4 #13
Era un apartamento pequeño, de una sola habitación, y estaba claro que allí no vivía ningún hombre.
Al menos, ninguno mayor de un año. La vivienda era una explosión de rosa.
Todo allí era rosa: las alfombras, los manteles, las cortinas, las lámparas, todo.
Los lazos también parecían motivo apreciado, y los había más que de sobra en lámparas y candelabros.
Los cuadros de las paredes subrayaban aún más el talante romántico de la propietaria.
Rostros de mujer difuminados precedidos de bandadas de pájaros en pleno vuelo.
Y, sobre la cama, un cuadro que representaba a un niño llorando.
Se sentaron en un sofá blanco de piel y, gracias a Dios, la joven no le ofreció café: ya había tenido bastante por hoy. Se sentó al niño en las rodillas, pero el pequeño no paraba de moverse, así que lo sentó en el suelo, donde empezó a gatear con movimientos aún torpes.
A Patrik le llamó la atención lo joven que era la mujer.
Apenas si acabaría de dejar atrás la adolescencia y no le calculaba más de dieciocho.
Pero sabía que no era inusual que, en los pueblos pequeños como aquel, la gente tuviera un hijo o dos antes de cumplir los veinte siquiera.
Cuando la oyó llamar Max al niño, concluyó que el padre no vivía con ellos.
Lo que tampoco era inusual. Las relaciones a edad tan temprana casi nunca superaban la prueba de un bebé.
Patrik sacó el bloc de notas.
—Veamos, fue hace dos viernes, el veinticinco, cuando viste a Anders Nilsson llegar a casa hacia las siete, ¿correcto? ¿Cómo puedes estar tan segura de la hora?
—Nunca me pierdo la emisión de mi serie favorita, que empieza a las siete, y justo antes oí un gran escándalo fuera.
Nada anormal, te lo aseguro. En casa de Anders siempre hay jaleo.
Sus compañeros de afición entran y salen a todas las horas imaginables del día y de la noche y, de vez en cuando, viene hasta la policía.
De todos modos, fui a mirar por la mirilla.
Y allí estaba, borracho como una cuba e intentando meter la llave en la cerradura, pero esta habría tenido que ser gigante para que lo hubiera conseguido, porque no atinaba.
De todos modos, al final se las arregló para abrirla y entró.
Entonces oí la sintonía de mi serie favorita y me apresuré a sentarme frente al televisor.
La joven se mordía nerviosa un mechón de la larga melena. Patrik observó que se comía las uñas hasta donde era físicamente posible y que, en lo que quedaba, había restos de esmalte de color rosa chillón.
Max había estado trabajando duro por bordear la mesa en dirección a Patrik y, con gesto triunfal, llegó a la meta y se agarró de la pernera del pantalón.
—Arriba, arriba, arriba —repetía el pequeño. Patrik miró a Jenny sin saber qué hacer.
—Sí, claro, cógelo. Parece que le gustas.
Con movimientos inexpertos, Patrik cogió al niño, se lo sentó en las rodillas y le dio el llavero para que jugara con él.
La cara del pequeño se iluminó como un sol y le dedicó una gran sonrisa que dejó ver los dos dientecillos como dos granitos de arroz.
Patrik se sorprendió a sí mismo al devolverle la sonrisa.
Notó un temblor en el pecho. Si las cosas se hubieran desarrollado de otro modo, a estas alturas él podría tener en las rodillas a su propio hijo.
Mientras reflexionaba sobre ello, acarició la pelusilla de la cabeza del pequeño.
—¿Qué tiempo tiene?
—Once meses. Me tiene entretenida, te lo aseguro.
La cara de la joven se inundó de ternura al mirar al niño, y Patrik reparó de repente en lo bonita que era, pese a lo cansada que parecía.
No podía ni imaginar lo dura que debía de ser la condición de madre soltera, y a su edad.
Aquella joven debería salir a divertirse con los amigos y vivir la vida.
