquello constituía el origen de su necesidad de limpieza y de su creciente miedo por cuanto supusiera una amenaza para su control del entorno.

Erica Falck podía preguntarle lo que gustase, pero él haría todo lo posible por reprimir su deseo de hablar.

Sabía que, si empezaba a ceder, los diques se resquebrajarían, eliminando los muros de protección que él había levantado con tanto esmero. Era algo que no podía permitir.

—¿Recuerdas a Alexandra en aquellos años?

El hombre sonrió con amargura para sus adentros. La mayoría de los alumnos no habían dejado más que un recuerdo vago e indefinido, pero Alexandra permanecía hoy en su memoria con la misma claridad que hacía veinticinco años. Aunque eso no pensaba decirlo.

—Sí, la recuerdo, pero como Alexandra Carlgren, no Wijkner, claro está.

—Claro, desde luego. ¿Cómo era en la escuela?

—Callada, algo retraída, bastante madura para su edad.

Vio que Erica se desanimaba ante su parquedad, pero él estaba haciendo un esfuerzo consciente por decir tan poco como fuera posible, como si las palabras pudieran tomar el mando y empezar a fluir por sí mismas si eran muchas.

—¿Era buena estudiante?

—Bueno, del montón, diría yo. Si no me falla la memoria, no se contaba entre los más ambiciosos del grupo, pero era inteligente sin llamar la atención y se encontraba más o menos en la media de la clase.

Erica vaciló un instante y Axel comprendió que estaba a punto de acercarse a las preguntas que realmente quería hacerle. Las que había formulado hasta ahora no habían sido más que una introducción.

—Sabes que se mudaron a mitad de curso. ¿Recuerdas cuáles fueron los motivos que adujeron sus padres?

Axel fingió que pensaba, juntó las yemas de los dedos y apoyó sobre ellas la barbilla en un impostado gesto de reflexión.

Vio que Erica se adelantaba un poco en el sofá, mostrando así su expectación ante la respuesta.

Pero no tenía más remedio que decepcionarla.

La verdad era lo único que no podía ofrecerle.

—Pues, si no recuerdo mal, su padre encontró trabajo en otra ciudad. Para ser sincero, no lo recuerdo bien, pero creo que fue algo así.

Erica era incapaz de ocultar su desencanto. Él volvió a sentir el deseo de aliviar su pecho y desvelar lo que tantos años llevaba ocultando. Pero respiró hondo y reprimió todas las confesiones que luchaban por salir a la luz.

Ella continuó, sin darse por vencida.

—Pero ¿no fue un poco precipitado? ¿Tú habías oído algo al respecto antes de que se mudaran? No sé, quizá Alex mencionara algo...

—Bueno, a mí no me pareció tan raro. Tienes razón en que fue un poco precipitado, pero son cosas que pueden suceder y tal vez a su padre le hicieran la oferta con poco margen de tiempo, qué sé yo.

Abrió los brazos, marcando más aún la arruga de su frente en un gesto que indicaba que su suposición era tan válida como la de Erica. No era esa la respuesta que ella esperaba, pero tuvo que contentarse con ello.

—Ya, bueno, hay otra cosa. Recuerdo vagamente que, las últimas semanas antes de que se marcharan, la gente hablaba de algo relacionado con Alex.

También recuerdo que oí que los mayores mencionaban la escuela.

¿Tienes idea de qué podía ser? Como te digo, mis recuerdos son muy vagos, pero sé que todos intentaban que los niños no nos enterásemos.

Axel notó que se le ponían rígidas todas las articulaciones.

Tenía la esperanza de que su turbación no fuera tan evidente como él la sentía.

Por supuesto que era consciente de que debían de correr rumores, siempre los había.

Era imposible mantener nada en secreto, pero creía que el daño había quedado limitado.

De hecho, él mismo había contribuido a que así fuera.

Aquello aún lo devoraba por dentro. Erica seguía esperando su respuesta.

—No, no tengo la menor idea de qué pudo ser. Claro que la gente habla tanto... Ya sabes cómo son. Y, por lo general, las habladurías no tienen mucho de verdad. Yo en tu lugar no le daría importancia.

La cara de Erica reflejaba una decepción mayúscula.

Axel Wennerström comprendía que no había averiguado nada de lo que esperaba cuando llegó.

Pero no tenía elección. Era como una olla a presión.

Si levantaba un poco la tapa, cualquier cosa lo haría estallar todo.

Al mismo tiempo, algo seguía removiéndose en su interior, como queriendo ser contado.

Como si alguien se hubiera adueñado de su cuerpo, sentía que la boca se abría y la lengua empezaba a dar forma a las palabras, unas palabras que no debían pronunciarse.

Vio con alivio que Erica se ponía de pie y el momento de angustia pasó.

La vio ponerse el abrigo y las botas y extender la mano para despedirse.

Él miró la mano y tragó saliva un par de veces antes de estrechársela.

Tuvo que reprimir el impulso de retorcer la boca de asco.

El contacto con la piel de otra persona le producía una repugnancia que escapaba a toda posibilidad de descripción.

Erica cruzó por fin la puerta, pero, justo cuando él iba a cerrarla, se dio la vuelta.

—Por cierto, ¿sabes si Nils Lorentz tenía alguna relación con Alex o con la escuela?