4 #14
La casa resultaba ahora demasiado grande para él.
Henrik iba de una habitación a otra. Todo lo que allí había le recordaba a Alexandra.
Cada centímetro había sido objeto de sus cuidados y su amor.
A veces se preguntaba si no habría sido por la casa por lo que había aceptado estar con él.
La relación no empezó en serio para ambos hasta que la llevó a la casa.
Él había sido serio desde el día en que la vio en un encuentro universitario para estudiantes extranjeros.
Alta y rubia, con un aura de inaccesibilidad que lo atrajo más que ninguna otra cosa en la vida.
Jamás había deseado algo tan ardientemente como había deseado a Alex.
Y estaba acostumbrado a conseguir lo que quería.
Sus padres habían estado demasiado ocupados con sus propias vidas y por lo general no les quedaban ganas de invertir ninguna energía en la suya.
El tiempo que no se ocupaban de la empresa se esfumaba en infinidad de actos sociales.
Galas benéficas, cócteles, cenas con gente del mundo de los negocios.
Henrik tenía que quedarse en casa con la canguro y lo que mejor recordaba de su madre era el rastro que dejaba su perfume cuando lo besaba al marcharse, con la mente ya puesta en algún frívolo evento.
En compensación, no tenía más que señalar cualquier cosa y enseguida la tenía.
Nunca le habían negado nada material, aunque se lo daban con indiferencia, del mismo modo que, distraídamente, se acaricia al perro que mendiga la atención del amo.
Con Alex, Henrik se enfrentó por primera vez en la vida a algo que no podía conseguir con tan solo pedirlo.
Ella era inaccesible y difícil y, por ello, irresistible.
Él la había cortejado con tesón y sin descanso.
Rosas, cenas, regalos y cumplidos. No regateó en esfuerzos.
Y ella, aunque reacia, se había dejado cortejar y guiar hasta el inicio de una relación.
No entre protestas, pues jamás habría podido obligarla, pero sí con indiferencia.
Y hasta aquel verano en que la llevó a Gotemburgo y entraron en la casa de Särö, ella no empezó a convertirse en parte activa de la pareja.
Respondía a sus abrazos con una intensidad nueva y él no se había sentido más feliz en la vida.
Se casaron aquel mismo verano, en Suecia, tan solo un par de meses después de haberse conocido, y, tras regresar a Francia para cursar el último año en la universidad, volvieron para quedarse en la casa de Särö.
Ahora, cuando recordaba aquel tiempo, cayó en la cuenta de que las únicas veces que la había visto verdaderamente feliz era cuando se dedicaba a la casa.
Henrik se sentó en uno de los grandes sillones Chesterfield de la biblioteca y echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados.
Las imágenes de Alex le pasaban por la cabeza como si se tratara de una vieja película en super-8.
Sentía la piel refrescante y rugosa bajo los dedos y siguió con ellos el vertiginoso recorrido de una grieta que allí había pintado el tiempo.
Lo que más recordaba eran las distintas sonrisas que tenía.
Cuando encontraba para la casa algún mueble que era justo lo que estaba buscando, o cuando cortaba con un cuchillo un tapiz y hallaba el original debajo, aún en buen estado; entonces tenía una sonrisa amplia y sincera.
Cuando él la besaba en la nuca o le acariciaba la mejilla, o le decía cuánto la quería; entonces incluso reía, a veces.
A veces, pero no siempre. Él llegó a odiar esa sonrisa lejana, ausente, indulgente.
Después, Alexandra volvía la cara mientras sus secretos se movían como serpientes bajo la superficie.
Él nunca le preguntó. Por pura cobardía.
Por miedo a provocar reacciones en cadena cuyas consecuencias no estaba dispuesto a aceptar.
Era mejor tenerla a su lado, aunque no fuera más que en el sentido puramente físico; pero no perdía la esperanza de que un día llegara a ser del todo suya.
Estaba dispuesto a correr el riesgo de no tenerlo todo nunca, a cambio de estar seguro de poseer una parte.
Un fragmento de Alex era suficiente. Hasta ese punto la quería.
Observó la biblioteca. Los libros, que cubrían todas las paredes y que ella se había esforzado por reunir, buscando en los anticuarios de Gotemburgo, no servían más que de exposición.
Salvo los libros de texto de la universidad, no recordaba haberla visto leer un libro en la vida.
Tal vez Alex tenía suficiente con su propio sufrimiento y no necesitaba leer acerca del ajeno.
Lo que más le costaba aceptar era lo del niño. Ella negaba vehemente siempre que él sacaba a relucir ese tema. Decía que no quería traer niños a un mundo como este.
Lo del otro hombre ya lo había aceptado.
Henrik sabía que Alex no iba a Fjällbacka con tanto entusiasmo todos los fines de semana para estar sola, pero aquello era algo con lo que él había aprendido a vivir.
Su vida íntima llevaba muerta más de un año.
Y también había aprendido a vivir con ello, andando el tiempo.
Lo que no se veía capaz de aceptar era que ella estuviera dispuesta a tener el hijo de otro hombre, pero no el suyo.
Aquello era lo que le causaba pesadillas por las noches.
Sudoroso, daba vueltas sin cesar entre las sábanas, sin la menor esperanza de conciliar el sueño.
Tenía ojeras y había perdido varios kilos.
Se sentía como una cinta de goma que se estiraba y se estiraba y que, tarde o temprano, llegaría a partirse con un chasquido.
Hasta aquel momento, había sobrellevado el dolor sin derramar una lágrima.
Pero aquella noche, Henrik Wijkner se inclinó hacia delante, con la cara entre las manos, y empezó a llorar.