En cambio, dedicaba las noches a cambiar pañales y a las tareas domésticas.
Como para ilustrar las tensiones que sobrellevaba, la muchacha sacó un cigarrillo de un paquete que había sobre la mesa y lo encendió.
Con fruición, dio una honda calada antes de ofrecerle el paquete a Patrik.
Él negó con un gesto. Tenía una opinión muy concreta sobre lo de fumar en la misma habitación que un niño, pero no era asunto suyo, sino de la madre del pequeño.
Personalmente, no alcanzaba a comprender cómo nadie podía dedicarse a chupar algo que sabía tan mal como un cigarrillo.
—¿No pudo haberse marchado después otra vez?
—Aquí se oye hasta un alfiler que caiga en el descansillo. Todos los vecinos tenemos un control férreo sobre quién entra y sale y cuándo lo hace. Estoy totalmente segura de que Anders no volvió a salir.
Patrik comprendió que no conseguiría mucho más. Por pura curiosidad, le preguntó:
—¿Qué pensaste al oír que Anders era sospechoso de asesinato?
—Que era un bulo.
Dio otra calada y expulsó el humo formando anillos.
Patrik tuvo que contenerse para no hablar de los riesgos de los fumadores pasivos.
Max seguía sentado en su rodilla, muy ocupado en chupar el llavero.
Lo sostenía entre las manos gordezuelas y, de vez en cuando, miraba a Patrik, como para agradecerle que le hubiera prestado aquel fantástico juguete.
Jenny prosiguió:
—Desde luego que Anders es un verdadero desastre, pero no sería capaz de matar a nadie.
Es un tío legal. De vez en cuando, llama a mi puerta para pedirme un cigarrillo y, esté borracho o no, siempre se porta decentemente.
En alguna que otra ocasión, le he pedido que se quede con Max mientras yo iba a comprar.
Pero eso solo cuando está sobrio, claro. Si no, nunca.
La joven apagó el cigarrillo en un cenicero repleto de colillas.
—En realidad, los borrachos de por aquí no son mala gente. Pobres desgraciados, que consumen la vida bebiendo juntos. Solo se hacen daño a sí mismos.
Echó hacia atrás la cabeza para apartar el pelo de la cara y extendió el brazo otra vez en busca del paquete de tabaco.
Tenía los dedos amarillentos por la nicotina y, al parecer, este cigarrillo le sabía tan bien como el primero.
Patrik empezaba a notar el humo y tampoco creía que pudiera obtener más información útil.
Max protestó cuando se lo entregó a Jenny.
—Bien, gracias por tu colaboración. Seguro que volveremos a llamarte.
—Bueno, aquí estaré. No pienso irme a ninguna parte.
El cigarrillo se consumía en el cenicero y el humo empezó a ascender en dirección a Max, que cerró los ojos irritado.
Seguía mordisqueando las llaves y miraba a Patrik como retándolo a quitárselas.
Patrik no tenía otro remedio, así que empezó a tirar con cuidado, pero los granos de arroz que Max tenía por dientes resultaron ser mucho más fuertes de lo que él creía.
Por si fuera poco, el llavero estaba a aquellas alturas empapado de babas y era difícil sujetarlo sin que resbalara.
Tiró, pues, algo más fuerte, a lo que el niño respondió con un gruñido de insatisfacción.
Experta en ese tipo de situaciones, Jenny logró, con un firme tirón, quitarle a Max el llavero, que le devolvió a Patrik.
Max gritaba a pleno pulmón sin ocultar el disgusto por el curso desfavorable que para él habían tomado los acontecimientos.
Sujetándolo entre el pulgar y el índice, Patrik intentó secarlo con disimulo en la pernera antes de guardárselo en el bolsillo.
Jenny y un Max lloroso lo acompañaron hasta la puerta. Lo último que vio antes de que esta se cerrara fueron las grandes lágrimas que rodaban por las sonrosadas mejillas del bebé. En algún lugar del corazón, sintió una punzada.